Una vez tuve un sueño

Soñé con un mundo en el que todos podían ser lo que quisieran, hacer aquello que más satisfacción les provocara, que no existiera más impedimento que el deseo...

Hoy, a mis cuarenta y dos años recién cumplidos, y a pesar de que la vida golpeó con toda la crudeza de la realidad, todavía no he despertado de las utopías de juventud. Si no puedo vivir en un mundo feliz, me lo inventaré: haré que otros, como un dios todopoderoso de infinita bondad, sean felices... al menos en mi pensamiento.

Y me puse a escribir. Ahora que tengo en mi haber más de setenta relatos cortos y dos novelas, descubro por qué Dios es "omniausente" e imperfecto.


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domingo, 18 de diciembre de 2011

Un deseo "genial" (un relato de 3.238 palabras)



Las voces destempladas de un español despechado son reconocibles en cualquier parte del mundo, incluso en medio del bullicio de un mercadillo árabe que se desmantela rápidamente.

—¿Cómo que no tengo trabajo?—Gritó Antonio mirando el auricular con incredulidad—. ¿Me puedes decir, entonces, qué coño hago en Alejandría?

Sujetaba uno de esos teléfonos que se pueden ver en las películas de los años ochenta, pero no estaba en una cabina, aunque el espacio que delimitaba un rótulo con caracteres musulmanes afirmara lo contrario. Eso sí, en el cartel acompañaba un logotipo muy sencillo de un teléfono moderno.

—Te doy una pista —añadió Antonio más tranquilo—, tiene que ver con subirse a una escalera para colgar cortinas, muchas cortinas.

—Siempre tienes una respuesta oportuna, ¿verdad? —Replicó Isabel—. Pero yo hace mucho que he dejado de creer en tus genialidades… Puede que estés allí, como dices, pero eso no cambia nada: trabajas un día, descansas veinte. Yo necesito sentir que tengo un hombre que se preocupa por mí y por mis hijos… todos los días.

—Y me preocupo.

—No, tú sólo te preocupas por ti mismo, por tus proyectos…

—No podemos sacrificar nuestros sueños, Isabel. No deberíamos envejecer sintiendo que no hemos hecho nada, que no queda más que el recuerdo desaborido de muchas tardes frente al televisor.

—Nadie te ha apoyado tanto como yo… para que pudieras realizarte… Pero estoy harta de estar sola, harta de no poder comprarme unos zapatos… ¡Harta de pedir dinero prestado a mis padres!

Una grabación, primero en árabe y después en inglés, advertía sólo a Antonio que, de no introducir más monedas, la comunicación se suspendería en unos pocos segundos.

—¡No será necesario! No digo que vuelva rico, pero sí con un montón de pasta —dijo Antonio rebuscando una moneda en el bolsillo—. Y te compraré no un par, sino dos pares de zapatos… ¡Tres si quieres!

La moneda pareció encasquillarse entre los tacos y tornillos que solía llevar en los bolsillos del pantalón.

—No quiero sobornos para que todo siga igual…

—No te estoy comprando, sólo te estoy diciendo que te quiero.

La mano derecha de Antonio estaba blanca por la presión que las estrecheces de un pantalón ajustado provocaban, pero tras forcejear con insistencia la sacó con una moneda entre los dedos.

—Entonces me quieres muy poco, Antonio…

El teléfono emitió unos pitidos intermitentes, que Isabel no oyó a pesar del silencio que guardó deliberadamente. Pretendía dar profundidad a sus palabras, y, al mismo tiempo, ofrecer una oportunidad, tal vez la última, de una réplica que nunca llegó. La moneda no encajó bien en la ranura y salió rebotada hacia la acera, hacia el interior de una alcantarilla.

— ¡Nooo! —gritó Antonio.

La moneda cayó hacia un fondo oscuro, entre los barrotes de la boca del sumidero, girando sobre sí misma, reflejando los rayos de una luna llena inmensa en un cielo oscuro y estrellado.

A miles de kilómetros de esa calle del centro de Alejandría, ignorante de lo que se desarrollaba en el delta del Nilo, Isabel suspiró; terminó por colgar el auricular que parecía quemarle en las manos. Casi al mismo tiempo, Antonio dejó el teléfono en su lugar. El “click” que escuchó resultaba un sonido demasiado insignificante en comparación a lo que el maldito teléfono había sentenciado.

Sintió un escozor en los ojos… que poco tenía que ver con la arenisca que los vientos del sur traían del desierto; y una presión en la laringe, como si los músculos internos del cuello decidieran estrangular, por su cuenta y riesgo, todo deseo de vivir. Se olvidó de respirar, y, consciente de que las rodillas no le sostendría por más tiempo, se dejó caer hacia el suelo, apoyado contra la pared, para que el rozamiento frenara la brusquedad de la caída.

Una paradoja atormentaba el cerebro torturado de Antonio: regresaría a España con dinero, con el suficiente para superar los problemas que atravesaba su matrimonio, pero no retuvo ni una moneda en la mano que le permitiera abrir el corazón de su esposa.

—Maldita moneda… —protestó, como si creyera que unos pocos gramos de metal eran los responsables del fracaso de su matrimonio.

Experimentó el deseo de recuperarla, no por lo que pudiera comprar, ni por tratar de realizar algún trabajo de magia negra con ella, que negó con un movimiento brusco de la cabeza; ni siquiera para llevarla a una fragua y fundirla, y así evitar la mala suerte a otros pobres hombres: Antonio quiso rescatar la moneda, porque representaba metafóricamente la llave que abría o cerraba la felicidad con Isabel. Entonces acercó la mano hacia el sumidero.

Paseó la mirada por el interior de la alcantarilla, y contra todo pronóstico, descubrió un fulgor metálico en el fondo. Sólo tenía que superar el obstáculo de la rejilla, para introducir el brazo y recuperar lo que legítimamente le pertenecía… aunque hubiera salido despedido de su mano.

Separó los barrotes de su emplazamiento y hundió la mano en un fango en el que se descomponía papeles de publicidad junto con otros desechos urbanos. Tanteó sin éxito el fondo con la punta de los dedos, sintiendo cosas viscosas que se movían… “¡Buf, aguanta macho!”, se dijo mientras retiraba la mano para reubicar el brillo y acotar la zona de búsqueda.

Tras varias tentativas finalmente los dedos tropezaron con algo duro y pulido. “¡Ya está, que difícil ha sido cogerte!”. Pero enseguida se percató que lo había encontrado en la alcantarilla no podía ser una moneda… era un objeto mucho más grande, y estaba prácticamente enterrado en ese fango. Antonio olvidó la moneda por un momento, necesitaba alimentar la curiosidad para no sentir otras emociones deprimentes.

Extrajo una pequeña lámpara de aceite, era un hecho extraño pero razonable, debido a que ese tipo de lámparas todavía se seguían vendiendo en los mercadillos. La que tenía en las manos podría haberse caído en una de esas desbandadas que se repetía día tras día, cuando los mercaderes recogen el género sin cuidado pero con celeridad; demostrando a los occidentales, y al mundo entero en general, su merecida fama de aparecer y desaparecer de la nada.

La lámpara estaba sucia, y limpiarla resultó un gesto mecánico. “Sólo faltaría que tuviera un genio”, pensó Antonio mientras frotaba el cobre viejo de las superficies redondeadas.

Se dirigió hacia el hotel, para cuando llegó a su habitación la lámpara se presentaba sin mácula. Por más que había frotado, primero en una dirección, luego en otra, en círculos, en intervalos de dos o tres pasadas cortas, largas, mixtas… no consiguió nada extraordinario. No surgieron tormentas eléctricas a su alrededor, ni cortinas de humo que anunciaran la aparición espontánea de un genio.

“Si en esta lámpara hubo una vez un genio, se ha mudado a otra mayor hace mucho tiempo… o con mejores prestaciones”. Antonio se rió ante su ocurrencia.

—Hay un gran desconocimiento sobre los genios… ¡Tal vez sean como los cangrejos ermitaños!

Sólo entonces se le ocurrió mirar en su interior: estaba lleno de tierra, arena prensada con diferentes desechos de origen industrial. “Si se me apareciera el genio, con toda probabilidad me concedería tres deseos”, reflexionó Antonio con los ojos vidriosos, mientras introducía un bolígrafo en la lámpara. “Aunque fuera un genio poco tradicional y sólo me concediera uno ya sería bastante”, consideró mientras removía el bolígrafo para aflojar los sedimentos. Se limpió un ojo, que amenazaba con manchar de tristeza su rostro.

¿Quién no se ha planteado alguna vez esa hipotética situación? A lo largo de la vida de cualquier persona se podría observar una evolución de las respuestas, que todas se asimilan sorprendentemente a unas pocas.

Los niños hubieran respondido según sus necesidades más inmediatas, pero de un modo exagerado: una piscina de caramelos, árboles en los que en lugar de hojas crecieran billetes, tener unas botas mágicas que siempre marcaran gol…

Con los adolescentes la cosa cambia: desean ese atractivo insoportable para el sexo contrario, que con su sola presencia tuviera el poder para desquiciar el pensamiento; o el desarrollo portentoso de algunas capacidades, físicas o mentales, en función de las aptitudes del afortunado en cuestión.

Pero cuando se es adulto las necesidades son otras. Y aunque es muy grato una vida colmada de amor y sexo, con eso no bastaría para pagar la hipoteca, o las pensiones alimenticias de los sucesivos niños que el amor obsequiaría con cada nuevo matrimonio. Un adulto no desea amor eterno o súper poderes como un adolescente, y mucho menos tomar un baño de espaguetis con tomate. Un adulto necesita estabilidad, y el único modo que Antonio conocía para obtenerla era a través del dinero, de inmensas cantidades de dinero.

“Pero incluso pidiendo un millón de euros, o cien, da igual, siempre podrían perderse”.

Es cierto, cuántos casos se han conocido de personas normales, más o menos cultivadas, que tras ser agraciados con un premio extraordinario han visto perder sus vidas, sin saber cómo remediar la soledad y la envidia que tanto dinero provoca. “Y si sólo fuera eso —pensó Antonio—, se pierden valores como los del trabajo y el esfuerzo…”, y descubren, tras muchos desengaños, que no encontrarán la felicidad bajo sábanas de seda, “ni en el fondo de una botella”, concluyó Antonio.

¿Cómo evitar esta situación? ¿Cuál sería la mejor solución? “Genio, mi deseo es que me concedas infinitos deseos”, concluyó Antonio, preparándose por adelantado a una situación que su parte irracional se esforzaba en recrear. Al menos dispondría de un guardaespaldas mágico de por vida, soluciones a la carta las veinticuatro horas del día, siete días a la semana.

“¿De verdad que no pediría una segunda oportunidad con Isabel?”. Pocos serían los que no sucumbirían a la tentación de “retocar” la relación con sus antiguas parejas, para que fueran incapaces de comprender el origen de su repentina e inagotable capacidad para disculpar toda falta, para que no fueran conscientes de su complacencia hacia nuestros deseos, por absurdos que resultaran. Antonio dejó de remover la arena del interior de la lámpara. Suspiró. Contuvo la tentación de encender su ordenador portátil y escribir un correo electrónico a su mujer.

Vació el contenido de la lámpara en una papelera, y con mayor determinación se dedicó a sacarle lustre con una toalla. Antonio acabó dormido en la cama, con la lámpara en una mano y la toalla en otra. En realidad había conseguido su propósito, se había distraído de un gran sufrimiento… Hoy había engañado a la tristeza, mañana sería otro día. Tal vez algo menos doloroso.

—Me has llamado… después de tanto tiempo, alguien me ha llamado —anunció un musulmán de mirada franca, parecía un camarero de habitación que esperaba un encargo con timidez.

Antonio se acomodó en la cama sin abrir los ojos.

—No he llamado a nadie… puedes irte…

Estaba adormecido, esa era la razón por la que aceptaba con naturalidad la presencia extraña de ese árabe en la habitación.

—Mejor así… amo —contestó—. Siempre recordaré este día con alegría.

¿Amo? ¿Es que estaban amenizando el sueño de los turistas con “cuentos de las mil y una noches”? Tal vez el actor no se había dado cuenta de que él también trabajaba en el hotel, de que era un simple obrero que dormía en las habitaciones más sencillas por convenio. Pero incluso en esos dormitorios se podía disfrutar de cualquier servicio de habitaciones, como el regalo de bienvenida que tanto éxito tenía entre los turistas occidentales.

Antonio se despertó, pero mantuvo los ojos cerrados para no romper el encanto del momento.

—No, espera… dime qué puedes hacer por mí.

Ya que el actor se había confundido de habitación, podía disfrutar de su noche mágica sin problemas. Éste que hacía de genio interpretaba realmente bien, suspiró denotando cansancio, reflejando que el premio de una vida eterna condicionada a la servidumbre no compensaba.

—Lo que sea, soy un peón del universo, una mano olvidada de Dios…

—Te comprendo bien, colega. Yo también soy un “currito”,… un “machaca” que viaja por medio mundo por una miseria. Bueno, ¿y cuántos deseos me corresponden?

— ¿Cuántos? —el genio pareció ofendido—. ¿Por qué cuando se os regala algo siempre queréis más? Sois como bestias insaciables… todavía no habéis terminado de masticar el primer bocado cuando buscáis nuevos platos que devorar.

El actor se estaba tomando demasiadas licencias. Suele suceder que los empleados que tienen un mal día se desahogan con los demuestran amabilidad o condescendencia. Ya le bajaría los humos después, ahora debía continuar con el protocolo.

En realidad ya había escogido su deseo, pero ahora dudaba si endurecer el rol que le tocaba y pedir algo atípico y extraordinario, algo para lo que ese mentecato no tuviera una respuesta preparada.

—Tengo problemas de pareja, creo que me ama… pero no lo bastante como para aceptar como soy. ¿Se podría hacer algo al respecto?

—Las mujeres no se enamoran del hombre que ven, sino del hombre que pueden llegar a ser… con su ayuda. Eso no lo puedo cambiar, pero sería fácil hacer que ella viera el hombre que quiere en ti, siendo como eres ahora.

“Vaya con el genio… ¡encima me alecciona!”.

—Tal vez no merezca la pena gastar tu ayuda en ella… ¡Hay tantas mujeres en el mundo!

—Pero sólo una es especial, una que haría que subieras al cielo con un cubo y una bayeta y limpiaras de nubes el firmamento, para que ella pudiera ver las estrellas. Por ella, yo renunciaría hasta mi propia vida…

Antonio estaba cada vez más incómodo.

—Bueno, tal vez no quiera una mujer especial… Tal vez las mujeres especiales me hayan agotado con sus exigencias, y una buena alternativa sea disfrutar de la compañía de miles de mujeres hermosas… ¿Podrías hacerlo?

—Espero que no sean todas al mismo tiempo… ¡Eso sí que podría ser agotador!

Antonio rió con desgana, cada vez estaba más harto del genio y de su presunta magia.

—Si ese es tu deseo, convertirte en un objeto sexual irresistible para las mujeres… Podría potenciar tus feromonas como nadie ha tenido desde el principio de los tiempos. Sería fácil, y para ti muy satisfactorio. Pero… ¿por cuánto tiempo?

El genio mantuvo una media sonrisa en los labios.

¿Es que siempre tenía que cuestionar los deseos, minimizarlos hasta reducir a polvo cualquier expectativa?

—Vale, vale. Me doy cuenta del poder que tienes sobre asuntos amorosos… ¿Y sobre dinero? ¿También tienes que tocarme los cojones para hacerme inmensamente rico?

—No es necesario, puedo hacer que sueñes con los números de una lotería… Y si ese fuera un modo aburrido de ganar una fortuna; podría hacer de ti un rey Midas, que todo lo que toques se convierta en oro…

—No te caigo bien, ¿verdad? —Interrumpió Antonio—. No te importaría que muriera de hambre.

—No me dejaste terminar. Me refería a un rey Midas moderno, que todo negocio que emprendas fuera exitoso, muy exitoso…

— ¿Sería de los que cotizan en bolsa internacional?

—Si quieres, serías de los pocos que deciden las directrices de la economía mundial.

—Comprendo, pero como al rey Midas acabaría muerto, ¿verdad?

—Me caes bien, eres un tipo listo. Piensa que en el Universo todo está perfectamente equilibrado, y que un gran movimiento en una dirección va a provocar una gran fuerza en sentido contrario… es como la resaca del mar. Puede suceder de mil maneras, un atentado a lo Kennedy, un avión que explota, un ataque al corazón…

— ¿Y sobre la salud? ¿Podrías evitar la enfermedad en mi vida?

—Por supuesto, ¿pero estarías dispuesto a pagar el precio de que todas las enfermedades que deberías padecer tú las sufriera alguien cercano a ti, como por ejemplo un hijo?

—Comprendo lo del equilibrio, y que la enfermedad no pueda desaparecer y que esa es la razón por la que otro deba sufrir por mí… ¿pero no podrías hacer que la sufriera alguien que no conozca?

—Es una cuestión de justicia, amigo. Los sentimientos de las personas son los brazos invisibles del pensamiento. Lo que a ti te corresponda se desviará a alguien que asuma la enfermedad, por afecto. Porque si me exigieras que enfermen otros acumularías sobre tus espaldas fuerzas más negativas de las que pretendes librarte.

— ¿Y la vida eterna? ¿Podrías detener el envejecimiento de mi cuerpo?

—Desde luego, pero piensa que la idea de eternidad está asociada a la juventud… ¿querrías vivir eternamente con esos pequeños achaques en la espalda o en la rodilla, con un estómago que ya no puede con todo lo que tú comas?

— ¿Y hacerme joven? ¿Vivir en una eterna juventud?

—Podría, pera sabes que atraería desgracias, y en este caso las vivirías eternamente.

—Eres un genio muy amable, al molestarte en explicarme las implicaciones de cada deseo. Para ti sería más fácil limitarte a cumplir los deseos.

—Durante mucho tiempo así lo hacía, tal vez por envidia de la libertad que gozáis…

— ¿Libertad? Lo que tenemos se puede llamar de muchas maneras, pero créeme… libertad sólo es una palabra que utilizan los poderosos para encubrir la esclavitud a la que nos someten. Somos libres para comprar una casa, pero nos condenan a pagarla de por vida. Somos libres de trabajar en lo que queramos, pero en realidad acabas siendo mano de obra barata en algo que ni te gusta ni te realiza. Somos libres de viajar a donde quieras, pero en el mejor de los casos podrás ir al pueblo, a la casa de tu suegra… Y la lista podría hacerse interminable. Porque para que la sociedad se mantenga, nos provocan miles de deseos para hacernos felices, cosas que muchas veces ni necesitamos. Y así, a través de cualquier medio de comunicación, nos obligan a comprar cosas para ayudarnos a superar la tristeza, el aburrimiento, la soledad o la presión que la propia sociedad nos impone.

—Comprendo —asintió el genio—. Pero dime… ¿Qué puedo hacer por ti?

Antonio suspiró, antes de responder le miró directamente a los ojos.

—Deseo, genio, que me concedas infinitos deseos. Así podré remediar sobre la marcha cada una de esas desgracias de las que me hablabas.

El genio miró abatido al suelo, en las próximas décadas iba a tener mucho trabajo, o al menos parecía ese el motivo de su desánimo. Pero cuando Antonio escuchó una risa, cada vez más gutural y nerviosa, sospechó que había algo que ignoraba.

—Infinitos deseos es lo que tendrás…

Y volvió a reír el genio.

Antonio notó un extraño cosquilleo por todo el cuerpo, una repentina comprensión del Universo y la necesidad imperiosa de obedecer los designios de los hombres libres.

— ¿Qué me está pasando? —gritó Antonio con una voz cavernosa, que provenía de los espacios siderales de la materia a escala molecular.

—Has deseado tener infinitos deseos, te has convertido en genio, amigo mío —aclaró el genio—. Tendrás infinitos deseos, sí… ¡Infinitos deseos que escuchar y cumplir!

—No comprendo nada —mintió Antonio, ya que desde su nueva forma de existencia no había secreto que desconociera, pero todavía se resistía en aceptar su condición—. ¡No podemos ser genios los dos!

—Amigo, gracias a ti vuelvo a ser humano… ¡Ley del equilibrio!

—¡Noooo! —gritó Antonio mientras desaparecía por la pantalla de su ordenador portátil.

Las lámparas de aceite estaban bien para un pasado en que la humanidad vivía en penumbras, pero en plena era de las comunicaciones, un ordenador es mucho más útil: siempre tendría más oportunidades de encontrar a alguien… con muchos deseos que satisfacer.

¡Cuidado con lo que se desea frente al ordenador!



Fin

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martes, 23 de febrero de 2010

Una cuestión de perspectiva (un cuento de 1.270 palabras)


El viento arremolina las ropas de un modo ensordecedor, pero todo resulta hermoso. ¿Quién no ha sacado alguna vez la cabeza por la ventanilla de un coche en marcha, y ha sentido el viento en la cara? Es como notar la naturaleza en movimiento, aunque uno sabe que está quieto y no hace ningún esfuerzo para merecer tal caricia.

Miro mi reloj de pulsera, aun sabiendo que yo llegaré antes de que se ponga el sol… Un sol que siempre luce tan especial en este mes de octubre. Diréis que es una tontería, pero desde estas altitudes los rayos parecen acariciar la tierra. Es una impresión casi mística… ¡Lástima que el viaje sea tan corto! Lástima que no estés tú.

Siempre hemos compartido los grandes acontecimientos de la vida, como aquel crepúsculo en las montañas sagradas del Tíbet, cuando en un momento mágico el sol se escondía y la tierra parecía llorar; o cuando comíamos un helado después de hacer el amor. “Un poquito de frío para tanto calor”, decías, ignorando que con cada caricia te daba el alma.

Te limitabas a contar los billetes, porque tú eras mi puta. Mi puta favorita, y no podía haber nada entre nosotros, nada que no fuera sexo y dinero… ¿verdad? Pero fingías, lo sé.

—Nada de besos en la cara… Es más “limpio”.

Y yo acepté con naturalidad.

—Dejemos los besos para los enamorados.

Pero notaba en tus labios un ardor que disipabas sobre mi piel, imprimiendo en ella un rastro de ternura cuando la saliva se secaba. Dejabas huellas de amor, pistas reconocibles en el recuerdo… como miguitas de pan que siempre me llevaban a ti.

Otras putas fingen placer para agradar al cliente que las monta, para acabar pronto con la gimnasia pélvica que tanto cansa cuando no hay pasión. Tú fingías esconder un amor, que realmente no sentías… ¡Qué gran profesional!, conseguiste “correrme” espiritualmente, que te eyaculara mi amor a la cara cuando el preservativo cumplía con su propósito.

Y poco a poco permitías el cortejo. Aceptabas acompañarme en viajes de negocios. Viajes que inventaba para ti, para mostrarte que existía más vida que la que conocías y hombres distintos de los que te compraban.

—Tú eres diferente —me susurrabas.

Unos dedos acompañaban su voz por mi cara. Mientras, yo caía por las espirales doradas que bordean tus pupilas.

—…

—No debes enamorarte de mí, algún día esto se acabará —me advirtió.

Y yo no le creí, no me permití ver la honestidad tras una sonrisa herida.

—Comprendo, hay alguien más…

—No es lo que tú crees.

—No eres libre, ¿verdad?

Todo el mundo conoce historias de ese tipo: mujeres que son llevadas al viejo continente, engañadas con promesas de trabajo fácil y grandes ingresos. Sueñan con lo que todos desean. Y les sobran razones para trabajar en una sociedad envejecida, porque en sus venas palpita con fuerza una sangre valiente… que claudica ante la lascivia que provocan y las amenazas a los familiares que dejaron atrás.

—¿Cuánto necesitas para recuperar tu libertad?

—Mucho, siempre es mucho lo que ellos quieren; y tú no tienes tanto.

—Puedo vender mi casa: ¿te molestaría vivir en un pisito alquilado conmigo? …Creo que nadie sale perdiendo.

—¿Tanto me amas? ¿Incluso sabiendo que me llamarán puta cuando menos te lo esperes; y sientas, cuando me conozcas mejor, que no valgo tanto? No soy tan difícil de olvidar.

No respondí, las palabras no eran necesarias… Como en estos momentos, en los que sólo puedo pensar lo mucho que te amo todavía. Y no dejo de mirar hacia arriba, esperando verte llegar como un ángel arrepentido, envuelta en la luz de los que descienden de los cielos con una mano conciliadora. “Todavía no es tarde”, pienso, “sólo recordaría tu mano, y tu cabello alborotado por el viento”.

Malvendí la casa que había pertenecido a mis padres, la situación era urgente y no me detuve en detalles mercantiles. Los agentes inmobiliarios sonreían satisfechos: mi firma cerraba un contrato de compra-venta. “El más rápido de los últimos quince años”, aseguraba uno sin saber dónde ocultar la impaciencia de sus manos. “Sí, además, puedo asegurar que a pesar del apremio de la venta, lo hemos vendido en unas condiciones óptimas. ¡Enhorabuena!”, explicaba el otro.

Hacía oídos sordos a una palabrería puramente formal, porque lo único que importaban eran los 180.000 euros que habían transferido a una cuenta bancaria de la que no era titular. “Tendría que bastar”, pensaba mientras me dirigía al aeródromo de Aluche.

Una avioneta esperaba mi llegada con el motor encendido. En la cabina un piloto fumaba un cigarrillo. Afuera, un señor vestido de traje blanco levantaba una mano a modo de visera.

—Eres puntual… —dijo con acento sudamericano.

En sus labios, este comentario, más que un halago, parecía un insulto.

—Ella, ¿está dentro?

—Sí, henchida de amor… Sube.

¿Por qué ignoré el cinismo y desprecio con el que me trataba? “Es mala gente, mi amor, habla lo justo y nunca repliques”, recordaba mientras subía al aparato. Desde la puerta la vi, allí estaba, sentadita con las rodillas juntas, ennobleciendo a esos bellacos con su presencia. Temblé con el golpe del portón, supe que despegaríamos en unos momentos.

—Póngase cómodo, señor.

En el interior sólo había cuatro plazas, aparte de la del piloto. El único sitio que quedaba libre era el que estaba junto a la puerta. Me senté con reservas, como temiendo que en pleno vuelo se pudiera abrir.

—Si no la tocas no pasa nada —se burló el hombre del traje blanco.

La avioneta empezó a ganar velocidad en la pista.

—Las puertas son como las mujeres, ¿sabe? Sólo se abren con la llave adecuada, si no tienes la llave sólo conseguirás forzarlas.

Al fin el aparato levantó el morro y despegamos del suelo. Me sentía incómodo.

—Sí, algunas no se cierran ni dándoles patadas… —añadió otro que no dejaba de mirarme tras unas gafas de sol.

—Espero que estén hablando de puertas —repliqué tratando de ocultar mi ansiedad.

Los sudamericanos rieron a carcajadas.

—¿Oiste al “pendejo”? —interpeló a la chica el hombre del traje blanco.

—Sí, es una buena persona.

—¿Es mejor que yo?

—No, amor. Con ellos finjo… Tú sí que sabes dar placer a una mujer.

En estos momentos, todavía creo que disimulaba… ¡Necesito creer que me amas!, sentir que la atracción de la tierra, sobre mi cuerpo, es algo mayor que lo que has sentido por mí. Me conformo con un instante de amor verdadero, un momento que todavía sorprendo en mi memoria, que recreo antes del impacto final, y hace que todo haya valido la pena.

—Viste. No te quiere… Es porque yo tengo muchos dólares, muchos más que tus 180.000 euros de mierda. ¿Sabes cuánto vale mi tiempo?

Señaló la portezuela del aeroplano, con las cejas, a uno de los secuaces.

—Yo te lo diré… Ni un minuto de mi vida iguala tu vida entera —añadió sopesando sus manos en una balanza imaginaria.

—No comprendo… —dije agarrándome a la silla, mientras la puerta se abría y un viento atronador me azotaba la cara.

—¡No importa! —gritó el hombre del traje blanco—. ¡Ahora demuestra que tienes cojones!

Miré el hueco que dejó la puerta abierta en el fuselaje. Anochecía, apenas faltaban unos minutos para que el sol se ocultara en la línea del horizonte, y miré tus ojos por última vez. En ellos vi reflejada la tristeza del crepúsculo… ¡Sé que hubo algo!

Y me empujaron hacia el vacío. ¿Ves, amor, cómo no es tan fácil olvidarte? Apenas siento vértigo, pero esto se acaba… ya.



— fin —
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Pie de foto: elblogdelarte.wordpress.com
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sábado, 30 de enero de 2010

El vuelo del colibrí (Un cuento de 3060 palabras)


Era triste verla bailar alrededor de una silla, meneando las manos como si volara. Ella, que había sido tan culta y tan refinada, no se merecía una vejez así. Frida lo sabía, y no terminaba de aceptar lo que sus ojos veían. “Deja a la abuela, ¿no ves que no está bien de la cabeza?”, recordaba las palabras de su tío Antonio, cuando pidió permiso para visitarla.

¿Pero es que nadie se acordaba de que Estrella, su abuela, había dado un poco de luz a sus corazones y a sus mentes, durante cuarenta años o más? ¡Había sido una misionera del conocimiento!, y había entregado algo más que la idea de un mundo gigantesco, que superaba más allá de la espesura de la selva que los retenía pegaditos a la idea de la madre tierra; les llevó la luz de otras civilizaciones y la razón de las matemáticas aplicadas…

Se había detenido en la aldea, muchos años atrás, cuando se dirigía a tomar posesión de su plaza en la escuela de un pueblo, 60 kilómetros más lejos; y ya no salió de aquí cuando vio que niños de todas las edades vagabundeaban a su suerte.

Estrella fue la primera educadora del pueblo, para ello había renunciado a las comodidades de la ciudad, pero ganó algo más importante: el amor. Un amor correspondido, pleno, pero también prohibido. Se enamoró de don Fulgencio, que estaba casado y no podía divorciarse.

No obstante, se veían cada noche en la cabaña de ella. Una choza construida por los lugareños por gratitud, en las afueras de la aldea; más por ofrecer un lugar donde pudiera guarecerse de las lluvias, en la estación húmeda, que otra cosa.

Fulgencio intervino en la construcción. No, no, no... ¡Debe tener suelo de madera!  ¡Y al menos dos palmos por encima de la tierra! Exigía. Jolín con la señorita, pensaban con envidia los hombres, muchos de ellos eran los nietos de los nietos de los que colgaron las primeras hamacas en esos árboles, y no tenían chozas mejores que la de la recién llegada.

Cuando la cabaña estuvo acabada, Fulgencio se la amuebló. Un día llegó con una silla en la mano. Espero no ofenderla, decía con timidez. Es muy amable, un tronco me hubiera bastado. No se engañe, señorita. Usted se merece más, mucho más. Días después se presentó con unos estantes. Estrella no sospechó lo que realmente escondía la gratitud de Fulgencio hasta varias semanas más tarde, cuando apareció a la entrada de su cabaña acompañado por varios hombres. Nosotros somos hombres de campo, dijo, y estamos acostumbrados a dormir sobre una esterilla, pero usted, señorita Estrella, no. Y los hombres montaron una cama. Una sólida cama con dosel, somier de cuero trenzado y mosquitera. No faltó hasta un pesado jergón de lana peinada. Desde ese mismo día Estrella dejó de sentirse sola.

Eliana, intrigada por las ausencias reiteradas de Fulgencio, le siguió. Vio que entraba en la cabaña de la maestra. Oyó sus voces familiares, como personas que se esperan; y risas. Sintió dolor. Peor fue el silencio. Un inmenso dolor.

Se acercó a la cabaña sólo cuando don Fulgencio había salido, sin atreverse a poner un pie en los peldaños de la entrada.

—¿Qué es lo que quiere? —dijo Estrella cuando reparó en su presencia.

—Usted es una buena mujer, y mi marido es un buen hombre… ¿Por qué me hacen esto? —gimió con los ojos secos, rojos de tanto llorar.

Estrella no supo que decir. Un colibrí apareció repentinamente entre ellas, suspendido en el aire, como queriendo repartir paz con las alas.

—Si hay un dios justo en los cielos que me perdone, porque yo te maldigo… ¡Os maldigo a los dos!

A pesar de la maldición Fulgencio no dejó de visitarla, y noche tras noche demoraba más el momento del retorno. En los últimos años, aunque era un hecho que nadie ignoraba, regresaba al hogar una hora antes del amanecer, para evitar a su mujer el escarnio público. Pero aquella mañana el sol no brilló, una espesa niebla ocultaba todo el pueblo. Era algo inusual en aquellas regiones.

Con sorpresa, Fulgencio descubrió que la niebla provenía de su casa. Se acercó alarmado hasta su esposa, para despertarla. Le dio un beso en la mejilla, pero ella no se movió. Permanecía obstinadamente inmóvil, conteniendo la respiración. Estaba enfadada, a esas horas siempre lo estaba.

—Despierta, querida.

Y la tomó de un hombro, pero fue un cadáver lo que se volvió. No respiraba, aunque de su boca abierta exhalaba una espesa niebla que reptaba por los suelos de la estancia y salía por la ventana. Las mujeres de la aldea forzaron a sus maridos a no salir de las chozas, unas con mimos y zalamerías y otras, con gritos y llantos.

Ningún hombre salió a la calle ese día, sólo don Fulgencio, que con alegría y pesar a partes iguales, corría en busca de Estrella. Nunca llegó, se perdió en la niebla. Su cuerpo jamás apareció.

A pesar de que las circunstancias obligaron a la maestra a contraer matrimonio, nunca superó la ausencia.

Muchos años después Estrella enfermó, no llegaba a los ochenta años cuando el alzhéimer se paseó por su cabeza. Se desorientaba, olvidaba cosas que había hecho apenas unos minutos, pero jamás perdió su identidad. La situación se agravó cuando Estrella confesó que había visto a don Fulgencio.

—Pero abuela, don Fulgencio se murió hace más de cincuenta años.

—Es verdad, pero sabía que algún día encontraría el camino…

Cómo no enternecerse, viendo esos ojos dulces tan llenos de amor.

—¿Y cómo le has visto?

Le habían dicho que no debía permitir alimentar fantasías, que si en verdad amaba a Estrella debía ayudar a situarla en la realidad, en sus circunstancias reales. Sin embargo, esos doctores no tenían que enfrentarse a esa mirada.

—Bien, muy guapo como siempre. ¡Entró por la ventana!, cuando todavía era de día.

Frida sonrió.

—Bailamos toda la noche, y no dejaba de decirme lo guapa que era…

—Todavía eres muy guapa, abuela.

Estrella, ignorando el halago, parecía absorta en rememorar tan anhelado reencuentro.

—No ha cambiado en nada, bueno, sólo que ahora es un pájaro… ¡Un alegre colibrí!

Estrella advirtió el gesto de disgusto de la niña.

—Creo que estoy hablando demasiado, y te aburro, ¿verdad? Toma.

Le dio una moneda y un caramelo.

—Ve con cuidado, cariño, que pronto se levantará la niebla.

—¿Cómo lo sabes, abuela? —se interesó Frida desde la calle.

—El colibrí, siempre aparece antes que la niebla.

Llegó a casa preocupada, alertó a sus padres de que la abuela no estaba bien, que empezaba a desvariar demasiado. No había sido consciente de que en el trayecto de vuelta a casa se cruzó con un colibrí. Era cada vez más raro observarlos en zonas urbanas, aunque su presencia no provocaba extrañeza.

Y tampoco fue consciente, ya entrando en casa, de que Estrella había acertado en los pronósticos sobre el tiempo. Acertar sobre la aparición de la niebla era una mamarrachez: todos los días, desde hace al menos cincuenta años, hay niebla, pero ¡por la mañana! Cuando Frida sintió los suavísimos pinchazos de frescor en la cara, era por la noche.

Pasear deprisa entre la niebla le resultaba familiar, por eso no reparó en su presencia. De haber estado menos preocupada por su abuela se hubiera dado cuenta del factor temporal… y de que la abuela no había errado en sus predicciones.

Sabía, todo el mundo lo sabía, que esa niebla era extraña. Los mismos árboles que habían podado la tarde anterior, los de la calle de la hispanidad, se presentaban bajo la niebla como manos huesudas que emergían de la tierra. Y a pesar de que se esforzaba por recordar el alegre paseo de la calle principal, de sus madreselvas y glicinas, sentía un pavor por lo sobrenatural. Pero es que sólo era una niña.

Sintió alivio en cuanto cerró la puerta de su casa.

No se hable más, le llevaremos a un centro apropiado; Sí, será lo mejor; Ya es muy mayor para manejarse sola; Si vendemos la vieja cabaña casi no tendremos que poner nada… Debatían los hijos de Estrella, delante de Frida sin preocupación.

—¡Pero si es muy vieja! No le van a dar mucha plata por ella —protestó la niña.

—La abuela es muy vieja, y su casa también. Necesita un sitio mejor donde tenga agua corriente y todas esas vainas… El terreno vale dinero, lo mismo que la residencia. ¿Entiendes?

Claro que lo entendía, querían encerrar a su abuela. Era más fácil, más cómodo; lo mejor. Casi se arrepentía de haber hablado, podía haber fingido y no haber dicho nada porque, al fin y al cabo, su abuela no era un peligro para nadie, ni siquiera para sí misma.

—La abuela no está loca —insistió con ojos llorosos— ¡sólo es más feliz!

Su padre le mandó a jugar con las muñecas, la miraba con ojos de advertencia, de “no me hagas buscar la zapatilla” y Frida obedeció. Sentada sobre la cama, con una Barbie sonriente en las manos, todavía oía debatir a sus tíos. Es mejor que preguntemos primero en el banco; No, lo primero es en hacienda, para saber si hay impuestos, embargos o cualquier carga pendiente…

—¿Y tú no dices nada? —preguntó a la muñeca.

En otras ocasiones hubiera hablado, y mucho. Habría soltado una risita juguetona y confesaría un montón de cotilleos, de que Abrahán, el niño más guapo de la clase, había aspirado con gusto el olor de colonia de la coleta cuando aguardaban en la fila para entrar en el aula. O tal vez relataría pormenorizadamente los trucos para ligar o ser la chica más sexy… Pero hoy la muñeca también estaba enfadada.

No nos olvidemos de los informes médicos, ¡son vitales para incapacitarla! Se oyó a través de las paredes.

—¡Corre, avisa a la abuela! —dijo la Barbie.

Y la niña se fugó. No hizo falta saltar por la ventana ni nada parecido, todos los mayores estaban enfrascados en una conversación que les impedía ver el resto del mundo. Aunque Frida hubiera dado un portazo al salir no se habrían dado cuenta.

En la calle refrescaba, la niebla se había hecho más densa, y Frida tuvo miedo. Las manos de la calle Hispanidad parecían retorcer sus huesudos dedos entre las brumas. “Madreselvas, madreselvas” se repetía Frida mientras se dirigía a casa del vecino. Tiró una piedrecita al cristal de la habitación que tenía luz. Al cuarto intento asomó una cabecita.

—¿Frida, eres tú?

—Sí, tienes que bajar: es de vida o muerte.

Camilo no tuvo más remedio que aceptar.

—Pscccht —volvió a llamar Frida.

El niño sacó la cabeza de nuevo por la ventana.

—¡Me estoy calzando! ¿Qué pasa ahora? —protestó el niño en voz baja

—Que no se enteren tus padres.

Y Camilo desapareció al instante. Momentos después aparecía en la parte de atrás de la casa, donde el jardín apenas recibía la luz de las farolas.

—No pude evitarlo —se disculpó Camilo— o se venía con nosotros o gritaba.

Guillermito, de seis años recién cumplidos, sonrió satisfecho de oreja a oreja. Frida evaluó con rapidez los inconvenientes de llevarse a un niño tan pequeño.

—Lo primero, yo mando. Segundo, no vamos de excursión… ¡tenemos que hablar bajito todo el rato! ¿De acuerdo Guille? —dispuso la niña con autoridad.

Camilo sabía que era una líder natural, como las heroínas de los tebeos que leía cada semana. Y sin saber bien por qué siempre la seguía, era incapaz de negarse a sus deseos, y más cuando invitaba a la aventura de esa manera tan sugerente.

—Está bien —susurró Guillermito—. ¿Pero por qué nos escondemos?

Frida guiñó un ojo a Camilo, ¡cómo le gustaba ese gesto en ella!

—Es un juego. Tenemos que ir a casa de mi abuela sin que nadie lo sepa. Si nos pillan se acabó el juego.

Omitió el detalle de que sentía pavor de caminar por la avenida de la Hispanidad, la calle de las manos muertas. Todos conocían los chismorreos…

“Los árboles son las manos de los muertos, que para hallar el descanso eterno de sus almas obedecen los designios de una bruja que murió por desamor. Aquellos que desaparecen en la niebla no es porque se pierden, es porque la bruja los agarra con esas manos de madera retorcida… para libar el amor de sus almas, como el colibrí el néctar de las flores”.

Y aunque Frida había cumplido los doce años, y era mayor para creer en esas tonterías, sentía miedo. Tal vez porque su abuelo había sido don Fulgencio, y nunca lo había conocido por culpa de la niebla, la misma que ahora deformaba las calles de su ciudad. Por eso había reclutado refuerzos, para fingir delante de ellos que no pasaba nada.

Arrinconada por edificios de tres plantas, la vieja cabaña de la abuela Estrella apenas se apreciaba a plena luz del día. De noche, y a pesar de que el ayuntamiento había accedido a instalar una farola, menos todavía. Supo que habían llegado por los plátanos centenarios de la entrada, detrás quedaba oculta la vivienda de la abuela.

A cambio de una triste bombilla, el plan de urbanismo autorizó un asedio de aceras y asfaltos reduciendo la parcela de la vieja loca, como llamaban a Estrella en el pueblo. ¿Y ella por qué iba a protestar?, si el pueblo le había regalado una casa, y, además, las obras eran para una mayor calidad de vida del ciudadano, “por una mejor optimización de la explotación urbanística del pueblo”, según rezaba una carta del consistorio que aún guarda en algún cajón.

—Chicos, antes de entrar, vamos a espiar: tenemos que saber si realmente está loca.

Los tres, como soldados de élite en misión secreta, se arrastraron por el suelo; muy despacio para no hacer ruidos. Llegaron hasta una posición, detrás de unos bananos, desde donde podían curiosear a placer sin ser vistos. Tenían una fantástica panorámica de la salita, alumbrada débilmente por bombillas de cuarenta vatios.

—Mírala, yo creo que está loca… ¡Pero es muy divertido! —observó Guillermito entre susurros.

Camilo le propinó un codazo.

—Quietos —exigió Frida sin poder apartar la vista de su abuela, con los labios fruncidos.

Camilo vio esos labios apretados, aplastando lamentos que no pronunciaban. Verla tan bonita, y en esas circunstancias, fue una estupidez que no comprendía.

Presenciaban una escena irrepetible, Estrella bailaba en torno a una silla que al menos podía tener cincuenta años. Disfrutaba de una canción en un viejo gramófono que todavía funcionaba. Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán cantaba “Sólo pienso en ti” mientras la viejecita meneaba las manos con picardía, hasta que la música cesó, y precipitadamente se sentó en la silla.

—¡He vuelto a ganar, Fulgencio! Qué tonto eres…

Qué canción tan bonita… ¿qué me está pasando?, pensó Camilo rascándose por detrás de las orejas.

—¿Jugamos con ella? —dijo Guillermito.

—Chissst —respondieron al mismo tiempo Frida y Camilo.

—Creo que no está sola, Frida. Hay algo más en la salita, pero no lo veo bien.

Camilo era miope, pero sus gafas estaban limpias y los cristales bien graduados.

—Está bien, nos acercaremos más —concedió la niña.

Y los tres reptaron hasta la cabaña, allí descalzaron los pies para que los zapatos no delataran su presencia en el entarimado exterior. El gramófono volvió a reproducir el viejo disco de vinilo. Muy despacito, y echando la cabeza hacia atrás, los niños consiguieron una línea de visión desde la misma ventana de la cabaña.



“…pero poco a poco

sólo pienso en ti,

sólo pienso en ti…”



Estrella volvía a bailar. En su rostro brillaba una sonrisa, que de haberla lucido en la calle habría disipado toda oscuridad. ¿Sonreiría de ese modo encerrada en un manicomio? Si estaba loca, a Frida no le importaría que media humanidad sufriera su locura. Tengo que avisarla… esperaré a que termine la canción, pensó. Y de pronto lo vio.

Era un colibrí, que revoloteaba alrededor de la silla, siguiendo los compases de la canción… ¿Ese pájaro enano está bailando? Frida no daba crédito a lo que veía. Sí, está bailando con mi abuela. Estaba aturdida. La canción terminó, y como era de esperar, Estrella acaparó de nuevo el asiento.

—Ja, ja, ja… Venga, no seas tonto, que sé que lo estás deseando… Toma.

Y le cedió el sitio al colibrí.

Al instante, el pajarillo se posó sobre el respaldo, y la abuela abrió un viejo arcón de madera que estaba contra una pared.

—¿Qué está buscando, una red? —se aventuró a preguntar Guillermito.

—Chissst —contestaron los niños, igualmente bajito.

Estrella sacó un traje de caballero, anticuado, pero de paño impecable. Se acercó hasta la silla, parecía esperar la aprobación del colibrí, pero en realidad esperaba otra cosa. La anciana no dejaba de sonreír. Al fin sucedió.

El pajarillo se arrancó las alas. Con dos movimientos fulminantes de pico, el colibrí quedó desmembrado. Los niños siguieron con horror la caída de las plumas hacia el suelo. Cuando levantaron la vista el colibrí había desaparecido, en la silla estaba sentado un señor desnudo. Guillermito trató de sofocar una risita porque se le veía el culo a través de los palos que conformaban el respaldo.

—Chissst —protestaron los niños.

Estrella, con la sonrisa imperturbable, le ayudó a vestirse. Primero la camisa, que abotonó con metódica parsimonia; después los pantalones; y por último la americana.

—Fíjate en el estante de la derecha —susurró Camilo a Frida.

—¿Qué hay?

—Una foto de…

—¡Chissst! —protestó Guillermito, más alto de lo normal.

Estrella y su misterioso caballero se volvieron hacia la ventana. Los niños, asustados, cayeron de culo en el suelo. Antes de que se levantaran y salieran corriendo, la viejecita y el señor les observaban desde la ventana, petrificándolos con la mirada.

—Chissst, será nuestro secreto—dijo la abuela, sin perder su encantadora sonrisa.

El caballero, unos cincuenta años más joven, abrazaba con auténtica ternura a la viejecita. Frida había visto en otro sitio ese bigotín y esas patillas, el rostro de ese hombre le resultaba familiar y no sabía por qué.

—Además, dirán que estáis locos —añadió el señor—como ella…




Fin





Epílogo



Frida tuvo ocasión de volver a casa de su abuela al día siguiente. Cuando vio la foto del estante, se dio cuenta que el señor que vio anoche era su abuelo, don Fulgencio.

Al fin había encontrado el camino…


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viernes, 25 de diciembre de 2009

“En los suburbios de las estrellas”


“Estando a tu lado, Susana, me haces sentir la bondad que se recibe cuando se es un niño pequeño. Cada día que amanece descubro un mundo nuevo, lleno de cosas buenas por revelar. Haces que los buenos tiempos del pasado, no sean nada, que compartir cada día contigo sea una aventura de felicidad, una maravilla no superada por nada cuanto existe en el universo. Haces que desee llevarte a las estrellas, para escuchar desde allí tu voz, escuchar las palabras que hacen conmover a media humanidad, y desde allí gritar a todos que te amo...

Para que nadie, ni siquiera tú, pueda ignorar cuánto te quiero.”





Ricardo abrió los ojos, y sus pupilas se constriñeron en dos puntitos negros. Había demasiada luz, incluso para él, que agradecía despertar cada mañana con la luz del sol en la cara.

Normalmente se levantaba despejado, y aunque esta mañana se hallaba completamente descansado, tenía la impresión de no haber despertado del todo de los sueños que lo habían acompañado en su viaje nocturno. El entorno en el que se hallaba no le resultaba familiar y, sin embargo, ¡parecía tan real el sueño del que despertaba!

Había soñado que venía de un mundo lejano, disminuido y en penumbras; que provenía de un planeta azul, que podía haber sido muy hermoso si la mezquindad de sus moradores no hubiera hipotecado su futuro a una discutible comodidad presente.

Recordaba que en su sueño vestía cada mañana con ropa limpia y perfumada la cama que compartía con la mujer, con la que también compartía piso y corazón, para ablandar con mimos un amor que se endurecía con demasiada facilidad. Sólo él era capaz de adivinar que tras la frialdad de su acero y la dureza de su hormigón escondía la fragilidad de una dulzura cristalizada, como el azúcar rancio que no se usa.

Sus manos derrochaban caricias sobre las sábanas, eliminando todo rastro de arruga sobre la cama, con la secreta esperanza de que cuando ella se acostara las recibiera todas juntas. Y perfumaba las almohadas con agua de azahar, para que su mujer conciliara mejor el sueño y así descansada, al día siguiente, pudiera descubrir en su rostro la sonrisa que nunca encontraba.

Completaba la limpieza de la habitación principal, la única que en realidad tenía uso habitual, cuando regresaba de la compra diaria con una flor, siempre distinta, que colocaba sobre el lado de la cama que usaba su mujer.

A pesar de que se podían permitir pagar los servicios de limpieza de una empleada de hogar, Ricardo prefería encargarse personalmente de esas tareas porque nadie iba a poner tanta dedicación y respeto en cada detalle, que sublimaba casi a la categoría de culto y reverencia.

¿Quién podría convertir algo ordinario e ingrato en algo vivo y bello, si no es por la grandeza del amor? Nadie, no era exigible, ni aún pagando dinero por ello. Sólo podía ser él, sus manos limpias no mancillarían el cristal de los portarretratos de una Susana, diez años más joven, sonriendo dulcemente desde el salón. Ni profanarían cajón alguno de su cómoda, donde su ropa interior estaba perfectamente ordenada.

Ricardo recordó con nostalgia el eco de su voz, de su risa, cuando Susana todavía era universitaria, y la habitación era muy pequeña, y las braguitas descansaban sin pudor desde cualquier rincón. ¡Qué importancia tenía tanto desorden cuando sentían urgencia por amarse!

Los dos estudiaban Ciencias de la Información, no les quedaba demasiado tiempo para otras ocupaciones.

—Se nos va a gastar el amor —decía Ricardo entre bromas.

—No —Susana ponía voz de niña pequeña desvelando el mayor secreto del Universo—. Cuanto más más, y cuanto menos menos —concluyó con un suspiro.

—No entiendo nada.

No hacía falta que Ricardo dijera nada, su rostro hablaba por él.
Susana liberó una risita.

—Cuanto más haces una cosa, más te apetece hacerla. Y cuanto menos la hagas, menos te gustará hacerla —concluyó Susana sonriendo.

Habían sido buenos tiempos… que sólo Ricardo parecía recordar, como si Susana no hubiera participado de ellos. Regresar a su rutina diaria le hizo sentirse muy solo, muy triste.

En general, todo el sueño de aquella noche había sido amargo, menos el final. Había sido un extraño viaje por el espacio, donde el azul del cielo se oscurecía progresivamente en la negrura de la infinitud interestelar. Veía las estrellas como pequeños puntitos de luz que se movían fugazmente hacia su espalda, dando paso a nuevos soles y sistemas planetarios que desaparecían con la misma rapidez, provocando un efecto de túnel misterioso iluminado con la luz de constelaciones y galaxias enteras a su paso. No sentía ni vértigo ni asfixia, ni presión alguna sobre su cuerpo. No sentía vibración o ruido, sólo un vientecillo que arremolinaba sus ropas y despeinaba con suavidad su flequillo.

Despertó repentinamente, y la melancolía de su sueño enturbió con la confusión una realidad desconocida: Ricardo no se encontraba en la habitación de su casa, no estaba en su casa.

Lo último que recordó haber hecho antes de quedarse dormido era haber puesto una flor, una margarita de una variedad que no conocía, sobre la cama recién hecha. Quizá en ese momento decidió descansar un momento, Susana no vendría hasta por la noche, no tenía que rendir cuentas a nadie. Pero, ¿dónde estaba ahora?

Encontró a los pies de la cama un diván sin respaldo ni brazos, allí aguardaba una ropa bien doblada. Al posar los pies en el suelo, sintió la sensación agradable de la lana de una alfombra, pero allí no había otra cosa que las losetas blanquecinas del suelo.

La estancia era muy amplia, donde la cama se situaba sobre una plataforma elevada que se accedía a través de tres o cuatro peldaños que la bordeaban. A su derecha, una ventana sin cortinaje alguno se extendía prácticamente sobre toda la pared: unos doce metros de ancho por cuatro de alto. A través de sus cristales se percibía un cielo azul turquesa muy bello, seguramente un efecto producido por el vidrio tintado.

Como estaba desnudo, el pudor fue más fuerte que su curiosidad. Decidió cubrirse con esas ropas que encontró sobre el diván. No había otras en la habitación, y no halló armario o mobiliario alguno donde pudiera encontrar una alternativa más familiar, como su pantalón de franela y su camisa.

Esas ropas no eran muy diferentes de las suyas, se componían de dos piezas sin costuras ni remates de ningún tipo, y la que correspondía a la parte inferior cubría desde los pies hasta la cintura. La superior, resguardaba la cabeza, brazos y torso hasta las rodillas. Era de un tejido suave, agradable al tacto y tibio, como si emanara de él una temperatura constante desde el interior de sus fibras.

—Es cien por cien transpirable, no se ensucia ni se arruga nunca y es prácticamente incorruptible. Te protegerá de quemaduras y de cualquier corte. ¡Ah, y es auto ajustable! —la voz de una chica le sobresaltó desde el marco de una puerta que antes no existía.

Ricardo tenía tantas preguntas por hacer que no llegó a formular ninguna.

—Lo sé, lo sé. En este mundo descubrirás que muchas cosas son iguales que en el tuyo, y otras que no. Estás en el tercer sistema planetario, más allá de lo que vosotros llamáis Orión. Vuestros sistemas de exploración del universo todavía son algo primitivos y es probable que ni siquiera conozcáis la existencia de nuestro mundo.

Ricardo abrió mucho los ojos, conteniendo la respiración.

—Ahora estás pensando que eres víctima de una broma cruel, aunque en el fondo sabes que no. Y sí, nuestro cielo es de color azul turquesa. Nada tiene que ver con los cristales de la ventana, si no de la combinación de los gases de nuestra atmósfera con la luz que recibe de nuestros soles gemelos.

—¡Quieres dejar de leer mi mente, por favor! No estoy acostumbrado… me siento intimidado.

—Discúlpame, Ricardo, he tenido que hacerlo desde que llegaste hace unas horas. Tenía que familiarizarme con muchos aspectos de tu cultura y educación recibida, pero no lo haré más que cuando sea necesario. Entre nosotros es una manera habitual de comunicación, más sencilla, honesta y...

—¿Expresiva?

La chica sonrió.

—Vas aprendiendo muy rápido. Ricardo.

—No lo entiendo, ¿cómo es que te expresas en mi lengua?

—No lo hago, los sentidos de percepción en seres inteligentes, medianamente evolucionados, cuyo córtex cerebral sea lo suficientemente desarrollado, admiten la comprensión del pensamiento aunque esté basado en un soporte oral más o menos elaborado. Tú crees que estoy hablando realmente, mientras que lo único que hago es emitir una serie de sonidos y gruñidos que fonéticamente en poco se parece a tu idioma. Pero tu cerebro necesita recibir todavía ondas auditivas para comprender mi pensamiento, y yo estoy reforzando la “emisión” para que no oigas los gruñidos, sino mi voz.

—Tú conoces mi nombre, ¿cómo debo nombrarte yo?

—Llámame Susan.

Ricardo pareció disgustarse.

—No puede ser que te llames así, ese nombre es demasiado parecido al de mi mujer.

—Lo sé. Y lo he escogido a propósito para crear un vínculo afectivo contigo. Mi auténtico nombre te resultaría incomprensible, demasiado raro.

—¿Y por qué sois tan... como nosotros?

—Lo que me estás preguntando es por qué no somos unos monstruos siniestros con tentáculos o miembros extraños, ¿verdad?

Ahora fue Ricardo el que sonrió.

—Te puedo dar dos explicaciones, la narcisista o la real. ¿Cuál prefieres? ¡Oh, ya veo! Es una mente inquieta ese cerebrito tuyo...

—¡Me estás leyendo otra vez!

—Tratas de ocultar tus sentimientos con emociones estandarizadas. Créeme, Ricardo, la ira no es buena consejera.

—No estoy iracundo.

—Aquí, en mi mundo la única emoción tolerada es el amor. Y yo sé que tienes mucho de eso guardado aquí dentro —confesó Susan tocándole la frente.

—Pero yo no estoy enfadado.

—Lo sé. Pero a vuestra especie todavía le queda mucho camino por recorrer, y en vuestra mente no se reconoce como falso aquello que es fingido. Ni siquiera para uno mismo, y aquello que no se experimenta acaba por admitirse como real por efecto de la repetición. De hecho, sois terriblemente sensibles a cualquier tipo de sugestión, hasta la más burda... ¡Tenéis que aprender a ser más honestos!

Ricardo suspiró.

—La explicación es muy sencilla: hubo una civilización muy antigua cuyo planeta estaba a punto de la extinción, y antes de que se aniquilara mandó al espacio material genético propio en unas cápsulas para que, una vez que sus sensores hubieran detectado vida en cualquier confín del universo, se mezclara con la especie que les fuera más compatible y resurgir en unas condiciones de vida aceptables. Esa es la explicación de por qué nuestras diferencias son mínimas, procedemos de una misma base genética común.

—Vale, seguramente esa es la explicación narcisista. ¿Verdad? —Interrogó Ricardo molesto. En nuestro mundo hace mucho que dejamos de pensar que la tierra era plana o que el universo giraba alrededor de la tierra. ¿Cuál es la auténtica respuesta?

—Vaya, creo que te estoy subestimando. La respuesta real es otra, y tiene más que ver con la capacidad de registrar el pensamiento que los sentidos físicos de la percepción de la realidad. Si lo que realmente importa es lo que se tiene dentro, resulta que la imagen física y la imagen real no siempre son coincidentes, y la mayoría de las veces se retoca o se complementa del mismo modo que tú lo haces con tu vestuario. Sí, somos diferentes, pero ninguno somos monstruos. Y de momento prefiero que me percibas como una semejante, los involucionados admiten mal la existencia de vida inteligente que no sea la de su propio mundo... Y menos si su aspecto no les es familiar.

—Susan, me falta una respuesta a una pregunta. ¿Por qué estoy aquí?

Ella volvió el rostro hacia la ventana, Ricardo, sin saber cómo, sintió una profunda tristeza que no le era propia. Él, desde hacía mucho, experimentaba otra similar, pero la suya era agridulce, la de Susan era amarga.

—¿Tiene nombre aquel que te produce tanto dolor? —insistió Ricardo.

—Entre nosotros, digamos, que se llama Richard.

—¡Oh, por favor! —protestó Ricardo—. Las comparaciones siempre son odiosas.

—Sé que eres una persona instruida, culta. No trates de buscar relaciones donde no las hay. Lo llamaremos Richard por la misma razón que me llamas Susan.

—¿Tratas de decirme que estoy a trillones de kilómetros de mi hogar porque tienes problemas amorosos?

Ricardo se paseaba impaciente a lo largo de toda la ventana, como un tigre enjaulado. Susan no contestó.

—¡Es injusto! ¡Yo tampoco soy feliz y no voy raptando a la gente! No he pedido que me lleven.

—Soy muy infeliz, pero yo no deseaba traerte... Ha sido un accidente, una casualidad. Sólo los miembros más capacitados del Gran Consejo tienen la habilidad de traer seres de otros planetas... y yo no soy más que una simple, como decirlo, modista. Mi tristeza debió sintonizar con la tuya, y te trajo hasta mí. Me llevé un susto enorme cuando te descubrí inconsciente en el suelo de mi dormitorio.

—¿Modista?

—Sí, modista. Y no me digas que en tu planeta no existen porque entonces me reiré en tus narices.

—¿No decías que la ira no era buena consejera?

—No, desde luego. Y deberías ser más amable: gracias a mí dispones de un atuendo de última generación que no todos los de mi planeta pueden disfrutar.

—No era mi intención ofenderte.

Susan trató de no dar importancia al asunto con un movimiento de su mano en el aire.

—¿Qué te parece si te sientas a mi lado y nos lo contamos todo? —propuso Ricardo en tono conciliador—. ¿Y empezamos a eliminar expresiones del tipo “mi planeta”, “tu planeta”, “mi especie”, “tu especie”?

Ricardo comprendió que la desdicha por amor era algo que sobrepasaba el espacio y el tiempo, que alcanzaba a todo aquello que fuera susceptible de ser feliz por su disposición al amor.

Susan era incapaz de refrenar una pasión por un sujeto que no podía amarla, un individuo amable y siempre atento que solo ofrecía amistad. Estaba casado y tenía familia, varios niños. Nunca había pretendido seducirla, y de haber sospechado que ella le correspondía de una manera diferente, tal vez, y aún a costa de su propio perjuicio hubiera renunciado a su trabajo. Era una buena persona, demasiado buena como para no amarla.

—Bueno, imagino que vosotros experimentaréis algo parecido a la atracción sexual... siempre que no seáis asexuados, claro —opinó Ricardo.

—Sí, es una constante universal. Varían las costumbres y los modos, pero no la necesidad del apareamiento.

—¿Y no será posible que de algún modo inconsciente te haya visto apetecible, y durante un tiempo te haya “bombardeado” con mensajes subliminales del tipo “te deseo” que tú hayas registrado sin darte cuenta, y haya provocado que te fijes en él de un modo exagerado?

—Tal vez.

—Entonces no era tan buen tipo.

—Si permaneces un tiempo aquí, descubrirás que la gente es encantadora. Demasiado agradable a veces —manifestó Susan.

Ricardo no daba crédito a lo que escuchaba.

—¿Pretendes decirme que la vida con gente amable y encantadora puede ser muy dura y triste? ¡Ja, tendrías que venirte unos días a mi ciudad! No sé si sabrías apreciar la agresividad, ingratitud y descortesía de sus gentes.

—No estoy acostumbrada a verbalizar mis pensamientos. Perdóname por lo que te voy a hacer —explicó Susan sujetando las sienes entre sus dedos pulgares— pero no sé explicarme mejor.

Un instante después sintió un crujido en su cráneo, y sus músculos dejaron de sujetarle. Cayó derribado al suelo, ninguna de sus funciones corporales funcionó de manera habitual.

Entre contracciones musculares, algunas muy dolorosas, el corazón fibrilando, con deficiencia respiratoria, alteraciones metabólicas diversas; Ricardo experimentó el recuerdo vivido de Susan.

¡Ni sus propios recuerdos los revivía así! Era de una intensidad que parecía revivirlos desde la perspectiva de Susan, sin posibilidad de acción y sin perder su propia identidad, como si la vida pudiera reproducirse como una película en tres dimensiones.

De este modo, Ricardo descubrió que la vida de Susan en el paraíso, en una sociedad amable y perfecta, se veía disminuida, empequeñecida e ignorada dónde todos sus individuos eran felices o parecían serlo, menos ella.

Un hilillo de sangre asomó por uno de los orificios de la nariz de Ricardo, Susan apartó inmediatamente los pulgares de las sienes, alarmada cesó en la proyección de recuerdos. Estaba matando a Ricardo, su sistema nervioso estaba al borde del shock anafiláctico.

—Por todos los dioses, ¡ya entiendo por qué no soy más que una modista! Me he pasado, ¡me he pasado! —Susan sollozaba tratando de reanimar a su huésped.

Lo llevó de vuelta a la cama, y allí inició el rastreo de daños. La cama tenía funciones médicas avanzadas. El escáner sólo detectó algunos daños neuronales leves, los demás órganos funcionaban correctamente y sus funciones se equilibraban por sí mismos sin necesidad de ayuda exterior.

—Te sanaré, te dejaré mejor de cómo has llegado. Palabra —prometió Susan programando la actividad médica a un modo de regeneración orgánica completa.

El proceso regenerativo duraría varias horas, tiempo que aprovechó para investigar; debía saber a que atenerse, qué consecuencias provocaría la permanencia de un “incivilizado” en su mundo. No sabía cómo poner en conocimiento de las autoridades el incidente.

Después de lo sucedido se sentía responsable de su invitado. De hecho, no deseaba ocuparse de él, sentía demasiada pena por sí misma como para compadecerse de la suerte de otro. Pero no podía abandonarle, había sido ella quien lo había llamado, quien de alguna manera lo había traído. ¿Existían precedentes de casos similares? Debía consultarlo en la biblioteca, en Documentación Histórica.

A su regreso a casa, contenta porque había sido una jornada muy fructífera en la documentación de casos de “incivilizados” llegados a su mundo, descubrió, con desasosiego, a Ricardo manipulando una “piedra de poder” en la sala de estar de su casa. ¡Las consecuencias podían ser terribles!

Ricardo estaba fascinado: la piedra, en realidad una pequeña escultura esculpida con finura, parecía flotar en la palma de su mano. Creyó reconocer un par de alas entre sus formas, e instantáneamente revoloteó a su alrededor, dejando brillantes estelas doradas en el aire.

—¡No, todavía necesita descansar! —protestó Susan, pero reconoció la ambigüedad de sus palabras. ¡No debes tocar nada! —añadió.

Estaba aún más irritada por cuanto comprendía que su “piedra de poder” necesitaba descansar, porque quizá, no reconocía que abusaba demasiado de la bondad de sus beneficios. O tal vez por ver como se desperdiciaban los dones en una criatura que no sabía apreciarlos.

Era como tener un orangután jugando con la vajilla familiar, la que se hereda, como un don del pasado, tras incontables generaciones; para ver como en sus manos torpes y peludas se estremece una de esas bellas porcelanas.

Repentinamente, no le pareció tan buena idea sacarlo de casa. Aunque no había muchos casos, no llegaban al cinco por ciento según las estadísticas del centro de Documentación Histórica, de los “incivilizados” que no se adaptaban a su nuevo entorno y reaccionaban con tristeza y deseos de morir. Sin embargo, la gran mayoría de ellos se integraban bien, experimentaban una evolución espiritual inusitada y un crecimiento mental espectaculares. ¿Pero cómo pasear a su “orangután” por las calles y no pasar inadvertidos? Comprendió que era demasiado engorroso, llamaría demasiado la atención. Se distraería demasiado en aspectos triviales que evidenciaban su cultura inferior y la comprometería. Iba a necesitar ayuda.

—No lo entiendo, Susan —Ricardo depositó la “piedra de poder” en su sitio—. He vivido tus recuerdos y sé que sientes una profunda tristeza, ¡pero en nada de este mundo y de tus recuerdos hay algo que lo justifique! Si hasta me siento mejor que nunca, mírame... ¡Parece que he rejuvenecido por lo menos diez años!

Ella se lo explicó, con la mayor amabilidad y sensibilidad que pudo:

—Sé que conoces el pensamiento de Rousseau, un pensador de tu civilización. No te será difícil entender entonces que tu sensación de maravilla es semejante a la que experimentó el buen salvaje cuando es integrado en sociedad. Pero eso no significa, y aquí está el quid de la cuestión, que el mundo que lo deslumbra sea perfecto, o mejor del que viene. Querido —una caricia en el rostro de su buen salvaje acompañó a sus palabras—, esto es lo mismo, pero yo no voy a recompensarte con un vaso de agua pura.

De hecho, no deseaba recompensarle de ninguna manera. No deseaba ocuparse más de él. Estaba firmemente decidida, ya no había marcha atrás.

—¿En qué estás tan decidida? –se interesó Ricardo, la regeneración neuronal había sido más que un éxito.

—Lo siento, te he metido en un lío del que no soy capaz de sacarte. He solicitado ayuda competente.

—¿Me has denunciado? Creía que éramos amigos.

—Es lo mejor para todos, créeme —confesó Susan mientras abría la puerta de acceso a la vivienda.

Al otro lado de la puerta, dos hombres esperaban con una sonrisa amable.

—Gracias por llamarnos —dijo uno de ellos inclinando el rostro, era el saludo unificado desde el último concilio intercultural.

—Suponemos lo que esto significa para ti. Pero, sin ningún tipo de dudas, has hecho lo mejor —aseguró el otro.

—Bienvenido a nuestro mundo, Ricardo —saludó uno de los hombres.

—Sí, sé bienvenido y permítenos que te acompañemos hasta el centro de Evaluación Espiritual —manifestó el otro.

—Gracias —Ricardo se inclinó como había visto hacer—, y gracias también por venir con un aspecto familiar.

Uno de los hombres sonrió.

—Yo soy de Sicilia, pero el otro es demasiado feo para que lo veas al natural —explicó sin dejar de sonreír.

—¡Anda que tú andas sobrado de belleza interespacial!

—El centro no está demasiado lejos, tal vez podáis ir andando. Ricardo lo agradecerá —observó Susan tratando de dar a su voz un tono convincente, de ocultar sus dudas.

—Has hecho lo correcto, Susan. Todos los “incivilizados” deben pasar por su evaluación, es parte del protocolo. Y tú, mejor que nadie, lo deberías saber.

El siciliano acabó por abrazarla, presentía una gran tristeza en ella. Su compañero fijó unas coordenadas en un aparatito que llevaba en la mano, y tras pulsar el último botón los tres desaparecieron de la entrada de la casa de Susan, dejándola con su tristeza y sus dudas.

Reaparecieron en una sala de un metal blanco, de forma elipsoide en su centro con iluminación artificial que surgía de las propias paredes y natural en lo más alto de su cúpula central. Debajo de un haz de luz turquesa, en el centro de la sala, un venerable anciano esperaba de pie.

—Las nubes son ligeramente sonrosadas —advirtió Ricardo mirando por el cristal del techo.

—¿Sabes por qué estás aquí, hijo? –—interrogó un anciano apoyando una mano en el hombro de Ricardo.

—Creo que sí, no soy de este planeta y eso trae inconvenientes.

—No necesariamente —respondió el anciano fijando la vista en sus ojos. No pestañeó ni un momento.

Sabía que la evaluación estaba empezando.

—Estoy viendo tu potencial, quien eres y lo que puedes llegar a ser, muchacho. Veo mucha tristeza, y eso es una carga difícil de llevar. Sin duda, podrías ser un ciudadano de provecho en nuestra sociedad... ¡Harías mucho bien! Tu fondo espiritual es grande y noble... Pero...

—Lo sé, no encajo bien. Es una constante en mi vida… Por un momento creí que hoy habría una excepción.

Anochecía, Ricardo lo apreció por la claraboya del techo, la luz turquesa que los iluminaba se iba matizando a tonos malvas gradualmente. Los mismos malvas que en esos momentos atormentaban a Susan en el jardín de entrada de su hogar.

Estaba haciendo balance de las últimas horas vividas con su “buen salvaje”, y comprendió que Ricardo no había sido ningún orangután patoso que surgió en su casa para fastidiar su existencia. No, pobrecito, sólo trataba de aprender, de adaptarse, ¡ni siquiera protestó por su grosería de soltarle el lastre de sus recuerdos! Aunque no pudo llegar a los más importantes, a esos en que ella llegaba a este mundo, invitada por el Consejo, y tras asegurarle que disfrutaría de una vida de paz y amor, descubriría que su existencia sólo es más cómoda, pero no más feliz.

Gracias a su “incivilizado” se descubrió entre ese cinco por ciento de los fracasados, gracias a su “buen salvaje” conoció el origen de su tristeza. Susan estaba segura que Ricardo sería deportado, apenas ofrecía garantías para adaptarse a un nuevo orden, era demasiado “incivilizado”. Había otros casos, evidentemente, que habían superado la prueba, pero eran excepciones.

—¿Y si tal vez Ricardo le agradara vivir en este bello planeta? –se dijo Susan, sorprendida de sentir su hogar como bello por primera vez.

Estaba aprendiendo a ver las cosas como lo había hecho Ricardo. Repentinamente necesitó que Ricardo no se marchara, pues al cuestionar cosas que daba por sentado provocó en ella una búsqueda genuina de la felicidad y recuperaba, de alguna manera, el espíritu primitivo de las leyes de sus ancestros. ¡Iba a ser juzgado, y probablemente deportado!

No, todavía no podían llevárselo... ¡Todavía tenía que enseñarla a ser feliz! Seguramente podría conseguir que se quedara, ella podría optimizar su acondicionamiento espiritual. Sí, se ayudarían mutuamente y serían felices.

Susan se presentó en la Sala de Evaluación Espiritual, con la convicción de los que se creen en derecho de enmendar un error.

—¿Cuál es tu veredicto, anciano?

—Se marcha, Susan. Este no es su sitio.

—Yo tengo algo que decir —objetó Susan—. Fue por mi culpa que este “incivilizado” llegó a nosotros, y será por mí que logrará vivir en armonía con nosotros. Me presento como garante de su crecimiento espiritual.

El anciano exclamó mentalmente, hasta Ricardo lo percibió sin necesidad de ondas auditivas.

—¿Estás seguro de ello, Susan? Es mucha la responsabilidad la que llevarás sobre tus espaldas.

—Y mucha felicidad.

El anciano observó la determinación de la mujer en su mirada, titubeó un poco y carraspeó varias veces.

—Sea, entonces como dices —sentenció el anciano sonriendo.

Susan radiaba felicidad por cada poro de su piel.

—¡Lo hemos conseguido, Ricardo, ya eres legal!

Ricardo suspiró profundamente.

—No te veo feliz. ¿No es lo que deseabas?

Le interrogaba más con los ojos que con los labios.

—Sí, desde luego. Me encantaría quedarme aquí para siempre, pero mi corazón está en otra parte.

Sus manos habían tomado los de ella, apenas sin darse cuenta.

—Entiendo —la sombra de la tristeza revoloteó por su cara sólo unos instantes, acababa de aprender una nueva lección de amor—. ¡Por favor, no se vayan! —espetó a los magistrados que abandonaban la sala.

—Gracias —susurró el buen salvaje entre la confusión de los presentes.

Momentos después ya no estaba con ellos. Había sido repatriado.

Había llegado y marchado en el momento oportuno, Susan era otra. Era libre para ser feliz.

Ricardo, reintegrado en su mundo, se descubrió en la cocina de su casa. Empuñaba una espumadera, y mientras descubría que un delantal colgaba de su cuello y se ceñía a su cintura, unos caracoles se cocinaban entre el hervor de millones de burbujas de agua caliente.

Parecía el escenario de una de las salas del infierno, donde las almas se retorcían cocinadas a fuego lento, amontonados unos sobre otros, en medio de los jugos de sus lamentos.

—Te estoy preguntando que si están listos —la voz de su mujer denotaba cierta impaciencia.

—Ah, ya estás aquí. No te esperaba tan pronto —abandonó la espumadera y se despojó del delantal. Estaba aturdido—. ¿Hace mucho que has llegado?

Se acercó para darle un beso.

Ella se apartó. Le encantaba comer caracoles, pero la repugnancia que le provocaba el olor y su elaboración, sus babas, impedían un beso. Durante cinco minutos había estado observando a su marido, el modo en el que escrutaba embelesado los caracoles en la cacerola.

No la había oído llegar, ni su saludo, ni como se acercaba hasta él y, hastiada, decidió que su marido recobrara la consciencia sentada en el banco de la cocina. No podía evitar imaginárselo como una gran babosa, papá babosa cocinando cariñosamente a sus hijitos en la olla. Obviamente no le había perdonado su esterilidad, que no pudiera fecundarla y realizarla como madre.

—No, sólo unos minutos.

—¿Cómo es que has llegado tan pronto? —miró su reloj, marcaba las dos y cuarto de la tarde, no la esperaba hasta por la noche. No tengo nada listo para comer todavía.

Apagó los fuegos de la placa de inducción y se lavó las manos en el fregadero.

—No te preocupes. Me ha dado un no sé qué cuando estaba en la reunión y me he escapado. Te echo de menos...

—Yo también. Desde hace mucho —se acercó a ella, y la cogió de la mano.

La sintió cálida, como la suya. Y los dos cerraron los párpados para sentir mejor el roce de sus labios. Ninguno vio como una extraña criatura, algo parecido a un ave, volaba en círculos en torno a ellos, dejando en el aire brillantes estelas de polvo de estrellas.

—¿Estás más joven, verdad?




- Fin -


Epílogo:

Nueve meses después nació un niño.

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Dedicado a mi mujer, sin ella no soy yo.

Pie de foto: extraído de florencialadelaspatatas.blogspot.com
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sábado, 19 de diciembre de 2009

Un signo de poder (parte final)


Bayan Temür no trajo nuevas esposas a su yurta. Las mujeres decían que había perdido la virilidad cuando su dedo de ordenar quedó mutilado, pero yo conocía la verdad. Los ojos de mi esposo revelaban otra condición, nunca dejaron de espiar mis pasos, y su nariz se dilataba cuando le pedía permiso para retirarme, como si tratara de retener mi presencia unos instantes más.

Trabajé muy duro durante ese tiempo, poco a poco conquisté el amparo de la comuna, todos me debían favores. Y en ausencia del Khan, me llamaban por mi nombre.

—Ya tengo el anillo que me pediste, Marat. Me ha sobrado plata para otro.

—Guárdalo para ti, Qaban, por tu trabajo… ¡Oh, es realmente hermoso! Pero esto no bastará, necesito algo más.

Expliqué lo que deseaba al viejo herrero, mientras observaba sus muecas de asombro. Esa misma tarde, antes de que los jinetes regresaran al poblado, el viejo Qaban tenía mi encargo terminado.

—Toma, si con esto no consigues cambios… ¡te pediré en matrimonio para mi hijo Subotai!

Reí, sin embargo el herrero no bromeaba.

—Me halagas, pero no necesito tu protección. Gracias.

—Subotai es un gran jinete, sé que llegará lejos... Necesitará una gran mujer.

—Hablaremos, Qaban, hablaremos —me despedí con un abrazo.

Preparé para la cena un cabrito asado, porque sabía que era la carne que más agradaba a mi señor. Y vigilé para que todo en su yurta estuviera en perfecto orden. De pronto apareció. Y temblé, si cada vez que entra en la tienda no puedo evitar el temblor.

—Sumiya guai —le serví aguardiente en una copa— permitid a esta esclava que os lave los pies con agua caliente antes de cenar.

Bayan Temür consintió con un gesto de barbilla.

—Sé cuando tramas algo, la última vez perdí un dedo.

—Esta vez, mi Khan, no perderás nada.

Le entregué una cajita de madera, en su interior un dedo de plata lucía un anillo soberbio, un sello con una inscripción en el que se leía “un signo de poder”.

—Volverás a ordenar como un verdadero Khan.

Me abofeteó.

—Puedes retirarte, tu insulto no ha manchado mi honor.

No entendió, sólo necesitaba un poco de tiempo para comprender. Y no precisó demasiado, Bayan Temür entraba en mi tienda. Nunca había pasado, esta vez no temblaba. En su mano mutilada brillaba un dedo de plata.

—Siempre he tomado lo que he querido, pero jamás encontré tanto gozo como en tu regalo. Veo en este gesto mucho más amor, que el odio que me arrancó el dedo.

Las aletas de la nariz temblaron, intuí que deseaba quedarse, que deseaba estar más cerca de mí, y yo le hice hueco en mi lecho de pieles. La luz de la luna creaba sombras bajo mis senos, y sé que mis antepasados bailaron dichosos bajo ellas.

Mi khan agotó sus fuerzas en caricias que aún perduran en mi alma. Tuvimos una noche eterna hasta que despuntó el alba, cuando nos rendimos al sueño. Los caballos relinchaban impacientes a media mañana, los jinetes murmuraban con prudencia la ausencia del rey.

—Esta noche dormirás en mi lecho, porque ese es tu lugar, esposa mía.

Bayan Temür se despidió con una mirada inquieta. Un presentimiento nubló su rostro, ahora que había conocido el amor temía perderlo.

Regresó por la tarde, antes de lo habitual; y furioso, porque no hallaba a nadie que supiera de mí.

—Estará buscando leña —decía una de sus mujeres.

—No, no. Eso pasó antes de que fuera por agua —replicó otra.

El peor temor de un mongol tomaba forma; el cumplimiento de una premonición. Bayan Temür clavó las botas en el costillar del caballo.

—¡Marat! ¿Dónde estás? —gritaba el Khan por la vereda del río.

El color rojo de las aguas detuvo el tiempo, su caballo galopó tan veloz que parecía flotar sobre la corriente.

—¡Marat, no! ¡Marat!

Y me halló temblando, como siempre que le veo, sentada contra un árbol. Un lobo gris yacía con la lengua entre los dientes, muerto en la orilla. Avanzó despacio, como si temiera que con cada paso los espíritus me llevaran a su reino.

—¿Cómo la esposa del Khan tiene cadenas todavía? —la sangre que observaba en mis ropas brotaba de rasguños sin importancia.

—Gracias a ellas todavía sigo viva.

—Aprenderás a vivir sin cadenas, Marat.

Me ofreció un anillo, unas palabras embellecían la superficie plateada, me resultaban familiares.

—¿Qué dice?

—“Otro signo de poder”, el tuyo es un poder que no nace de las armas, más fuerte que la autoridad de un Khan. Más fuerte incluso que la superstición de un mongol.

Aquel día nos liberamos de nuestras cadenas. Aún después de tantos años mantenemos en nuestros dedos un “eslabón” como recordatorio de nuestra bien hallada libertad, porque ¿qué son una pareja de anillos si no los eslabones del principio y final de una misma cadena?




— FIN —

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