Una vez tuve un sueño

Soñé con un mundo en el que todos podían ser lo que quisieran, hacer aquello que más satisfacción les provocara, que no existiera más impedimento que el deseo...

Hoy, a mis cuarenta y dos años recién cumplidos, y a pesar de que la vida golpeó con toda la crudeza de la realidad, todavía no he despertado de las utopías de juventud. Si no puedo vivir en un mundo feliz, me lo inventaré: haré que otros, como un dios todopoderoso de infinita bondad, sean felices... al menos en mi pensamiento.

Y me puse a escribir. Ahora que tengo en mi haber más de setenta relatos cortos y dos novelas, descubro por qué Dios es "omniausente" e imperfecto.


martes, 31 de mayo de 2011

Despierta... (un relato de 850 palabras)

Al principio percibió el rumor de unos tambores, tan lejanos que confundió con el propio latido de su corazón. No quiso abrir los ojos, aunque sabía que estaba despertando; porque no ignoraba cuan dura podía ser la vida y lo dulce que era soñar. Ni siquiera los brazos de “Amanecer”, su prometida, competían en bienestar. La inconsciencia que ronroneaba en sus pensamientos, era más complaciente y no exigía proezas para ofrecer sus dones.

La mirada azul de Alejo se enturbiaba en los viajes largos, incluso cuando había descansado las horas necesarias la noche anterior. Debería considerar que conducir turismos no era tan peligroso como trasladar toneladas de sustancias químicas, porque en sus treinta y cinco años de conductor de camiones nunca se había dormido. Probablemente porque su esposa Alba siempre le preparaba un termo de café.

“Ojos azules” se removió bajo la piel maloliente de un cérvido. La fiebre estaba bajando, quizás porque los dioses no querían la compañía de un muchacho. De pronto su corazón se aceleró, tanto que parecía retumbar en la cueva entera. El muchacho se retorció, tal vez moría y su alma marchaba a ciegas. Abrió los ojos y el ritmo frenético de los tambores cesó, dejando paso a un silencio que ensordecía.

Hoy había descubierto que era prescindible para la empresa, que sus jefes habían traspasado el negocio a otros que tuvieran más ganas de defender el patrimonio que esos holgazanes que llamaban hijos… Y Alejo enfermaba sólo de recordar las veces que había suplicado por su empleo.

—¡Me quedan unos pocos años para jubilarme!

—Razón de más para dejar hueco a los jóvenes…

(Un zarpazo).

—Pero es que a mi edad nadie va a contratarme, y yo tengo gastos que pagar…

—Escribe una carta al presidente, yo no tengo la culpa…

(Otro zarpazo).

“Ojos azules” descubrió unas llamas encerradas dentro de un círculo de piedras cerca de sus pies. El crepitar de unos maderos infundió la dosis ajustada de realidad y paz a su delirio. Sin embargo, el rostro de un anciano, que abarcaba todo su campo visual, le arrebató la calma.

—Tu alma me pertenece… ¡Se la he ganado a los espíritus de la noche! —gritó el chamán agitando unos cráneos humanos por encima del muchacho, haciendo un sonido de cascabel a lo largo de su cuerpo.

¿Cómo anunciar a Alba semejante noticia, a ella, que siempre se jactaba de tener un marido tan trabajador? El único modo en el que podía pensar, después de tantos años de trabajo en la carretera, era conduciendo. Deformación profesional. Alejo viajó sin rumbo y sin tacógrafo, sintiéndose pequeño, ridículamente pequeñito, en su fiat punto.

Tras recorrer sin prisas unos cuantos pueblos de la periferia de la capital, lo único que consiguió dejar atrás fue su amor propio. Sintió que el mismo asfalto le repudiaba, que los demás conductores le miraban mal.

—No estoy llegando a ninguna parte —se dijo Alejo en voz baja.

—No… —susurró el muchacho.

Sabía que su corazón no había golpeado con fuerza el pecho, que su alma no quería abandonar el mundo de los vivos y que, por lo tanto, “Serpiente inmortal”, el hechicero, no había ganado nada.

—¡Despierta! —gritó el anciano acercando aún más las pinturas de su cara al joven.

Alejo sintió un respingo en la espalda, notó que agarraba con fuerza el volante, como si repentinamente se hubiera dormido y se aferrara inconscientemente a la realidad. Supo que tan sólo había perdido la consciencia una fracción de segundo. Se estaba adormeciendo. Bajó la ventanilla de su lado y apagó la radio, el soniquete de unos tertulianos no ayudaba demasiado a mantenerlo despierto.

—Joder con el viejo —masculló Alejo, recordando el rostro de un anciano que no había conocido en su vida.

Pudiera ser que hubiese visto una película o documental que no recordara y que luego proyectase su rostro desde la inconsciencia, porque nadie, ni siquiera en carnavales, se había disfrazado con pieles de lobo y abalorios de hueso colgados del cuello y las orejas. Y por más que lo intentó, no recordó a nadie que luciera con tanto orgullo sus arrugas.

Entre sus arrugas, se dibujaban unos círculos rojos y negros, concéntricos alrededor de cada ojo. Y de la boca salían rayos, también rojos y negros. Entre el sudor de la faz del joven, se perfilaban unos cortes profundos y negros, de los que destilaban unos hilillos rojos.

Ambos conocían la verdad.

—No vas a morir… Te perderás en las brumas de los sueños que la gente olvida… Pero yo te buscaré a través de las nieblas del tiempo, te buscaré en los sueños… y te salvaré… ¡Despierta!

“Ojos azules” no volvió abrir los párpados, pero Alejo los abrió tanto como sus cavidades oculares permitían. Se había vuelto a dormir… y le habían despertado.



Final feliz:

… con el tiempo justo para evitar un accidente.



Final realista:

Se descubrió con parte de la grasa del motor esparcida por su cara, por unas facciones que sangraban, rojo sobre negro, como el muchacho de sus sueños; y un fuego a sus pies. Comprendió cuan dulce podía ser la inconsciencia, aunque fuera para siempre.





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jueves, 19 de mayo de 2011

Dejando huella (España profunda II) [Un relato de 1.270 palabras]


Sí, estoy atrapado; colorado como un tomate y sudando la gota gorda… ¿Que cómo he llegado a esta situación? Tal vez la responsabilidad última la tuvo mi madre, al dotarme de una educación por la que debía saber comportarme correctamente en cualquier circunstancia. O quizás sea la crisis, que me obliga adaptarme a una economía, digamos, más “económica”.

Sea lo que fuere, no lo sé muy bien, algo me empujó al poliderportivo de Valdemorillo (pero que mentirosillo soy, la explicación es más sencilla: en el único gimnasio del pueblo no me sentía demasiado cómodo —les invito a leer España profunda— y la voz de mi mujer se hacía eco con mayor fuerza en mi cabeza, “pagamos un poco menos por el gimnasio y además tenemos piscina,… piscina,… piscina”).

—Vale, vale. Ya te he oído —protesté por la insistencia de Eva.

—Piscina,… piscina —seguía susurrándome al oído.

Cómo me gustaría estar ahora en la piscina. Está cubierta y dividida en calles por unos cables de acero recubiertos por unas piezas de plástico amarillo, que cuando nadas con estilo “libre” como yo, descubres, en manos y pies, que no tienen nada de blanditas. No importa. En este momento me encantaría compartir calle incluso con esos que te miran condescendientes, cuando detrás de ti se forma una caravana de nadadores resignados… ¡Pero si los hay que nadan con aletas en los pies!

—Y además tiene sauna —argumentaba Eva con voz sugerente.

Sí, amigos. Lo hizo, repitió “sauna” varias veces. Y aquí estoy, encerrado en un cubículo de paredes forradas de madera, sudando y resoplando por el calor seco que despiden unas piedras de un rincón. Es un espacio en el que caben con holgura cuatro personas, seis algo apretadillos; y, como era de esperar, reservado para los de tu mismo sexo.

Debe ser muy poco estimulante ver sudar a los del sexo contrario a tu lado… O tal vez sea todo lo contrario, y que las normas traten de impedir que te descubras atractivo bajo las gotitas de sudor que resbalan hacia la barbilla, para abortar el ritual del cortejo: ¿qué, nos hacemos una duchita de agua fría juntos? Porque, afortunadamente, no es necesario ir a los vestuarios para refrescarse: hay una ducha a la entrada de cada sauna.

Sólo tienes que apretar un botón en la pared y de la alcachofa sale un torrente de agua tibia, que se enfría en la medida que se usa. Lo ideal sería repetir el proceso de frío-calor varias veces, para estimular el sistema circulatorio y eliminar toxinas; pero en la práctica no aguanto más de dos duchas. Me entran un mareo y debilidad que como advertencias fisiológicas tomo muy en serio.

Normalmente la sauna está vacía, pero cuando llegas a la entrada y descubres unas gafas y un gorro de baño en el banco de enfrente de la ducha, sabes que no estarás solo detrás de la puerta. En esta ocasión, además, había unas aletas. Debían pertenecer al tipo que se hace tres largos y saca pecho mientras espera a que yo termine el primero. Sí, un pecho depilado que parece burlarse de sus homónimos pilosos.

Como yo apunto canas, y bastantes, y para más añadidura por el resto del cuerpo, en el último corte de pelo no detuve la máquina en la cabeza: su capacidad segadora me descubrió un cuerpo nuevo. Valeee, fue por los nadadores depilados de la piscina. Uno quiere pasar desapercibido, aunque bien pensado creo que ahora llamo más la atención, porque todos me conocen de vista, y a la vista salta que a mi imagen le falta algo… Suspiro en la sauna, dándome cuenta de que tal vez el culpable de mi situación sea yo mismo.

—Hola —saludé al hombre que estaba sentado en el banco superior de la sauna.

Era el único hombre que hacía uso de la sauna, y no me agradaba la idea de sentarme en el banco inferior. Solamente podía sentarme enfrente de las piedras calientes o debajo de aquel tipo. En una opción me achicharraba demasiado la cara, y en la otra me calentaba la idea que pareciera estar insinuándome, de que él no apartara el ojo de mi culo… (Lo sé, los hombres somos un poco ridículos).

Me senté a su lado (de igual a igual, ya sabes, que no haya nadie por debajo) y no cruzamos ni una palabra. Ni siquiera la clásica conversación de ascensor sobre el tiempo o sobre los resultados del último partido de fútbol. Y lo agradezco, sin duda me haría parecer mariquita el hecho de no entender de fútbol… Cómo explicar que a mí me gustan las plantas, que me estoy haciendo un huerto con sus zanahorias y sus calabacines…

Al cabo de unos minutos el hombre de las aletas se despidió. A través del cristal de la puerta pude ver que no recogía sus cosas, y que poco después accionaba la ducha. Lógico, de poco vale una sauna si luego no te duchas con agua fría. Yo empezaba a necesitar refrescarme, de modo que en el momento que oí que no accionaba la ducha salí de la sauna.

Un culo apretado, musculoso y depiladísimo, trataba de contener en la base de la espalda los restos de jabón que bajaban de los hombros… No sé porqué se me antojó muy lubrificado. ¡Por todos los santos, que soy muy heterosexual! Regresé hacia la sauna más sofocado que antes. ¿Por qué diantres se tenía que duchar allí? ¿Y en pelotas?

Pues nada, heme aquí, sin duchar, mareado, enrojecido por el calor y la vergüenza, rezando para que no entrara de nuevo en la sauna. ¡Joder mamá, podrías haber sido más flexible! ¿Y tú, Zapatero, qué habrías hecho tú si en mi situación te encontraras a Rajoy desnudo, llevándose el índice a la boca? En fin, cuatro minutos de disparates varios se me hicieron interminables.

Y más porque cada quince segundos me asomaba al cristal para ver si me esperaba agazapado en algún lugar de la estancia. Cuando finalmente se marchó… (¡ay que ver lo que tardan algunos en quitarse el jabón!) salí escopetado hacia la ducha. Juraría que el agua fría sobre mi piel provocaba un pequeño siseo y que se levantó una ráfaga de vapor.

“Nunca más, nunca más” me decía sabiendo que me refería a que nunca más entraría sólo en una sauna. Mi hijo Alejandro también era socio del polideportivo, y a pesar de tener sólo doce años tiene una envergadura física próxima a la mía: ronda el metro ochenta. Sería, sin saberlo él, mi guardaespaldas una o dos veces por semana.

Me dirigí a los vestuarios, un intenso olor a colonia cosquilleó mi pituitaria. En el momento en que las taquillas se presentaron a mi vista el hombre del pecho (y trasero) depilado abandonaba la estancia. Vi que en uno de los armaritos descansaba un objeto verde, pensé en advertirle de un posible descuido. Pero deseché esa opción, podía ser un ardid para provocar un segundo encuentro (Lo sé, lo sé; los hombres podemos ser muy retorcidos en esto del amor).

¡Que le den por culo!, me lo quedaría yo: él me había hecho pasar un mal rato, y eso podía ser una justa compensación. ¿Qué sería? Podría ser un móvil muy pequeño, tal vez un reproductor de música o un mechero de gasolina. “Eau de oranges verts”, era un frasquito de plástico verde y estaba vacío. Vaya chasco.

¿Por qué las colonias parecen mejores si están denominadas en francés? Me respondo al tener la certeza de que yo, jamás, me acercaré a un tipo perfumado con agua de naranjas verdes… y menos en una sauna.


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domingo, 10 de abril de 2011

España profunda (un minirrelato de 648 palabras)


Verraco: cerdo macho que se utiliza como semental.





Era necesario, me dije mientras observaba a un gordo pavonearse con una gorra con la visera hacia atrás. Inevitable. Trataba de convencerme… ¿pero por qué retorcía las manos como los raperos? Desvié la mirada a un lado, los ojos azules del gordo me habían sorprendido. Se sentía fuerte, superior. Estaba en su elemento y yo no.

La crisis, la maldita crisis, me repetía cerrando los ojos para no ver. La realidad resultaba demasiado grotesca. Apreté el ritmo de mis piernas, nada como el ejercicio aeróbico para quemar la ansiedad. Cuando los párpados se abrieron el gordo y su autosuficiencia rumana habían desaparecido. Lo que me encontré fue mucho peor.

Concentrados en cuarenta metros cuadrados, seis magrebíes ocupaban distintos aparatos de musculación. Conversaban despreocupadamente en su lengua, expulsando unas carcajadas excesivas para los que no eran de su condición. No eran ellos los que atrapaban mi atención. Una camiseta roja repetía “soy español” en letras amarillas, tres veces a lo largo de un torso. Pertenecía a un tipo que me analizaba con descaro.

Era evidente que me consideraba de los “suyos”, que yo no daba el tipo “sudaca”… ¡Será gilipollas! ¿Esto es lo mejor que puede ofrecer esta tierra? Sus ojos me traspasaban, como si repentinamente me hubiera espiritualizado y de mí no quedara más que la impresión del nervio óptico en sus retinas. No sé si quiero “ser español, español, español”. No en sus términos.

No quise recrearme en unos rasgos que revelaban la complejidad emocional de una encina, uno de los árboles que conforman el paisaje de la dehesa serrana, y retomé con mayor denuedo los pedales de la bicicleta elíptica. Al menos ahora puedo permitirme pagar un gimnasio… Me pertrechaba en el vano intento de ver mi vaso medio lleno.

Un resoplido profundo, gutural, como el de un animal que muere con desgana me sacó de mis pensamientos. Provenía de un banco inclinado, sobre el que estaba recostado un joven de pelo corto, autóctono a juzgar por su capacidad de construir frases con algún participio y siempre recortado. Normalmente se limitaba al participio como oración completa, y a veces, como alarde de expresividad, a la numeración de dos o tres participios seguidos. Insisto, siempre recortados.

—¿Puedeh unoh kiloh máh? —le preguntaban.

—Chupao…

Y gimió de nuevo, exhibiendo un tatuaje en su brazo izquierdo, que cubría desde el hombro hasta el codo. Era más una sucesión de dibujos apretados, de un negro que reverdecía por la mala calidad de su tinta, que un diseño único… Lástima de brazo, me dije. Ese galimatías de sombras y trazos ocultaban un desarrollo espectacular de la musculatura. Y le obligaba a forzarse más, para compensar el tatuaje.

—¡Vamoh, que tú puedeh! ¡Una máh! ¡Una máh!

Y el aberroncho, juntando unas mancuernas descomunales sobre su pecho, resopló una vez más. Sabiéndose el centro de atención, dejó caer las pesas estrepitosamente contra el suelo y, con un berrido de ciervo en celo, obsequió con un cabezazo a un pilar que en nada le había ofendido. Entonces comprendí la razón de sus tatuajes, el sobre-entrenamiento y su auténtica naturaleza…

Era de los que no soportan pasar inadvertidos, de los que venderían a su madre por salir en “Gran Hermano” y practicar “edredoning” con la rubia más “choni” del programa. Dónde me he metido, dónde me he metido… me decía sin oír las risas de mi hija y mi mujer.

—Hola, Elena llamando a papá… ¿Hay alguien en casa?

Así es mi hija, guasona y alegre. Justo lo que más necesito.

—Que si sabes que significa “verraco” —recordó mi niña.

Yo ya no recordaba de lo que habíamos hablado, pero la veía tan guapa, tan sonriente, tan primaveral en primavera, que no podía ignorar que… Un grito adolescente, que provenía de la acera de enfrente, interrumpió mi pensamiento. ¡Otro aberroncho!

—Claro hija, estamos rodeados de ellos.

Fin


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miércoles, 19 de enero de 2011

"¡Jou, jou, jou!" (Un cuento de 2590 palabras)

 Sí, estas simpáticas carcajadas sonaban con jota castellana, a pesar de que quien reía era un papá Noel con ascendencia germana. Y acompañaban su cadenciosa risa los golpes de badajo de una campana de mano. Jou, jou, jou. Clinck, clinck, clinck. Sabrina se estremeció. La navidad no empezaba bien en ese centro comercial, no si una niña de cinco años se asustaba de papá Noel.

—No te asustes, tesoro. Sólo es un “Santa Claus”, como el que tenemos en casa encima de la chimenea… —aclaró Enrique, su padre.

Sabrina, a pesar de que sabía que su papá no le engañaría, permaneció en un reticente silencio.

—…El que tiene una llavecita en la espalda y se le enciende la nariz, ya sabes —insistió Enrique, que, a pesar del traje y la corbata, no dudó en poner muecas y gestos ridículos, imitando a un descabellado papá Noel robotizado.

Ésta era un tipo de respuesta innata que padres e hijos de cualquier parte del mundo comparten: si los padres bromean, los niños no sienten peligro. Sabrina sonrió, y toda la inocencia se le escapó por los labios en forma de sonrisa… ¡Cuánta verdad palpita en la voz de los profetas del pasado! Si hasta un pobre diablo como Christian sentía erizar el vello de su piel bajo el disfraz de papá Noel.

De inmediato sintió la necesidad de gratificar a la niña que le había obsequiado con una sonrisa tan hermosa. Creyó ocultar, tras la peluca y las barbas blancas, un presente oscuro de alcoholismo; una realidad de abandono y soledad que nadie desea. No importaba, podía “sorprender” a sus niños en cualquier niño, y ni siquiera un juez podría evitar que los amara, que los amara tan intensamente…

—Toma bonita —la mano enguantada de Christian ofrecía caramelos de brillantes envolturas—. Todos éstos son para ti.

Sintió escozor en los ojos, tal vez el sudor o alguna fibra sintética de la peluca se le cruzó en la mirada. Tal vez la derrota asaltaba sus intenciones, postrando párpados y corazones a su paso. Tal vez…

Sabrina torció la boca, y negó, muy despacio, con la cabeza. ¿Quién, en su sano juicio, chuparía caramelos envenenados? ¿Quién se tragaría, en pequeñas dosis endulzadas, tristeza con sabor a naranja o rabia con sabor a limón? Los caramelos permanecían temblorosos sobre la palma de santa Claus, ahora expectante y ansioso.

—¿No te gustan? —se interesó Christian, tratando de hablar despacio, incapaz de soportar un desplante más de sus hijos—. Tal vez te gusten más los de mamá, ¿verdad?

Sólo entonces Enrique comprendió que ese papá Noel estaba bebido y que el saco que llevaba a los pies sólo contenía tragedia y fracaso familiar.

—Vámonos, nenita. Se me ha olvidado comprar algo de pan para la cena.

Estaba indignado, Enrique no podía permitir que ese hombre corrompiera el espíritu de cuántos niños pasaran por su lado. Apretó el paso todo lo que permitían los pasitos de Sabrina. Buscaba las oficinas del centro comercial para interponer la reclamación pertinente. La niñita no parecía entender qué sucedía, y menos aún cuando ya habían pasado de largo dos boutiques del pan.

Cinco personas, que en realidad conformaban tres turnos, se encontraban al final de un pasillo estrecho y sin escaparates. Una madre con un niño pequeño, dos adolescentes de pantalón caído y un anciano malhumorado. Enrique confirmó la hora en su reloj de pulsera, bien podía esperar un rato.

—Papi, ¿puedo jugar en este pasillo?

Apenas había gente, y además, una niñita tan dulce como ella no podría molestar a nadie.

—Desde luego, pero no salgas del pasillo.

Ésta es otra de esas respuestas no aprendidas pero imprescindibles para el bienestar de un menor: acotar el espacio y que conozcan las razones de sus límites. La niña no preguntó por qué, y el padre sobreentendió que Sabrina, de cinco madurísimos años, conocía de sobra las razones de su advertencia.

En seguida le tocó el turno a Enrique. Llamó a su hija, que estaba jugando en el suelo, para que le acompañara. Pero estaba absorta en sus juegos.

—¿Vienes, ratoncita?

—¿No ves que estoy ocupada… con un asunto muy importante?

Los importantes negocios de su hija se limitaban a unos dedos que se movían como si fueran personas.

—Está bien. No tardaré mucho, pero si tienes algún problema yo estaré detrás de esta puerta de cristal.

Enrique sólo tenía que estirar un poco el cuello para comprobar que Sabrina seguía sentada donde la dejó. Tras rellenar un formulario confirmó, a través de la puerta, que su hija estaba bien. Lo único que pudo ver de ella era un pie. Suficiente. Pero no llegó a apreciar la música tintineante de una canción cantada por niños. Sabrina reconoció al instante “Mi burrito sabanero”, su villancico favorito, y como no, acudió al reclamo de esos niños tan felices.

Corrió hacia la salida de ese triste pasillo, hacia el bullicio de esas calles artificiales de comercios y hamburgueserías. El aliento se le cortó en cuanto asomó la cabeza. Una locomotora, que echaba humo de verdad, se detuvo en seco. Aunque no iba muy deprisa, y era una réplica miniaturizada, de vagones sin techo para que los niños pudieran disfrutar de su paseo; podría haber sido atropellada de no ser por los reflejos del duende conductor.

La cara de fastidio era evidente. Ni siquiera la sonrisa grotesca pintada en verde purpurina podía disimular el malestar del conductor. Tal vez se debiera a que el tren estaba diseñado para niños, y él como adulto, a pesar de no ser de gran estatura, no cabía bien y forzaba las rodillas hacia afuera.

—Canta un villancico, niña —espetó el duende con voz ronca.

Sabrina torció las comisuras de los labios para abajo.

—Vamos niña: ¡canta un villancico! —insistió dulcificando un poco su voz áspera.

¿Dónde estaba su papá? ¿Por qué no aparecía de repente y le salvaba de esa terrible criatura? Los niños que estaban sentados empezaban a impacientarse, se burlaban de ella con la lengua y con los dedos en las sienes.

—Qué demonios… Vamos, te dejo subir sin cantar —intercedió el duende.

Pero no obtuvo respuesta. El conductor dedujo que era una niña muy tímida, porque tampoco se apartaba de su camino.

—¡Está bien!… La princesita necesita ayuda para subir y yo se la daré —dijo el conductor saltando de la locomotora.

Levantó a la niña por la cintura y Sabrina perdió firmeza en los pies. Era como cuando su papá le tomaba con las manos por encima de su cabeza, sólo que en esta ocasión no se trataba de un juego y ese señor pintado de verde, no era su papá. Papá ni siquiera sudaba cuando le tiraba varias veces por los aires, y “eso” que atenazaba su cintura tenía el cuello y las axilas empapadas… ¡Le brillaba la frente! Y diminutas gotas decoloraban de modo desigual el verde intenso de su cara.

—¡No! ¡Nooo! —gritó Sabrina desconsolada.

—¡Eh, usted, suelte a la niña!

—¡Papaaá! —gimió Sabrina en cuanto oyó a Enrique.

—No se preocupe, no pasa nada —apaciguó el duende dejando a la niña en el suelo—. ¡Pero ahora aunque me cantes un villancico no te dejaré subir! ¡Ja, ja, ja!

Su risa era igual de seca que su voz, pretendía gastar una broma. O tal vez no. Pero estas menudencias le importaban poco a Sabrina, que se había pegado a los pantalones de su papá. Ahora no se separaría de él hasta que viera alejarse el trenecito, hasta que salieran del centro comercial. Y tal vez, si lloraba con suficiente insistencia, podría dormir esta noche con papá y mamá; a pesar de que hacía mucho tiempo, casi una vida, que dormía en su habitación.

Unas horas después, Priscila, la madre Sabrina, sonreía con indulgencia.

—¿Pero es que no sabes qué día es hoy? —tranquilizó, más con el tono que con una pregunta que apenas tenía que ver con sus miedos—. Esta noche es mágica, porque viene Papá Noel a dejar los regalos a los niños que han sido buenos. Y si él pasara por tu habitación y no te encontrara se marcharía sin dejarte nada —un índice materno saltó de la naricita a la barbilla.

Priscila besó a su hija en la frente, arropándole bien con el edredón, más como gesto de afecto que de cuidado. No olvidaba el poder que tienen las mantas para superar cualquier temor, porque tal vez provocaban el recuerdo inconsciente de la protección que nunca negó el útero materno.

Sabrina se hundió aún más bajo las sábanas, de modo que lo único que quedaba a la vista de ella eran los ojos y la frente. Su madre no podía comprender la sucesión de horrores que había vivido en el centro comercial.

—Cierra los ojos y aunque oigas ruidos no los abras… ¡Será papá Noel que te dejará regalos!

Triste consuelo era ese, ¿cerrar los ojos cuando se sabe que hay un desconocido en casa, del que ni siquiera se tiene la certeza de su identidad? ¿Y si fuera el papá Noel del centro comercial? 0 peor aún, ¿el duende enfadado del trenecito? En su delirio, la pobre niña podía imaginar incluso un “santa Claus” robotizado, gesticulando como hacía papá. Sí, en todo caso, era un buen consejo no abrir los ojos.

Sabrina dormía con la luz apagada, pero tenía la puerta entornada para que entrara la luz del pasillo. Además nunca permitió que bajaran la persiana para dormir, de modo que aunque apagaran la luz del pasillo, porque sus padres tenían esa desconsiderada costumbre cuando se acostaban, aún le quedaba la claridad de las farolas de la calle si se despertaba por la noche.

La luz anaranjada que entraba por la ventana creaba un mundo irreal de penumbras en la habitación, pero siempre era mejor que la oscuridad total, porque no había nada más terrorífico que no saber si tenía los ojos abiertos o cerrados. Sabía que teniéndolos cerrados no se podía ver nada, y que abriéndolos sí… pero cuando los abría y no veía nada, era como perder la cordura, o sentir que estaba muerta porque el mundo de los vivos había desaparecido de su vista.

Las penumbras creaban espacios nuevos que a la luz del día desaparecían, incluso algunos objetos se transformaban en otras cosas en actitud claramente acechante. Sabrina no podía saber que la percepción de la realidad se debía más a su estado de ánimo que al entorno que le rodeaba, pero en esta madrugada, el ruido que le despertó no tenía nada de subjetivo.

Procedía del salón. Parecía que algo caía de la chimenea y luego… unas toses sofocadas. ¿Pero cómo era posible que sus padres no lo hubieran oído? Sabrina luchó contra el impulso de levantarse de la cama. Hizo bien, porque poco después percibió claramente el paso amortiguado de una persona que se dirigía hacia su habitación.

El corazón estaba a punto de explotar en el pecho, tuvo la certeza de que en un momento entraría en su habitación. Contuvo una respiración que la delataría, porque sabía que los dormidos no jadeaban como lo hacía ella.

La puerta se abrió completamente y en el vano apareció la silueta de una persona desconocida. No le apreciaba bien porque la luz de las farolas no le alcanzaba directamente y porque mantenía los párpados semicerrados. Sin embargo, podía oír una respiración profunda y una risita entre dientes.

—Sé que estás despierta —dijo una voz de un hombre inexplicablemente feliz.

Sabrina cerró del todo los párpados y tomó una gran bocanada de aire fingiendo un cambio de postura. Se había quedado de lado, apoyada sobre la cadera y hombro izquierdos, pero con la puerta de frente. Necesitaba ver si ese misterioso hombre entraba en la habitación o no, para gritar, para pedir ayuda si fuera necesario.

—Je, je, je. ¡Toma, estos caramelos son mágicos!

Sabrina levantó la cabeza y acabó sentada sobre la cama. No los veía bien, pero sí la mano desnuda de un hombre mayor. Los caramelos que regalaba estaban sin envolver, y parecían hechos de luces de distintos colores. Se levantó de la cama.

—Toma, niña. Son todos para ti.

—¿A qué saben? —susurró Sabrina arrastrando un oso hacia la puerta.

—Uhm… ¡No sé! Hay un poco de todo: éste de color naranja sabe a cosquillas, éste rosa a sonrisas, éste azul te quita el frío del corazón…

De pronto Sabrina percibió un saco a los pies del hombre sin rostro, un inmenso saco de terciopelo rojo. Se parecía demasiado al del papá Noel del centro comercial, pero a diferencia de aquel, éste no estaba lleno de tristeza y fracaso familiar. Estaba segura de ello, pero lo que le daba miedo era la sensación de que no tuviera fondo, de que si fuera secuestrada nadie percibiría que el hombre de los caramelos llevaba una niña en el saco.

—¿Por qué no quieres enseñarme la cara?

—No soy yo quien la esconde, Sabrina. Eres tú quien no la quiere ver… Y, la verdad, no sé por qué me tienes miedo, si todos me quieren tanto.

La mano tembló cansada de ofrecer durante tanto tiempo unos caramelos que normalmente desaparecían nada más ser mostrados.

—Te han enseñado a ser una buena niña, pero no a ser feliz…

Y la mano desapareció por el hueco de la puerta.

—¡Me han enseñado a no tomar caramelos de un desconocido! —replicó con lágrimas en los ojos.

Pero era inútil, en la puerta ya no había nadie.

—¡Me han enseñado a temer al hombre del saco! —protestó Sabrina.

Priscila prendió la luz del cuarto de la niña.

—Me han enseñado que no debo hablar con extraños… ¡y tú no te has presentado! —gritó mientras su madre la abrazaba.

—Ya pasó, ya pasó… —susurraba Priscila mientras acunaba a la pequeña en su regazo—. Has tenido un mal sueño, pero ya pasó…

¿Un mal sueño? Sabrina creció con la duda de qué hubiera sucedido de haber aceptado esos caramelos mágicos. Creció con la certeza de que vivía en un sueño y que el único momento lúcido de su vida era el que había compartido con papá Noel… hace muchas Nochebuenas.

Ahora, doce años después, Sabrina sale del polideportivo municipal, y no puede evitar un estremecimiento cuando oye un villancico. Aún cree escuchar una risita entrecortada tras cada campanada o cascabeleo. Es la entrenadora del equipo de baloncesto infantil femenino.

Renuncia con gentileza la invitación de un padre de acercarla en coche.

—No vivo lejos y prefiero caminar, muchas gracias.

… Y pasa por delante de un kiosco de churros. Los villancicos le asaltan desde cualquier esquina, despertando en ella recuerdos de una infancia que todavía no está demasiado lejana. Es de noche, y hace mucho frío…

¿Qué sabor será ese que te quita el frío del corazón?, pensó.

…Lo sabe porque observa el vaho que forman los churros y las porras recién fritas, lo nota en el modo en el que se escapa de la luz brillante del puesto hacia la oscuridad, hacia las frías estrellas de la noche.

¿Me quedaré sin conocer a qué saben las sonrisas?

Un cascabeleo acarició sus tímpanos. Cada navidad se estremece con los villancicos, no puede evitarlo…

—Hola… —dijo una voz a su espalda.

Sabrina se volvió con el corazón encogido. Había esperado mucho tiempo, y ahora por fin se encontraba con…

—¿Papá Noel? —se dijo con extrañeza.

—Casi, creo que me llaman Rudolf.

Era un joven con un gorro de cabeza de reno, era un “reno” encantador.



¡jou, jou, jou! (Fin)


Sabrina dejó de preguntarse por el sabor de los caramelos que quitan el frío del corazón.


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sábado, 27 de noviembre de 2010

Una historia muy real (un relato de 1440 palabras)


—Hola cariño, ¿qué tal te ha ido la mañana? —saludé a Sonsoles, una de mis vecinas de planta.

“Pobrecita, no se lo merece”. No podía evitar apiadarme de una chica tan joven y tan guapa.

Había formulado la pregunta de una manera general, sin entrar en detalles, porque conocía de sobra que llevaba en el paro tres meses y su marido, por las noches, prefería besar botellas de cerveza.

—Pues qué te voy a contar, Toñi… Nada, siempre es lo mismo. Que deje mi currículum, que ya me llamarán.

“Menos mal que no tiene hijos”.

—No te preocupes, tesoro… —mis manos ocultaron su rubor— ¡Ya verás como encuentras algo bueno! Que te mereces lo mejor.

—Gracias, Toñi… ¿Qué tal pasó la noche Fabián?

—Bien, sin flemas… Hemos podido dormir de tirón.

—Te dejo, que se me hace tarde.

—Adiós, guapa.

Las paredes de las casas, en los barrios más humildes, pueden estar construidas de muchos materiales diferentes; pero tienen en común que ninguna retiene los pensamientos que se expresan en voz alta. Las de mi edificio no iban a ser la excepción, y menos ante las exigencias de un marido alcohólico.

—¿Pero por qué has tardado tanto? —se oyó en el rellano de las escaleras, tras la puerta de Sonsoles.

—Charlaba con Toñi… ¿No ves que está muy solita?

—¡Ya estamos otra vez, siempre soy el último de tu lista!

—Eres un egoísta de mierda… ¡Joder, que su marido la ha dejado!

—¡Nos ha jodido! A ver si te crees que si te quedas preñada y te nace un lisiado… me voy a comer yo el marrón.

—¡Schiiiit! ¡Te va a oír!

He aprendido a tener las llaves siempre a mano, para evitar sorprender conversaciones que no me atañen; pero hoy se me resistían en el fondo del bolso. Cuando aparecieron tuve que buscar también un pañuelo, porque lo importante no es llorar, que eso cura y es bueno; sino que los que te aman no sospechen que has llorado.

Fabián, pobrecito, no creo que sea muy consciente de lo que le rodea, y dudo mucho que pueda sentir o comprender sentimientos como la tristeza o la alegría, pero su hermano mayor sí. Y eso que Carlos solo tiene seis años, pero es que él no tiene parálisis cerebral.

—¡Hola mamá! —gritó Carlitos desde el fondo de la casa, según entraba en casa.

Su alegría estaba más que justificada, porque todavía es un niño muy pequeño para estar solo en casa, aunque sea únicamente el tiempo que tardo en comprar el pan. Pero es que los doscientos euros de pensión de invalidez, con los que el estado me obsequia, no me permiten contratar ni a un estudiante por horas que cuide de mi Fabián.

—¿Todo bien con Fabi?

—Sí, mami. Aunque se ha puesto un poco morado…

“¡Dios, otra flema!”

—Pero le puesto otra manta y ahora tiene mejor color.

Fabián respiraba adecuadamente, y aunque tuviera el flequillo un poco sudado, su temperatura corporal era la correcta. No era necesario tener seis años para saber que en invierno hace frío, y más en mi casa, que no existe la calefacción central, y los únicos radiadores que tenemos son eléctricos y no los podemos usar. Hasta Carlos lo sabe y no le importa, porque piensa que papá volverá para las fiestas lleno de juguetes y chuches, y mucho dinero para mí, para que me lo pueda gastar en lo que quiera…

“…Sí mami, y dejaremos de comer esa carne rica que tanto te gusta, y comeremos hamburguesas”.

“Dios, ¿dónde he dejado mi pañuelo?”

—¿Estás bien, mamá?

—Sí, sólo me he asustado un poquito… Qué tonta soy, ¿verdad?

“Mañana por la mañana volveré al ayuntamiento, a pelearme con las chicas de ‘Asuntos Sociales’… ¡No puedo rendirme!”

—¿En qué piensas mamá?

—Que hasta que venga papá necesito un trabajo.

—¿Y qué pasará con Fabi cuando yo esté en el cole y tú en el trabajo?

—No te preocupes por eso… ¿Vemos unos dibujos en la tele?

Le oigo reír, y el eco de su risa colorea los rincones más oscuros de mi ser. Trataré de recordarla mañana, cuando vuelvan a decirme que no pueden hacer nada, que todo debe seguir su curso y respetar los plazos del procedimiento administrativo. ¿Sabrán esos burócratas lo que es pasar hambre o frío? ¿Se verán obligados a fingir que llevan una vida normal?

Cuando salí a la calle, a la mañana siguiente, y sentí el frío en la cara me sentí en un entorno más familiar: nada que ver con el derroche en calefacción de los organismos públicos. “Tenías que intentarlo, no perdías nada por venir. Tal vez mañana me hagan caso”. Y me dirigí al mercado, el de toda la vida, el que cada día está más vacío, en el que me llaman por mi nombre, y no necesito un coche para traer la compra.

—Hola Toñi, hoy te he preparado un lote especial… ¡Tu perro se va a poner las botas!

—Muchas gracias, guapetón. Toma, un euro por la compra y otro para ti.

Habíamos llegado a ese acuerdo: todas las sobras que no servían para venderse y que se tirarían a la basura, las apartarían para mi perro. Sin embargo, los carniceros no podían sospechar que yo comprara cada vez menos carne, aunque la del perro la respetara cada dos días. Podrían pensar, tal vez, que el pescado congelado era una opción más económica, sobre todo en tiempos de crisis. En fin, respetaron el acuerdo porque yo era la Toñi, la clienta de siempre, la de toda la vida.

Y es que recortando un poco los tendones y la grasa había días que podía reunir una buena cazuela de carne guisada, que acompañada de ese arroz partido que se vende en paquetes grandes, para perros también; comíamos como señores por poco dinero.

—¡Hola Sonsoles! ¿Qué tal te ha ido hoy la mañana? —saludé a mi vecina en el rellano de la escalera.

—No sé, tengo un pálpito raro. Verás, resulta que el primo de Alfonso tiene un amigo que su novia es la hermana de uno que necesita gente para trabajar. Voy ahora mismo para allá, y como sea medianamente bueno… por mí, ¡empiezo hoy mismo!

—Ahora mismo enciendo una velita a san Pancracio para que ese trabajo sea para ti y para que te paguen más de lo que esperas.

Sonsoles me besó en las dos mejillas, con ansiedad y agradecimiento a partes iguales.

—¡Ya te contaré! —dijo bajando los peldaños de tres en tres.

Sonsoles no podía saber que no tenía velas, pero sí le dediqué una oración al santo, porque es una buena muchacha con muy mala suerte. Como yo, supongo.

A la mañana siguiente no me la encontré, como es habitual, en el rellano de las escaleras. “Al fin una de las dos ha conseguido mejorar su situación… ¡Me alegro!” Pensé, sabiendo que el paseo de hoy al ayuntamiento tampoco había resultado fructífero. Y sentir su ausencia me provocó una extraña desazón, una certeza de que las cosas cambiarían.

Amaneció un nuevo día, pero el cosquilleo en el estómago no había desaparecido. Fiel a mis rutinas, interpuse un nuevo escrito en el ayuntamiento, tras lo cual acudí a la carnicería. A toda prisa, porque Fabián no podía estar demasiado tiempo solo.

—¡Ah, hola Toñi! —me saludó Manolo, el dueño de la carnicería—. Precisamente estaba hablando de ti a mi nueva ayudante. Ves, Sonsoles, ésta es la clienta del perro.

“¡Qué vergüenza! Tenía que ser ella, precisamente ella, que sabe que no tengo perros”. Cuando levanté la cara del suelo, más roja que un tomate… la descubrí mirándome con los ojos húmedos, casi haciendo pucheros.

—Debe tener un par de buenas fieras en su casa, porque viene tres veces por semana…

—Tome, señora…

La empleada me ofreció una bolsa de plástico, sin dejar de mirarme a los ojos.

—Gracias, Sonsoles. Muchas gracias —respondí agradecida por su silencio, y me volví avergonzada.

—Espere Toñi, me he dejado en la cámara la otra bolsa para los perros.

En unos minutos regresó con una nueva bolsa de plástico.

—¿Había dos bolsas? —se extrañó Manolo.

—Por favor, no deje de venir —me sonrió Sonsoles.

—¿A que es un buen fichaje, Toñi? —decía Manolo, orgulloso de las habilidades comerciales de su nueva empleada.

—Sí… sí —respondí azorada.

Cuando llegué a casa, curioseé la segunda bolsa que me había entregado Sonsoles. Alguna vez me habían preparado dos bolsas, aunque lo normal es que fuera una sola. En su interior descubrí dos bandejas de hamburguesas y otras dos de filetes. Carlitos no tuvo que esperar a que su padre regresara por Navidades para comer hamburguesas.


¿Fin?

Nota:

Deseo desde lo más profundo de mi corazón que esta pobre familia haya conseguido la asistencia estatal que tanto necesita, y que no sobreviva de las ayudas más o menos desinteresadas de su entorno inmediato.


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viernes, 5 de noviembre de 2010

Pequeñas diabluras (un cuento de 815 palabras)


Mi padre es muy exigente conmigo, y debe serlo, porque tanto la familia como los grandes accionistas esperan que desarrolle todo mi potencial… Buf, ¡cómo anhelo aquellos tiempos del pasado! La vida era más sencilla, las cosas se llamaban por su nombre: se imitaban modelos virtuosos de conducta y se despreciaba la mediocridad. Ahora no sé si podré cumplir las expectativas de mi padre, y no porque me considere envilecido por la vulgaridad de los que no ambicionan. No.


Es más bien un asunto de apetito: mi alma inmortal nunca se sacia de belleza, y exprime cada verso para lamer las gotas de poesía que contienen las venas de los poetas… Y como un demente necesito más, ya no me conformo con palabras que hacen gemir: ¡quiero sentir toda la tragedia del Universo escondida tras los pétalos de una flor marchita! ¡Quiero ser el aire que se desliza por los orificios de una flauta… Ser un re, un do sostenido, vibrar en un sol brillante! Quiero ser ese grito de placer de los que comparten el silencio de una noche.

Pero en los planes de mi padre no cabe mi necesidad de vivir la belleza, por eso me refugio aquí, en este invernadero, dónde mimo mis plantas carnívoras lejos de su mirada desaprobadora. Él jamás comprendería toda la armonía y belleza de este mundo que he creado para mí. Pero no tardé en descubrir que mi ecosistema era inestable: debía proporcionar alimento a las plantas, incesantemente, para que pudieran sobrevivir.

Por azar, uno de los insectos, una mariquita, se escapó de los dientes y de los ácidos de mis plantas; y aprendió a sobrevivir modificando sus hábitos alimenticios. La ausencia de pulgones provocó que comiera de aquello que debía devorarla…

La mutación resultante en la siguiente generación de mariquitas no pudo ser más hermosa. Habían desarrollado una fascinante coloración roja en el dorso, que funcionaba como bolas de discoteca en cuanto eran alcanzadas por algún rayo de sol, y por añadidura, vibraban en delicados tonos argenta, como diminutos espejitos metálicos que entrechocan entre sí.

Poco a poco se estableció un equilibrio natural, ajeno a mi voluntad, que regulaba los individuos de uno y otro orden. De tal modo que si un exceso de mariquitas podría acabar con las plantas, sucedía que éstas obtenían más alimento y brotaban nuevos retoños. Y en caso contrario, sólo sobrevivirían las plantas más fuertes.

Generación tras generación las plantas desplegaron nuevas habilidades cazadoras y endurecieron la piel de sus ramas con brillantes superficies doradas. ¡Al fin disfrutaba de un jardín único, vivo y hermoso!

—¿Qué… qué es esto? —gimió mi padre en la entrada del invernadero— ¿Es aquí dónde pierdes días enteros? —tronó enrojecido por la vergüenza y la ira.

—Es un trabajo de campo, un experimento, padre…

—¿Bailar entre mariquitas es un experimento,… hijo?

Podía ser hiriente sin proponérselo, suspiré y él me acompañó con una exhalación más profunda. Notaba como se tragaba la frustración por no ser lo que esperaba de mí.

—¿Sabes, acaso, cuántas personas dependen de ti? No, te replanteo la pregunta de un modo que puedas entenderlo mejor: ¿sabes cuánto pesa el futuro de millones de almas? —guardó silencio un instante y añadió: Yo te lo diré, ¡unos pocos gramos de inmadurez! —dijo tocando mi cabeza con su puño cerrado.

Es mi padre, y sé cuál es su lugar en el universo. Esa es la única razón por la que le respeto, la única. Sé íntimamente que yo jamás tendré su autoridad, su energía, que jamás podría reemplazarle en su empresa… No comprendo porque se empeña conmigo… tanto.

—¿No podrías demostrar un gesto de buena fe? Algo que revele que comprendes a tu viejo padre, y que aunque no compartas los mismos intereses, podrías…

—Sí, padre —interrumpí levantando mi mano derecha, como los cristos prerrománicos, en un gesto de eterna bendición.

Cerré los ojos un instante. Sabía que mi padre estaba impaciente, que la misma incertidumbre le hacía gozar y sufrir a partes iguales. Y bajé el brazo.

—¿Ya está, qué has provocado? —se interesó mi padre— ¿Alguna pandemia como las de la edad media? No, no, eso es demasiado vulgar. ¿Tal vez algo más apocalíptico como el fuego que sale del infierno y la noche eterna en unos días? ¡Vale, vale, ya sé que es un clásico algo desfasado!

Sonreí. Sabía que le había desconcertado.

—Bueno, dime algo, porque por más que espío a la humanidad no veo cataclismos.

—Papá, en muy poco tiempo tendrás muchos lamentos que escuchar… He quebrado su sistema financiero, la economía mundial se desploma como las fichas de dominó en una fila.

Mi padre estaba perplejo, sentí su sorpresa y admiración.

—¡No podía esperarse nada menos del hijo de Satanás! —proclamó irradiando un orgullo y aprobación que no deseaba.

Suspiré, era jugar en su mundo, con sus reglas… Yo tengo planes muy hermosos en el mío de mariquitas y plantas carnívoras…

Fin







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Dedico este cuento a mi hijo Alejandro, mi diablillo de 11 años.
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lunes, 13 de septiembre de 2010

La venganza de Tío Trasmuño (o Cecilio, el que vive en el terruño). [2202 palabras] By Elena Rodríguez

Cri-cri, cri-cri. ¿Es que no se iban a callar nunca esos estúpidos grillos? Cecilio se removió en su cama. El cántico nocturno de esos insectos no le dejaban dormir, y él necesitaba descansar para recoger patatas la mañana siguiente.

—¡¡Callaros ya!! ¡¡Me tenéis hasta las pelotas!!—gritó, aunque los grillos no fueran a callarse.

De repente el canto cesó. Cecilio se estiró dispuesto a dormir, aún tumbado en su cama, con la manta subida hasta la barbilla. Entonces se percató de que algo iba mal. Los grillos no se callaban a no ser que hubiera alguien cerca. Un ruido sordo se lo confirmó.

Cerca, en el campo de patatas de Cecilio, dos hombres, cargados con unos botes que contenían algo radiactivo y unas palas, intentaban caminar en silencio. Uno de los botes se cayó al suelo, con un ruido sordo.

—Más cuidado. Recuerda que debemos ser discretos—susurró uno de los hombres.

—Shhh, calla—le contestó el otro—el paleto que vive aquí nos va a oír.

Los hombres dejaron su carga en el suelo y comenzaron a cavar rápidamente.

Cecilio se levantó con un crujido en la espalda. Era un cuarentón, y no estaba acostumbrado a levantarse por la noche. Se asomó a la ventana y descubrió a esos dos hombres, en su preciado campo de patatas.

Gruñó y fue en busca de su antiguo trabuco. Un arma que disparaba perdigones, muy ruidosa, pero potente. La favorita del campesino. Cuando la cogió, salió al porche, sin encender ninguna luz, y disparó. El sonido alertó a los hombres, y, aunque no le había dado a ninguno, se agacharon, tiraron todos los botes al agujero y lo taparon con tierra precipitadamente.

Lo que nadie había visto era que uno de los perdigones había alcanzado a uno de los botes, y un líquido de un misterioso color verde se derramaba sobre la tierra.

Corrió hacia su plantación, pero cuando llegó, ya no había nadie ahí. Chasqueó la lengua, con disgusto, y volvió a su casa.

A la mañana siguiente, salió a la calle. Llevaba unos pantalones negros pesqueros, una camisa y medias blancas. Una faja roja ceñía el vientre, y un chaleco negro le cubría los hombros. Salió para comprobar si sus patatas seguían en su lugar.

Mordisqueó una pajita mientras recogía los tubérculos, anormalmente grandes. Desayunó unas patatas guisadas, de las que había cogido. Le supieron extrañas.

Tres o cuatro días después, decidió ir a la ciudad a pasear. Siempre se asombraba con la altura que tenían los edificios, y con las televisiones de los escaparates, pero le gustaba estar allí.

Como de costumbre, cuando llegó la gente se le quedaba mirando con cara de pensar: ¿y ese de qué va disfrazado? No le importó.

Se detuvo ante el escaparate de una tienda de televisores, donde sacaban en primer plano la cara de un estrafalario personaje. Era un chaval de unos veinte años, vestido de con una camiseta de licra y unas mallas rojas. Llevaba unas botas, unos guantes y unos calzoncillos por fuera amarillos. Una gran “eñe” amarilla le adornaba el pecho, y el muchacho ocultaba su identidad con un ridículo y pequeño antifaz del mismo color.

—Spanish-man, Spanish-man—un montón de reporteras intentaban abrirse paso entre una multitud.

El héroe sostenía en brazos un gatito marrón, que maullaba dulcemente.

Cecilio no entendió la situación. ¿Qué narices estaban poniendo en la tele? ¿Una ridícula parodia de Superman?

—Spanish-man—dijo una de las reporteras, poniendo un micrófono en la boca del “superhéroe”— ¿Se siente orgulloso de haber bajado a “Galletita” de ese árbol?

—Por supuesto—contestó él, con un perfecto acento inglés—Qué pronunciación.

Cecilio comprendió que eran las noticias del día. “Un inglés que quiere españolizarse. Y encima se hace el héroe bajando gatos de los árboles”, pensó Cecilio, dispuesto a marcharse.

Unos gritos de auxilio le alertaron. Una mujer con un magnífico vestido "caramelo" de Agatha Ruiz de la Prada correteaba con desesperación.

—¡¡Por favor, ayúdennos!!—Chillaba el caramelo—¡¡¡Mi madre está ahí dentro!!!

“¿Dónde está Spanish-man ahora? Yo voy a demostrar quién es el héroe aquí”, pensó el hombre, que caminó directamente hacia un edificio en llamas.

Una espesa nube de humo le impedía respirar apenas, pero siguió adelante. Una inocente ancianita estaba allí, y no iba a permitir que muriera en el incendio.

— ¡Por favor, ayúdeme!—oyó Cecilio.

La anciana estaba rodeada de llamas, encogida y apretada contra la pared. Respiraba con mucha dificultad, parecía que iba a desmayarse de un momento a otro.

—Ayuda…—gimió la mujer, levantando el brazo hacia él.

No lo dudó, saltó por encima del fuego, levantó a la abuelita y corrió por el portal incendiado hacia la salida. Ya estaba saliendo, cuando una explosión a sus espaldas le hizo caer. Y entonces se desmayó, sin ver cómo un bidón de gasolina vacío rodaba hacia él.

Fuera, la gente miraba un camión cargado con bidones de gasolina que se había estrellado. Varios de ellos se habían abierto y perdido, pero el conductor estaba bien.

— ¡Mamá!—chilló la mujer caramelo, al ver a su madre saliendo del edificio, tosiendo.

Nadie vio a Cecilio, ni la lata de gasolina vacía. Nadie le llevó a un médico, ni se preocupó por él.

Cuando se despertó, un policía con cara de bulldog cabreado le miraba. Se dio cuenta de que un personaje vestido de rojo y amarillo también estaba allí.

— ¿Cómo te llamas? ¿Dónde vives?—gruñó el policía.

—Soy Cecilio, el que vive en el terruño—contestó con la voz tan baja que apenas se oyó.

— ¿Cómo… Trasmuño?—rió Spanish-man—Qué pronunciación—añadió con los labios apretados.

—No me llamo así—refunfuñó Cecilio, cabreado.

— ¿Y por qué ha hecho eso, señor…Trasmuño?—continuó el policía.

“¡NO ME LLAMO TRASMUÑO!”, le habría gustado gritar.

— ¿Hacer qué, señor… policía?—dijo en su lugar.

— ¡Ja, el tío Trasmuño no se acuerda de lo que ha hecho!—se carcajeó Spanish-man— ¡Qué pronunciación!—agregó en voz baja.

—Haga el favor de guardar silencio, Spanish-man. Esto es un asunto serio—ordenó el policía—¿Por qué ha incendiado el edificio?

— ¡¿QUÉ?!—Exclamó Cecilio—¡¡YO NO HE “INCENDIAO NA”!!

— ¿Ah, no? ¿Y entonces qué hacías con una lata de gasolina vacía, Tío… Trasmuño?—Spanish-man empezó a reír de nuevo—Qué pronunciación.

— ¡¿QUÉ?!

—Tenemos la prueba—dijo el hombre con cara de perro, mostrándole una lata en la que se leía: “GASOLINA”.

— ¿Qué, la reconoces,…Tío Trasmuño? Qué pronunciación.

—No he visto eso en toda mi vida.

—Nos está mintiendo, sargento—dijo Spanish-man— Qué pronunciación.

—¡¡Me tenéis hasta las pelotas!! ¡¡Yo no he hecho “na”!!

Cecilio se levantó de donde estaba sentado y se dispuso a marcharse.

—Señor Trasmuño, vuelva aquí—dijo el policía.

—¡¡No me llamo Trasmuño!!—gritó antes de irse.

Cecilio era consciente de que le habían dejado marcharse porque no tenían suficientes pruebas como para encerrarle. Pero tratarían de acusarle, de eso estaba seguro.

Nada más llegar a su casita, se preparó un “bocata jamón” y se fue a la cama. Estaba terriblemente cansado.

En sus sueños escuchó la voz de Spanish-man diciendo: “Trasmuñante, no hay trasmuño, se hace trasmuño al trasmuñar”. Y una carcajada burlona. Después se vio a sí mismo vestido solo con unos calzoncillos, que antaño eran blancos pero se habían quedado grises, y una capa negra, diciendo: “¡¡Tío Trasmuño al rescate!!”.

—¡¡AAAAAH!!

Odiaba a Spanish-man con toda su alma. “Te vas a enterar”, pensó mientras se vestía. Preparó un bocadillo de jamón serrano del bueno, y se marchó a la ciudad, a buscar al odioso “superhéroe”.

Pasó por delante de la tienda de televisiones y se vio a si mismo diciendo que no se llamaba Trasmuño. Se quedó boquiabierto. A continuación, vio a Spanish-man.

— Puede que sea un nuevo enemigo, —estaba diciendo— pero acabaré con él. ¡Qué pronunciación!

Cecilio apretó los puños, más furioso que nunca. “¿Cómo que un enemigo?”, pensó. Estaba tan furioso que iba a estallar.

—Mira, mami, ese es el señor malo del fuego—escuchó.

Esa fue la gota que colmó el vaso.

— ¡Que nadie pase por aquí, que estoy “demasiao cabreao”!—gritó mientras caminaba.

Se dio cuenta de que la gente se apartaba a su paso. Algunos le señalaban con el dedo.

De pronto sintió hambre, sacó su “bocata jamón”, como él lo llamaba, y le pegó un mordisco. El sabor del jamón serrano con el pan le tranquilizó y le dio nuevas fuerzas. Demasiadas fuerzas.

Un gatito marrón pasó por delante y se le quedó mirando, como diciendo: “¿Me das un poco?”

“¿Galletita?”, pensó Cecilio al reconocer al gato. Se le ocurrió una idea para atraer al superhéroe

“ Spanish-man, vas a conocer al verdadero Tío Trasmuño”, pensó.

Regresó a su pueblo y habló con sus parientes. Todos estuvieron de acuerdo con él y decidieron ayudarle.

El Tío Trasmuño charló con su primo el Camuñas, al que llamaban así porque no se le entendía cuando hablaba. Un día estaban hablando con él unos amigos, y él, por respuesta, dijo: “Camuña, camuña… ¡huehé jejo!” (Traducción: Ñam, ñam… ¡huele a ajo!).

—Bueno, ¿Y qué tal te va con la azafata esa?—preguntó el Tío Trasmuño.

— ¡Uejé! ¡Ha nno jjo iii eea! Mmenn ehó—respondió Camuñas (Traducción: ¡Jeje! ¡Ya no estoy con ella! Me dejó).

Al cabo de un rato y al olor de un bocadillo de jamón, “Galletita” apareció: lo lanzaron a la copa de un árbol.

Spanish-man se materializó allí en un abrir y cerrar de ojos, volando y haciendo ondear la bandera de España que tenía por capa.

— ¡“Galletita” está en peligro!—exclamó—Qué pronunciación.

— ¡Ahora, chicos!—avisó el Tío Trasmuño cuando Spanish-man empezó a volar en dirección al gato.

El sonido de una guitarra rompió el silencio. Spanish-man se detuvo en el aire, preguntándose qué sucedía. Un taconeo, mucha gente tocando las palmas y un “Ole, venga Camuñas” de una mujer advirtieron al superhéroe de lo que iba a pasar. No tuvo tiempo de taparse los oídos para no escuchar el largo “¡Aaaaaaaaayyyyyyy!” del Camuñas. Entonces cayó de culo al suelo.

—No—gimió Spanish-man—No pueden ponerse a tocar flamenquillo… Qué pronunciación—se apresuró a añadir.

— ¿Dónde está tu poder ahora, Spanish-man?—dijo el Tío Trasmuño.

—Tenías que ser tú,… Tío Trasmuño—dijo, riendo sin demasiadas ganas. No dijo su habitual “qué pronunciación”.

— ¿Qué? ¿Te hace daño el canto del Camuñas. Pero si canta “mu” bien.

—Voy a perder mi acento inglés…—suspiró el superhéroe. Tampoco mencionó su pronunciación.

El Tío Trasmuño soltó una risotada cruel, la típica risa de malo.

— ¿Acaso no te gusta el flamenquillo?—inquirió.

—“Ejque”… —Spanish-man se horrorizó, arrancando una sonrisa de satisfacción de su enemigo— ¡Mi ingléeees!—se lamentó después, sin el acento que le caracterizaba.

El Tío Trasmuño volvió a reírse.

—Vale, lo has “conseguío”, Trasmuño. ¿Estás contento?—dijo Spanish-man.

—Quiero que le digas a todo el mundo que no soy un villano. Y quiero que dejes de decir: “qué pronunciación”.

— ¿Se me oía decir eso?—el superhéroe se quedó algo perplejo— ¿De “verdá”?

El Tío Trasmuño asintió, sonriendo

—Vale, lo haré. Pero sin mi acento…Quedaré “mu” mal—accedió el superhéroe.

—Ya vale, Camuñas—ordenó Cecilio.

La música cesó, y Spanish-man se levantó del suelo.

—Tengo que hacer algo heroico. Bajar a “Galletita”, por ejemplo—dijo, de nuevo con su acento inglés—Qué pronuncia…—se calló ante la mirada severa de Cecilio y el Camuñas.

El superhéroe voló y cogió a “Galletita”, que maullaba, indignado por el trato que le estaban dando.

Pronto, un montón de gente se acercó. Había incluso reporteros y cámaras. “¿Cómo se enterarán de dónde está Spanish-man?”, se preguntó el Tío Trasmuño.

—Spanish-man, Spanish-man… ¿Cómo se siente al rescatar continuamente a “Galletita?
Los reporteros tendrían que idear nuevas preguntas, esa ya estaba muy sobada.

—Bien, bien. Quiero comunicar una cosa a todo el mundo: el Tío Trasmuño no es un villano. Es un hombre normal y corriente, que viste un poco raro, eso sí. Pero es inocente, él no ha provocado ningún incendio—contestó el superhéroe, con su acento inglés.

— ¿Y entonces quién provocó el incendio?—continuó la misma reportera.

Spanish-man entrecerró los ojos y apretó los labios.

—Eso nunca se sabrá—dijo misteriosamente.

— ¡¡¡Jjoo fiin shee!!!—exclamó el Camuñas.

Todo el mundo miró al Tío Trasmuño, esperando a que tradujera.

—Dice que él lo sabe—tradujo—. ¿Quién fue, Camuñas?

—La nnoheen aweeita.

— ¿¡La inocente abuelita?! ¿La que salvé?

Camuñas asintió.

— ¿Y cómo lo sabes?—preguntó alguien.

— Eh maare e fafata—contestó, encogiéndose de hombros—. Jee ehó jueho esentío.

—La madre de la azafata. Se dejó el fuego encendido.

Ya nadie hacía caso a Spanish-man, y tampoco a Cecilio. Todos miraban al Camuñas.

—¡¡¡Viva el nuevo héroe!!!—Exclamaron todos— ¡¡¡Ha resuelto el caso!!!

Spanish-man y el Tío Trasmuño se miraron, perplejos.

— ¡Eh, hacedme caso a mí!—chilló el antiguo superhéroe—. ¡Yo pronuncio mejor!

— ¡Sin mí no le entenderéis! ¡Soy el único que le entiende!—gritó Cecilio.

—Te equivocas—dijo una voz femenina—. Yo le entiendo perfectamente.

Era la azafata vestida de “piruleta”.

—Maldita azafata—maldijeron a la vez Spanish-man y Cecilio.

Por culpa de que el Camuñas se había liado con ella, ahora los dos habían perdido el protagonismo.

—¡¡Vivan el Camuñas y la piruleta!!—gritó la gente.


FIN.


Epílogo:

— ¿Teh jao ota tojilla PATATA?

—No, mejor no. Con dos superhéroes tenemos bastante.

Safe Creative #1009137315727(Historia escrita por Elena)
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miércoles, 8 de septiembre de 2010

"Los orígenes de Spanish-man (¡Qué pronunciación!)" Un cuento de 3527 palabras

Un avión a reacción rasgó el cielo en dos, dejando como única evidencia de su paso una estela blanca en el azul glorioso de una España contenida… ¿Un avión? La estela se dirigía directamente a una de las torres de la capital, en la antigua ciudad deportiva del Real Madrid. Todos conservaban en las retinas las llamaradas del once de septiembre… ¿Un nuevo atentado terrorista? A la velocidad con la que se movía quedaban menos de cuatro segundos, tres segundos, dos segundos, un segundo…


Las cámaras de televisión no registraron el menor impacto, ninguna explosión iluminó el cielo. Nadie se quedó sin aliento.

—¡Hola amigos! —prorrumpió un excéntrico personaje embutido en unas mallas de licra rojas. Se apartó el flequillo con un estudiado gesto, ofreciendo su mejor perfil—. ¡Soy Spanish-man! —contuvo el aliento un instante—…Qué pronunciación —añadió orgulloso en voz baja.

En verdad creía que nadie oía sus apostillas… en fín, eran pequeñas manías que a un superhéroe se le permitían. Ocultaba su identidad tras un diminuto antifaz de color amarillo, y de sus manos colgaban dos malhechores resignados a su suerte.

Los reporteros brincaron ante la repentina aparición.

—No debiste forzar la máquina, Pepe… te puede la avaricia —dijo uno de los facinerosos.

—Es que están tan caros los bocadillos —se defendió el oficinista.

Uno de los periodistas, con sorprendente habilidad, consiguió colocar su micrófono en la boca del superhéroe.

—¿Cuál es la colonia que usa? ¿Es cierto que adora las hamburguesas? Y díganos si hay una superheronía en su vida…

Spanish-man sonrió con un gruñido de satisfacción.

—En efecto, uso colonia de bebés todos los días. Y respondiendo a la segunda pregunta; afirmo que no hay alimento más completo, digan lo que digan las autoridades sanitarias, que una hamburguesa… (Si estos bandidos hubieran bajado al búrguer de la esquina ahora no estarían detenidos). Y por último decir que Spanish-man hace solito la colada en casa…Qué pronunciación —añadió en un susurro.

Gonzalo, desde el sofá del salón de su mansión, aplaudió con auténtica efusión las palabras de ese superhéroe que ocupaba la pantalla de su televisor. “Es realmente sexy”, pensó apartando un acaracolado mechón de la frente.”Qué pronunciación”, añadió sin darse cuenta. En efecto, Gonzalo Porras, de veinticuatro años, empadronado en Boadilla del Monte, era Spanish-man. ¿Qué por qué él y no otro?

Para conocer la respuesta habría que retroceder cuatro años en el tiempo, cuando Gonzalo todavía no podía volar, y acudía con puntualidad germánica a las oficinas de la empresa de la familia, vestido, por supuesto, con un traje de corte moderno. Las mallas y camisetas de licra brillante, con la “eñe” mayúscula en el pecho; la capa con los colores de la bandera española; y el antifaz y calzoncillos de licra puestos por fuera, todavía no formaban parte de su vestuario.

Un señor de un metro y cincuenta y cinco centímetros tamborileaba los dedos con impaciencia. Con el ceño fruncido parecía hundido entre los acolchados de cuero negro de la silla del escritorio, y por tener la piel muy clara, se notaba aún más una calvicie que trataba de disimular con los cuatro pelos que le crecían por encima de las orejas. Por contraste.

—Llega tarde, señor —saludó levantando la ceja izquierda.

Gonzalo confirmó el retraso en su reloj de pulsera. Dos minutos, treinta y cuatro segundos, justo lo que había tardado en piropear a dos secretarias que le salieron al paso.

—“Zorri”

—¿Zorri? ¿Ha buscado un apelativo cariñoso para ganar mi aprobación o pretende disculparse en un inglés insufrible? Debe cuidar la pro-nun-cia-ción, señor, pro-nun-cia-ción. Me temo que los informes que tengo que entregar a su padre, no van a ser de su agrado. No tendré más remedio que recomendar una estancia indeterminada en la Gran Bretaña.

El señor Kesintong tenía la habilidad de presentar cualquier circunstancia como una condena… “Oh sí, por favor, castígueme, señoooorrrr profesooorrr… ¡Chachi, vacaciones pagadas en Inglaterra!”

—Sé que usted es un señor muy íntegro, y le ruego que no se desvíe de sus principios. Y menos con un joven arrogante y rico como yo.

—Algún día descubrirá que el negocio de los jamones curados puede no ser “siempre” tan productivo como su insolencia le hace presumir… señor.

Poco después, Gonzalo viajaba hacia tierras inglesas, porque su amado progenitor creía imprescindible el dominio del inglés, para la extensión de la empresa más allá de las fronteras españolas. Y como él era algo mayor, y en definitiva el negocio quedaría en manos de su único hijo cuando se jubilara, concluyó que era Gonzalo quien debía aprender el dichoso idioma. Aunque se le atascara tanto en la boca.

“Qué hambre tengo”, se dijo Gonzalo al sentir unas repentinas dentelladas en el estómago. Pidió a una azafata la carta de comidas, y en ella descubrió una variedad sorprendente de… bocadillos. En fin, en un viaje corto no se podía esperar que tuvieran cocina en el avión. “Veamos, bocadillo de jamón serrano”, frunció el ceño. Estaba hasta el mismísimo gorro de ese embutido. “…De chorizo ibérico”, un escalofrío le recorrió la espalda. “Salami…¡pfff!!”. Dejó de mirar la carta.

—Discúlpeme, señorita. ¿No tendría por casualidad una buena tortilla de patatas, con su cebollita… poco cuajada?

La azafata dulcificó el gesto negativo de la cabeza con una sonrisa. “Pobrecillo, aún no sabe lo que le espera en Inglaterra”. La azafata recordó que una amiga suya había estado liada con un atractivo hombre de campo y que le había regalado una tortilla, para que cuando se la comiera se acordara de él. Todo hecho con alimentos del pueblo. Y su amiga por no tirarla a la basura se la regaló a ella. Obviamente no deseaba recordar demasiado, y es que lo único que perdura en el recuerdo, con auténtica vitalidad, son las palabras… no la belleza. “¡Qué si te monto, cordera…!”, gritaba su amiga con cara de oveja loca, tratando de averiguar dónde estaba el romanticismo en la declaración.

—Estás de enhorabuena —rectificó la azafata.

Gonzalo dejó el plato limpio, a pesar de estar excesivamente aceitosa y demasiado salada. Sólo cuando desembarcó del avión y estaba pendiente de localizar su maleta, sintió las arcadas. Corrió en busca de un aseo de caballeros…

—Plis, detoilet formén… —suplicó a los usuarios que le observaban con preocupación.

—¡Toilet, cojones! ¡El vaterclós!

Los demás pasajeros se encogían de hombros, no comprendían ni su urgencia ni sus palabras. Algunos huían atemorizados de que se ofreciera un extranjero con tanta impunidad y descaro.

—Find yourself a job, and let the sexual services for professionals… Sir (Búsquese un trabajo, y deje los servicios sexuales para los profesionales… Señor)—contestó un “gentleman” retorciéndose los bigotes.

Acabó por encontrar uno, y ante la apremio de la náusea no se paró en comprobar si era de caballeros o no. Sin levantar la vista del suelo, cerrando con fuerza los labios, cruzó como una exhalación la estancia. Al fondo había una fila de excusados con las puertas cerradas. No tenía tiempo para las buenas formas. Pateó la primera puerta, que cedió entre astillas… y ahí se liberó.

Las lágrimas se difuminaron lentamente, aunque un sabor amargo permanecía en la boca. Sólo entonces, descubrió que sus manos se apoyaban en los muslos despejados de una señora, que permanecía en absoluto silencio, petrificada, con los ojos muy abiertos, sin respirar…

—¡Ah! —Gonzalo cortó el susto con una mano en la boca.

Doce o quince paraguas auxiliaron a la señora del ataque de ese depravado. “¡Qué flojuchas son las inglesas!”, se extrañó por la ausencia de dolor. Como las excusas, aparte de inútiles resultaron ininteligibles para las damas, Gonzalo optó por una retirada elegante y educada. Las susodichas supieron apreciarlas siguiendo sus pasos con pertinaz insistencia, sin dejar de aporrearle con los paraguas, hasta que subió a un taxi y se alejó del aeropuerto.

Gonzalo sospechó que la tortilla le había sentado mal, especialmente cuando se sorprendió calculando con acierto el número exacto de rayitas que tenía la camisa del taxista…”No puede ser”. A través del retrovisor observó los pelos del bigote del conductor. Al instante tuvo la certeza de su número, y de ellos, cuántos eran canas teñidas de negro.

—¡Joder, soy la hostia!

El taxista frunció el ceño.

—¡Ayám de raiman! —aclaró Gonzalo radiante ante el descubrimiento de su nueva habilidad.

—Raiman? —precisó el taxista girando un índice en la sien—. Necesitará ayuda, amigo.

Le tendió la mano a través de la estrecha apertura del cristal blindado.

—Soy un agente gubernamental de incógnito, en nuestras dependencias le ayudaremos a desarrollar su potencial…Señor —confesó el taxista en un correcto castellano pero con acento inglés.

Tres veces por semana, un taxi negro, con la misma matrícula que el que había tomado en el aeropuerto, acudía a la residencia de estudiantes donde se alojaba Gonzalo Porras. Tres días por semana, en un complejo militar subterráneo, en un impreciso punto de la campiña inglesa, Gonzalo Porras se sometía a todo tipo de pruebas y emborronaba cuestionarios sin parar…

Allí se demostró la proporcionalidad que existía entre la súper fuerza, volar y la capacidad de conocer el número exacto de unidades en un conjunto complejo y difuso, estaba directamente relacionada con su habilidad de pronunciar correctamente el inglés, incluso de imitar el acento inglés en otros idiomas. Todavía no habían descubierto las razones.

—Hijo, tu formación no ha terminado —suspiró el taxista conteniendo el tic nervioso que movía el bigote—, pero comprendo que quieras marcharte. Recuerda que en España tus súper poderes se debilitarán, y que aquí siempre encontrarás… tu pupitre preparado, para cuando quieras regresar.

Gonzalo retornó a España, sabiendo hablar inglés, para mayor satisfacción de sus padres, y adecuadamente. Circunstancia que aún hoy no se explican muy bien.

“Debes recordar que tus poderes te hacen diferente, y el límite que te separa de la mediocridad es muy frágil… ¡No caigas en la tentación de usar tus poderes en tu propio beneficio”, recordaba Gonzalo, con tanta intensidad, como si su mentor le estuviera recitando normas básicas de ética ciudadana para súper héroes. “Además, deberás ocultar tu identidad, porque hasta un súper héroe necesita descansar... Créeme que las fans y los súper villanos no dejarían de llamar a tu puerta”.

—Abuela, necesito que me hagas unas mallas —solicitó Gonzalo con zalamería—…Es para un concierto Heavy que papá ha contratado para la inauguración de la nueva fábrica de chorizos…

—¿Qué dices, hijo?

Era evidente que se aprovechaba de ella, de su envidiable maestría con la máquina de coser. El alzhéimer todavía no había borrado su habilidad costurera…

—Un poco estrecho —protestó Gonzalo tras probarse las mallas de licra roja.

Le apretaban los huevos cosa mala. Bueno, nada que no pudiera corregirse con aguja e hilo. Ella, además, ayudaría a preservar su otra identidad, porque nadie la creería si algún día se le escapaba que había cosido los calzoncillos a Spanish-man.

—¡Estoy listo! —gritó Gonzalo ataviado con su nuevo uniforme de héroe. —Yo…yo… esto… ¡Yo…voy a salvar al mundo!

Algo no funcionaba: le faltaba el nombre. Tenía que solventar esta pequeña contrariedad antes de “desfacer los entuertos”, porque de lo contrario no estaría claro la autoría de las hazañas, nadie sabría quien era el que estaba arreglando el mundo…y hasta don Quijote necesitaba que su amada Dulcinea conociera sus aventuras, no fuera que otro aprovechado se apuntara las gestas.

Gonzalo, con medio cuerpo fuera de la ventana, a punto de saltar, se imaginaba la situación: “Señor agente, lo he visto todo… ha sido un payaso del circo el que ha detenido el camión sin frenos”. “No, que va, que va… ¡Ha sido el tío de la película “El cuervo”!, que iba un poco más alegre y ha salvado a los niños del camión!” Y el presentador de la tele acabaría por decir: “algo con patas y manos, probablemente la mascota de un importante patrocinador, ha evitado que se estropee un camión”.

—Soy…”vamos Gonzalito, piensa”…Soy… “En España perderás tus poderes”… Soy…”pero yo soy español”… ¡Claro, ya está! ¡Soy Spanish-man! “Tengo que mejorar la pronunciación o seré un súper héroe a medio gas”.

Y se lanzó por la ventana, chillando:

—¡Ya estoy listo para salvar al mundo!

Apenas sobrevoló unas calles cuando oyó un desgarrado grito de auxilio. Una ancianita se estrujaba unos dedos crispados a la altura del pecho.

—¿Qué le pasa, señora? —se interesó Gonzalo con un impecable acento inglés.

La ancianita quedó sobrecogida por la repentina aparición que descendía de los cielos.

—¿Qué… quién es usted? ¿Y qué dice? —añadió en un hilo de voz.

Es algo sintomático, los que hablan demasiado bajo es porque están sordos. Lo sabía por su abuela.

—¡Soy Spanish-man…! —gritó Gonzalo— ¡Y vengo en su ayuda! —añadió sin marcar demasiado la entonación y el acento inglés.

—Es mi “Galletita”, que se ha ido por dónde no debía —explicó sin dejar de arrugarse la blusa con ansiedad, con la otra mano señaló la copa de un árbol.

Gonzalo comprendió de inmediato. Con la celeridad digna de un superhéroe sujetó a la abuela con las manos cruzadas por debajo del diafragma.

—Galletita mala… ¡Sal, sal, sal de tu sitio! —dijo Spanish-man acompañando de un apretoncito en cada exhorto.

La vieja se revolvió sofocada. Un maullido de un gatito, proveniente del árbol más inmediato, detuvo el forcejeo.

—A ver si lo adivino… ¿La galletita es ese minino?

En el tiempo que tardó la señora en asentir con la cabeza, Gonzalo ya se lo había bajado.

—¡Y no lo olvide, señora! ¡Spanish-man ha disfrutado ayudándola…! Qué pronunciación.

—¡Pervertido!

La primera hazaña de Spanish-man no había resultado demasiado gloriosa, pero Gonzalo sabía que no debía descuidar los casos más modestos, porque únicamente teniéndolos en cuenta podría conseguir un mundo mejor. “Es cierto, —se convencía Gonzalo— es como los científicos del mundo: todos buscando la cura contra el cáncer… ¿Y es que nadie se acuerda de lo molesto que es un resfriado? Si alguno encontrara la solución definitiva todos podrían trabajar al cien por cien contra la vacuna del cáncer…”.

Un adolescente, de esos que con la excusa de estudiar las estrellas utilizan los telescopios para espiar al vecindario en busca de tetas, sorprendió la aparición de Spanish-man. En cuanto vio la capa con los colores de la bandera española ondear en el descenso hacia la abuela, ajustó el zoom de la vídeo-cámara al máximo y empezó a grabar.

Al día siguiente, en el mismo momento que Cecilio paseaba por su calle favorita de Madrid, las imágenes de Spanish-man se retransmitían en los telediarios de los principales canales de televisión. Cecilio era un pobre hombre de campo, sin familia y sin trabajo, que de vez en cuando venía a Madrid para denunciar ante el Defensor del pueblo la miseria en la que vivía su aldea.

—Los americanos tienen a Supermán —sentenciaba una guapa presentadora—, un héroe del cómic que ha sido encarnado en el cine…

A Cecilio le encantaba observar los escaparates gigantescos de esas tiendas, y normalmente se detenía fascinado contemplado los cuarenta o cincuenta televisores de pantalla plana.

—¡Pero nosotros tenemos a Spanish-man! ¡Un héroe de verdad! —aseguraba la presentadora al mismo tiempo en los cuarenta o cincuenta televisores.

Cecilio suspiró, desde que unos americanos llegaron al pueblo y las autoridades pertinentes empezaron a expropiar tierras, todo fue de mal en peor. La construcción de una central nuclear les había privado de sus tierras de cultivo, de las aguas de su río, y muy pocos pudieron trabajar en la central. Los escritos y demás formularios de protesta se perdían en los vericuetos de la jungla burocrática. ¡Necesitaban ayuda de verdad! ¿Y qué es lo que veía en los cuarenta o cincuenta televisores de esa tienda? ¡A un capullo americano haciéndose pasar por español! ¿Qué pretendía el capullo del antifaz? ¿Expropiar también el país con sus truquitos de cine barato?

—¡…Spanish-man ha disfrutado ayudándola! Qué pronunciación.

—¡Héroe de pacotilla! Tú no eres nada, ni quieres a tu gente…

—¿No resulta enternecedor el modo en que acaricia al gatito? —se oía a la chica de las noticias a través de unos altavoces que habían instalado en la fachada. Normalmente subían un poco el volumen cuando percibían que algún peatón se quedaba ensimismado mirando las televisiones.

El guerrero rojo y amarillo, el gran héroe nacional, se recreaba en mimos que el animal aceptaba con agrado.

—¿Qué persona se esconde tras el antifaz? Veamos de nuevo el video.

—… Spanish-man ha disfrutado ayudándola! Qué pronunciación —repetía el héroe en las cuarenta o cincuenta televisiones.

—… Siempre estás con tu “¡qué pronunciación!” de los cojones. ¡Tienes que ser más español y menos mariquita! Que al final te voy a quitar la “eñe”, que no te la mereces…¡Cojones!

Un olor a quemado le hurgaba entre los pelillos de la nariz, Cecilio tuvo la certeza de que algo se chamuscaba, y eso en la ciudad no era nada bueno. Olfateando la contaminación, por encima de los carburantes quemados del tráfico rodado, Cecilio supo rastrear el origen de un incipiente incendio de un edificio cercano.

—¿Dónde está ahora el gilipollas ese? ¿Salvando a otro gatito? —protestó Cecilio sin sorprenderse de su extraordinaria capacidad olfativa.

Y no es que la vida campestre fuera más propicia para el desarrollo sensorial, o los de su pueblo fueran conocidos por sus narices excelentes. Ni mucho menos. ¿Pero cómo permitían los de la ciudad tanto retraso en sus emergencias? ¿Por qué no llegaban los bomberos y la policía acordonaba un área de seguridad?

—Socorro…—Era una voz de mujer que decía mucho más de lo que pronunciaba.

Cecilio sorprendió en su tono la derrota, la sumisión a un destino que ella daba por seguro que nadie podía evitar.

—¿Pero es que nadie la oye? —gritó Cecilio indignado—. Está claro que en este país no se puede esperar ayuda de nadie…

Corrió hacia el portal, ignorando las protestas del portero, y subió al tercer piso, de donde provenía la voz asfixiada. Dio una patada a una puerta que crujió sobre sus jambas. Al segundo empujón la puerta cayó, al fondo del pasillo sorprendió a una viejecita en el suelo. Una espesa nube de humo venenoso alquitranaba el paso hacia la salida que había abierto.

Se quitó la faja del torso y se protegió las vías respiratorias. Recogió a la ancianita y repitió la misma operación de la faja con ella. Cuando habían alcanzado el exterior una deflagración a sus espaldas advertía que parte del tercer piso había saltado por los aires. Uno de los cascotes más gruesos de la fachada alcanzó a Cecilio, que cayó al suelo como un saco de patatas.

A unos cuantos kilómetros del lugar del incendio, Spanish-man se hallaba completamente absorto en el rescate de otro gatito. Éste estaba más asustado que “Galletita”, y emitía un sonido parecido al lamento que un muerto descompuesto en su tumba haría si trataran de despertarle. “Uñitas” no se dejaba atrapar, y hacía honor a su nombre en cuanto Gonzalo estiraba la mano.

Desde el árbol vio la columna de humo que provenía del centro de Madrid.

—“Uñitas”, tengo un asunto más importante. Mientras tanto trata de relajarte un poquito, que en un rato vengo a por ti.

En cuanto llegó, a vista de pájaro, Spanish-man reconstruyó la escena. Un edificio en llamas, un hombre inconsciente en el suelo y un montón de sirenas ensordeciendo el lugar. “Exactamente tres dispositivos antirrobo de locales comerciales y cinco alarmas de vehículos aparcados…Sólo una víctima aparente. Soy la hostia”.

—Spanihs-man…Te vi por la tele —saludó el portero del inmueble afectado.

Gonzalo sacó pecho, hinchando la “eñe” de la camiseta.

—Sí, es que soy muy fotogénico —manifestó el héroe con marcado acento inglés—. Pero dígame, ¿qué es lo que ha pasado?

—Ni idea, pero ese paleto —señaló a Cecilio—entró de muy malas maneras en el edificio y unos segundos después, cuando salía,… ¡pum! Todo por los aires —explicó el portero recreando una explosión con las manos.

Gonzalo comprobó las constantes vitales del paleto. Pulso adecuado, respiración normal…sólo estaba dormido. Sin embargo, el polvo y las trazas de cascotes en la boina y chaleco hablaban de un brutal impacto…”¿Dónde está la sangre?”.

—Spanihs-man —interrumpió el portero—, esto es importante: la abuelita del tercero ha desaparecido…¡No se ven restos en su apartamento, y me consta que no había abandonado el edificio!

—¿Qué has hecho con la abuelita? ¿Qué has hecho con la abuelita? —exigió Gonzalo zarandeando al pueblerino.

Cecilio abrió los ojos con pesar. El americano ridículo le vapuleaba a placer, le dolía la cabeza, como si el pulso cardíaco se concentrara allí y con cada pulsación aumentara la presión intracraneal. Además estaba completamente desorientado.

—¿Quién eres? ¿Quién eres? —gritó el héroe sin dejar de menear al pobre Cecilio.

—Soy…del terruño —contestó casi sin voz el paleto.

—¿Cómo? ¿Ha dicho el “tío trasmuño”?

El portero se encogió de hombros.

Finalmente aparecieron los agentes de la autoridad, asumiendo el control de la situación.

—Spanihs-man, esto es un asunto de la policía…

—Se llama Tío Trasmuño, y es el presunto autor de la desaparición de una anciana y destrucción de un edificio.

—No, yo no hice nada… ¡Soy inocente! —protestó Cecilio.

—Eso es lo que dicen todos, señor agente…Qué pronunciación.

—Juro por ésto —y Cecilio se besó un puño— que me vengaré, payaso-man…



Fin de la primera parte.



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