Una vez tuve un sueño

Soñé con un mundo en el que todos podían ser lo que quisieran, hacer aquello que más satisfacción les provocara, que no existiera más impedimento que el deseo...

Hoy, a mis cuarenta y dos años recién cumplidos, y a pesar de que la vida golpeó con toda la crudeza de la realidad, todavía no he despertado de las utopías de juventud. Si no puedo vivir en un mundo feliz, me lo inventaré: haré que otros, como un dios todopoderoso de infinita bondad, sean felices... al menos en mi pensamiento.

Y me puse a escribir. Ahora que tengo en mi haber más de setenta relatos cortos y dos novelas, descubro por qué Dios es "omniausente" e imperfecto.


martes, 27 de julio de 2010

“Tenía que haberlo sospechado” (Un cuento de 1340 palabras)



Tenía que haberlo sospechado, yo, que soy catedrático de historia. Haber sabido leer los indicios y alertar a la sociedad de un futuro tan poco esperanzador. Al menos, tenía que haberme preparado para lo que se nos avecinaba…

”No dejes de correr”.

—¿Cómo que corporativismo? ¿Qué coño es eso?

Mi amigo y colega Stephan no compartía mi opinión en absoluto.

—Te han traumatizado los martillos desfilantes de “Pink floid” —continuó tratando de quitar hierro al asunto.

Rellené su copa con un poco más de vino. Stephan era de las pocas personas que resultaban brillantes cuando compartían sin prisas una buena botella. Su capacidad de síntesis y de relación siempre explotaba en una asombrosa conclusión, que ansiaba escuchar.

—Es inevitable, lo sabes. Las únicas empresas que sobrevivirán a la crisis son las que se unan. Surgirán macro empresas, que irán absorbiendo a la competencia; y estos monopolios, con el paso del tiempo, irán ganando un mayor poder político. Hasta tal punto que la idea de estado no tendrá sentido…

Realicé una pausa para permitir alguna objeción, pero Stephan mantenía la mirada perdida en su copa. Era evidente su preocupación.

—… Porque el sistema de créditos, lo que paradójicamente ha provocado la ruptura del capitalismo a nivel general, será la base económica de esta nueva era a nivel particular. La gente dejará de ganar dólares o euros, ganarán derechos y créditos por su trabajo en la compañía. La compañía será quien cuide de tu salud, la compañía será quien eduque a nuestros hijos. Y si eres medianamente feliz, será gracias a los privilegios disfrutados en la compañía…

Tomé la copa de la mesa y mojé los labios. ¿Por qué no reaccionaba Stephan?

—Los grandes accionistas serán los nuevos caballeros feudales, y no dejarán de vivir bien, porque tendrán millones de esclavos que trabajarán en una sociedad muy jerarquizada. Trabajarán por nada, sólo para conseguir una mejor posición laboral, que será sinónima de la social.

—¿Has terminado?

—Sí, sólo añadir que en esta sociedad no habrá grandes revueltas ni violencia… que todos serán moderadamente felices con la vida que les toque, pero no serán conscientes de que no tienen libertad,… ni alternativa para decidir. Seremos autómatas: comer, trabajar, dormir; comer, trabajar, dormir…

—¿Has visto la película “Mad max”? Esa será tu sociedad venidera, todo lo demás es un reflejo de tu mundo interior, de tus miedos y esperanzas.

Recuerdo no haber manifestado sorpresa alguna, pero era obvio por la sonrisita de Stephan, que nuevamente me había sorprendido. ¿Reflejo de mi mundo interior?¿”Mad max”? Aún pensaba en Mel Gigson cuando aparcaba el coche, al día siguiente, en el aparcamiento reservado para profesores, en el campus universitario de Toulouse.

“No te pares”.

—Todos comprenderán que la caída del imperio romano, ante los invasores bárbaros del norte, no se produjo en un solo día —explicaba a mis alumnos—. ¿Alguien sabe por qué?

Unas pocas manos se levantaron en el aula. Nadie rompía el respetuoso silencio que provocaba mi autoridad. Dirigí mi sonrisa complaciente a una joven de aspecto tímido.

—Las tribus del norte no estaban organizadas —respondió. Simplemente probaban fortuna por libre…

—¡Exacto! —grité.

Creo que no ocultaba bien mi predisposición por Susane, sabía aún antes de corregir sus exámenes que aprobaría, que rozaría la excelencia.

—El senado no podía aprobar nuevos presupuestos para el mantenimiento de sus fronteras… Se puede decir que la conquista de Britannia supuso el primer paso hacia la ruina de las arcas del estado, porque no se obtuvieron los beneficios esperados, por los costes que suponía mantener la paz en un territorio constantemente acosado por tribus hostiles.

—Los ciudadanos romanos quedaron abandonados a su suerte… —añadió Susane, que aún permanecía en pie.

—Cierto, te puedes sentar. Pero afortunadamente para esas pobres gentes que confiaban en el imperio, los bárbaros eran personas de instintos básicos. Ya sabéis, comer, procrear y que nadie les molestara mientras disfrutaban de las cosas buenas de la vida…

—Los bárbaros no comían y procreaban… ¡Violaban y saqueaban! —protestó Susane desde la tribuna.

—Desde luego, pero como en todo, es una simple cuestión de perspectiva. Desde su punto de vista, sólo molestaban un poco, un precio demasiado pequeño para mejorar la raza de esos decadentes individuos del imperio romano… ¡No tenían ambiciones políticas! ¿No os dais cuenta? Ni políticas, ni artísticas ni tecnológicas. Su presencia dejó un vacío en la historia…Fueron años oscuros, pero los antiguos ciudadanos romanos sobrevivieron. Se mezclaron costumbres, ritos, creencias… aparecieron nuevos dialectos.

La clase acabó con el sonido de una campana, pero Susane no la dio por concluida.

—El imperio se desmoronó a poquitos, ¿verdad? —me preguntó acercándose a mi mesa.

Asentí con la barbilla. Dos jóvenes se sumaron a nosotros.

—Cada tribu asentada normalmente permanecía en sus tierras ocupadas, a no ser que las rencillas con otra tribu rival los expulsara y acabaran avanzando más hacia el sur, ocupando nuevos territorios que apenas ofrecían resistencia a su paso. ¿Si fueras un bárbaro y no tuvieras que comer, no te irías al sur habiendo escuchado cientos de historias que hablan de paraísos sin custodia, paraísos de abundancia, de trigo, de buen ganado, de bellas mujeres?

—Es como la inmigración ilegal de ahora —se aventuró un joven de pelo largo—. Se cuelan en los Estados Unidos o en España pensando que encontrarán un paraíso y se encuentran con otro infierno, tal vez más civilizado.

—Interesante —admití— pero hay una pequeña salvedad. Los bárbaros eran los fuertes del momento, eran los futuros señores feudales de la edad media, porque tenían todo el poder que su espada y caballo pudieran abarcar y mantener. Y los romanos eran los débiles. Ahora recibimos invasiones de gentes que buscan un presente mejor, pero ellos son los débiles y en el mejor de los casos acabarán como mano de obra barata, y nosotros… —un escalofrío me sacudió la espalda— seremos los que dictan las reglas del juego.

—Tal vez los romanos sintieran la misma prepotencia que nosotros… —opinó el joven de pelo largo, creo que era la pareja de Susane, por el modo posesivo con el que trataba de retener la mano de ella entre las suyas.

Un segundo estremecimiento me sorprendió.

—Entiendo, una gran civilización como la nuestra nunca puede desaparecer…

Los tres chicos mostraron cara de sorpresa.

—Eso es lo que pensaría un romano —añadí y al instante surgieron gestos de aprobación.

“Sigue corriendo”.

Hacía mucho calor y ya no se encontraba en las farmacias, desde hacía mucho tiempo, inhaladores contra el asma. Sí, padezco esta enfermedad respiratoria, pero desapareció en la adolescencia con el desarrollo corporal. Que vuelva a tener accesos de tos poco tiene que ver con el vínculo emocional que las provoca, a no ser que una pandilla de gamberros con cadenas y mazas corriendo detrás de ti, no sea suficiente estímulo…

¿Pero que pretenden? No hay dinero, no tengo nada que les pueda valer. “Sigue corriendo, que no sospechen que estás enfermo… Tal vez abandonen la persecución por otro más débil. Nada, no se cansan. ¿Qué habrá sido de la policía?”.

—¡Socorro! ¡Policía!

El eco mezcló mi lamento con las risas de mis perseguidores. En las calles vacías no circulaban coches, la basura se amontonaba sin orden en las aceras, y nadie prestaba atención a las cacerías. Me acordé, sin saber por qué, de Susane. Me acordé de una de las últimas clases que había impartido en la universidad, hace unos años… Ya entonces estaba preocupado por este presente.

“¿Has visto Mad-Max? Esa será tu sociedad venidera”, afirmaba un Stephan preocupado y atemporal. “Los bárbaros no comían y procreaban… ¡Saqueaban y violaban!”, me recordaba Susane desde la memoria. Y luego, estúpido de mí, no pude reprimir mi respuesta: “Exacto, pero como en todo, es una cuestión de perspectiva”. ¿Desde qué perspectiva se supone que tengo que ver las cosas ahora? ¿Mi pedantería me salvará el culo?

No existe ningún tipo de orden, nadie ayuda a nadie… Se respira una anarquía absoluta. A los que se esconden, a los que fingen que no pasa nada, les grité:

—¡Algún día os tocará a vosotros! ¡Cabrones!



fin


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lunes, 12 de julio de 2010

"¡Campeones!"


Y esto no es un cuento... ¡Campeones del mundo! Medio mundo canta "soy español, soy español, soy español", y yo descubro la magia del futbol a través del triunfo de nuestro equipo... porque, en realidad, odio este deporte (pero amo a cada uno de esos hacedores de historia).




 
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jueves, 1 de julio de 2010

"Rutinas" (Un cuento de 2520 palabras)




Mi nombre no tiene importancia, pero diré que me llaman Ray, el sargento Ray “Smile”, porque nunca sonrío; que pertenezco a la cuarta brigada de la primera división de infantería, de Fort Knox, en Kentucky. Y confieso que amo a mi patria…

—¡Arrrgh! —graznó un ave de llamativas plumas de colores.

…y a mi loro, aunque no hable. El hombre de la tienda de mascotas me aseguró que con un poco de paciencia el animal acabaría por mantener conversaciones, un poco surrealistas me atrevería a decir yo, pero conversaciones al fin y al cabo. Para alguien que siempre ha vivido solo tiene mucha importancia verbalizar los pensamientos, exteriorizar sentimientos; y aun más para un tipo como yo (al menos eso es lo que mantienen los psicólogos del ejército).

—Son animales muy intuitivos —afirmaba el hombre de la tienda de mascotas—, son ellos los que juegan con nosotros... ¡Nos estudian! Son capaces de repetir determinadas palabras que saben que nos divierten, nos molestan o nos entristecen… Comprar un loro no es comprar una mascota, es tener un amigo en casa.

El vendedor sostuvo la mirada en silencio. Sólo faltaba su mano encima de mi hombro, para convencerme de que no podía haber hecho mejor elección. No importaba el hecho de que aparentara ser un tipo anormal, incapacitado para las relaciones sociales; aceptaba los prejuicios que pudiera tener sobre mí, porque no tendría más trato con esa persona. Pero ay de él si hubiera puesto esa mano en mi hombro… “Le habría dislocado el brazo por tres sitios”.

—Está bien, amigo, me ha convencido —dije sin poder reprimir la idea absurda de que cuando ese hombre llegara a su casa se encontraría con la misma mujer de los últimos veinte años de matrimonio, que le recibiría con un gruñido y que en la cama el único calor lo encontraría con el roce de las mantas. “Yo sin embargo me follo a unas putas buenísimas siempre que quiero y nunca me dan el coñazo en casa”. Sonreí, ya estábamos en paz. El vendedor me devolvió la sonrisa.

—Hola… hola… hola… —dije yo nada más llegar a casa y ubicar la jaula en el salón.

Tal vez le intimidaba que le observara como a un recluta, estudiando sus rasgos, deduciendo su carácter y sopesando una respuesta probable, porque el loro retrocedía en su jaula. No lo puedo evitar, siempre miro a los ojos... y cuando no los tienen, como un tanque o un helicóptero, me los invento en la boca del cañón o en el cristal que protege al piloto.

—Hola… hola… hola…

Traté de suavizar mi voz, de dulcificar el tono, de no taladrarle el cráneo con la mirada…

Pero mi loro nunca habló, ni una palabra. Sólo gritaba, agudos exabruptos que ponían a prueba mi paciencia. No importaba, soy un producto del gobierno republicano y sé que no hay nada que resista a la rutina, a una vida regulada al cumplimiento estricto de unas normas.

De este modo procedí al saludo triplicado en cuanto llegaba a casa, normalmente a media tarde, después de comer, y por la noche. También saludaba por triplicado por las mañanas, nada más levantarme de la cama. Eran las únicas palabras que le dirigía al testarudo animal, y hasta que no se las aprendiera no iba a dirigirle otras.

Habían transcurrido casi tres meses desde la adquisición de mi nuevo “amigo” alado, pero todavía no había aprendido a decir “hola”, y sólo cuando estaba de buen humor se dignaba a contestar a mi saludo con sus estridentes gritos. Probé a retirarle el alimento en las horas diurnas y dosificar lo justo por la noche, para que se alegrara de verme —al satisfacer su necesidad más perentoria— y me hablara.

No hubo manera.

—¡Arrrrrgh! —chilló el loro.

Me encendí un cigarrillo y procedí a desmontar mi arma reglamentaria, una beretta 92. Era una rutina más de las que regulaban mi vida. Limpiar y engrasar sus partes  me ayudaba a calmar la ansiedad, incluso en los días que no había tenido ocasión para su uso. Me ayudaba a dormir. Amartillé el arma varias veces, para confirmar el comportamiento perfecto del arma.

El característico sonido de sus piezas metálicas en fricción era música en mis oídos. “Soy un hombre de acción”, suspiré anhelando una bocanada de gasolina quemada de un vehículo de guerra. “No te estás pudriendo, Ray…”

—¡No te estás pudriendo en este campamento de mariquitas!

Suspiré otra vez, había gritado una vez más. Tenía que calmarme, controlar la agresividad, los psicólogos y sus dichosos cuestionarios podrían provocar un cambio de destino aún peor, como ordenanza de algún alto cargo que la burocracia militar siempre necesita. El loro me ayudaría.

Y me volví hacia él con una sonrisa torcida. Todavía no había pronunciado mis tres “holas” cuando el loro retrocedió acobardado. Sería tan fácil estrangular ese gaznate hacedor de ruidos desagradables, ¿quién me lo impediría? ¿Los psicólogos? Estiré la mano y… apagué el interruptor de la luz. Me dormí con mi habitual desasosiego, imaginando vidas en las que yo era feliz hasta que el sueño misericordioso me arropó de inconsciencia.

—¡Clic clack! ¡Clic clack!

Ese ruido era reconocible de entre un millón, y sólo lo producían las armas automáticas al amartillar el percutor. A las cinco y cuarto de la mañana, era obvio que no lo había hecho yo, a no ser que fuera sonámbulo y tuviera un arma en las manos. No era el caso… ¡Había alguien que se disponía a dispararme!

Con el sabor de la adrenalina en la boca salté de la cama, rodé por la moqueta de la habitación hasta situarme detrás de la cómoda y traté de recomponer la escena desde una situación menos peligrosa. Amartillé mi arma.

—¡Clic clack! —sonó mi arma— ¡Estoy armado y voy a disparar a matar! —grité.

—¡Clic clack! ¡Clic clack! —amartillaron nuevamente unas armas desde el salón.

“¿Pero cuántas veces van a desencasquillar estos capullos, si todavía no han disparado?” Una sospecha relampagueó en la oscuridad de la madrugada. Obviando toda protección me alcé y prendí la luz del salón. No había nadie, sólo el loro que se arrellanaba en el fondo de la jaula.

—Has sido tú, ¿verdad, cabronazo?

Sentía el corazón a punto de reventar en el pecho. Apagué la luz, no quería que mi nuevo amigo me viera al borde de un ataque de nervios. Ya no descansé en lo que me quedaba de noche. Cuando sonó el despertador tenía pocas ganas de saludar al puñetero loro, pero… soy un hombre de principios.

—Hola… hola… hola…

Un saludo, tres palabras repetidas mecánicamente, y ninguna respuesta, como siempre. Hablar no hablaba, pero tenía una habilidad extraordinaria para reproducir sonidos mucho más complicados. Me sonreí… “¡Joder con el loro! ¡Cómo desencasquilla el cabrón!”.

Por la noche, antes de poner los granos en el comedero de la jaula, insistí en la rutina del saludo. Obtuve los mismos resultados de siempre. Amartillé el arma reteniendo el impulso irracional de usarla contra ese montón de plumas tocapelotas, chillón, que llenaba de mierda no sólo la jaula sino buena parte del salón —parecía esforzarse en llegar hasta el dormitorio— y que, además, se divertía asustándome de madrugada.

—¡Tira las armas, no tienes ninguna posibilidad! —grité al loro.

Desamartillé el arma, enfadado. Vi una película de acción, de esas con poco argumento y muchos tiros; justo lo que necesitaba para relajarme. El amplificador de sonido del “Home cinema” vibraba a la máxima potencia con cada explosión del televisor, me quedé dormido bajo el dulce sonido de ráfagas de ametralladoras. Decenas de soldados caían despedazados al suelo, soñaba que era yo quien apretaba el gatillo.

La función “sleep” cumplió perfectamente su cometido, una hora y media más tarde la tele se apagó sola permitiéndome dormir en el sofá. No era la primera vez que cabeceaba en el salón, normalmente acababa por acostarme en la cama de madrugada, incomodado por una mala postura o con sed, ocasionada por las cuatro o cinco latas de cerveza que bebía cada noche.

Esta noche no fue así, la fricción de los metales de un arma automática reverberó en el salón, advirtiendo que un instante después lo último que escucharía sería una detonación. Desperté sobresaltado, maldiciendo haber dejado mi arma reglamentaria tan lejos del sofá.

Me arrojé cuerpo a tierra, sobre los botes vacíos de cerveza. Mi mano aplastó uno y en un momento lo partí por la mitad. Un arma blanca un poco miserable, pero bien usada podría ser de utilidad.

—¡Clic clack! ¡Clic clack!

Nuevamente habían amartillado las armas… entonces comprendí. En la casa no había nadie. Aun antes de encender la luz de la estancia, y recibir una luz bendita que exorciza los rincones oscuros, sabía que el loro se apretujaría contra el fondo de la jaula… riéndose en silencio.

Miré el reloj de pulsera, eran las cinco y cuarto de la mañana. “¡Otra vez!”, maldije en silencio. Esto se convertía en una nueva rutina, yo trataba de enseñar al loro que dijera “Hola” y el loro me contestaba a las cinco y cuarto de cada madrugada… ¿Qué pretendía? ¿Que lo matara?

—¡Juro por dios, loro tocapelotas, que como mañana me hagas lo mismo te mato! ¡Te mato!

Me acosté enfadado, sabiendo que daría vueltas en la cama sin dormir hasta que el despertador sonara cinco minutos antes que la corneta del campamento.

—Hola…”cabrón” —pensé—. Hola… “hijoputa” —añadí mentalmente—. Hola… “mariconazo” —completé para mis adentros.

El loro no gritó, hizo bien en no darme una excusa para lanzarle una mesa encima. No regresé a casa para comer, no quería ver al animal. Y la verdad es que me desahogué con los reclutas. En los últimos días les di más caña de lo normal… “¡Que se jodan, para eso son machacas!”.

Es cierto, cuanto más exijas mejor responden. Muchos de esos mariquitas ahora son hombres de provecho. Sí, gracias a mí. ¡No es tarea fácil corregir en unos pocos meses años enteros de mimos de mamá! Enderezar actitudes y conductas exige primero destrucción de vicios, y los mandos saben que hay pocos tan bien dotados como yo en esos menesteres.

Y no hay nada mejor que un loro cabrón para acentuar mis virtudes naturales. No, no me voy a permitir remordimientos por ese recluta, ¿cómo cojones se llamaba? Qué importancia tiene, llorará hoy y me lo agradecerá mañana. Como siempre.

—Hola… hola… hola… —saludé al loro buscando un poco de afecto.

No tenía grandes expectativas de que me respondiera. Hasta la fecha se cumplía las advertencias del vendedor como negras profecías: no podía evitar sentirme un poco la mascota del loro. Me preparé unos emparedados de jamón de yorck y queso para cenar. Me acosté en la cama, desmonté el arma para el engrase y limpieza de sus partes, y amartillé y disparé varias veces sin bala en la recámara y sin el cargador. Funcionaba correctamente. Apagué las luces.

Si esta madrugada, al loro le apetecía jugar conmigo de nuevo se llevaría una buena sorpresa. Hasta entonces había reaccionado con benevolencia; hoy no sería tan indulgente, porque tampoco me molestaba demasiado corregir vicios de conducta a un loro al más puro estilo sargento “smile”.

Y me dormí, pero con ese estado de alerta especial del que está prevenido porque sabe que lo van a despertar. Y no falló, a las cinco y cuarto de la madrugada, según marcaba los dígitos fosforescentes del despertador, del salón llegó el esperado sonido de un arma amartillándose.

—¡Clic clack!

Fingí dormir, en caso de que el loro se pusiera pesado le arrojaría un cubo de agua fría que tenía preparado al pie de la cama.

—¡Clic clack! ¡Clic clack!

La sensación de “dejà vu” desapareció en cuanto encendí las luces del salón y tres encapuchados, sorprendidos por mi repentina aparición, levantaron sus pistolas hacia mí. El cubo que tenía en las manos no era el arma más apropiada para la ocasión.

—¿Qué hacemos ahora? —susurró unos de ellos.

Eran armas del ejército americano, hablaban con acento americano. Los pasamontañas servían de poco para ocultar su juventud, y el mero hecho de llevarlos puestos indicaba que no pretendían matarme. “Jodidos reclutas, mañana sabré quienes sois”.

—Seguir el plan…

—Si os vais por donde habéis entrado mañana no habrá represalias… —advertí con mi natural tono de autoridad, dulcificado por las circunstancias.

—¿Represalias?

Y utilizó el arma, con toda la contundencia del frío metal contra mi cara. Dos veces.

—Mírate, por dios… ¡Das asco! Sangras igual que un cerdo… ¿Sabes cómo tratamos a los cerdos en mi pueblo? —interrogó el que me había golpeado, sacando una navaja de afeitar.

—¿Afeitándoles la cara? —repliqué con sorna.

Todavía creía que sólo pretendía darme una lección.

De nuevo el metal de su arma besó mi piel, con la pasión violenta del que mucho ha sufrido. El loro gritó asustado, agitaba las alas dentro de la jaula. Sus estridencias reverberaban por el salón sin cesar. Escupí sangre. El golpe me había afectado esta vez el oído, es posible que tuviera la mandíbula fracturada. Ya no podía responder.

—Primero lo capamos, y después lo degollamos… —aclaró uno.

—Creo que tu loro está hambriento —advirtió el que me había golpeado por tres veces. —Habrá que darle de comer… ¡Bájate los pantalones!

El loro inesperadamente se calló. Casi era un alivio, aguantaba mejor los golpes de los encapuchados que los gritos del animal. Me disponía a bajar los pantalones del pijama, cuando una voz tronó en el salón.

—¡Tira las armas…! ¡No tienes ninguna posibilidad! —gritó una voz metalizada por un megáfono.

Unas luces amarillas destellaron a través de las ventanas del salón.

—¡Es la policía militar! ¡Nos han pillado joder! —gritó uno quitándose la capucha.

En su nerviosismo pensaba que deshaciéndose de objeto tan delator de delito podría pasar por recluta de servicio. El sonido de una ráfaga de ametralladora envolvió la estancia. Ni un solo impacto se advirtió en las paredes.

—¡Es un aviso! ¡Nos van a machacar! —gritó otro tirando al suelo su pistola.

—¿Sabes cómo tratamos a los cerdos en mi pueblo? —sonó la voz metalizada de un megáfono, era algo más que una amenaza.

—¡Tienen hasta micrófonos!

El jefecillo de la banda tiró la navaja y la pistola, automáticamente los tres levantaron los brazos en señal de rendición. Circunstancia que aproveché para recoger las armas.

—Todos afuera —exigí sintiendo un profundo dolor en la quijada.

Por nada del mundo quería que se perdieran el gran momento de su detención. La puerta se abrió, las luces amarillas saltaron enloquecidas hacia el interior, y allí, con estupor, descubrieron al camión de basuras vaciando los contenedores de mis vecinos. No había soldados ni policía militar, no había coches patrulla ni hombres con megáfono… No había nada.

—Pero… pero… la ametralladora… ¡Todos la oímos!

Quien llevaba armas listas para disparar en ese momento era yo, sentía un intenso dolor de cabeza y llevaba tres días durmiendo mal… No, no me dieron ninguna razón para disparar. Todos se quedaron quietecitos, estupefactos, al descubrir una extraña amistad entre el loro y yo.



Arrrrrgh (fin, según mi loro)




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Pie de foto: extraído de google, si alguien la reconoce como propia y desea que la quite del blog que me ponga un correo o un comentario.
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lunes, 7 de junio de 2010

“Alicia sin maravillas” (Un cuento de 1645 palabras)



El sobresalto fue inesperado, no podía ser de otra manera, y más cuando lo que emergía de esa tierra quemada siseaba con una lengua bífida de más de un metro de longitud. Parecía deleitarse del bocado fácil que esa pobre mujer representaba. Cruzar su territorio, y sin armas, era una temeridad. En su cerebro de reptil se formó la idea de sacrificio, esas pequeñas singularidades sólo se daban en esos mamíferos bípedos.

La mujer rompió a correr precipitadamente hacia la ladera oriental del cañón, como si creyera que, de llegar a esas paredes verticales, pudiera trepar por ellas más deprisa que esa gigantesca serpiente que la miraba con ojos hipnotizadores. ¡Criaturas insensatas, nunca aprenderán a reconocer sus límites!

La serpiente la siguió, casi con docilidad, como en un juego que sabe que no puede perder.

—¿Quieres comerme? ¡Ven a por mí! —gritó Ashanti arrojando una piedra a la cabeza del monstruo.

No le hizo daño, pero el juego dejaba de ser divertido, especialmente cuando la presa no huía. La serpiente se abalanzó hacia ella, tenía ganas de confirmar el sabor que su lengua había degustado en el aire. El sabor a miedo es lo que sazonaba mejor las carnes… ¿Por qué no había detectado esa emoción antes en su presa?

La mujer saltó en la pared, hacia lo que parecía un tronco seco de un árbol. La serpiente siguió con la mirada el tronco hasta comprender, cuando ya era demasiado tarde, que la copa estaba formada por una plataforma de piedras que caían sobre su cabeza. ¡Había caído en una trampa!

—¡Uuu… uuu… uuuuuuuh! —gritó Ashanti levantando los brazos en un gesto inconsciente de victoria.

Alicia había levantado un puño sin darse cuenta. No tenía la más mínima intención de usarlo, y menos contra esos dos obreros, que trataban de ser galantes con los escasos medios, que la cultura y la sociedad habían puesto a su servicio para lucirse en el ancestral juego de la seducción.

—Vale, vale, señorita. No pretendía ofenderla… —se excusó el más joven.

—¡Vaya unos humos que se gasta! —masculló el otro lo suficientemente alto para que Alicia pudiera oír sus reproches—. ¡Tampoco está tan buena, joder!

Ashanti volvió la vista atrás, el cuerpo inmóvil del monstruo apuntaba hacia una montaña cuya cima no se veía por una espesa niebla.

—¡Ya sé cuál es mi camino…!

Sólo las montañas sagradas escondían de la vista de los mortales sus cimas de secretos y tesoros.

—¡Y ni los dioses podrán evitar que cumpla mi destino!

Y Ashanti descubrió que, una vez conocida su meta, no podía hacer otra cosa que avanzar hacia ella. Porque no puede haber vida más miserable que la de una heroína que está privada de toda razón… y ni siquiera sospecha por qué sus pasos le guían por una senda y no por otra, y por qué, de repente, intuye la importancia del color de la ropa interior y el peso que tiene determinadas palabras, según como se pronuncien y quien las diga… ¡Por todos los dioses…! protestó Ashantí, ¿qué brujería es esta que enreda mi mente? Rechazó de plano esos pensamientos extraños.

—¡Debes ser práctica! —gritó la heroína.

En otras circunstancias habría despellejado a la serpiente y se habría confeccionado unas buenas botas con ella, tal vez incluso un escudo, porque, aunque ella no era muy amiga de esos objetos que impedían una completa libertad de movimientos, la piel de serpiente, y más la de esos ejemplares gigantescos, es extremadamente resistente, flexible y ligera. Se sorprendió pensando en el patrón de un bolso de mano, de si debía hacerlo de boca ancha o estrecha…

—¡Por todos los dioses!

Ahora tenía la confirmación de que un enemigo invisible la estaba atacando con sortilegios que nublan la razón. No debía permanecer inactiva o acabaría zozobrando en espejismos de dudas; la cordura quedaría atrapada en laberintos de pensamientos recurrentes y ya no sabría volver. Abandonó con pesar el cuerpo de la serpiente.

Ashanti suspiró. Aunque la montaña sagrada parecía no estar lejos, sabía por experiencia que la distancia en horizontes calcinados engañaba mucho. Sin posibilidad de galopar sobre lomos de criatura más veloz, recurrió al último concentrado de hierbas que le quedaba. Alicia arrugó el paquete vacío de chicles y sintió circular renovados flujos de energía por el cuerpo. Ashanti sintió un frescor en la boca milagroso y supo que ya no perdería el aliento, incluso tras correr durante horas.

En la medida que sus piernas la acercaban a las laderas de la montaña sagrada, iba distinguiendo cosas, primero puntos, después rayas cada vez mayores, que se movían en el cielo sin orden aparente. “Son pajaritos”, concluyó la heroína sin dejar de correr. Era de lógica aplastante, si estaban en el cielo y volaban en torno a una montaña sagrada no podía ser otra cosa que “pajaritos”… ¿Y por qué no podían ser buitres atraídos por la carroña que se acumula a los pies de una montaña maldita?

Cuando Ashanti llegó a las faldas de la montaña descubrió que lo que allí sobrevolaban no eran inofensivos pajaritos, de los que recibían a los esforzados peregrinos con dulces trinos. Se trataba de arpías. Viejas de tanto vivir, revoloteaban cansadas sobre su cabeza. Gritaban abriendo y cerrando con ansiedad las garras de sus extremidades.

—¡Nos comeremos tus ojos! ¡Nos comeremos tus ojos!

Alicia se estremeció, había cruzado la puerta de entrada del centro de salud pero, ahora, inesperadamente, cuando estaba a punto de llegar a la cola de información, una señora mayor la retenía por el brazo.

—No tan deprisa hijita —unos dedos como garras se clavaron en el antebrazo—, que estábamos antes nosotras.

¿Por qué se empeñaban en retrasarla?

—Puede ser, pero no en la cola —protestó Alicia, desembarazándose de las garras.

Algo había pasado. Normalmente se habría callado, permitiría perder sus derechos, ceder ante las exigencias razonables o no, de extraños o conocidos, con tal de no brillar como actriz… de toda escena que intimidara por su protagonismo.

—Hola señorita. Necesito cita con el doctor Campos…

Alicia estaba irreconocible, sus palabras irradiaban tanta firmeza que ni las ancianas rechistaron. Ashanti había evitado a las arpías con relativa facilidad, ante ella se presentaba ahora una larga escalinata, de peldaños agrietados, esculpidos sobre la roca viva de la montaña, y llenos de escombros. Nadie había pisado esa escalera, nadie había llegado tan lejos…

Un extraño estremecimiento confirmó que atravesaba sendas que los mortales normalmente no pisaban. Un regusto ácido en el fondo del paladar advirtió que estaba en un punto de no retorno, que debía continuar porque estaba muy cerca de la meta y grandes acontecimientos se iban a desarrollar, modificando, sin sospechar hasta que punto, su vida. Y subió sin mayor dificultad, sólo era una escalera muy descuidada.

En un primer momento, cuando llegó a la cumbre, no vio nada extraño. No había nada, sólo bruma y más piedras. De pronto la niebla se cerró, y todas esas piedras que antes resultaban visibles a unos pasos, ahora adquirían caprichosas formas que en virtud de las brumas parecían moverse.

Ashanti, inquieta, se acercó a cada grupo de piedras, espada en mano, para confirmar que no representaban ninguna amenaza. Aquello que parecía un hombre con algo muy grande entre las piernas sólo eran piedras… de ser algo orgánico, habría recibido un tajo cercenador de “cosas grandes”. Ashanti trató de calmarse.

Un ruido detrás de ella la hizo brincar, una figura que antes no recordaba haber visto, se alzaba hasta tres metros de altura sobre sus cuartos traseros. Parecía un inmenso osito de peluche con los brazos extendidos. En sí mismo no parecía peligroso, excepto por su tamaño y que resultaba terrible en ese entorno. La heroína suspiró, sólo eran más piedras.

En medio de la bruma, en el propio centro de la cima, encontró algo parecido a un altar. Era una piedra tallada de gran tamaño en el centro de un círculo despejado. Ashanti estrechó con más fuerza las manos sobre el mango de la espada. Un fulgor carmesí brotó del altar, había surgido de ella un enorme zapato rojo de tacón , de innegable diseño y aparente comodidad… ¡Sólo por seis euros con noventa y nueve céntimos!, rezaba una atractiva etiqueta colgada de un cordoncillo. Imposible permanecer de piedra ante semejante ganga.

¡Tienes que ser fuerte, tienes que ser fuerte!, se dijo la heroína. El silbido de la espada cortó en dos el zapato que se deshizo en brumas. Sobre el altar no quedaba nada.

—¿De verdad deseas matarme? —sonó una voz de mujer a su espalda.

Ashanti se volvió sobre sus talones. Lo que se encontró no era extraordinario, no era una mujer de finos rasgos, de belleza sutil y gracia en la expresión. Tampoco era una mujer basta, de expresión tosca y mirada chabacana… El rostro que observaba era el suyo. Era como verse reflejada en un espejo. ¡El gran rival que esperaba, el enemigo que tanto perjuicio había provocado a lo largo de la vida, era en realidad ella misma!

Alicia alzó su espada.

—¡En verdad quiero! —gritó clavando la espada en el pecho, sin darse cuenta que las ancianas la escrutaban con recelo un paso detrás de ella.

—Hecho, a las dieciocho quince del martes veintitrés de mayo tiene la cita.

La señorita, al otro lado del mostrador, trataba de disimular el estupor que había provocado la vehemencia de una mujer de aspecto inofensivo.

La heroína tomó el papelito.

—¿Qué extraño designio de los dioses es éste? —protestó ante premio tan insignificante.

¿Dónde estaban los grandes tesoros, los dones divinos o las armas o demás objetos imbuidos de una magia especial que hicieran de ella una guerrera temible? Una voz sobrenatural retumbó de unos cielos revueltos: “!Has conseguido la cita con tu médico, enhorabuena mortal!”.

—¿Para qué quiero yo “esto”? —insistió Ashanti, decepcionada.

Alicia sonrió, el premio lo había recibido ella: se había hecho más fuerte.


-Fin-




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Esta historia se la dedico a mi hija Elena, a mi Alicia sin maravillas.

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viernes, 21 de mayo de 2010

"Un buen salvaje" (Un cuento de 1940 palabras)


 —¡Sólo tengo 55 años! —protestaba Edward—. ¡No soy ningún viejo!

No estaba contento ante la perspectiva de una vida ociosa. Convertir una empresa familiar en una multinacional con valores bursátiles le había costado buena parte de su vida; y, ahora, la junta rectora le destituía. Estaba deprimido.

Tenía tres hijos que se habían independizado años atrás, que vivían sus vidas felizmente, y varios nietos que esforzaba en visitar a menudo. Pero su vida de jubilado no era tan maravillosa como había imaginado: experimentaba un enorme vacío que la familia no rellenaba.

Su esposa, tras décadas de abandono conyugal se había refugiado a los cuidados corporales en centros de belleza. Si no era por un tratamiento especial era por fitnes, clases de natación o tenis, complementados por saunas y masajes. Agnes siempre tenía completa la agenda de la semana, excepto los domingos, que era el día tradicional en el que su marido se hacía visible en casa.

Ahora, que ella era una mujer madura de casi cincuenta años, ya no le era posible renunciar a sus rutinas diarias. No, porque sino sus aparentes treinta y muchos se resentirían y todo un modo de vida acabaría por venirse abajo.

—Siempre has querido viajar… ¡conocer otras culturas! Toma —Agnes le ofreció un billete de avión—. ¡Esta es tu oportunidad!

—¿Tú no vienes?

—Ya sabes que esas aventuras en el tercer mundo, con mosquitos como elefantes y sin inodoros, no van mucho conmigo.

Se acercó hasta Edward y le besó la frente.

—Desde luego que no eres ningún viejo… ¿Cuántos jubilados achacosos, de esos de manta y garrota, van de safari por África? Tómalo, te lo mereces.

Y deseó de todo corazón que en esas exóticas tierras encontrara aquello que colmara el corazón de su marido, para que regresara al hogar con alegría en los ojos y con ganas de levantarse por las mañanas.

Edward aceptó el viaje como un premio de consolación, con reticencias. “¿Ves como si eres un viejo gruñón?”, pensó Edward mientras buscaba las maletas. Aún refunfuñaba cuando contemplaba, desde la ventanilla de la avioneta, el verdor insuperable de la flora de los trópicos que se extendía bajo su vista.

Y cuando uno de los motores carraspeaba, como si se hubiera tragado un bicho demasiado gordo, Edward no dejó de refunfuñar. “Si ya lo sabía: Agnes me ha comprado el safari más barato… Esto era de esperar”, sin sospechar lo peligroso de la situación.

La avioneta se precipita hacia la espesura de la selva. Un crujido advierte que una de las alas se quedó atrás en el primer impacto contra un árbol. El campo de visión de Edwards tiembla durante unos segundos en los que cientos de hojas verdes parecen flotar dentro de la avioneta… “Como si a falta de confeti, la selva nos diera la bienvenida a su manera”, pensó sin refunfuñar hasta que un tremendo impacto deshizo prácticamente el resto del fuselaje, y del estado de “shock” pasó a la inconsciencia.

El aullido escandaloso de unos monos despertó a Edward. Le dolía la cabeza y tenía una pierna rota, por lo demás estaba bien. No tenía ningún órgano vital dañado.

—Hola, ¿hay alguien? —gritó esperando que alguno de los pasajeros y el piloto hubieran sobrevivido al accidente, esperando ayuda en realidad.

No obtuvo respuesta. Se arrastró por los alrededores, esperando encontrar algo que le fuera de utilidad para sobrevivir en un entorno hostil. Algo como una botella de agua o… —un rugido agudo hizo callar a los monos— un rifle.

Era de esperar, la carne fresca no es carroña y atrae a todo tipo de animales. ¿Cómo no fue consciente antes de que era el único que estaba entero? Un segundo rugido, más próximo, sacó a Edward de su ensimismamiento. “¡Por todos los santos! Si iba a un safari, ¿dónde están las armas?”.

Entre los restos del avión, medio ocultos por ramas y hojas, no encontró nada mejor que un trozo de chatarra, todavía caliente, con el que defenderse. Alzó su arma dibujando círculos en el aire, sabía que una bestia acechaba en la espesura.

Era una ironía; él, que estaba de cacería, estaba dispuesto a vender cara su piel. Un zarpazo fulminante desarmó a Edward, a continuación una pantera rugió a menos dos palmos de su rostro, mostrando unos colmillos perfectos.

Edward sintió su aliento caliente, como si su boca fuera un lugar acogedor, y se estremeció no porque fuera a morir, sino por el verdor salvaje que la bestia parecía desprender de los ojos. África era así, bella y cruel.

—¡Ungo wele yuyu! —gritaba un autóctono semidesnudo, surgiendo de entre las hojas como un Apolo de mármol negro.

—¡Ungo wele yuyu! —insistió el cazador blandiendo una lanza sobre el animal.

La pantera rugió una última vez antes de desaparecer en el follaje, y Edward perdió de nuevo el conocimiento. Demasiadas emociones fuertes incluso para un inglés. De hecho, la inconsciencia resultó un estado de gracia del que prefería no salir.

Sí, porque ¿qué tiene de hermoso notar unos ojos ocultos tras una horrenda máscara a pocos centímetros de tu cara? O sufrir un dolor en la pierna como si unos caníbales se la estuvieran comiendo; o sentir la fiebre por alguna herida infectada, o por la malaria, y en el delirio creyeras que te hacen tragar bebidas amargas para envenenarte, o para adobar tus intestinos con el fin de que tengan mejor sabor…

Una mañana, Edward despertó sin sudor en el rostro, muy débil, pero sin dolor en la pierna. ¿Cuánto tiempo había pasado? No lo sabía, sólo recordaba vagamente unos sueños inquietantes en los que se unía místicamente a la fiera que no pudo devorarle y se hermanaba con su salvador.

Inquietantes porque no podía asegurar con exactitud en qué medida habían sido sueños. Pero ahora, que era capaz de mantenerse de pie, como si nunca hubiera sufrido un accidente de avión, dudaba. Y dudaba más aún cuando su salvador entró en la choza y al verle en pie le abrazó con alegría.

¡La tribu le recibía como a uno más! Y lo celebraron con música y danzas. En las comidas comunales donde nunca faltaba de nada, mientras la gente comía y bebía, Edward fue seducido por las jóvenes más hermosas de la tribu.

Era una práctica común, y aunque vivían en familias, durante las fiestas se buscaban nuevos compañeros sexuales que luego olvidaban cuando se acababan los festejos. Obtuvo los orgasmos más intensos de su vida. Los mejores… Nada que ver con la cronometrada gimnasia que empleaba para gozar de los favores de una dama inglesa. Ya se sabe, la temperatura del agua debe estar a punto de ebullición, a 99 grados exactamente, para que el té sea óptimo. Y en la cama… oh, en la cama. En la cama son precisos de diez minutos completos de prolegómenos, transcurridos los cuales entonces se procede a la penetración. Ni antes ni después. Diez minutos exactos. Esas mujeres nativas no sabían nada de relojes, tomaban lo que querían cuando querían.

Permaneció en la tribu hasta que estuvo plenamente restablecido, más tiempo del debido, engañando a una férrea y oxidada moral británica con las frivolidades de la selva, con una humedad que no podía disfrutar en su amada Inglaterra.

Aunque tenía todo lo que pudiera desear, reconocimiento social incluido, su viejo corazón civilizado lloraba por lo que no vivía. Convenció a la tribu de que ese no era su sitio, que debía regresar a pesar de la inmensa gratitud que sentía por ellos.

Una mañana, el cazador que había ahuyentado a la pantera se presentó en la choza de Edward. Portaba provisiones para un largo camino, sólo para dos hombres. La tribu velaba todavía por él, incluso en su última travesía por la selva.

—Vente conmigo —gesticuló Edward.

La gratitud provocaba el deseo de que conociera un mundo con horizontes más amplios, que disfrutara con las bondades de la vida civilizada. Deseaba educarle personalmente… ¡Sería como su hijo adoptivo!

Tras negar con la cabeza repetidas veces, el salvaje acabó aceptando la invitación. En definitiva, no podía abandonarle a su suerte; ni siquiera en su mundo. No a un hombre que no sabe enfrentarse con una pantera.

Edward experimentó una nueva alegría de vivir. “Debo buscar un nombre apropiado para él y empezar a enseñarle algo de vocabulario”, pensó en esos días que transcurrieron hasta que contactaron con una expedición de hombres blancos.

Pocos días después llegaron a Inglaterra. Edward disfrutaba de un gin tónic en la tumbona de madera de teca, en un jardín de amplios parterres verdes. Su casa. El africano, a su lado, no comprendía qué placer era ese de estar tumbado mirando al sol. Edward le llamó Emilio, en honor a su filósofo preferido, Rousseau, y su “buen salvaje”.

—No, Emilio. Tú, no —explicaba su tutor.

Quería beber el gin tónic.

No deseaba corromper la inocencia de ese espíritu virginal, pero como sabía que la curiosidad era más fuerte le dejó probar. Emilio probó un sorbo que inmediatamente escupió.

—¡Veneno! ¡Veneno! —gritó vaciando el vaso de su tutor.

—Sí, tienes razón, Emilio. Es mejor beber lo mismo que tú: agua… ¡pura y cristalina!, como la que pocas veces se encuentra en la selva.

Y llenó dos vasos de agua de una jarra en la que flotaban unos cubitos de hielo. Ofreció uno a Emilio… ¿Quién estaba aprendiendo de quién? Edward sacudió la cabeza.

Lo educó con paciencia y satisfacción, pues Emilio era un alumno aventajado, de gran inteligencia natural y de asombrosa curiosidad.

—Tu esposa necesita bebedizo —afirmó Emilio un día.

Su tutor no comprendía a que se refería. Pero en ese momento llegó Agnes del centro deportivo, claramente disgustada por una extraña rivalidad con una compañera. Un monitor de tenis era la razón.

Emilio interrumpió unas largas explicaciones que nadie había pedido.

—Lo huelo. Lo huelo. Lo necesita. Tienes que dárselo.

—¿Qué está diciendo, querido?

—Sinceramente, no lo sé.

Emilio se la llevó en brazos al salón, Agnes pataleaba divertida entre risitas. En el sofá, Emilio le arrancó la ropa y se desprendió de la suya.

—¡Socorro! ¡Tu salvaje me va a violar!

—¡Tú necesitar, yo dar! —respondió Emilio.

—¡Ahhhh! —gritó Agnes revolviéndose. Fue un grito más de sorpresa que de dolor.

—¡Yo dar! ¡Yo dar!

—¡Edward, tu salvaje... ah...ah...!

—Yo no puedo ver esto.

Se escondió detrás de la puerta del salón, con las manos en los oídos. Los gemidos de su esposa eran claramente de placer, de un intensísimo placer sexual, que probablemente ninguno de sus monitores de tenis habían conseguido proporcionar.

Su mujer, después de diez minutos de bombeo sexual, de extenuante placer, trató de recomponer el peinado. Edward, haciendo gala de una exquisita flema británica, saltó de la puerta.

—Emilio, ni éste es el modo ni ella la persona adecuada —amonestó el tutor con su minúsculo índice; no podía evitar las comparaciones porque Emilio se mostraba, sin ningún pudor, desnudo de cintura para abajo.

—No ser malo, mi tribu dar a ti. Muchas veces.

—¿Edward, qué está diciendo Emilio? —Todavía seguía sentada en el sofá, semidesnuda.

—¡Oh, nada importante!

—Yo huelo, yo huelo. ¡Tú seguir necesitando! —La señaló con un poderoso índice mientras su miembro recobraba nuevas energías.

—¡Cariño, Emilio me va a atacar otra vez! —Fue una protesta muy extraña.

—¡Yo dar, yo dar!

—¡Ah... ah...!

El marido se tapó los ojos.

—Tú salvaje, es... ¡uuh! Es... ¡uuuh! Un salvaje. ¡Un buen salvaje! —concluyó.

Nunca más tuvo necesidad de visitar los centros de belleza, y Edward, desde ese día usó aguas de colonia de empalagosas fragancias por todo el cuerpo… Por precaución, supongo.




— Fin —



 



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lunes, 26 de abril de 2010

Otros premios


En esta ocasión tengo que agradecer a Duna y a Lidia, dos poetisas muy especiales, cada una en su estilo, que han querido premiar mi trabajo. Para mí, tiene un valor más que simbólico... Gracias a las dos.


Dudo mucho que no las conozcáis, pero si este fuera el caso, podéis conocer su trabajo en Duna al desnudo y en Precisamente de lo que no se habla.

¿Que por qué me gusta la poesía? Y a quien no le agrada una caricia en el alma.








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miércoles, 21 de abril de 2010

VELOCIDAD (Un cuento de 710 palabras, escrito por una niña de 12 años)



No sé bien cómo he llegado hasta aquí. Todos mis recuerdos están borrosos. Estoy en una sala circular. A un lado se ven nubes, y al otro, fuego. Hay dos seres, también. Un hombre gigante con una gran barba blanca, y otro de piel roja, con cuernos de toro, patas de cabra y una larga cola terminada en punta de flecha. Dios y Satanás.

—Dime, si no es molestia, por qué estás aquí, Daniel—dice Dios.

¿Cómo sabe mi nombre? El demonio se acomoda junto al fuego, dispuesto a escuchar. ¡Ay, madre! Yo nunca había creído ni en el cielo ni en el infierno, pero no hay tiempo para lamentarse. Los dioses esperan que les cuente la historia.

—Bueno…yo—trago saliva—Yo era un macarra. Me gustaba mucho montar en moto, y chulearme. En casa era un vago, y no estudiaba ni trabajaba. Incluso a veces robaba—el demonio mira a Dios, con una sonrisa—. También fumaba, bebía alcohol y hacía pellas.

Noto que por un momento, ninguno de los dos me hace caso, así que me callo, avergonzado. Ahora me arrepiento de haber sido tan mala persona, tan egoísta, tan vago… Pero mi arrepentimiento vale bien poco en este momento. Tengo miedo.

—¿Qué crees que se merece?—pregunta Satanás a Dios.

—Ir contigo, de momento—Dios me mira—. Continúa, chico.

Me sorprende que se traten con tanta familiaridad.

Me estremezco. A la izquierda, donde el fuego arde sin parar, unos diablos cotillean; y a la derecha, donde las nubes acolchan el cielo, algunos ángeles se asoman curiosos. Reconozco caras en ambos lados. Mi abuelo José, en el infierno. Él también era un macarra de joven. Mi abuela Maribel, en el cielo. Ella ya nació siendo un ángel.

—Bueno. Un día me fui con mi moto, porque unos colegas me habían llamado. Queríamos pegar a un chaval. De pronto, un coche salió de una calle en dirección contraria, y me atropelló. Después solo recuerdo un hospital, una enfermera gorda, y que la tierra me tragaba—terminé bruscamente.
Oí risas en el infierno.

—Parece arrepentido—observó Dios con indulgencia.

—Pero ha pecado demasiadas veces. No vale arrepentirse y rogar cuando ves el final cerca—replica Satanás.

—Tienes razón —suspiró Dios—. No sé qué les pasa a los hombres de esta familia. Llévatelo.

Me dan ganas de ponerme a suplicar de rodillas, pero me quedo quieto, paralizado de terror. No quiero ir al infierno, yo quiero estar con mi abuela y con los demás ángeles. Pero no puedo.

—Bueno, chavalín. Tú te vienes conmigo.

Satanás me coge del brazo. Su contacto me abrasa.

El suelo se abre, mostrando una imagen horrenda, imposible de describir. Entonces caemos. Noto el viento en la cara, que apenas me deja respirar, y mi ropa, toda rota, ondeando en torno a mí. Si no fuera porque el demonio me estaba llevando al infierno, sería una sensación incluso agradable. Ya sé a lo que me recuerda esto: es como ir en moto a toda leche sin el casco puesto, como sacar la cabeza por la ventanilla de un coche en marcha, como bajar en la montaña rusa.

De pronto la sensación ya no es tan agradable. El viento me quema la cara, y la ropa ha quedado tan calentada que arde. Paramos. Satanás me suelta y se sienta sobre su trono de fuego. Miro mi brazo preocupado. Me duele. Me ha dejado la marca de su mano.

—Me caes bien, Daniel. Desde ahora tú harás mi trabajo.

Chasquea los dedos, entonces me duele la cabeza, y no siento nada de la cintura para abajo. ¿Qué me está pasando? Me miro: tengo patas de cabra, y una cola terminada en punta de flecha. La marca que tenía en el brazo ahora no se nota, porque mi piel es de color rojo. Me palpo la cabeza y encuentro unos cuernos de toro. Ahora soy yo Satanás, aunque no comprendo la razón. ¿Le he caído bien al demonio, al Señor del infierno? Le veo, pero ya no es rojo ni tiene cuernos ni patas de cabra. Está… ¿Haciendo las maletas?

—¡Me voy a vivir otra vida, chico!—exclama satisfecho.

Increíble, ahora soy el diablo. Todos se inclinarán ante mí. Podéis llamarme Lucifer, si os da la gana.






FIN


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martes, 20 de abril de 2010

Aceleraciones (un cuento de 1.010 palabras)


Ya me lo decía mi abuela, “no vayas a la ciudad que todo va muy deprisa”, y yo no le hice caso. Pues, ¿qué importancia tiene vivir acelerado cuando puedes “vivir”? Nuestros mayores, con eso de que han vivido mucho se creen que lo saben todo, y no se dan cuenta de que su pensamiento obsoleto no encaja bien en la forma de vida moderna. “Modernidad, modernidad… ¡Golfo! Más te valdría buscarte un buen trabajo y no eso que tienes”.

Un buen trabajo para ella era levantarse de madrugada y regresar a casa con la espalda rota por la noche. No, estaba claro que no podía vivir con ella. Y tras muchos llantos y promesas que sabía que no cumpliría, me marché a la ciudad.

¡Dios, vivían tantas personas juntas! Desde la humilde perspectiva de un campesino, parecía que se apretaban trillones de almas unas contra otras… Estaba en el cielo, nada que ver con las soledades y pobrezas de tierras baldías.

—¡Bienvenido, amigo! ¿Buscas trabajo? —se interesaba un individuo que repartía publicidad con alegría.

Y las muchachas me sonreían al pasar.

—Con dinero se pueden hacer muchas cosas… —insistía ofreciéndome un papelito con un número de teléfono.

De pronto, todo el mundo, como en las viejas películas que le gustaban a mi abuela, rompió a bailar en una improvisada coreografía.



                                  “Con dinero podrás comprar una bonita casa,

                                   con dinero tendrás amigos y el amor,

                                   con dinero serás respetado…”



…Cantaban con alegría los transeúntes de la avenida. Mis expectativas estaban más que satisfechas. Sí, estaba en el cielo. Tomé el papelito del hombre sonriente y llamé al número de teléfono.

—¿Cómo, que acabas de llegar a la ciudad? ¡Muchacho, no te preocupes por nada, ya tienes trabajo! Vente a las oficinas para recoger las llaves de tu apartamento.

Ya tenía casi de todo, y todavía sin hacer nada. ¡Pobrecita mi abuela, qué equivocada estaba! Con mi primer sueldo alquilé una casa más grande, con un inmenso jardín comunitario, dónde las vecinitas me lanzaban insistentes miradas. “¿Por qué me miran así? Quizá sea porque soy nuevo en el barrio y tendrán curiosidad… Me voy a presentar, será lo más educado”.

—Hola, me llamo…

De un modo inesperado me empujaron tras un matorral, y descubrí con placer, repetidas veces, el ansia femenina por la reproducción.



                                       “Descubrirás el amor, todo el amor

                                        y nada más que el amor;

                                        si nos das hijos, muchos hijos

                                        a los que amar…”



Cantaban las mujeres en un revuelo de besos y caricias.

—Cuando termines de trabajar pásate por aquí —decía una—. Todas conocemos cientos de maneras diferentes de relajar a un procreador.

Y pobrecito mi abuelo, que murió sin conocer el paraíso.

Los días transcurrían apaciblemente, y la ciudad crecía a un ritmo vertiginoso. Era imposible no darse cuenta que se levantaban barrios enteros en muy poco tiempo, claro que todos éramos trabajadores felices y muy bien motivados. Además, apenas existían conflictos sociales que repercutiera en el progreso general.

—Abuela, tienes que venir. La ciudad no es como te imaginas… ¡todos son felices! —dije por teléfono, en un intento de traerla.

—No hijito, sé como son los de la ciudad: ¡unos golfos que sólo piensan en lo mismo!

—Abuela, estás confundida.

—Cariño, regresa conmigo… Los de la ciudad están condenados.

Imposible razonar con ella, era de ideas muy rígidas. Al colgar el teléfono noté un temblor extraño en el suelo, muy suave. No le di la importancia que merecía, aunque se repitieron a lo largo del día, y cada vez con mayor intensidad. Pero nadie parecía preocupado por los seísmos, tal vez porque las construcciones estaban muy bien diseñadas.

Poco después surgieron los vientos, auténticos ciclones que arrasaban todo a su paso. Y los gobernadores tranquilizaron al pueblo:

—Desgracias naturales siempre han existido, y no podemos evitarlas… ¡Pero sí podemos reconstruir la ciudad y hacerla más grande aún! —Clamaban nuestros dirigentes.

Poco después hubo quien presentó estudios detallados sobre la relación entre los seísmos y los ciclones, pero nadie hizo caso… Todos eran demasiado felices para cambiar de vida como sugerían los informes. “¡Estáis condenados!”, clamaba desde el recuerdo mi abuela. Y tronó.

Del cielo surgió la voz de un dios todopoderoso, enfadado y celoso de nuestra felicidad. Los ciudadanos buscaron refugio en sus casas, asustados por aquel lamento antinatural que desconocían. Muchos desempolvaron los viejos libros de religión, los que propugnan una existencia equilibrada basada en la contención de nuestros instintos. ¿Pero es que no estaba superado que la religión impedía la plena realización del individuo?

En cuanto cesó el bramido, la ciudad retomó su actividad normal. Se olvidaban demasiado pronto sucesos tan extraños, porque la única premisa para ser feliz estaba en vivir el presente, olvidar el pasado y no pensar en el futuro. Porque los que miran demasiado el pasado se quedan anclados a él, como mi abuela, y no disfrutan de las cosas buenas de la vida; y los que miran excesivamente al futuro, quedan atrapados en las expectativas de unas hipotéticas bendiciones que nunca experimentan. Como mi abuelo.

Si los ciclones anteriores habían arrasado parte de la ciudad, los vientos que surgieron después se revelaron como apocalípticos. Nada hacía presagiar huracanes que arrancaran de raíz ciudades enteras…

Desde la ventana del salón de mi casa veo como otra ciudad se precipita hacia mí. Veo la cara de horror de miles de personas volando, agarrándose inútilmente a objetos cotidianos que en otras circunstancias habrían dado un punto de apoyo estable; y pienso que ahora que había conseguido realizarme, que estoy en lo mejor de mi vida, voy a morir.

Pero la muerte no llega por azar, sino por necesidad. Me preparé para el impacto que anularía mi existencia, pero no sucedió. Gravité por mi salón, y con mucho esfuerzo conseguí asirme a la ventana.

No reconocí el paisaje habitual, los jardines habían desaparecido, y en su lugar aprecié una sustancia extraña, translúcida y pegajosa que recubría todo hasta dónde llegaba la vista. Dios había estornudado, y yo viajaba a la velocidad de la luz por la inmensidad del espacio vacío.



—Jesús—





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