Una vez tuve un sueño

Soñé con un mundo en el que todos podían ser lo que quisieran, hacer aquello que más satisfacción les provocara, que no existiera más impedimento que el deseo...

Hoy, a mis cuarenta y dos años recién cumplidos, y a pesar de que la vida golpeó con toda la crudeza de la realidad, todavía no he despertado de las utopías de juventud. Si no puedo vivir en un mundo feliz, me lo inventaré: haré que otros, como un dios todopoderoso de infinita bondad, sean felices... al menos en mi pensamiento.

Y me puse a escribir. Ahora que tengo en mi haber más de setenta relatos cortos y dos novelas, descubro por qué Dios es "omniausente" e imperfecto.


Mostrando entradas con la etiqueta Relato. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relato. Mostrar todas las entradas

sábado, 27 de noviembre de 2010

Una historia muy real (un relato de 1440 palabras)


—Hola cariño, ¿qué tal te ha ido la mañana? —saludé a Sonsoles, una de mis vecinas de planta.

“Pobrecita, no se lo merece”. No podía evitar apiadarme de una chica tan joven y tan guapa.

Había formulado la pregunta de una manera general, sin entrar en detalles, porque conocía de sobra que llevaba en el paro tres meses y su marido, por las noches, prefería besar botellas de cerveza.

—Pues qué te voy a contar, Toñi… Nada, siempre es lo mismo. Que deje mi currículum, que ya me llamarán.

“Menos mal que no tiene hijos”.

—No te preocupes, tesoro… —mis manos ocultaron su rubor— ¡Ya verás como encuentras algo bueno! Que te mereces lo mejor.

—Gracias, Toñi… ¿Qué tal pasó la noche Fabián?

—Bien, sin flemas… Hemos podido dormir de tirón.

—Te dejo, que se me hace tarde.

—Adiós, guapa.

Las paredes de las casas, en los barrios más humildes, pueden estar construidas de muchos materiales diferentes; pero tienen en común que ninguna retiene los pensamientos que se expresan en voz alta. Las de mi edificio no iban a ser la excepción, y menos ante las exigencias de un marido alcohólico.

—¿Pero por qué has tardado tanto? —se oyó en el rellano de las escaleras, tras la puerta de Sonsoles.

—Charlaba con Toñi… ¿No ves que está muy solita?

—¡Ya estamos otra vez, siempre soy el último de tu lista!

—Eres un egoísta de mierda… ¡Joder, que su marido la ha dejado!

—¡Nos ha jodido! A ver si te crees que si te quedas preñada y te nace un lisiado… me voy a comer yo el marrón.

—¡Schiiiit! ¡Te va a oír!

He aprendido a tener las llaves siempre a mano, para evitar sorprender conversaciones que no me atañen; pero hoy se me resistían en el fondo del bolso. Cuando aparecieron tuve que buscar también un pañuelo, porque lo importante no es llorar, que eso cura y es bueno; sino que los que te aman no sospechen que has llorado.

Fabián, pobrecito, no creo que sea muy consciente de lo que le rodea, y dudo mucho que pueda sentir o comprender sentimientos como la tristeza o la alegría, pero su hermano mayor sí. Y eso que Carlos solo tiene seis años, pero es que él no tiene parálisis cerebral.

—¡Hola mamá! —gritó Carlitos desde el fondo de la casa, según entraba en casa.

Su alegría estaba más que justificada, porque todavía es un niño muy pequeño para estar solo en casa, aunque sea únicamente el tiempo que tardo en comprar el pan. Pero es que los doscientos euros de pensión de invalidez, con los que el estado me obsequia, no me permiten contratar ni a un estudiante por horas que cuide de mi Fabián.

—¿Todo bien con Fabi?

—Sí, mami. Aunque se ha puesto un poco morado…

“¡Dios, otra flema!”

—Pero le puesto otra manta y ahora tiene mejor color.

Fabián respiraba adecuadamente, y aunque tuviera el flequillo un poco sudado, su temperatura corporal era la correcta. No era necesario tener seis años para saber que en invierno hace frío, y más en mi casa, que no existe la calefacción central, y los únicos radiadores que tenemos son eléctricos y no los podemos usar. Hasta Carlos lo sabe y no le importa, porque piensa que papá volverá para las fiestas lleno de juguetes y chuches, y mucho dinero para mí, para que me lo pueda gastar en lo que quiera…

“…Sí mami, y dejaremos de comer esa carne rica que tanto te gusta, y comeremos hamburguesas”.

“Dios, ¿dónde he dejado mi pañuelo?”

—¿Estás bien, mamá?

—Sí, sólo me he asustado un poquito… Qué tonta soy, ¿verdad?

“Mañana por la mañana volveré al ayuntamiento, a pelearme con las chicas de ‘Asuntos Sociales’… ¡No puedo rendirme!”

—¿En qué piensas mamá?

—Que hasta que venga papá necesito un trabajo.

—¿Y qué pasará con Fabi cuando yo esté en el cole y tú en el trabajo?

—No te preocupes por eso… ¿Vemos unos dibujos en la tele?

Le oigo reír, y el eco de su risa colorea los rincones más oscuros de mi ser. Trataré de recordarla mañana, cuando vuelvan a decirme que no pueden hacer nada, que todo debe seguir su curso y respetar los plazos del procedimiento administrativo. ¿Sabrán esos burócratas lo que es pasar hambre o frío? ¿Se verán obligados a fingir que llevan una vida normal?

Cuando salí a la calle, a la mañana siguiente, y sentí el frío en la cara me sentí en un entorno más familiar: nada que ver con el derroche en calefacción de los organismos públicos. “Tenías que intentarlo, no perdías nada por venir. Tal vez mañana me hagan caso”. Y me dirigí al mercado, el de toda la vida, el que cada día está más vacío, en el que me llaman por mi nombre, y no necesito un coche para traer la compra.

—Hola Toñi, hoy te he preparado un lote especial… ¡Tu perro se va a poner las botas!

—Muchas gracias, guapetón. Toma, un euro por la compra y otro para ti.

Habíamos llegado a ese acuerdo: todas las sobras que no servían para venderse y que se tirarían a la basura, las apartarían para mi perro. Sin embargo, los carniceros no podían sospechar que yo comprara cada vez menos carne, aunque la del perro la respetara cada dos días. Podrían pensar, tal vez, que el pescado congelado era una opción más económica, sobre todo en tiempos de crisis. En fin, respetaron el acuerdo porque yo era la Toñi, la clienta de siempre, la de toda la vida.

Y es que recortando un poco los tendones y la grasa había días que podía reunir una buena cazuela de carne guisada, que acompañada de ese arroz partido que se vende en paquetes grandes, para perros también; comíamos como señores por poco dinero.

—¡Hola Sonsoles! ¿Qué tal te ha ido hoy la mañana? —saludé a mi vecina en el rellano de la escalera.

—No sé, tengo un pálpito raro. Verás, resulta que el primo de Alfonso tiene un amigo que su novia es la hermana de uno que necesita gente para trabajar. Voy ahora mismo para allá, y como sea medianamente bueno… por mí, ¡empiezo hoy mismo!

—Ahora mismo enciendo una velita a san Pancracio para que ese trabajo sea para ti y para que te paguen más de lo que esperas.

Sonsoles me besó en las dos mejillas, con ansiedad y agradecimiento a partes iguales.

—¡Ya te contaré! —dijo bajando los peldaños de tres en tres.

Sonsoles no podía saber que no tenía velas, pero sí le dediqué una oración al santo, porque es una buena muchacha con muy mala suerte. Como yo, supongo.

A la mañana siguiente no me la encontré, como es habitual, en el rellano de las escaleras. “Al fin una de las dos ha conseguido mejorar su situación… ¡Me alegro!” Pensé, sabiendo que el paseo de hoy al ayuntamiento tampoco había resultado fructífero. Y sentir su ausencia me provocó una extraña desazón, una certeza de que las cosas cambiarían.

Amaneció un nuevo día, pero el cosquilleo en el estómago no había desaparecido. Fiel a mis rutinas, interpuse un nuevo escrito en el ayuntamiento, tras lo cual acudí a la carnicería. A toda prisa, porque Fabián no podía estar demasiado tiempo solo.

—¡Ah, hola Toñi! —me saludó Manolo, el dueño de la carnicería—. Precisamente estaba hablando de ti a mi nueva ayudante. Ves, Sonsoles, ésta es la clienta del perro.

“¡Qué vergüenza! Tenía que ser ella, precisamente ella, que sabe que no tengo perros”. Cuando levanté la cara del suelo, más roja que un tomate… la descubrí mirándome con los ojos húmedos, casi haciendo pucheros.

—Debe tener un par de buenas fieras en su casa, porque viene tres veces por semana…

—Tome, señora…

La empleada me ofreció una bolsa de plástico, sin dejar de mirarme a los ojos.

—Gracias, Sonsoles. Muchas gracias —respondí agradecida por su silencio, y me volví avergonzada.

—Espere Toñi, me he dejado en la cámara la otra bolsa para los perros.

En unos minutos regresó con una nueva bolsa de plástico.

—¿Había dos bolsas? —se extrañó Manolo.

—Por favor, no deje de venir —me sonrió Sonsoles.

—¿A que es un buen fichaje, Toñi? —decía Manolo, orgulloso de las habilidades comerciales de su nueva empleada.

—Sí… sí —respondí azorada.

Cuando llegué a casa, curioseé la segunda bolsa que me había entregado Sonsoles. Alguna vez me habían preparado dos bolsas, aunque lo normal es que fuera una sola. En su interior descubrí dos bandejas de hamburguesas y otras dos de filetes. Carlitos no tuvo que esperar a que su padre regresara por Navidades para comer hamburguesas.


¿Fin?

Nota:

Deseo desde lo más profundo de mi corazón que esta pobre familia haya conseguido la asistencia estatal que tanto necesita, y que no sobreviva de las ayudas más o menos desinteresadas de su entorno inmediato.


Safe Creative #1011277944125


¿Quieres leer más?

lunes, 8 de febrero de 2010

Aquel tranquilo hotel (un cuento de 5870 palabras, para los que quieran leer un poquito más)








“Cada uno arrastra sus propios fantasmas... ¿o somos nosotros quiénes estamos arrastrados por ellos?”


—Necesita mucho reposo, mucha paz  —sugirió el psicólogo.            

 Y Julen interpretó que debía eliminar al máximo todo tipo de emociones y estímulos. Era esencial para su adecuada recuperación; por eso se compró unas gafas de sol.

“Debe evitar los espacios cerrados y si es posible el contacto con las multitudes”, por eso Julen se tomó unas vacaciones pagadas por cortesía del museo de cera. ¡Y qué mejor manera de seguir el consejo médico que circulando a gran velocidad por las carreteras de la meseta española!

La soledad dorada entre campos de trigo, tan inmensos, parecía mecerlo al compás de las ondulaciones que la brisa provocaba en ese mar de espigas. Y él sintió algo de esa libertad que perseguía a ciento veinte kilómetros por hora en su "escarabajo" descapotable, era como si la madre naturaleza acariciara la cabeza, alborotando el cabello de su hijo Julen en un gesto de maternal aprobación.

Llevaba horas conduciendo, y apenas se había cruzado con alguien. Probablemente circulaba por la región más deshabitada de toda España... y le agradó.

—Pero hijo, ¿cómo se te ocurre hacer esa locura? ¿Cuándo sentarás la cabeza? —recriminaba su madre.

—Mamá, no soy un niño, tengo veinte y cuatro años y vivo por mi cuenta. Tengo derecho a vivir como mejor me parezca.

—No te das cuenta, pero es que todavía eres un niño.

—¡Por eso, mamá, me tienes que dejar vivir! Tardé en andar más que cualquier otro niño porque tú no querías que me hiciera daño...

—Cielito, deja que te aconseje. Escucha a tu mami que sabe más de la vida...

—¡No! Escúchame tú a mí, lo haré te parezca mal o bien... Tengo derecho a equivocarme.


Julen recordó el disgusto que provocó a su madre, siempre se afligía mucho si la contrariaba en lo más mínimo. Pero no era una madre de las que gritan y rompen platos, no; ella se retiraba en silencio a su habitación, y allí rasgaba el alma de su hijo con sus lágrimas. ¡Cuántas veces deseó encontrar una razón para odiarla! Nunca la encontró, Julen se culpaba por hacerla sufrir, se culpaba por rechazarla en cada asfixiante abrazo de una intimidad que necesitaba crecer hacia otros horizontes que los maternos.

Su padre no debió morirse tan joven. Sí, debió enfrentarse antes a su madre. Lo supo cuando cientos de anónimos girasoles parecían devolverle la sonrisa. Era una buena señal, pese a ser todavía muy reciente lo del museo.

—¡He conseguido un trabajo fabuloso! —dijo Julen a Sofía, su novia, con una sonrisa estirada desde el alma.

—¿Y qué opina tu madre? —se interesó ella.

Había trampa en sus palabras.

—Bueno, lo de siempre, ya sabes...

—¡Por Dios, Julen! —explotó Sofía volcando el café de la taza al levantarse—. ¡Otra vez tu madre!

—¿No quieres saber dónde y cuándo empiezo? —las arrugas de la frente suplicaban tregua a una larga batalla.

—¡Me tienes harta! —gritó llevándose las manos a la cabeza, sin darse cuenta que era el centro de todos las miradas del bar—. ¡Tu madre esto, tu madre lo otro! Te tiene controlado...

—Sofía, por favor, tranquilízate.

—¡No me da la gana! Mira, me caes bien, eres un buen chico, pero no soporto tener que rivalizar con su fantasma. ¿No la ves? ¡Está sentadita a tu lado... y eso que no la conozco!

—Ya hemos hablado que eso era lo mejor.

—Sí, pero  lo has decidido tú todo. Mira, creo que es mejor que no nos veamos en una temporada.

—¿Pero que dices? —exclamó atónito.

Sabía lo que eso significaba.

—Ya sabes dónde encontrarme... ¡Pero no vengas hasta que tu madre no viva contigo! —gritó dando un portazo, dejando con la respiración cortada a Julen, a los camareros y a más de uno que allí estaban.

—Empiezo esta noche —susurró Julen con ojos llorosos.

—Te invito a una cerveza —rompió el silencio un cuarentón con un palillo en la boca—. No la hagas caso, mi mujer también es así  y cuando se pone estupenda me meto aquí, y entre copa y copa, espero a que se le pase...

¡Maldita la hora en que la conoció! Julen no percibió la mala pasada que le hizo su corazón al enamorarse de una chica... como su madre.

Quizá la culpa no la tuviese él, ni ella, ni nadie. Tal vez la responsabilidad recaía sobre la naturaleza, sobre un mismo y común Universo, en el que los más pequeños quedan eclipsados ante los grandes; donde los débiles dejan devorar su libertad  para que los grandes, vacíos de esa cualidad, decidan por ellos.

—La sociedad es cruel, ¡injusta! –observó Julen reduciendo la velocidad a la máxima permitida.

Las charlas con su psiquiatra le habían proporcionado el material suficiente con el que reeducar su pensamiento, aprender a explorar la realidad de una manera positiva, para reintegrarse en ella de un modo no traumático.

No obstante, creyó sorprender los rasgos de Sofía, de su rostro engrandecido por el deseo, finos, translúcidos, como si la mujer que tanto amaba se hubiera maquillado de irrealidad y lo esperara al final de la carretera, en la línea inalcanzable del horizonte. Una lágrima rodó por su mejilla.

-¡Ve... vete! No necesitas recordarme cuánto te necesito.

Julen soltó una mano del volante y con ella trató de borrar la imagen que se superponía, como una transparencia, en su campo de visión.

El "escarabajo" se salió de su carril, invadiendo la calzada reservada para el sentido contrario. A pesar de que no venía nadie, Julen trató de corregir la dirección, con violencia, asustado por haber perdido el control.

Con el volantazo consiguió el efecto contrario al deseado, el coche derrapó y la inercia lo llevó hasta el arcén de su carril a 90 kilómetros por hora.

“Se acabó, es el fin”, pensó. Pero el coche se detuvo sin dificultad tras una larga frenada. Al mirar atrás descubrió las sinuosas marcas que habían dejado los neumáticos.

Estaba extenuado, parecía que los nervios jugaban a mover unos dedos agarrotados sobre un volante, sin su control. No debía conducir más. Si no encontraba algún hostal o albergue descansaría en una tienda de campaña que llevaba en el maletero.


—Tu labor es bastante simple —informaba el director de personal en las oficinas del museo—, estarás en la cabina de control velando por el perfecto funcionamiento de todos los sistemas de seguridad, y puntualmente, cada hora, realizarás una ronda de inspección por las distintas dependencias del museo.

—Perfecto, ¿y cuál será mi jornada de trabajo?

—Pues la que habíamos acordado por teléfono, por las noches. ¿Supone algún problema?

No habían acordado nada por teléfono, pero Julen no replicó por temor a que eso pudiera comprometer su puesto de trabajo.

—No, no; por supuesto. ¿Y cuántas horas?

—Ya sabes, las estipuladas según convenio: doce horas, con los descansos establecidos por la ley y todo lo demás...

Julen ya no escuchaba, la alegría de haber encontrado un trabajo compatible con sus estudios le había secuestrado de la realidad. Ese mismo día, pocas horas antes de estrenar el uniforme de vigilante había discutido con Sofía, desde entonces no volvió a verla.

Su primera noche conoció la lenta destilación del desamor, y allí, entre vampiros y hombres lobos, ofrendó por la magia de la alquimia emocional el mayor tributo de dolor... sus lágrimas.

Bastaron dos días para decidir que no deseaba convivir con su madre, que no la necesitaba.

Con el primer sueldo alquiló un pequeño apartamento en el barrio de Huertas, de Madrid, haciéndose hueco rápidamente en una comunidad cuyos miembros más sociables eran las cucarachas, las ratas y la humedad omnipresente, cuyo verdor renegrido se extendía por las paredes desde el primer piso hasta el tejado.

No importaba, era el principio, ya encontraría algo mejor, un lugar donde compartir tantos momentos de amor no entregados.

¡Dios, cuánto dolor y soledad! Julen aprendió a compartir el triunfo de su estrenada independencia con una mujer de cera que se desangraba en una cama.

Antes de que firmara el contrato de trabajo tuvo que someterse a numerosas pruebas psicológicas y psicotécnicas, ¡ay de él si lo vieran ahora, hablando con figuras de cera! ¡Cuánta tristeza perder el mundo por un sueño, una promesa de amor que hacía oídos sordos a sus ruegos!

—Sofía, mi amada Sofía —acariciaba con ternura a la mujer de cera, atusando su cabello postizo.

Su parecido con la auténtica Sofía era extraordinario, no en vano la había elegido como confidente.

—Yo pondré rayos de sol en tu mirada, se los robaré al día para despertar tus ojos del sueño que te aletarga… Sofía, mi amada Sofía, ¿por qué nunca respondes a mis llamadas? ¿Por qué tus labios amorosos nunca me han rozado, si tanto lo deseamos?

Una lágrima cayó en uno de los ojos de la mujer yacente. Y el brillo que adquirió el ojo animado por el dolor se trasladó al otro, parecía estar más viva que nunca, como si contuviese la respiración para no delatarse.

—Sin ti yo no existiría, eres la razón de mi existencia... ¡Dime que me amas! Di, mi amada Sofía, que volverás.

—Mi amado Julen, tú eres mi más obstinado y valiente pretendiente. Noche tras noche esperaba con impaciencia que regresaras a verme, para decirme cuánto me amas, que yo sea para ti el aliento que necesitas...

—... para respirar —completó el vigilante en un susurro, admirando la voluptuosa humedad de sus labios carmesí.

Se estremeció, gozoso, al sentir caliente y palpitante el cuerpo de la mujer que le miraba con ojos soñadores, que jadeaba de anhelo por el beso que nunca se dieron. Fascinado, se levantó de la cama, y la ofreció su mano, para que pudiera admirarla de pie, fuera de la horrible almohada ensangrentada.

—Si esto es un sueño, Sofía, no permitas que nunca despierte. Por que no soportaría perderte por segunda vez —observó Julen tomando sus manos entre las suyas, deseaba abrazarla, aunque temía que se partiera en sus brazos.

—No, mi amor, esto no es un sueño. ¿Acaso esto —posó un besito en sus labios— no es real? ¿Acaso mi aliento que te estremece es de mentira? —añadió en su oído con suavidad.

¡La tenía, estaba con ella! No quiso plantearse cómo era posible, ¿qué importancia tenía si a partir de ese instante la vería toda las noches?

Julen se había distraído en el coche, recordando. Una mano todavía permanecía en el volante tras el repentino frenazo. No tenía intención de hacer nada. Su psiquiatra, el de la empresa, había insistido en la idea de no reprimir los recuerdos por ingratos que éstos fueran. Era bueno recordar.

El “cri-cri” de los grillos suavizó la vuelta a la realidad, con una canción que Julen  consideró de amor. Se hallaba plenamente recuperado del susto anterior, y decidió andar unos kilómetros más por si encontraba un hotel de carretera. Creyó recordar una señal de un área de reposo.

El sol se guarecía por la línea de un horizonte raso y sin mácula, casi con desgana, en un estallido de violetas y rosados como si tratara de conmover al firmamento para permanecer un ratito más.

Con esa luz especial que un día quiso para unos ojos que nunca debieron ver, percibió una vivienda en un camino lateral de la carretera, no muy lejana a ésta. Podría tratarse de un hotel, aunque no estaba seguro: muchas de esas casas eran en realidad construcciones muy rudimentarias de piedra, en las que se guardaban los aperos agrícolas y los jornaleros descansaban a la sombra de las horas más duras de sol. Se dirigió hacia allá.

No tenía ningún rótulo de neón, sólo una triste bombilla alumbraba débilmente la fachada y un descolorido cartel, que en tiempos mejores debió poner “Hotel”, a secas. Sin nombre ni categoría.

Esa bombilla despertó el recuerdo de otra...

—Ven, busquemos un lugar más bello –sugirió Julen, cansado de la almohada ensangrentada de Sofía.

—Por allí creo que hay un paraje tropical, a no ser que te molesten los bichos —sugirió Sofía.

—¡Qué va! —rió ante la idea de que un gorila de cera pudiera importunarlos.

La incertidumbre nubló por unos segundos su rostro. ¿Qué impedía esa posibilidad, si “La mujer desangrada” le tomaba una mano y le sonreía?

—¿Estás bien? Te veo con mala cara, menos mal que tenemos médico en la sala.

“¡¿Médico?!”

—Mira aquí está –presentó Sofía.

La molesta luz de una bombillita le irritó los ojos, procedía de la arrugada frente de un anciano con bata blanca. ¡Le conocía!, pero no lograba recordar con exactitud por qué razón. Sentía la desagradable presencia de su familiaridad, insultante por su prepotencia.

—Sus pupilas reaccionan correctamente a la luz, pero aún es pronto para aventurar un diagnóstico. Lo más sensato es que vaya por mis cosas.

Su sonrisa fue terrible.

Julen lo siguió con la vista. Cuando el doctor se detuvo en sus dependencias, los ojos del vigilante tropezaron con el cartel ensangrentado del “Trepanador”, en su habitáculo se veía la figura de un señor atado a una silla con el cerebro a la vista.

—¡Por favor, doctor! ¿Cuándo va a terminar mi operación? —suplicó el paciente, quizás sin saber que por su condición jamás llegaría a peinarse el pelo como todos los demás.

—¡Qué te calles, pesado, siempre estás igual! —regañó tomando una sierra descomunal que exhibía junto con otras de menor tamaño en una pared—. ¡Tengo un importante caso de palidez facial!

Julen se quedó paralizado por el horror.

—¡No se acerque a mí con eso! —profirió el vigilante señalando la sierra.

Ciertamente su aspecto imponía, entre sus dientes parecían quedar atrapadas astillas blancas de hueso, y el filo estaba recubierto por un fluido oscuro, como de sangre coagulada, que ocultaba el óxido que recubría el resto de la sierra.

—¡Oh, vamos! No sea niño, que no duele —recriminó el anciano palpando el cráneo con las manos—. Todos nos asustamos la primera vez un poco, pero luego nada, ¿verdad?

Había dirigido la pregunta al desdichado que tenía el cerebro a la vista.

—Cierto, no duele —respondió desde una silla, de esas de mimbre sin brazos. Estaba atado de pies y manos a ella.

Si tuvo una posibilidad de recobrar la coloración de su rostro, desde aquel momento la perdió. Se desembarazó del viejo doctor con un grito de terror tan intenso que apenas se le escapó sonido alguno de sus labios.

—¡Pero si me necesitas! Seguro que tu cerebro es está quedando sin sangre —protestó el anciano.

Julen fue retrocediendo hasta que su espalda encontró el tope de un obstáculo aterciopelado, como el de unas cortinas. Había llegado hasta otro departamento atravesando el pasillo de espaldas, cuando se volvió se encontró con una sonrisa sanguinolenta, de colmillos lujuriosos.

—¡Bienvenido al club, muchacho! —saludo un majestuoso y fornido vampiro de ojos agrietados, izándolo como un pelele por el aire hasta el interior de su habitáculo.

—Lo estáis asustando —rió Sofía.

—¡Oh, no es nuestra intención! –exclamó, el vampiro hurgando entre sus colmillos con un palillo, tratando de imprimir un gusto aristocrático con el meñique levantado—. ¡Tienes que sobreponerte, muchacho! Te invito a un trago.

—Gracias... gracias —Julen respondió taciturno ante la hospitalidad del vampiro.

El anfitrión abrió un ataúd que se mantenía de pie y de frente a los visitantes. En su interior, oculto de miradas indiscretas había un completo minibar, sin espejo, desde luego, y en la que los estantes atravesaban el ancho, unos encima de otros. Estaba repleto de botellas de cristal elegantemente talladas.

El vampiro pareció vacilar unos instantes en su elección.

—¡Ésta! El 1812 fue una cosecha excelente —añadió vertiendo un líquido viscoso y parduzco en unas copas.

Julen tomó la suya, y torció los labios en un gesto de repulsión al observar el “trago”.

—No te preocupes por el color, es sangre auténtica... ¡Sin conservantes ni colorantes! Apenas se aprecia el sabor de los anticoagulantes. Sí, está algo fermentada… Los años no pasan en balde —sonrió amistosamente el vampiro—. Te vendrá bien, ya verás como recuperas las ganas de vivir.

La copa ofrecía una superficie grumosa en la que lentamente eclosionaban unas burbujas de aire que se habían formado al escanciarse en la copa.

Julen miró al vampiro, sintiendo que en sus pulmones no entraba aire, como si un invisible torturador se deleitara dando una vuelta más a la rueda que accionaba el cierre de un corsé metálico en sus costillas. Trató de reunir el valor para excusarse, para retirarse sin ofender su cortesía.

—¡Vente para acá, colega, que ese es un finolis! —bramó el hombre-lobo entre colmillos e incisivos desgarradores, arrebatando al vigilante del vampiro.

Eran vecinos de la galería del terror, en el departamento de clásicos.

—¡Ah! —Julen por fin dio vida al pánico que experimentaba, protegiéndose con los brazos.

—¡Venga ya! —protestó con su voz ronca de animal—. No voy a cometer la imprudencia de devorar a un amigo —guiñó un ojo a Julen—. La última vez que devoré a uno luego me aburrí mucho.

Sus ojos de animal salvaje parecían burlarse de él.

—Vamos chaval, acicálate un poco que te veo muy alicaído —palmeó el hombre-lobo en la espalda midiendo sus fuerzas para no derribarle— ¡La vida nos espera ahí fuera, demuestra el animal que llevas dentro! ¡Corramos por los tejados, sonrojemos a la luna con aullidos de amor! Hagamos el payaso, ¿qué más da? Besa a esa chica que te gusta, ¡tócala el culo!

Julen sentía su corazón a punto de reventar en su pecho, incapaz de comprender la tragedia que su sensibilidad no digería.

—¡Y muerde! —chasqueó varias veces sus dientes para reforzar su consejo.

—No... él aquí con nosotros... Fuera, hombres malos —aclaró un "Frankenstein" de dos metro y medio cerrando una mano, como un grillete, en el brazo de Julen.

—Le estáis asustando —reiteró divertida Sofía.

La lucidez mental se disipó por completo, sintió haber rebasado todos los límites de horror conocidos, perdiendo la capacidad de reacción. Su cuerpo se movió dirigido por una voluntad inconsciente de no querer comprender.

—¡No! ¡No! –Julen trató de zafarse de la mano gigantesca que lo retenía contra su voluntad, que lo sujetaba como un muñeco.

Desenfundó su arma reglamentaria y vació el cargador en la enorme cabezota del monstruo. La sorpresa y horror se reflejaron ahora en los ojos de todos ellos, como si hubiera presenciado el más repugnante acto de trasgresión de las reglas. Julen sintió que el gigante aflojaba los dedos y que su brazo recuperaba la circulación. Tironeó y al fin recobró la libertad que su locura demandaba.

—Cabeza... me duele –dijo "Frankenstein" con torpeza, llevándose las manos a la cabeza.

Los impactos de bala, a distancia tan corta, le había despedazado la mitad de la cabeza, desmigando los restos de cera por el suelo. Mantenía intacto un ojo y la nariz, el resto había desaparecido.

Las alarmas del museo saltaron como consecuencia de los disparos, Julen aprovechó la estupefacción general de los monstruos para recargar el arma. No tenía intención de dañar a nadie, pero dispararía nuevamente para defenderse.

—¡Biennnn! —susurró el hombre-lobo con el brillo de una luna salvaje en los ojos.

—¡No te acerques! —advirtió Julen con el arma.

—¡Bffff, no podrás con todos! —bufó el vampiro enseñando sus colmillos.

—Dejádmelo a mí –reclamó el hombre-lobo con naturalidad —. ¡Yo soy su amigo! Yo le haré entrar en razón.

—¡No te acerques! —gritó Julen sintiendo la culata del revólver húmeda por el sudor.

—Julen, ¿realmente quieres ser devorado? —preguntó el hombre-lobo.

—¿O vampirizado? –añadió el vampiro levantando su copa.

—¿O ser un descerebrado? —el viejo doctor se unió a la conspiración.

—O ser como yo,…retales de otros –aclaró un "Frankenstein" desfigurado.

—O como yo, durmiendo eternamente en una cama que nunca aceptará como suficiente la sangre que puedas dar, soñando realidades imposibles que ni todo el dolor del que eres capaz de soportar hará que se cumplan —concluyó Sofía con tristeza.

De pronto, en un estruendo se hizo la luz, y dentro del marco luminoso que dejaron las puertas al ser abiertas, se recortaron las figuras de dos agentes de policía.

—¡Tire el arma! —advirtió uno de ellos.

—¡Me atacarán! —replicó Julen manteniendo el arma entre él y el peligro acechante de los monstruos—. ¡Ayudadme, por favor! –Gritó en un quiebro de voz, sin perder de vista a las figuras de cera que lo rodeaban, de manera estática.

—Está bien, chico. No pasa nada –añadió uno acercándose hasta el vigilante.

—¿Quiénes te atacarán? —inquirió el otro.

—¡Ellos! ¿No los veis? —Julen volvió el rostro a sus agresores, pero sólo halló cinco figuras de cera fuera de su lugar de exposición.

—No... no lo entiendo.

Dejó caer el revólver al suelo.

—¿”Ellos” son las figuras, chico?

—Sí, me querían atacar. Ya sé que parece una locura, pero es la verdad —Julen trató de justificarse—. No sé que decir... No… no lo en… no lo en… no lo en… entiendo.

Alrededor de la bombilla chisporroteaban una multitud de insectos, las estrellas de la noche brillaban demasiado alto para que alguno de ellos deseara acercase a su calor. Julen se había quedado ensimismado mirando la bombilla, se preguntó si los mosquitos sentirían algo parecido cuando la mirasen fijamente.

Se hallaba en la entrada de un hotel, aunque por su aspecto parecía estar abandonado. Si el interior estaba tan descuidado y sucio como lo estaba el exterior se plantearía que dormir en la tienda de campaña sería una alternativa más que aceptable.

-¿Hay… hay alguien en ca…casa? —tartamudeó Julen antes de decidirse a entrar.

El tartamudeo lo conservó desde el día del incidente, el mismo en que causó baja por incapacidad laboral transitoria, según informes psiquiátricos de la propia empresa. Ni siquiera pudo dominar su lengua cuando, una vez más, trató de ver a su novia.

—So…so…soy yo, Sofía, Julen.

—Déjate de chorradas que no estoy de humor.

—He te…tenido problemas, esto…toy de baja —explicó Julen tratando de discriminar algunos sonidos que captaba del auricular— ¿Estás sola?

—¿Y a ti que te importa? Estoy haciendo una fiesta con unos amigos.

—Te echo…cho ta…ta…tanto de menos. Por favor, vu…vu… vuelve co…conmigo. ¡Sé que me amas! To…todavía.

—¡Ja, ja, ja! —rió Sofía nerviosamente.

—¿Qué…qué…qué pu…puedo hacer para que me pe…pe…perdones?

—Nada, es un pesado que conocí hace un tiempo.

—¿Có… cómo?

—Mira tío, nos estás cortando el rollo, ya sabes ¿no? ¡Deja de molestar, capullo! —gritó un desconocido por el auricular cortando la comunicación.

¡Dios, que cruel es la traición! Tardó unos minutos en asimilar la noticia, después colgó el teléfono. Sofía, su amada Sofía, entregaba su amor a otro, despreciando el collar de estrellas engarzadas una a una en sus noches de soledad; repudiandole, a él, que había prometido poner rayos de sol en su mirar, que había jurado no despertar de un sueño de felicidad compartida aunque su realidad fuese de soledad y sacrificio...

Julen sintió un desagradable pinzamiento en su mejilla izquierda, dos huesudos dedos eran la causa.

—¡Oh, qué hombre más simpático! —pronunció una enjuta anciana, doblada por el peso de los años, meneándole el moflete.

—¿Pe… pe… pero que hace, se…señora? —protestó Julen ante las libertades que se tomaba la anciana.

Sintió pavor mirar esos ojitos brillantes, acolchados en unas ojeras tan oscuras que no podía tratarse más que de maquillaje, que la anciana, en su senectud, se había pintado exageradamente mal. Le soltó la mejilla, pero no dejó de radiografiar su alma con su impertinente mirada.

—¿Viene a comer, cenar, dormir, quedarse unos días? —Acribilló la vieja sin pestañear.

—Bueno, yo... en realidad... —contestó con el moflete enrojecido.

—¡Oh, pero que hombre más simpático! —exclamó la vieja volviendo a menearle la cara por el moflete acalorado.

—Se...se… ¡Señora!

—¿Tiene equipaje? ¿Muy pesado? ¿Viaja sin destino? ¿Huye de alguien? ¿Un viejo amor? —indagó la vieja con dulzura sólo en la última pregunta.

Aturdido, Julen contestó que sí a la primera pregunta, sin ser consciente que en realidad había respondido a todas con el mismo y único monosílabo. En ese mismo instante decidió que buscaría alojamiento en otro hotel de carretera. Y a pesar de que trató de evitar que la anciana cargara con sus cosas, al final se vio en el interior de ese hotel.

—Permítame que lo acompañe hasta su habitación.

—Gracias —respondió Julen subiendo las escaleras detrás de la señora. Ahora era él quien cargaba con sus cosas, le hacía sentirse mejor.

La viejecita abrió una puerta y accedió a una estancia grande y mal iluminada. Allí, entre paredes sucias y telas de araña, ella le miró fijamente, como si deseara un beso de buenas noches.

—¿Qué? —preguntó Julen incomodado por la mirada.

—¡Oh, qué hombre más simpático! —exclamó agitando de nuevo un moflete.

—¡Cómo no deje de tocarme, pronto me volveré muy desagradable! ¡Se lo advierto! —gritó Julen dejando caer sus cosas al suelo.

—¿Sabe que no tartamudea? —observó la anciana con la inocencia de un niño.

—¡Sí, sí ta…ta…ta…tar…tamudeo!

—Bueno, qué le parece la suite presidencial. Le han cambiado el heno esta misma mañana.

—Bien, bien, gracias.

“¿Heno? ¿Qué hará esta gente con el heno?”

—Bueno, pues si no desea nada más me voy.

—No, espere. ¿Es tranqui…tranqui…quilo el lugar?

—Tranquilísimo.

—Mi doctor me ha recetado mu… mu… mu… mucha tranqui… tranqui…li…lidad, ¿entiende?

—Claro, claro, ya no se vende en farmacias.

“Está como una cabra. Mañana me marcho temprano”.

En cuanto la señora abandonó la habitación, Julen atrancó la puerta con una silla en el picaporte; tras cerciorarse, con una oreja pegada a la pared, que se alejaba.

Ciertamente el lugar era silencioso y tranquilo. Se tumbó en la cama, oliendo con escrupulosidad las sábanas.

“Sofía”, sólo tenía pensamientos para ella.

—Sofía —acarició lentamente la sábana bajera, casi con voluptuosidad— si supieras cuánto te amo, lo enfermo que estoy sin tu amor. Cada día me obligo mil veces a olvidarte, y sólo consigo recordar que no vivo, de que cada día muero un poquito más sin ti…

Sintió deseo de llamarla, tenía un teléfono móvil siempre a mano, por si ella deseaba hablar con él. Últimamente no soportaba la tentación de marcar los nueve dígitos hilvanados con suspiros, grabados en sus yemas por un fuego que emergía del pecho; por eso la llamaba cuando estaba seguro de que nadie respondería, para hablar con su contestador telefónico...

“Sofía, escúchame, quiero que sepas que daré hasta la última gota de mi sangre si es mi olvido lo que deseas. Quizás así pueda alcanzar mi parcela de cielo y encontrarme allí a la Sofía que un día conocí; aunque sea sólo por unos segundos y luego arda en los infiernos para siempre.”

“Sofía, ¡estoy sufriendo tanto! Estoy tan solo sin ti, que el universo entero me acusa de mi imperfección… ¿Cuándo vendrás a completarme? ¡Gritaremos a los vientos que es mentira, que nuestro amor no nos hace invulnerables, pero que rozamos los cielos por las alas que nos faltan!”

“Mi tormento es mirarte, descubrirte en cada lugar... Por más que huyo de ti, de tu recuerdo, tu imagen me persigue, me sonríe y yo... deseo no sentir, sólo morir en las lágrimas que tu ausencia me provoca. Sólo acabar con este sufrimiento que me persigue hasta en sueños”.

“Por favor, Sofía, si tienes un mínimo de caridad... ¡cambia de número de teléfono! Te suplico que me ayudes a acabar con esto!”

No, hoy no llamaría; postergó su deseo hasta el día siguiente, ahora trataría de descansar. Se metió en la cama.

“Cada día la he dejado un mensaje, ¿echará de menos el de hoy?”

Se acurrucó bajo las mantas, buscando el calor que no hallaba en su corazón.

—¡Ay! —se quejó una voz cuando acolchaba la almohada para dormir mejor.

Julen brincó en la cama, el interruptor de la luz estaba a unos tres o cuatro metros.

—¿Qui…qui…quien está ahí?

La habitación no tenía ventanas, y el interruptor estaba al otro lado de la puerta. Sin luz era imposible ver nada. Se precipitó hacia la débil rendija de luz bajo la puerta del dormitorio, pero un bulto lo derribó aparatosamente. ¡Maldita mochila! Nunca se acordaba de ella. Se levantó y al fin llegó al interruptor.

¡Clic!

—¡Aaaaah!

Julen retrocedió horrorizado ante “eso” que tenía en la cama.

—¿Ya has acabado? ¿Crees que podremos dormir sin más escándalos o apaleamientos? —regañó la almohada.

Tenía forma de mujer, y su rostro era el de Sofía.

—¡Tú no debes estar aquí! ¡Tú no quieres estar aquí! —negó cerrando los ojos.

Cuando los abrió lo que quedaba de Sofía en la almohada era únicamente su rostro.

—¿Te parece bonito lo que está haciendo?

—¡Vete o te degüello! —amenazó Julen— ¡Tú no me amas! –añadió cerrando los ojos.

Cuando los abrió descubrió una realidad restaurada, y transcurrido un tiempo prudencial, decidió volver a acostarse. Pero renunció a la almohada por temor a que volviera a animarse.

Cubierto por la sábana y arropado de luz eléctrica para exorcizar los fantasmas, Julen se adormeció. Tenía por costumbre frotar una mano contra la sábana, para favorecer la llegada del sueño. Costumbre que sólo afloraba cuando no podía dormir.

Estaba en el primer sueño, y su mano permanecía quieta. Sin embargo, seguía sintiendo el movimiento suave de la sábana, como la caricia tierna de una mujer enamorada.

Julen abrió los ojos. Tardó un poco en interpretar lo que vio.

—¡Ah!

La sábana que lo cubría se había transformado en el delgado cuerpo de un fantasma que se deleitaba en caricias.

—¡No es posible! –gritó Julen reculando en el suelo hacia la puerta.

El fantasma tenía los rasgos de aquella que laceraba con su recuerdo el corazón.

—¿Me deseas, pimpollo? Ven aquí, que me tienes empapada.

—No. ¡No!

Le aterraba la idea de un encuentro amoroso con eso que se parecía a Sofía.

—Ven, que no tenga que ir a por ti —amenazó dulcemente, adquiriendo formas y volúmenes exageradamente grandes, más de lo que sería normal en una mujer.

¡Dios, era acosado sexualmente por un fantasma-sábana!

—¡Mi último amante no me duró nada, que en paz descanse! Yo necesito hombres como tú, cariñosos y salvajes —advirtió girando su etérea cadera en círculos.

—¡No, no! —repitió Julen revolviendo desesperadamente en su mochila.

¡Al fin lo encontró! La botella de camping-gas, una vez encendida, podría ser una excelente medida disuasoria contra fantasmas recalcitrantes.

—Quieres guerra, ¿eh, tigre? Muy bien, jugaremos a la “insaciable violadora del más allá y el pimpollo llorica” —rió Sofía.

Julen buscó desesperadamente las piedras de pedernal que guardaba en la mochila, que utilizaba para encender el gas.

“¿Piedras de pedernal?”

—¡Yo no uso piedras de pedernal! –protestó Julen revolviéndose en la cama empapada por el sudor.

Todavía no se había despertado.

—¡Ja, ja, ja! —rió Sofía bajándole los calzones.

Julen quedó inmovilizado con el culo al aire.

—¡Piedad! ¡Déjame en paz! —suplicó Julen.

Una punta de la sábana se enrolló velozmente sobre sí misma, convirtiéndose en un efectivo látigo castigador de culos.

—¿Con que yo soy la responsable de tu dolor, eh? ¡Ahora verás de lo que soy verdaderamente culpable! —exclamó agitando la fusta ominosamente.

Al primer impacto Julen despertó, pero el tormento de su trasero azotado no desapareció.

—¡No vale escaparse de los sueños, mon amour! —ronroneó Sofía sujetándole poderosamente contra la cama.

—¿Pero qué te he hecho yo? —imploró Julen.

—¿Que qué es lo que has hecho? ¡Querrás decir qué es lo que “no” has hecho! –dijo Sofía adoptando su voz.

—Por favor, déjame en paz.

—¡Déjame en paz a mí primero! —replicó con una voz que no le era propia—. Primero me acusas de cosas terribles, luego me encadenas a su imagen, ensuciando su nombre y finalmente te regodeas... ¡conque te deje en paz! ¡Iluso! Nunca podrás escapar de mí; disparas a figuras de cera, amenazas a sábanas y almohadas, ¡estás destruyendo cada intento de recobrar la cordura! Mientras no sepas lo que es real, no podrás escapar de mi ira. Te perseguiré día tras día para recordarte que no fui yo el culpable de tu dolor... ¡sino tú!

—Está bien, comprendo —reveló Julen—. No deseo ser más la víctima de nadie, ni siquiera de mí mismo.

Sintió de pronto que sus músculos se relajaban, y que adquiría la libertad de moverse. Cuando se volvió, no encontró a nadie, sólo una sábana empapada en sudor cubría su espalda.

Sintió paz, tanta que pudo pronunciar un nombre de mujer en alto,  temido y amado, sin arrastrase por infiernos lacerantes de odio, celos, tristeza y amarguras.

—Sofía, no me puedes oír pero mi voz ya no flaquea. Hoy por fin, en este tranquilo hotel, he descubierto la luz, he dado paz a mi espíritu. Buenas noches, y ésta será la despedida definitiva, una etapa de mi vida murió contigo, y con el recuerdo purificado inicio otra; pero es ahí donde debes estar, en el recuerdo.

Y durmió, y por primera vez, en mucho tiempo descansó verdaderamente, tanto que cuanto se despertó al día siguiente se halló radiante y lleno de una dicha que necesitaba compartir. La siniestra señora de las grandes ojeras sería la beneficiaria de su alegría, le pagaría el doble o el triple de lo que habían acordado por la habitación.

Una vez vestido, más tranquilo, reparó en que la habitación de hotel, en la que había pasado la noche, no seguía ciertas reglas lógicas para obtener dicha categoría: excepto la bombilla, el colchón y la almohada, todo lo demás tenía aspecto de cobertizo... ¡Si hasta estaba lleno de fardos de heno a un lado!

—¡Señora! —llamó bajando las escaleras.

La planta de abajo tampoco tenía aspecto de hotel, parecía una vieja casa de campo abandonada, quizás resucitada en cada verano si la cosecha era buena... Julen comprendió que había sido víctima de sus propias alucinaciones.

El día se descubría radiante al otro lado de la puerta, lleno de una luz bienhechora que incitaba a ser respirada por cada poro de su piel.

Dejó la mochila en el interior del "escarabajo"... ¡Qué lejos parecían estar sus fantasmas!

Julen no los vio porque se hallaba enfrascado en la lectura de un mapa de carreteras, pero en las ventanas de la vieja casa se despedían, con aire compungido, un anciano vestido de blanco con una bombillita en la frente y un elegante vampiro moviendo tristemente las manos. En la puerta, un "Frankenstein"desfigurado se enjugaba con la mano el único ojo que le quedaba, y abrazado a él lloraba desconsolada una pálida Sofía. El hombre-lobo era consolado por una sábana, mientras que una almohada gimoteaba en los brazos de una ojerosa anciana.

De pronto su teléfono móvil sonó, todos contuvieron la respiración.

—¡Sofía! ¿Eres tú? ¡No, no me molesta que me llames! Mira, prefiero que no me cuentes lo que has hecho ... ¿Qué si todavía te quiero?

Los monstruos permanecían quietos, como si la vida dependiera de la  inmovilidad.

—¡...Pues claro que sí!

Todos palmearon a la vez como jugadores de baloncesto ante el lanzamiento de tres puntos que, en el último segundo, les daba la victoria.

—Aunque tengo algunas dudas, Sofía, que es mejor aclarar —explicó Julen girando la llave de contacto del motor.

"Franki" silbó a sus compañeros, haciendo gestos con el brazo señalaba nerviosamente hacia el "escarabajo".
Cuando el coche inició el regreso a Madrid, a los orígenes, cargaba con ocho apelotonados y sonrientes fantasmas.





- FIN -



Safe Creative #1002095487444
¿Quieres leer más?

sábado, 30 de enero de 2010

El vuelo del colibrí (Un cuento de 3060 palabras)


Era triste verla bailar alrededor de una silla, meneando las manos como si volara. Ella, que había sido tan culta y tan refinada, no se merecía una vejez así. Frida lo sabía, y no terminaba de aceptar lo que sus ojos veían. “Deja a la abuela, ¿no ves que no está bien de la cabeza?”, recordaba las palabras de su tío Antonio, cuando pidió permiso para visitarla.

¿Pero es que nadie se acordaba de que Estrella, su abuela, había dado un poco de luz a sus corazones y a sus mentes, durante cuarenta años o más? ¡Había sido una misionera del conocimiento!, y había entregado algo más que la idea de un mundo gigantesco, que superaba más allá de la espesura de la selva que los retenía pegaditos a la idea de la madre tierra; les llevó la luz de otras civilizaciones y la razón de las matemáticas aplicadas…

Se había detenido en la aldea, muchos años atrás, cuando se dirigía a tomar posesión de su plaza en la escuela de un pueblo, 60 kilómetros más lejos; y ya no salió de aquí cuando vio que niños de todas las edades vagabundeaban a su suerte.

Estrella fue la primera educadora del pueblo, para ello había renunciado a las comodidades de la ciudad, pero ganó algo más importante: el amor. Un amor correspondido, pleno, pero también prohibido. Se enamoró de don Fulgencio, que estaba casado y no podía divorciarse.

No obstante, se veían cada noche en la cabaña de ella. Una choza construida por los lugareños por gratitud, en las afueras de la aldea; más por ofrecer un lugar donde pudiera guarecerse de las lluvias, en la estación húmeda, que otra cosa.

Fulgencio intervino en la construcción. No, no, no... ¡Debe tener suelo de madera!  ¡Y al menos dos palmos por encima de la tierra! Exigía. Jolín con la señorita, pensaban con envidia los hombres, muchos de ellos eran los nietos de los nietos de los que colgaron las primeras hamacas en esos árboles, y no tenían chozas mejores que la de la recién llegada.

Cuando la cabaña estuvo acabada, Fulgencio se la amuebló. Un día llegó con una silla en la mano. Espero no ofenderla, decía con timidez. Es muy amable, un tronco me hubiera bastado. No se engañe, señorita. Usted se merece más, mucho más. Días después se presentó con unos estantes. Estrella no sospechó lo que realmente escondía la gratitud de Fulgencio hasta varias semanas más tarde, cuando apareció a la entrada de su cabaña acompañado por varios hombres. Nosotros somos hombres de campo, dijo, y estamos acostumbrados a dormir sobre una esterilla, pero usted, señorita Estrella, no. Y los hombres montaron una cama. Una sólida cama con dosel, somier de cuero trenzado y mosquitera. No faltó hasta un pesado jergón de lana peinada. Desde ese mismo día Estrella dejó de sentirse sola.

Eliana, intrigada por las ausencias reiteradas de Fulgencio, le siguió. Vio que entraba en la cabaña de la maestra. Oyó sus voces familiares, como personas que se esperan; y risas. Sintió dolor. Peor fue el silencio. Un inmenso dolor.

Se acercó a la cabaña sólo cuando don Fulgencio había salido, sin atreverse a poner un pie en los peldaños de la entrada.

—¿Qué es lo que quiere? —dijo Estrella cuando reparó en su presencia.

—Usted es una buena mujer, y mi marido es un buen hombre… ¿Por qué me hacen esto? —gimió con los ojos secos, rojos de tanto llorar.

Estrella no supo que decir. Un colibrí apareció repentinamente entre ellas, suspendido en el aire, como queriendo repartir paz con las alas.

—Si hay un dios justo en los cielos que me perdone, porque yo te maldigo… ¡Os maldigo a los dos!

A pesar de la maldición Fulgencio no dejó de visitarla, y noche tras noche demoraba más el momento del retorno. En los últimos años, aunque era un hecho que nadie ignoraba, regresaba al hogar una hora antes del amanecer, para evitar a su mujer el escarnio público. Pero aquella mañana el sol no brilló, una espesa niebla ocultaba todo el pueblo. Era algo inusual en aquellas regiones.

Con sorpresa, Fulgencio descubrió que la niebla provenía de su casa. Se acercó alarmado hasta su esposa, para despertarla. Le dio un beso en la mejilla, pero ella no se movió. Permanecía obstinadamente inmóvil, conteniendo la respiración. Estaba enfadada, a esas horas siempre lo estaba.

—Despierta, querida.

Y la tomó de un hombro, pero fue un cadáver lo que se volvió. No respiraba, aunque de su boca abierta exhalaba una espesa niebla que reptaba por los suelos de la estancia y salía por la ventana. Las mujeres de la aldea forzaron a sus maridos a no salir de las chozas, unas con mimos y zalamerías y otras, con gritos y llantos.

Ningún hombre salió a la calle ese día, sólo don Fulgencio, que con alegría y pesar a partes iguales, corría en busca de Estrella. Nunca llegó, se perdió en la niebla. Su cuerpo jamás apareció.

A pesar de que las circunstancias obligaron a la maestra a contraer matrimonio, nunca superó la ausencia.

Muchos años después Estrella enfermó, no llegaba a los ochenta años cuando el alzhéimer se paseó por su cabeza. Se desorientaba, olvidaba cosas que había hecho apenas unos minutos, pero jamás perdió su identidad. La situación se agravó cuando Estrella confesó que había visto a don Fulgencio.

—Pero abuela, don Fulgencio se murió hace más de cincuenta años.

—Es verdad, pero sabía que algún día encontraría el camino…

Cómo no enternecerse, viendo esos ojos dulces tan llenos de amor.

—¿Y cómo le has visto?

Le habían dicho que no debía permitir alimentar fantasías, que si en verdad amaba a Estrella debía ayudar a situarla en la realidad, en sus circunstancias reales. Sin embargo, esos doctores no tenían que enfrentarse a esa mirada.

—Bien, muy guapo como siempre. ¡Entró por la ventana!, cuando todavía era de día.

Frida sonrió.

—Bailamos toda la noche, y no dejaba de decirme lo guapa que era…

—Todavía eres muy guapa, abuela.

Estrella, ignorando el halago, parecía absorta en rememorar tan anhelado reencuentro.

—No ha cambiado en nada, bueno, sólo que ahora es un pájaro… ¡Un alegre colibrí!

Estrella advirtió el gesto de disgusto de la niña.

—Creo que estoy hablando demasiado, y te aburro, ¿verdad? Toma.

Le dio una moneda y un caramelo.

—Ve con cuidado, cariño, que pronto se levantará la niebla.

—¿Cómo lo sabes, abuela? —se interesó Frida desde la calle.

—El colibrí, siempre aparece antes que la niebla.

Llegó a casa preocupada, alertó a sus padres de que la abuela no estaba bien, que empezaba a desvariar demasiado. No había sido consciente de que en el trayecto de vuelta a casa se cruzó con un colibrí. Era cada vez más raro observarlos en zonas urbanas, aunque su presencia no provocaba extrañeza.

Y tampoco fue consciente, ya entrando en casa, de que Estrella había acertado en los pronósticos sobre el tiempo. Acertar sobre la aparición de la niebla era una mamarrachez: todos los días, desde hace al menos cincuenta años, hay niebla, pero ¡por la mañana! Cuando Frida sintió los suavísimos pinchazos de frescor en la cara, era por la noche.

Pasear deprisa entre la niebla le resultaba familiar, por eso no reparó en su presencia. De haber estado menos preocupada por su abuela se hubiera dado cuenta del factor temporal… y de que la abuela no había errado en sus predicciones.

Sabía, todo el mundo lo sabía, que esa niebla era extraña. Los mismos árboles que habían podado la tarde anterior, los de la calle de la hispanidad, se presentaban bajo la niebla como manos huesudas que emergían de la tierra. Y a pesar de que se esforzaba por recordar el alegre paseo de la calle principal, de sus madreselvas y glicinas, sentía un pavor por lo sobrenatural. Pero es que sólo era una niña.

Sintió alivio en cuanto cerró la puerta de su casa.

No se hable más, le llevaremos a un centro apropiado; Sí, será lo mejor; Ya es muy mayor para manejarse sola; Si vendemos la vieja cabaña casi no tendremos que poner nada… Debatían los hijos de Estrella, delante de Frida sin preocupación.

—¡Pero si es muy vieja! No le van a dar mucha plata por ella —protestó la niña.

—La abuela es muy vieja, y su casa también. Necesita un sitio mejor donde tenga agua corriente y todas esas vainas… El terreno vale dinero, lo mismo que la residencia. ¿Entiendes?

Claro que lo entendía, querían encerrar a su abuela. Era más fácil, más cómodo; lo mejor. Casi se arrepentía de haber hablado, podía haber fingido y no haber dicho nada porque, al fin y al cabo, su abuela no era un peligro para nadie, ni siquiera para sí misma.

—La abuela no está loca —insistió con ojos llorosos— ¡sólo es más feliz!

Su padre le mandó a jugar con las muñecas, la miraba con ojos de advertencia, de “no me hagas buscar la zapatilla” y Frida obedeció. Sentada sobre la cama, con una Barbie sonriente en las manos, todavía oía debatir a sus tíos. Es mejor que preguntemos primero en el banco; No, lo primero es en hacienda, para saber si hay impuestos, embargos o cualquier carga pendiente…

—¿Y tú no dices nada? —preguntó a la muñeca.

En otras ocasiones hubiera hablado, y mucho. Habría soltado una risita juguetona y confesaría un montón de cotilleos, de que Abrahán, el niño más guapo de la clase, había aspirado con gusto el olor de colonia de la coleta cuando aguardaban en la fila para entrar en el aula. O tal vez relataría pormenorizadamente los trucos para ligar o ser la chica más sexy… Pero hoy la muñeca también estaba enfadada.

No nos olvidemos de los informes médicos, ¡son vitales para incapacitarla! Se oyó a través de las paredes.

—¡Corre, avisa a la abuela! —dijo la Barbie.

Y la niña se fugó. No hizo falta saltar por la ventana ni nada parecido, todos los mayores estaban enfrascados en una conversación que les impedía ver el resto del mundo. Aunque Frida hubiera dado un portazo al salir no se habrían dado cuenta.

En la calle refrescaba, la niebla se había hecho más densa, y Frida tuvo miedo. Las manos de la calle Hispanidad parecían retorcer sus huesudos dedos entre las brumas. “Madreselvas, madreselvas” se repetía Frida mientras se dirigía a casa del vecino. Tiró una piedrecita al cristal de la habitación que tenía luz. Al cuarto intento asomó una cabecita.

—¿Frida, eres tú?

—Sí, tienes que bajar: es de vida o muerte.

Camilo no tuvo más remedio que aceptar.

—Pscccht —volvió a llamar Frida.

El niño sacó la cabeza de nuevo por la ventana.

—¡Me estoy calzando! ¿Qué pasa ahora? —protestó el niño en voz baja

—Que no se enteren tus padres.

Y Camilo desapareció al instante. Momentos después aparecía en la parte de atrás de la casa, donde el jardín apenas recibía la luz de las farolas.

—No pude evitarlo —se disculpó Camilo— o se venía con nosotros o gritaba.

Guillermito, de seis años recién cumplidos, sonrió satisfecho de oreja a oreja. Frida evaluó con rapidez los inconvenientes de llevarse a un niño tan pequeño.

—Lo primero, yo mando. Segundo, no vamos de excursión… ¡tenemos que hablar bajito todo el rato! ¿De acuerdo Guille? —dispuso la niña con autoridad.

Camilo sabía que era una líder natural, como las heroínas de los tebeos que leía cada semana. Y sin saber bien por qué siempre la seguía, era incapaz de negarse a sus deseos, y más cuando invitaba a la aventura de esa manera tan sugerente.

—Está bien —susurró Guillermito—. ¿Pero por qué nos escondemos?

Frida guiñó un ojo a Camilo, ¡cómo le gustaba ese gesto en ella!

—Es un juego. Tenemos que ir a casa de mi abuela sin que nadie lo sepa. Si nos pillan se acabó el juego.

Omitió el detalle de que sentía pavor de caminar por la avenida de la Hispanidad, la calle de las manos muertas. Todos conocían los chismorreos…

“Los árboles son las manos de los muertos, que para hallar el descanso eterno de sus almas obedecen los designios de una bruja que murió por desamor. Aquellos que desaparecen en la niebla no es porque se pierden, es porque la bruja los agarra con esas manos de madera retorcida… para libar el amor de sus almas, como el colibrí el néctar de las flores”.

Y aunque Frida había cumplido los doce años, y era mayor para creer en esas tonterías, sentía miedo. Tal vez porque su abuelo había sido don Fulgencio, y nunca lo había conocido por culpa de la niebla, la misma que ahora deformaba las calles de su ciudad. Por eso había reclutado refuerzos, para fingir delante de ellos que no pasaba nada.

Arrinconada por edificios de tres plantas, la vieja cabaña de la abuela Estrella apenas se apreciaba a plena luz del día. De noche, y a pesar de que el ayuntamiento había accedido a instalar una farola, menos todavía. Supo que habían llegado por los plátanos centenarios de la entrada, detrás quedaba oculta la vivienda de la abuela.

A cambio de una triste bombilla, el plan de urbanismo autorizó un asedio de aceras y asfaltos reduciendo la parcela de la vieja loca, como llamaban a Estrella en el pueblo. ¿Y ella por qué iba a protestar?, si el pueblo le había regalado una casa, y, además, las obras eran para una mayor calidad de vida del ciudadano, “por una mejor optimización de la explotación urbanística del pueblo”, según rezaba una carta del consistorio que aún guarda en algún cajón.

—Chicos, antes de entrar, vamos a espiar: tenemos que saber si realmente está loca.

Los tres, como soldados de élite en misión secreta, se arrastraron por el suelo; muy despacio para no hacer ruidos. Llegaron hasta una posición, detrás de unos bananos, desde donde podían curiosear a placer sin ser vistos. Tenían una fantástica panorámica de la salita, alumbrada débilmente por bombillas de cuarenta vatios.

—Mírala, yo creo que está loca… ¡Pero es muy divertido! —observó Guillermito entre susurros.

Camilo le propinó un codazo.

—Quietos —exigió Frida sin poder apartar la vista de su abuela, con los labios fruncidos.

Camilo vio esos labios apretados, aplastando lamentos que no pronunciaban. Verla tan bonita, y en esas circunstancias, fue una estupidez que no comprendía.

Presenciaban una escena irrepetible, Estrella bailaba en torno a una silla que al menos podía tener cincuenta años. Disfrutaba de una canción en un viejo gramófono que todavía funcionaba. Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán cantaba “Sólo pienso en ti” mientras la viejecita meneaba las manos con picardía, hasta que la música cesó, y precipitadamente se sentó en la silla.

—¡He vuelto a ganar, Fulgencio! Qué tonto eres…

Qué canción tan bonita… ¿qué me está pasando?, pensó Camilo rascándose por detrás de las orejas.

—¿Jugamos con ella? —dijo Guillermito.

—Chissst —respondieron al mismo tiempo Frida y Camilo.

—Creo que no está sola, Frida. Hay algo más en la salita, pero no lo veo bien.

Camilo era miope, pero sus gafas estaban limpias y los cristales bien graduados.

—Está bien, nos acercaremos más —concedió la niña.

Y los tres reptaron hasta la cabaña, allí descalzaron los pies para que los zapatos no delataran su presencia en el entarimado exterior. El gramófono volvió a reproducir el viejo disco de vinilo. Muy despacito, y echando la cabeza hacia atrás, los niños consiguieron una línea de visión desde la misma ventana de la cabaña.



“…pero poco a poco

sólo pienso en ti,

sólo pienso en ti…”



Estrella volvía a bailar. En su rostro brillaba una sonrisa, que de haberla lucido en la calle habría disipado toda oscuridad. ¿Sonreiría de ese modo encerrada en un manicomio? Si estaba loca, a Frida no le importaría que media humanidad sufriera su locura. Tengo que avisarla… esperaré a que termine la canción, pensó. Y de pronto lo vio.

Era un colibrí, que revoloteaba alrededor de la silla, siguiendo los compases de la canción… ¿Ese pájaro enano está bailando? Frida no daba crédito a lo que veía. Sí, está bailando con mi abuela. Estaba aturdida. La canción terminó, y como era de esperar, Estrella acaparó de nuevo el asiento.

—Ja, ja, ja… Venga, no seas tonto, que sé que lo estás deseando… Toma.

Y le cedió el sitio al colibrí.

Al instante, el pajarillo se posó sobre el respaldo, y la abuela abrió un viejo arcón de madera que estaba contra una pared.

—¿Qué está buscando, una red? —se aventuró a preguntar Guillermito.

—Chissst —contestaron los niños, igualmente bajito.

Estrella sacó un traje de caballero, anticuado, pero de paño impecable. Se acercó hasta la silla, parecía esperar la aprobación del colibrí, pero en realidad esperaba otra cosa. La anciana no dejaba de sonreír. Al fin sucedió.

El pajarillo se arrancó las alas. Con dos movimientos fulminantes de pico, el colibrí quedó desmembrado. Los niños siguieron con horror la caída de las plumas hacia el suelo. Cuando levantaron la vista el colibrí había desaparecido, en la silla estaba sentado un señor desnudo. Guillermito trató de sofocar una risita porque se le veía el culo a través de los palos que conformaban el respaldo.

—Chissst —protestaron los niños.

Estrella, con la sonrisa imperturbable, le ayudó a vestirse. Primero la camisa, que abotonó con metódica parsimonia; después los pantalones; y por último la americana.

—Fíjate en el estante de la derecha —susurró Camilo a Frida.

—¿Qué hay?

—Una foto de…

—¡Chissst! —protestó Guillermito, más alto de lo normal.

Estrella y su misterioso caballero se volvieron hacia la ventana. Los niños, asustados, cayeron de culo en el suelo. Antes de que se levantaran y salieran corriendo, la viejecita y el señor les observaban desde la ventana, petrificándolos con la mirada.

—Chissst, será nuestro secreto—dijo la abuela, sin perder su encantadora sonrisa.

El caballero, unos cincuenta años más joven, abrazaba con auténtica ternura a la viejecita. Frida había visto en otro sitio ese bigotín y esas patillas, el rostro de ese hombre le resultaba familiar y no sabía por qué.

—Además, dirán que estáis locos —añadió el señor—como ella…




Fin





Epílogo



Frida tuvo ocasión de volver a casa de su abuela al día siguiente. Cuando vio la foto del estante, se dio cuenta que el señor que vio anoche era su abuelo, don Fulgencio.

Al fin había encontrado el camino…


Safe Creative #1001295408242
¿Quieres leer más?

viernes, 25 de diciembre de 2009

“En los suburbios de las estrellas”


“Estando a tu lado, Susana, me haces sentir la bondad que se recibe cuando se es un niño pequeño. Cada día que amanece descubro un mundo nuevo, lleno de cosas buenas por revelar. Haces que los buenos tiempos del pasado, no sean nada, que compartir cada día contigo sea una aventura de felicidad, una maravilla no superada por nada cuanto existe en el universo. Haces que desee llevarte a las estrellas, para escuchar desde allí tu voz, escuchar las palabras que hacen conmover a media humanidad, y desde allí gritar a todos que te amo...

Para que nadie, ni siquiera tú, pueda ignorar cuánto te quiero.”





Ricardo abrió los ojos, y sus pupilas se constriñeron en dos puntitos negros. Había demasiada luz, incluso para él, que agradecía despertar cada mañana con la luz del sol en la cara.

Normalmente se levantaba despejado, y aunque esta mañana se hallaba completamente descansado, tenía la impresión de no haber despertado del todo de los sueños que lo habían acompañado en su viaje nocturno. El entorno en el que se hallaba no le resultaba familiar y, sin embargo, ¡parecía tan real el sueño del que despertaba!

Había soñado que venía de un mundo lejano, disminuido y en penumbras; que provenía de un planeta azul, que podía haber sido muy hermoso si la mezquindad de sus moradores no hubiera hipotecado su futuro a una discutible comodidad presente.

Recordaba que en su sueño vestía cada mañana con ropa limpia y perfumada la cama que compartía con la mujer, con la que también compartía piso y corazón, para ablandar con mimos un amor que se endurecía con demasiada facilidad. Sólo él era capaz de adivinar que tras la frialdad de su acero y la dureza de su hormigón escondía la fragilidad de una dulzura cristalizada, como el azúcar rancio que no se usa.

Sus manos derrochaban caricias sobre las sábanas, eliminando todo rastro de arruga sobre la cama, con la secreta esperanza de que cuando ella se acostara las recibiera todas juntas. Y perfumaba las almohadas con agua de azahar, para que su mujer conciliara mejor el sueño y así descansada, al día siguiente, pudiera descubrir en su rostro la sonrisa que nunca encontraba.

Completaba la limpieza de la habitación principal, la única que en realidad tenía uso habitual, cuando regresaba de la compra diaria con una flor, siempre distinta, que colocaba sobre el lado de la cama que usaba su mujer.

A pesar de que se podían permitir pagar los servicios de limpieza de una empleada de hogar, Ricardo prefería encargarse personalmente de esas tareas porque nadie iba a poner tanta dedicación y respeto en cada detalle, que sublimaba casi a la categoría de culto y reverencia.

¿Quién podría convertir algo ordinario e ingrato en algo vivo y bello, si no es por la grandeza del amor? Nadie, no era exigible, ni aún pagando dinero por ello. Sólo podía ser él, sus manos limpias no mancillarían el cristal de los portarretratos de una Susana, diez años más joven, sonriendo dulcemente desde el salón. Ni profanarían cajón alguno de su cómoda, donde su ropa interior estaba perfectamente ordenada.

Ricardo recordó con nostalgia el eco de su voz, de su risa, cuando Susana todavía era universitaria, y la habitación era muy pequeña, y las braguitas descansaban sin pudor desde cualquier rincón. ¡Qué importancia tenía tanto desorden cuando sentían urgencia por amarse!

Los dos estudiaban Ciencias de la Información, no les quedaba demasiado tiempo para otras ocupaciones.

—Se nos va a gastar el amor —decía Ricardo entre bromas.

—No —Susana ponía voz de niña pequeña desvelando el mayor secreto del Universo—. Cuanto más más, y cuanto menos menos —concluyó con un suspiro.

—No entiendo nada.

No hacía falta que Ricardo dijera nada, su rostro hablaba por él.
Susana liberó una risita.

—Cuanto más haces una cosa, más te apetece hacerla. Y cuanto menos la hagas, menos te gustará hacerla —concluyó Susana sonriendo.

Habían sido buenos tiempos… que sólo Ricardo parecía recordar, como si Susana no hubiera participado de ellos. Regresar a su rutina diaria le hizo sentirse muy solo, muy triste.

En general, todo el sueño de aquella noche había sido amargo, menos el final. Había sido un extraño viaje por el espacio, donde el azul del cielo se oscurecía progresivamente en la negrura de la infinitud interestelar. Veía las estrellas como pequeños puntitos de luz que se movían fugazmente hacia su espalda, dando paso a nuevos soles y sistemas planetarios que desaparecían con la misma rapidez, provocando un efecto de túnel misterioso iluminado con la luz de constelaciones y galaxias enteras a su paso. No sentía ni vértigo ni asfixia, ni presión alguna sobre su cuerpo. No sentía vibración o ruido, sólo un vientecillo que arremolinaba sus ropas y despeinaba con suavidad su flequillo.

Despertó repentinamente, y la melancolía de su sueño enturbió con la confusión una realidad desconocida: Ricardo no se encontraba en la habitación de su casa, no estaba en su casa.

Lo último que recordó haber hecho antes de quedarse dormido era haber puesto una flor, una margarita de una variedad que no conocía, sobre la cama recién hecha. Quizá en ese momento decidió descansar un momento, Susana no vendría hasta por la noche, no tenía que rendir cuentas a nadie. Pero, ¿dónde estaba ahora?

Encontró a los pies de la cama un diván sin respaldo ni brazos, allí aguardaba una ropa bien doblada. Al posar los pies en el suelo, sintió la sensación agradable de la lana de una alfombra, pero allí no había otra cosa que las losetas blanquecinas del suelo.

La estancia era muy amplia, donde la cama se situaba sobre una plataforma elevada que se accedía a través de tres o cuatro peldaños que la bordeaban. A su derecha, una ventana sin cortinaje alguno se extendía prácticamente sobre toda la pared: unos doce metros de ancho por cuatro de alto. A través de sus cristales se percibía un cielo azul turquesa muy bello, seguramente un efecto producido por el vidrio tintado.

Como estaba desnudo, el pudor fue más fuerte que su curiosidad. Decidió cubrirse con esas ropas que encontró sobre el diván. No había otras en la habitación, y no halló armario o mobiliario alguno donde pudiera encontrar una alternativa más familiar, como su pantalón de franela y su camisa.

Esas ropas no eran muy diferentes de las suyas, se componían de dos piezas sin costuras ni remates de ningún tipo, y la que correspondía a la parte inferior cubría desde los pies hasta la cintura. La superior, resguardaba la cabeza, brazos y torso hasta las rodillas. Era de un tejido suave, agradable al tacto y tibio, como si emanara de él una temperatura constante desde el interior de sus fibras.

—Es cien por cien transpirable, no se ensucia ni se arruga nunca y es prácticamente incorruptible. Te protegerá de quemaduras y de cualquier corte. ¡Ah, y es auto ajustable! —la voz de una chica le sobresaltó desde el marco de una puerta que antes no existía.

Ricardo tenía tantas preguntas por hacer que no llegó a formular ninguna.

—Lo sé, lo sé. En este mundo descubrirás que muchas cosas son iguales que en el tuyo, y otras que no. Estás en el tercer sistema planetario, más allá de lo que vosotros llamáis Orión. Vuestros sistemas de exploración del universo todavía son algo primitivos y es probable que ni siquiera conozcáis la existencia de nuestro mundo.

Ricardo abrió mucho los ojos, conteniendo la respiración.

—Ahora estás pensando que eres víctima de una broma cruel, aunque en el fondo sabes que no. Y sí, nuestro cielo es de color azul turquesa. Nada tiene que ver con los cristales de la ventana, si no de la combinación de los gases de nuestra atmósfera con la luz que recibe de nuestros soles gemelos.

—¡Quieres dejar de leer mi mente, por favor! No estoy acostumbrado… me siento intimidado.

—Discúlpame, Ricardo, he tenido que hacerlo desde que llegaste hace unas horas. Tenía que familiarizarme con muchos aspectos de tu cultura y educación recibida, pero no lo haré más que cuando sea necesario. Entre nosotros es una manera habitual de comunicación, más sencilla, honesta y...

—¿Expresiva?

La chica sonrió.

—Vas aprendiendo muy rápido. Ricardo.

—No lo entiendo, ¿cómo es que te expresas en mi lengua?

—No lo hago, los sentidos de percepción en seres inteligentes, medianamente evolucionados, cuyo córtex cerebral sea lo suficientemente desarrollado, admiten la comprensión del pensamiento aunque esté basado en un soporte oral más o menos elaborado. Tú crees que estoy hablando realmente, mientras que lo único que hago es emitir una serie de sonidos y gruñidos que fonéticamente en poco se parece a tu idioma. Pero tu cerebro necesita recibir todavía ondas auditivas para comprender mi pensamiento, y yo estoy reforzando la “emisión” para que no oigas los gruñidos, sino mi voz.

—Tú conoces mi nombre, ¿cómo debo nombrarte yo?

—Llámame Susan.

Ricardo pareció disgustarse.

—No puede ser que te llames así, ese nombre es demasiado parecido al de mi mujer.

—Lo sé. Y lo he escogido a propósito para crear un vínculo afectivo contigo. Mi auténtico nombre te resultaría incomprensible, demasiado raro.

—¿Y por qué sois tan... como nosotros?

—Lo que me estás preguntando es por qué no somos unos monstruos siniestros con tentáculos o miembros extraños, ¿verdad?

Ahora fue Ricardo el que sonrió.

—Te puedo dar dos explicaciones, la narcisista o la real. ¿Cuál prefieres? ¡Oh, ya veo! Es una mente inquieta ese cerebrito tuyo...

—¡Me estás leyendo otra vez!

—Tratas de ocultar tus sentimientos con emociones estandarizadas. Créeme, Ricardo, la ira no es buena consejera.

—No estoy iracundo.

—Aquí, en mi mundo la única emoción tolerada es el amor. Y yo sé que tienes mucho de eso guardado aquí dentro —confesó Susan tocándole la frente.

—Pero yo no estoy enfadado.

—Lo sé. Pero a vuestra especie todavía le queda mucho camino por recorrer, y en vuestra mente no se reconoce como falso aquello que es fingido. Ni siquiera para uno mismo, y aquello que no se experimenta acaba por admitirse como real por efecto de la repetición. De hecho, sois terriblemente sensibles a cualquier tipo de sugestión, hasta la más burda... ¡Tenéis que aprender a ser más honestos!

Ricardo suspiró.

—La explicación es muy sencilla: hubo una civilización muy antigua cuyo planeta estaba a punto de la extinción, y antes de que se aniquilara mandó al espacio material genético propio en unas cápsulas para que, una vez que sus sensores hubieran detectado vida en cualquier confín del universo, se mezclara con la especie que les fuera más compatible y resurgir en unas condiciones de vida aceptables. Esa es la explicación de por qué nuestras diferencias son mínimas, procedemos de una misma base genética común.

—Vale, seguramente esa es la explicación narcisista. ¿Verdad? —Interrogó Ricardo molesto. En nuestro mundo hace mucho que dejamos de pensar que la tierra era plana o que el universo giraba alrededor de la tierra. ¿Cuál es la auténtica respuesta?

—Vaya, creo que te estoy subestimando. La respuesta real es otra, y tiene más que ver con la capacidad de registrar el pensamiento que los sentidos físicos de la percepción de la realidad. Si lo que realmente importa es lo que se tiene dentro, resulta que la imagen física y la imagen real no siempre son coincidentes, y la mayoría de las veces se retoca o se complementa del mismo modo que tú lo haces con tu vestuario. Sí, somos diferentes, pero ninguno somos monstruos. Y de momento prefiero que me percibas como una semejante, los involucionados admiten mal la existencia de vida inteligente que no sea la de su propio mundo... Y menos si su aspecto no les es familiar.

—Susan, me falta una respuesta a una pregunta. ¿Por qué estoy aquí?

Ella volvió el rostro hacia la ventana, Ricardo, sin saber cómo, sintió una profunda tristeza que no le era propia. Él, desde hacía mucho, experimentaba otra similar, pero la suya era agridulce, la de Susan era amarga.

—¿Tiene nombre aquel que te produce tanto dolor? —insistió Ricardo.

—Entre nosotros, digamos, que se llama Richard.

—¡Oh, por favor! —protestó Ricardo—. Las comparaciones siempre son odiosas.

—Sé que eres una persona instruida, culta. No trates de buscar relaciones donde no las hay. Lo llamaremos Richard por la misma razón que me llamas Susan.

—¿Tratas de decirme que estoy a trillones de kilómetros de mi hogar porque tienes problemas amorosos?

Ricardo se paseaba impaciente a lo largo de toda la ventana, como un tigre enjaulado. Susan no contestó.

—¡Es injusto! ¡Yo tampoco soy feliz y no voy raptando a la gente! No he pedido que me lleven.

—Soy muy infeliz, pero yo no deseaba traerte... Ha sido un accidente, una casualidad. Sólo los miembros más capacitados del Gran Consejo tienen la habilidad de traer seres de otros planetas... y yo no soy más que una simple, como decirlo, modista. Mi tristeza debió sintonizar con la tuya, y te trajo hasta mí. Me llevé un susto enorme cuando te descubrí inconsciente en el suelo de mi dormitorio.

—¿Modista?

—Sí, modista. Y no me digas que en tu planeta no existen porque entonces me reiré en tus narices.

—¿No decías que la ira no era buena consejera?

—No, desde luego. Y deberías ser más amable: gracias a mí dispones de un atuendo de última generación que no todos los de mi planeta pueden disfrutar.

—No era mi intención ofenderte.

Susan trató de no dar importancia al asunto con un movimiento de su mano en el aire.

—¿Qué te parece si te sientas a mi lado y nos lo contamos todo? —propuso Ricardo en tono conciliador—. ¿Y empezamos a eliminar expresiones del tipo “mi planeta”, “tu planeta”, “mi especie”, “tu especie”?

Ricardo comprendió que la desdicha por amor era algo que sobrepasaba el espacio y el tiempo, que alcanzaba a todo aquello que fuera susceptible de ser feliz por su disposición al amor.

Susan era incapaz de refrenar una pasión por un sujeto que no podía amarla, un individuo amable y siempre atento que solo ofrecía amistad. Estaba casado y tenía familia, varios niños. Nunca había pretendido seducirla, y de haber sospechado que ella le correspondía de una manera diferente, tal vez, y aún a costa de su propio perjuicio hubiera renunciado a su trabajo. Era una buena persona, demasiado buena como para no amarla.

—Bueno, imagino que vosotros experimentaréis algo parecido a la atracción sexual... siempre que no seáis asexuados, claro —opinó Ricardo.

—Sí, es una constante universal. Varían las costumbres y los modos, pero no la necesidad del apareamiento.

—¿Y no será posible que de algún modo inconsciente te haya visto apetecible, y durante un tiempo te haya “bombardeado” con mensajes subliminales del tipo “te deseo” que tú hayas registrado sin darte cuenta, y haya provocado que te fijes en él de un modo exagerado?

—Tal vez.

—Entonces no era tan buen tipo.

—Si permaneces un tiempo aquí, descubrirás que la gente es encantadora. Demasiado agradable a veces —manifestó Susan.

Ricardo no daba crédito a lo que escuchaba.

—¿Pretendes decirme que la vida con gente amable y encantadora puede ser muy dura y triste? ¡Ja, tendrías que venirte unos días a mi ciudad! No sé si sabrías apreciar la agresividad, ingratitud y descortesía de sus gentes.

—No estoy acostumbrada a verbalizar mis pensamientos. Perdóname por lo que te voy a hacer —explicó Susan sujetando las sienes entre sus dedos pulgares— pero no sé explicarme mejor.

Un instante después sintió un crujido en su cráneo, y sus músculos dejaron de sujetarle. Cayó derribado al suelo, ninguna de sus funciones corporales funcionó de manera habitual.

Entre contracciones musculares, algunas muy dolorosas, el corazón fibrilando, con deficiencia respiratoria, alteraciones metabólicas diversas; Ricardo experimentó el recuerdo vivido de Susan.

¡Ni sus propios recuerdos los revivía así! Era de una intensidad que parecía revivirlos desde la perspectiva de Susan, sin posibilidad de acción y sin perder su propia identidad, como si la vida pudiera reproducirse como una película en tres dimensiones.

De este modo, Ricardo descubrió que la vida de Susan en el paraíso, en una sociedad amable y perfecta, se veía disminuida, empequeñecida e ignorada dónde todos sus individuos eran felices o parecían serlo, menos ella.

Un hilillo de sangre asomó por uno de los orificios de la nariz de Ricardo, Susan apartó inmediatamente los pulgares de las sienes, alarmada cesó en la proyección de recuerdos. Estaba matando a Ricardo, su sistema nervioso estaba al borde del shock anafiláctico.

—Por todos los dioses, ¡ya entiendo por qué no soy más que una modista! Me he pasado, ¡me he pasado! —Susan sollozaba tratando de reanimar a su huésped.

Lo llevó de vuelta a la cama, y allí inició el rastreo de daños. La cama tenía funciones médicas avanzadas. El escáner sólo detectó algunos daños neuronales leves, los demás órganos funcionaban correctamente y sus funciones se equilibraban por sí mismos sin necesidad de ayuda exterior.

—Te sanaré, te dejaré mejor de cómo has llegado. Palabra —prometió Susan programando la actividad médica a un modo de regeneración orgánica completa.

El proceso regenerativo duraría varias horas, tiempo que aprovechó para investigar; debía saber a que atenerse, qué consecuencias provocaría la permanencia de un “incivilizado” en su mundo. No sabía cómo poner en conocimiento de las autoridades el incidente.

Después de lo sucedido se sentía responsable de su invitado. De hecho, no deseaba ocuparse de él, sentía demasiada pena por sí misma como para compadecerse de la suerte de otro. Pero no podía abandonarle, había sido ella quien lo había llamado, quien de alguna manera lo había traído. ¿Existían precedentes de casos similares? Debía consultarlo en la biblioteca, en Documentación Histórica.

A su regreso a casa, contenta porque había sido una jornada muy fructífera en la documentación de casos de “incivilizados” llegados a su mundo, descubrió, con desasosiego, a Ricardo manipulando una “piedra de poder” en la sala de estar de su casa. ¡Las consecuencias podían ser terribles!

Ricardo estaba fascinado: la piedra, en realidad una pequeña escultura esculpida con finura, parecía flotar en la palma de su mano. Creyó reconocer un par de alas entre sus formas, e instantáneamente revoloteó a su alrededor, dejando brillantes estelas doradas en el aire.

—¡No, todavía necesita descansar! —protestó Susan, pero reconoció la ambigüedad de sus palabras. ¡No debes tocar nada! —añadió.

Estaba aún más irritada por cuanto comprendía que su “piedra de poder” necesitaba descansar, porque quizá, no reconocía que abusaba demasiado de la bondad de sus beneficios. O tal vez por ver como se desperdiciaban los dones en una criatura que no sabía apreciarlos.

Era como tener un orangután jugando con la vajilla familiar, la que se hereda, como un don del pasado, tras incontables generaciones; para ver como en sus manos torpes y peludas se estremece una de esas bellas porcelanas.

Repentinamente, no le pareció tan buena idea sacarlo de casa. Aunque no había muchos casos, no llegaban al cinco por ciento según las estadísticas del centro de Documentación Histórica, de los “incivilizados” que no se adaptaban a su nuevo entorno y reaccionaban con tristeza y deseos de morir. Sin embargo, la gran mayoría de ellos se integraban bien, experimentaban una evolución espiritual inusitada y un crecimiento mental espectaculares. ¿Pero cómo pasear a su “orangután” por las calles y no pasar inadvertidos? Comprendió que era demasiado engorroso, llamaría demasiado la atención. Se distraería demasiado en aspectos triviales que evidenciaban su cultura inferior y la comprometería. Iba a necesitar ayuda.

—No lo entiendo, Susan —Ricardo depositó la “piedra de poder” en su sitio—. He vivido tus recuerdos y sé que sientes una profunda tristeza, ¡pero en nada de este mundo y de tus recuerdos hay algo que lo justifique! Si hasta me siento mejor que nunca, mírame... ¡Parece que he rejuvenecido por lo menos diez años!

Ella se lo explicó, con la mayor amabilidad y sensibilidad que pudo:

—Sé que conoces el pensamiento de Rousseau, un pensador de tu civilización. No te será difícil entender entonces que tu sensación de maravilla es semejante a la que experimentó el buen salvaje cuando es integrado en sociedad. Pero eso no significa, y aquí está el quid de la cuestión, que el mundo que lo deslumbra sea perfecto, o mejor del que viene. Querido —una caricia en el rostro de su buen salvaje acompañó a sus palabras—, esto es lo mismo, pero yo no voy a recompensarte con un vaso de agua pura.

De hecho, no deseaba recompensarle de ninguna manera. No deseaba ocuparse más de él. Estaba firmemente decidida, ya no había marcha atrás.

—¿En qué estás tan decidida? –se interesó Ricardo, la regeneración neuronal había sido más que un éxito.

—Lo siento, te he metido en un lío del que no soy capaz de sacarte. He solicitado ayuda competente.

—¿Me has denunciado? Creía que éramos amigos.

—Es lo mejor para todos, créeme —confesó Susan mientras abría la puerta de acceso a la vivienda.

Al otro lado de la puerta, dos hombres esperaban con una sonrisa amable.

—Gracias por llamarnos —dijo uno de ellos inclinando el rostro, era el saludo unificado desde el último concilio intercultural.

—Suponemos lo que esto significa para ti. Pero, sin ningún tipo de dudas, has hecho lo mejor —aseguró el otro.

—Bienvenido a nuestro mundo, Ricardo —saludó uno de los hombres.

—Sí, sé bienvenido y permítenos que te acompañemos hasta el centro de Evaluación Espiritual —manifestó el otro.

—Gracias —Ricardo se inclinó como había visto hacer—, y gracias también por venir con un aspecto familiar.

Uno de los hombres sonrió.

—Yo soy de Sicilia, pero el otro es demasiado feo para que lo veas al natural —explicó sin dejar de sonreír.

—¡Anda que tú andas sobrado de belleza interespacial!

—El centro no está demasiado lejos, tal vez podáis ir andando. Ricardo lo agradecerá —observó Susan tratando de dar a su voz un tono convincente, de ocultar sus dudas.

—Has hecho lo correcto, Susan. Todos los “incivilizados” deben pasar por su evaluación, es parte del protocolo. Y tú, mejor que nadie, lo deberías saber.

El siciliano acabó por abrazarla, presentía una gran tristeza en ella. Su compañero fijó unas coordenadas en un aparatito que llevaba en la mano, y tras pulsar el último botón los tres desaparecieron de la entrada de la casa de Susan, dejándola con su tristeza y sus dudas.

Reaparecieron en una sala de un metal blanco, de forma elipsoide en su centro con iluminación artificial que surgía de las propias paredes y natural en lo más alto de su cúpula central. Debajo de un haz de luz turquesa, en el centro de la sala, un venerable anciano esperaba de pie.

—Las nubes son ligeramente sonrosadas —advirtió Ricardo mirando por el cristal del techo.

—¿Sabes por qué estás aquí, hijo? –—interrogó un anciano apoyando una mano en el hombro de Ricardo.

—Creo que sí, no soy de este planeta y eso trae inconvenientes.

—No necesariamente —respondió el anciano fijando la vista en sus ojos. No pestañeó ni un momento.

Sabía que la evaluación estaba empezando.

—Estoy viendo tu potencial, quien eres y lo que puedes llegar a ser, muchacho. Veo mucha tristeza, y eso es una carga difícil de llevar. Sin duda, podrías ser un ciudadano de provecho en nuestra sociedad... ¡Harías mucho bien! Tu fondo espiritual es grande y noble... Pero...

—Lo sé, no encajo bien. Es una constante en mi vida… Por un momento creí que hoy habría una excepción.

Anochecía, Ricardo lo apreció por la claraboya del techo, la luz turquesa que los iluminaba se iba matizando a tonos malvas gradualmente. Los mismos malvas que en esos momentos atormentaban a Susan en el jardín de entrada de su hogar.

Estaba haciendo balance de las últimas horas vividas con su “buen salvaje”, y comprendió que Ricardo no había sido ningún orangután patoso que surgió en su casa para fastidiar su existencia. No, pobrecito, sólo trataba de aprender, de adaptarse, ¡ni siquiera protestó por su grosería de soltarle el lastre de sus recuerdos! Aunque no pudo llegar a los más importantes, a esos en que ella llegaba a este mundo, invitada por el Consejo, y tras asegurarle que disfrutaría de una vida de paz y amor, descubriría que su existencia sólo es más cómoda, pero no más feliz.

Gracias a su “incivilizado” se descubrió entre ese cinco por ciento de los fracasados, gracias a su “buen salvaje” conoció el origen de su tristeza. Susan estaba segura que Ricardo sería deportado, apenas ofrecía garantías para adaptarse a un nuevo orden, era demasiado “incivilizado”. Había otros casos, evidentemente, que habían superado la prueba, pero eran excepciones.

—¿Y si tal vez Ricardo le agradara vivir en este bello planeta? –se dijo Susan, sorprendida de sentir su hogar como bello por primera vez.

Estaba aprendiendo a ver las cosas como lo había hecho Ricardo. Repentinamente necesitó que Ricardo no se marchara, pues al cuestionar cosas que daba por sentado provocó en ella una búsqueda genuina de la felicidad y recuperaba, de alguna manera, el espíritu primitivo de las leyes de sus ancestros. ¡Iba a ser juzgado, y probablemente deportado!

No, todavía no podían llevárselo... ¡Todavía tenía que enseñarla a ser feliz! Seguramente podría conseguir que se quedara, ella podría optimizar su acondicionamiento espiritual. Sí, se ayudarían mutuamente y serían felices.

Susan se presentó en la Sala de Evaluación Espiritual, con la convicción de los que se creen en derecho de enmendar un error.

—¿Cuál es tu veredicto, anciano?

—Se marcha, Susan. Este no es su sitio.

—Yo tengo algo que decir —objetó Susan—. Fue por mi culpa que este “incivilizado” llegó a nosotros, y será por mí que logrará vivir en armonía con nosotros. Me presento como garante de su crecimiento espiritual.

El anciano exclamó mentalmente, hasta Ricardo lo percibió sin necesidad de ondas auditivas.

—¿Estás seguro de ello, Susan? Es mucha la responsabilidad la que llevarás sobre tus espaldas.

—Y mucha felicidad.

El anciano observó la determinación de la mujer en su mirada, titubeó un poco y carraspeó varias veces.

—Sea, entonces como dices —sentenció el anciano sonriendo.

Susan radiaba felicidad por cada poro de su piel.

—¡Lo hemos conseguido, Ricardo, ya eres legal!

Ricardo suspiró profundamente.

—No te veo feliz. ¿No es lo que deseabas?

Le interrogaba más con los ojos que con los labios.

—Sí, desde luego. Me encantaría quedarme aquí para siempre, pero mi corazón está en otra parte.

Sus manos habían tomado los de ella, apenas sin darse cuenta.

—Entiendo —la sombra de la tristeza revoloteó por su cara sólo unos instantes, acababa de aprender una nueva lección de amor—. ¡Por favor, no se vayan! —espetó a los magistrados que abandonaban la sala.

—Gracias —susurró el buen salvaje entre la confusión de los presentes.

Momentos después ya no estaba con ellos. Había sido repatriado.

Había llegado y marchado en el momento oportuno, Susan era otra. Era libre para ser feliz.

Ricardo, reintegrado en su mundo, se descubrió en la cocina de su casa. Empuñaba una espumadera, y mientras descubría que un delantal colgaba de su cuello y se ceñía a su cintura, unos caracoles se cocinaban entre el hervor de millones de burbujas de agua caliente.

Parecía el escenario de una de las salas del infierno, donde las almas se retorcían cocinadas a fuego lento, amontonados unos sobre otros, en medio de los jugos de sus lamentos.

—Te estoy preguntando que si están listos —la voz de su mujer denotaba cierta impaciencia.

—Ah, ya estás aquí. No te esperaba tan pronto —abandonó la espumadera y se despojó del delantal. Estaba aturdido—. ¿Hace mucho que has llegado?

Se acercó para darle un beso.

Ella se apartó. Le encantaba comer caracoles, pero la repugnancia que le provocaba el olor y su elaboración, sus babas, impedían un beso. Durante cinco minutos había estado observando a su marido, el modo en el que escrutaba embelesado los caracoles en la cacerola.

No la había oído llegar, ni su saludo, ni como se acercaba hasta él y, hastiada, decidió que su marido recobrara la consciencia sentada en el banco de la cocina. No podía evitar imaginárselo como una gran babosa, papá babosa cocinando cariñosamente a sus hijitos en la olla. Obviamente no le había perdonado su esterilidad, que no pudiera fecundarla y realizarla como madre.

—No, sólo unos minutos.

—¿Cómo es que has llegado tan pronto? —miró su reloj, marcaba las dos y cuarto de la tarde, no la esperaba hasta por la noche. No tengo nada listo para comer todavía.

Apagó los fuegos de la placa de inducción y se lavó las manos en el fregadero.

—No te preocupes. Me ha dado un no sé qué cuando estaba en la reunión y me he escapado. Te echo de menos...

—Yo también. Desde hace mucho —se acercó a ella, y la cogió de la mano.

La sintió cálida, como la suya. Y los dos cerraron los párpados para sentir mejor el roce de sus labios. Ninguno vio como una extraña criatura, algo parecido a un ave, volaba en círculos en torno a ellos, dejando en el aire brillantes estelas de polvo de estrellas.

—¿Estás más joven, verdad?




- Fin -


Epílogo:

Nueve meses después nació un niño.

Safe Creative #1001185341529

Dedicado a mi mujer, sin ella no soy yo.

Pie de foto: extraído de florencialadelaspatatas.blogspot.com
¿Quieres leer más?