Una vez tuve un sueño

Soñé con un mundo en el que todos podían ser lo que quisieran, hacer aquello que más satisfacción les provocara, que no existiera más impedimento que el deseo...

Hoy, a mis cuarenta y dos años recién cumplidos, y a pesar de que la vida golpeó con toda la crudeza de la realidad, todavía no he despertado de las utopías de juventud. Si no puedo vivir en un mundo feliz, me lo inventaré: haré que otros, como un dios todopoderoso de infinita bondad, sean felices... al menos en mi pensamiento.

Y me puse a escribir. Ahora que tengo en mi haber más de setenta relatos cortos y dos novelas, descubro por qué Dios es "omniausente" e imperfecto.


domingo, 3 de julio de 2011

"Onda vital" (un relato de 1.184 palabras)


Kiko se hacía mayor. Pero no porque le gustara por igual la cantante Britney Spears y los dibujos animados de “La bola del dragón”, una saga japonesa de los años noventa; sino porque estaba a punto de comprender que el dolor y la enfermedad, aunque no se expresaran, existen igualmente; que su latido silencioso corrompe toda alegría de vivir, incluso en los que mejor disimulan. Se iba a hacer mayor, a pesar de tener casi diez años…

—Julen, ¿qué le pasa a tu madre, por qué lleva hoy gafas de sol?

No respondió, parecía más interesado en el desarrollo de la batalla que Son Goku lidiaba contra Vegeta, su eterno rival,  en el televisor.

Kiko le golpeó con un puño en el brazo.

—Aaah… —protestó con desgana Julen— ¡Yo que sé, ha dicho que hoy se levantó con una conjuntivitis o algo así!

—Bueno tío, me voy a merendar…—dijo Kiko.

Y ejecutó una extraña pirueta en la que juntaba las manos, por delante de la cara, al tiempo que flexionaba las rodillas inclinando el cuerpo hacia el frente.

—Oooooondaaa…—añadió llevando las manos hacia atrás, juntando las muñecas en un ángulo de noventa grados.

—¡No! ¡Hoy no estoy para juegos! —advirtió Julen.

—¡Vitaaaaal! —gritó Kiko desoyendo toda súplica.

Kiko asestó un golpe certero, con ambas manos, en el pecho de su amigo, que cayó de culo en el sofá… ¡Fantástico, había ejecutado la mejor “onda vital” de su vida! No permitiría que semejante hazaña quedara en el olvido tan fácilmente.

—¿Veis por qué no me gustan esos dibujos? —dijo Yolanda, la madre de Julen, desde la puerta de la cocina.

Los cristales oscuros de las gafas ocupaban media cara. Su mirada, y por lo tanto el reproche, se perdía en tierras sin luz… que niños como Kiko necesitan ver para comprender su sentido. ¡Je! Ni uno solo de los amigos del colegio se quedaría sin conocer la increíble “onda vital” que había ejecutado; y se reirían a carcajadas, obviando detalles como que Julen sufría un ligero retraso intelectual y que padecía de enanismo.

—Adiós —se despidió Kiko con prisas, reprimiendo una risotada.

La mochila de Kiko quedó olvidada entre los cojines del sofá. De una manera literal sus libros se habían volatilizado, sólo los recordaría media hora después cuando encendiera el ordenador para chatear en “tuenti”, y su madre le exigiera el cumplimiento de los deberes, como condición previa para disfrutar de su tiempo libre.

No importaba. Kiko y Julen eran vecinos de la misma urbanización, unos pocos portales no suponían ningún esfuerzo, y menos cuando tenía urgencia por relatar la proeza de hacer volar a Julen por los aires. La carrera le provocó una respiración entrecortada, fue consciente de ello cuando oprimió el botón del timbre.

La puerta se abrió con la desgana del que no espera nada, detrás apareció una Yolanda demacrada, sin gafas, sin pelo… con una mancha negra debajo de un ojo. ¡Esa no podía ser la madre de Julen!

—¡Uy, Kiko, si no te esperaba! —se excusó avergonzada por su aspecto.

El tono pretendía ser jovial, desenfadado, como si nada de lo que hubiera visto el niño fuera verdad. Kiko se quedó sin aliento, como si repentinamente hubiera descubierto  un fantasma o un zombi, y el mero roce de ese muerto viviente pudiera contagiar el cáncer que se relamía en los restos de unos pechos extirpados.

La mujer ocultó la cabeza con un trapo, pero dejó la coronilla sin cubrir; tal vez porque no se la veía, o simplemente porque carecía de la habilidad de arroparse la cabeza.

—Se me ha olvidado la mochila…

Kiko comprendió de repente porque Julen estaba más triste y ausente que nunca, comprendió la razón de las visitas a tantos médicos, que a veces le impedían jugar con su amigo… La madre de Julen se moría lentamente. Yolanda lo sabía, Julen lo sabía… lo sabían todos menos él. Una lágrima resbaló hacia el suelo. Sin mediar palabra tomó la mochila y se marchó con la cabeza baja.

Se encerró en la habitación… Ya no quería chatear con nadie, no tenía nada de lo que vanagloriarse. Pero persistía en su cabeza la imagen de la “onda vital”. Era una idea que ahora le avergonzaba, que de tanta energía como tenía, positiva primero y negativa después, levantaba ampollas en el pensamiento.

Sin saber muy bien por qué, se orientó hacia la casa de Julen, y cerró los ojos. Reconsideró mejor la situación y los volvió a abrir. Apartó una silla, un monopatín, unos zapatos; dejando la zona central de la habitación despejada. Cerró nuevamente los ojos, y con movimientos pausados pero certeros atrajo hacia sus manos una porción de la energía del Universo.

Se imaginó a sí mismo en la habitación, con la mochila todavía sin abrir a un lado, con las rodillas flexionadas y el cuerpo hacia atrás, tratando de contener la energía que se acumulaba en sus palmas unidas por las muñecas. Una luz brillante chisporroteaba entre los dedos, creciendo cada vez más, haciendo que el resto de la estancia quedara a oscuras.

—Ooooooooondaaaaa…

Era una bola de energía pura, y como tal podría ajustarse a un fin determinado… Como destruir el cáncer que mataba a Yolanda. Sí, la bola viajaría atravesando paredes, sin impactar sobre ellas, sin gastar ni una millonésima parte de su energía, para explotar finalmente sobre esa pobre mujer. Cuando el polvo se disipara, y Julen aturdido se preguntara qué es lo que estaba pasando, descubriría a su madre de pie, sonriendo como solía hacer antes de la enfermedad.

—…¡Vitaaaaal!

Unos instantes después, unos golpecitos tímidos sonaron en la puerta de su habitación. No pedían permiso para entrar, sólo advertían la entrada inminente de un adulto.

—¿Estás bien, hijo? —se interesó su madre.

Le había oído gritar entre juegos muchas veces, incluso cuando lo hacía jugando a “La bola del dragón”. Pero siempre eran gritos alegres, guasones… En esta ocasión casi parecía un lamento, un llanto.

—Sí mamá.

Le había interrumpido, Kiko no terminó de visualizar el impacto de la “onda vital”.

—Por cierto —añadió el chaval antes de que su madre cerrara de nuevo la puerta— es posible que me oigas otra vez… Pero no es nada malo, de verdad…

Una madre sabe cuándo debe conceder un tiempo y un espacio, sin hacer preguntas, sin molestar. Y a pesar de que, en aquella tarde, se sobresaltó tres o cuatro veces más con los gritos de “onda vital”, no intervino. Cuando Kiko entró en la cocina, y la abrazó desde atrás, supo que su hijo lloraba en silencio.

Aceptó el abrazo sin preguntar, sabía que algún día Kiko contaría lo que ahora callaba.

—Sabes, cariño, que siempre puedes contar conmigo… para lo que sea.

Se apretó contra ella más fuerte; como si, abandonando el abrazo, temiera dejarla desprotegida ante cualquier enfermedad.

—Ya está, cariño. Ya pasó, mi niño.

Unos días después, encontró a su amigo Julen feliz, con una gran sonrisa en los labios.

—Aunque repitieron las pruebas varias veces, los médicos dicen que se habían equivocado… ¡Mi madre no tiene cáncer! —dijo sin dejar de sonreír.

Kiko le devolvió la sonrisa.



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Pie de foto: La foto es de MadEigner y está extraído de la página web www.gordiwanarts.com

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viernes, 24 de junio de 2011

"Cien doncellas" ( un relato de 1.080 palabras)

Recordad, señores, que hubo tiempos no muy lejanos en los que el oro andalusí brillaba al sol menos que su cultura… Recordad, nobles cristianos, que nuestra medicina ha sanado sus dolencias mejor que vuestros oscuros remedios fermentados. ¿Y qué me decís sobre la matemática, la astronomía, sobre el conocimiento profundo de las leyes del universo?

Poco podéis responder, vosotros, que todavía creéis que el cielo caerá sobre vuestras mezquinas testuces con los primeros truenos de una tormenta. Vosotros, que hacéis del sudor un aroma de seducción; que vestís con tanto cuero remachado que, de tirar de un carromato, se os confundiría con bestias de carga; que construís moradas de piedra, tan oscuras y angostas, como cuevas… ¿Creéis realmente que vuestras doncellas no apreciarán nuestro refinamiento, nuestro gusto exquisito por vivir?

Si hasta nuestras armas son diferentes, ligeras y afiladas alfanjes frente a grandes mandobles cristianos, ¿por qué no habría de serlo también el trato hacia la fragilidad de la mujer? El galanteo andalusí, señores, no fuerza el amor… A diferencia del cristiano, que tras la primera prenda ofrecida galopa por desiertos de pasión, el caballero andalusí crea oasis que explora sin prisas, en los que disfruta contemplar el reflejo de su rostro, y hasta el de las mismas estrellas del cielo, en la superficie de sus aguas. Decidme, pues, ¿quién son los bárbaros?

Contestad ahora, ¿qué os impidió cumplir con el tributo? Si nuestros antecesores confiaban en el honor mutuo, y Abderramán I ayudó a Mauregato a tomar la corona del reino de Asturias, no podéis culparnos de que sus propios vasallos acabaran con su vida cinco años después… porque la deuda permanece, pero no así vuestro honor. Nunca entregaron las cien doncellas como pago a nuestros servicios. Cien jóvenes cristianas que Bermudo I postergó pagando con oro, y después Alfonso II, que negó todo tributo…

Recordad que el califato de Córdoba es el reino más poderoso de toda la península, que las razias que asolan vuestras aldeas en cada verano son poca cosa comparadas con una conquista. Y un reino bien vale cien doncellas, que ni siquiera deben ser todas de ilustre cuna; pues nuestro Emir Abu l-Mutarraf Abd ar-Rahmán ibn al-Hakam, Abderramán II como vosotros le llamáis, se contenta con cincuenta nobles y otras cincuenta plebeyas. ¿Por qué vuestro rey Ramiro persiste en agotar la paciencia y generosidad de aquel que Alá escogió para llevarnos a la gloria?

¿Acaso no sabéis que las doncellas de Simancas satisfacen su destino? Y aunque pretendan hacernos creer que fueron atacadas por unos bandidos, y que escandalizados de que pudieran acariciar a nobles moriscos les cortaron las manos; nosotros no ignoramos la ferocidad del cristiano, que son crueles incluso con los de su sangre.

¿Dónde se perdió vuestro dios, que os abandona a la inconsciencia del instinto? Descubro, maravillado, cuánto significado tiene nuestra guerra santa contra el infiel. ¡Estas tierras necesitan tanto de nosotros! Pues, ¿qué queda de venerable en vuestras vidas? Nada, no hay pureza ni santidad. No tenéis luz ni conocimiento, ni poesía, ni ninguna otra disciplina que os guíe hacia la felicidad…

¿Pero por qué no dejáis de reír? ¿Acaso podréis mantener la burla cuando vuestras cabezas descansen ensartadas en estacas?

Sois tan predecibles, siempre embistiendo de frente, en un solo grupo, para que el ataque no pierda contundencia. Creéis que la victoria se gana por número de jinetes, sin tener en cuenta que nuestros caballos son mejores, que en todo el mundo no los hay más agiles y veloces. Y presumís que las batallas se ganan por la fuerza de los brazos, y no con un poco de astucia y estrategia.

Y ahora que estáis atacando descubrís con estupor que no somos tan pocos como os han informado. Sí, soy capaz de sentir vuestro miedo. Ahora que veis una polvareda que se levanta por cada flanco, que vuela hacia vosotros con la ira de Alá; decidme… ¿es como un frío que se enrosca en la espalda?

Sin duda, os habréis dado cuenta de que no es una opción la idea de dar media vuelta y buscar refugio en lo alto de la colina que vosotros llamáis Laturce. Por más atractivo que parezca lo contrario, es más honroso morir en combate que diezmado en retirada. Bien, bien. No esperaba menos de un séquito real.

No habrá clemencia. En el tiempo que se tomen cualquiera de vuestros valientes en alzar la espada, tres de mis mártires le habrán desmembrado de toda extremidad superior. Porque sin brazos y sin cabeza es como realmente deberíais estar, para ser justos con vuestra auténtica naturaleza.

¡Oh, pero qué es lo que veo! Un jinete solitario galopa hacia la batalla… Umh… No han comprendido todavía el significado de mártir. Únicamente les supondrá una muerte más, sin rendimiento ni beneficio. En mi tierra, la carrera de ese caballero cristiano se tacharía de estupidez. ¿De dónde habrá venido, por qué nadie le ha visto llegar?

No es del ejército, pues cabalga en un magnífico corcel blanco y no viste uniforme, y el pendón que luce en su lanza, una cruz roja, tampoco es el emblema del rey Ramiro. ¿Por qué no lleva ninguna protección? Es como si no tuviera miedo a morir, como si creyera que no puede morir. ¡Y cómo corre! Parece volar sobre una nube.

Veamos cómo acaba. Puede que sorprenda a unos pocos, pero sin duda caerá ante las armas de mis leales. No… no lo entiendo, el corcel parece encabritado, relincha sobre sus cuartos traseros, pero no veo caer al caballero. Mis hombres sucumben bajo el resplandor de esa espada maldita… Va dejando un reguero de sangre a su paso, y amenaza, él solito…, con acabar con todo el flanco izquierdo de mis tropas.

¿Pero es que no tengo lanceros? Sí, pero están combatiendo en primera línea contra las fuerzas cristianas… ¿Pero es que mis capitanes no se están dando cuenta… de que están siendo exterminados… por… ¡un solo hombre!? Si no alcanzan al caballero cristiano… ¡que ataquen al caballo! Ya desmontado no tendrá ni tanta fuerza ni tanta arrogancia… Voy a empezar a gritar en cualquier momento… Bffff.

—¡Señor, señor! ¡Noticias del campo de batalla! Al grito cristiano de “Santiago y cierra España” ha surgido un demonio de rostro muy dulce que nos bendice antes de matar… Los cristianos no dejan de gritar su nombre y nuestros hombres no paran de morir…

¿Todo esto por cien doncellas?

—¿Señor, señor?

…Por cien vírgenes, que tampoco importaba demasiado que no lo fueran…

—¿Qué hacemos, señor?


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martes, 31 de mayo de 2011

Despierta... (un relato de 850 palabras)

Al principio percibió el rumor de unos tambores, tan lejanos que confundió con el propio latido de su corazón. No quiso abrir los ojos, aunque sabía que estaba despertando; porque no ignoraba cuan dura podía ser la vida y lo dulce que era soñar. Ni siquiera los brazos de “Amanecer”, su prometida, competían en bienestar. La inconsciencia que ronroneaba en sus pensamientos, era más complaciente y no exigía proezas para ofrecer sus dones.

La mirada azul de Alejo se enturbiaba en los viajes largos, incluso cuando había descansado las horas necesarias la noche anterior. Debería considerar que conducir turismos no era tan peligroso como trasladar toneladas de sustancias químicas, porque en sus treinta y cinco años de conductor de camiones nunca se había dormido. Probablemente porque su esposa Alba siempre le preparaba un termo de café.

“Ojos azules” se removió bajo la piel maloliente de un cérvido. La fiebre estaba bajando, quizás porque los dioses no querían la compañía de un muchacho. De pronto su corazón se aceleró, tanto que parecía retumbar en la cueva entera. El muchacho se retorció, tal vez moría y su alma marchaba a ciegas. Abrió los ojos y el ritmo frenético de los tambores cesó, dejando paso a un silencio que ensordecía.

Hoy había descubierto que era prescindible para la empresa, que sus jefes habían traspasado el negocio a otros que tuvieran más ganas de defender el patrimonio que esos holgazanes que llamaban hijos… Y Alejo enfermaba sólo de recordar las veces que había suplicado por su empleo.

—¡Me quedan unos pocos años para jubilarme!

—Razón de más para dejar hueco a los jóvenes…

(Un zarpazo).

—Pero es que a mi edad nadie va a contratarme, y yo tengo gastos que pagar…

—Escribe una carta al presidente, yo no tengo la culpa…

(Otro zarpazo).

“Ojos azules” descubrió unas llamas encerradas dentro de un círculo de piedras cerca de sus pies. El crepitar de unos maderos infundió la dosis ajustada de realidad y paz a su delirio. Sin embargo, el rostro de un anciano, que abarcaba todo su campo visual, le arrebató la calma.

—Tu alma me pertenece… ¡Se la he ganado a los espíritus de la noche! —gritó el chamán agitando unos cráneos humanos por encima del muchacho, haciendo un sonido de cascabel a lo largo de su cuerpo.

¿Cómo anunciar a Alba semejante noticia, a ella, que siempre se jactaba de tener un marido tan trabajador? El único modo en el que podía pensar, después de tantos años de trabajo en la carretera, era conduciendo. Deformación profesional. Alejo viajó sin rumbo y sin tacógrafo, sintiéndose pequeño, ridículamente pequeñito, en su fiat punto.

Tras recorrer sin prisas unos cuantos pueblos de la periferia de la capital, lo único que consiguió dejar atrás fue su amor propio. Sintió que el mismo asfalto le repudiaba, que los demás conductores le miraban mal.

—No estoy llegando a ninguna parte —se dijo Alejo en voz baja.

—No… —susurró el muchacho.

Sabía que su corazón no había golpeado con fuerza el pecho, que su alma no quería abandonar el mundo de los vivos y que, por lo tanto, “Serpiente inmortal”, el hechicero, no había ganado nada.

—¡Despierta! —gritó el anciano acercando aún más las pinturas de su cara al joven.

Alejo sintió un respingo en la espalda, notó que agarraba con fuerza el volante, como si repentinamente se hubiera dormido y se aferrara inconscientemente a la realidad. Supo que tan sólo había perdido la consciencia una fracción de segundo. Se estaba adormeciendo. Bajó la ventanilla de su lado y apagó la radio, el soniquete de unos tertulianos no ayudaba demasiado a mantenerlo despierto.

—Joder con el viejo —masculló Alejo, recordando el rostro de un anciano que no había conocido en su vida.

Pudiera ser que hubiese visto una película o documental que no recordara y que luego proyectase su rostro desde la inconsciencia, porque nadie, ni siquiera en carnavales, se había disfrazado con pieles de lobo y abalorios de hueso colgados del cuello y las orejas. Y por más que lo intentó, no recordó a nadie que luciera con tanto orgullo sus arrugas.

Entre sus arrugas, se dibujaban unos círculos rojos y negros, concéntricos alrededor de cada ojo. Y de la boca salían rayos, también rojos y negros. Entre el sudor de la faz del joven, se perfilaban unos cortes profundos y negros, de los que destilaban unos hilillos rojos.

Ambos conocían la verdad.

—No vas a morir… Te perderás en las brumas de los sueños que la gente olvida… Pero yo te buscaré a través de las nieblas del tiempo, te buscaré en los sueños… y te salvaré… ¡Despierta!

“Ojos azules” no volvió abrir los párpados, pero Alejo los abrió tanto como sus cavidades oculares permitían. Se había vuelto a dormir… y le habían despertado.



Final feliz:

… con el tiempo justo para evitar un accidente.



Final realista:

Se descubrió con parte de la grasa del motor esparcida por su cara, por unas facciones que sangraban, rojo sobre negro, como el muchacho de sus sueños; y un fuego a sus pies. Comprendió cuan dulce podía ser la inconsciencia, aunque fuera para siempre.





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jueves, 19 de mayo de 2011

Dejando huella (España profunda II) [Un relato de 1.270 palabras]


Sí, estoy atrapado; colorado como un tomate y sudando la gota gorda… ¿Que cómo he llegado a esta situación? Tal vez la responsabilidad última la tuvo mi madre, al dotarme de una educación por la que debía saber comportarme correctamente en cualquier circunstancia. O quizás sea la crisis, que me obliga adaptarme a una economía, digamos, más “económica”.

Sea lo que fuere, no lo sé muy bien, algo me empujó al poliderportivo de Valdemorillo (pero que mentirosillo soy, la explicación es más sencilla: en el único gimnasio del pueblo no me sentía demasiado cómodo —les invito a leer España profunda— y la voz de mi mujer se hacía eco con mayor fuerza en mi cabeza, “pagamos un poco menos por el gimnasio y además tenemos piscina,… piscina,… piscina”).

—Vale, vale. Ya te he oído —protesté por la insistencia de Eva.

—Piscina,… piscina —seguía susurrándome al oído.

Cómo me gustaría estar ahora en la piscina. Está cubierta y dividida en calles por unos cables de acero recubiertos por unas piezas de plástico amarillo, que cuando nadas con estilo “libre” como yo, descubres, en manos y pies, que no tienen nada de blanditas. No importa. En este momento me encantaría compartir calle incluso con esos que te miran condescendientes, cuando detrás de ti se forma una caravana de nadadores resignados… ¡Pero si los hay que nadan con aletas en los pies!

—Y además tiene sauna —argumentaba Eva con voz sugerente.

Sí, amigos. Lo hizo, repitió “sauna” varias veces. Y aquí estoy, encerrado en un cubículo de paredes forradas de madera, sudando y resoplando por el calor seco que despiden unas piedras de un rincón. Es un espacio en el que caben con holgura cuatro personas, seis algo apretadillos; y, como era de esperar, reservado para los de tu mismo sexo.

Debe ser muy poco estimulante ver sudar a los del sexo contrario a tu lado… O tal vez sea todo lo contrario, y que las normas traten de impedir que te descubras atractivo bajo las gotitas de sudor que resbalan hacia la barbilla, para abortar el ritual del cortejo: ¿qué, nos hacemos una duchita de agua fría juntos? Porque, afortunadamente, no es necesario ir a los vestuarios para refrescarse: hay una ducha a la entrada de cada sauna.

Sólo tienes que apretar un botón en la pared y de la alcachofa sale un torrente de agua tibia, que se enfría en la medida que se usa. Lo ideal sería repetir el proceso de frío-calor varias veces, para estimular el sistema circulatorio y eliminar toxinas; pero en la práctica no aguanto más de dos duchas. Me entran un mareo y debilidad que como advertencias fisiológicas tomo muy en serio.

Normalmente la sauna está vacía, pero cuando llegas a la entrada y descubres unas gafas y un gorro de baño en el banco de enfrente de la ducha, sabes que no estarás solo detrás de la puerta. En esta ocasión, además, había unas aletas. Debían pertenecer al tipo que se hace tres largos y saca pecho mientras espera a que yo termine el primero. Sí, un pecho depilado que parece burlarse de sus homónimos pilosos.

Como yo apunto canas, y bastantes, y para más añadidura por el resto del cuerpo, en el último corte de pelo no detuve la máquina en la cabeza: su capacidad segadora me descubrió un cuerpo nuevo. Valeee, fue por los nadadores depilados de la piscina. Uno quiere pasar desapercibido, aunque bien pensado creo que ahora llamo más la atención, porque todos me conocen de vista, y a la vista salta que a mi imagen le falta algo… Suspiro en la sauna, dándome cuenta de que tal vez el culpable de mi situación sea yo mismo.

—Hola —saludé al hombre que estaba sentado en el banco superior de la sauna.

Era el único hombre que hacía uso de la sauna, y no me agradaba la idea de sentarme en el banco inferior. Solamente podía sentarme enfrente de las piedras calientes o debajo de aquel tipo. En una opción me achicharraba demasiado la cara, y en la otra me calentaba la idea que pareciera estar insinuándome, de que él no apartara el ojo de mi culo… (Lo sé, los hombres somos un poco ridículos).

Me senté a su lado (de igual a igual, ya sabes, que no haya nadie por debajo) y no cruzamos ni una palabra. Ni siquiera la clásica conversación de ascensor sobre el tiempo o sobre los resultados del último partido de fútbol. Y lo agradezco, sin duda me haría parecer mariquita el hecho de no entender de fútbol… Cómo explicar que a mí me gustan las plantas, que me estoy haciendo un huerto con sus zanahorias y sus calabacines…

Al cabo de unos minutos el hombre de las aletas se despidió. A través del cristal de la puerta pude ver que no recogía sus cosas, y que poco después accionaba la ducha. Lógico, de poco vale una sauna si luego no te duchas con agua fría. Yo empezaba a necesitar refrescarme, de modo que en el momento que oí que no accionaba la ducha salí de la sauna.

Un culo apretado, musculoso y depiladísimo, trataba de contener en la base de la espalda los restos de jabón que bajaban de los hombros… No sé porqué se me antojó muy lubrificado. ¡Por todos los santos, que soy muy heterosexual! Regresé hacia la sauna más sofocado que antes. ¿Por qué diantres se tenía que duchar allí? ¿Y en pelotas?

Pues nada, heme aquí, sin duchar, mareado, enrojecido por el calor y la vergüenza, rezando para que no entrara de nuevo en la sauna. ¡Joder mamá, podrías haber sido más flexible! ¿Y tú, Zapatero, qué habrías hecho tú si en mi situación te encontraras a Rajoy desnudo, llevándose el índice a la boca? En fin, cuatro minutos de disparates varios se me hicieron interminables.

Y más porque cada quince segundos me asomaba al cristal para ver si me esperaba agazapado en algún lugar de la estancia. Cuando finalmente se marchó… (¡ay que ver lo que tardan algunos en quitarse el jabón!) salí escopetado hacia la ducha. Juraría que el agua fría sobre mi piel provocaba un pequeño siseo y que se levantó una ráfaga de vapor.

“Nunca más, nunca más” me decía sabiendo que me refería a que nunca más entraría sólo en una sauna. Mi hijo Alejandro también era socio del polideportivo, y a pesar de tener sólo doce años tiene una envergadura física próxima a la mía: ronda el metro ochenta. Sería, sin saberlo él, mi guardaespaldas una o dos veces por semana.

Me dirigí a los vestuarios, un intenso olor a colonia cosquilleó mi pituitaria. En el momento en que las taquillas se presentaron a mi vista el hombre del pecho (y trasero) depilado abandonaba la estancia. Vi que en uno de los armaritos descansaba un objeto verde, pensé en advertirle de un posible descuido. Pero deseché esa opción, podía ser un ardid para provocar un segundo encuentro (Lo sé, lo sé; los hombres podemos ser muy retorcidos en esto del amor).

¡Que le den por culo!, me lo quedaría yo: él me había hecho pasar un mal rato, y eso podía ser una justa compensación. ¿Qué sería? Podría ser un móvil muy pequeño, tal vez un reproductor de música o un mechero de gasolina. “Eau de oranges verts”, era un frasquito de plástico verde y estaba vacío. Vaya chasco.

¿Por qué las colonias parecen mejores si están denominadas en francés? Me respondo al tener la certeza de que yo, jamás, me acercaré a un tipo perfumado con agua de naranjas verdes… y menos en una sauna.


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domingo, 10 de abril de 2011

España profunda (un minirrelato de 648 palabras)


Verraco: cerdo macho que se utiliza como semental.





Era necesario, me dije mientras observaba a un gordo pavonearse con una gorra con la visera hacia atrás. Inevitable. Trataba de convencerme… ¿pero por qué retorcía las manos como los raperos? Desvié la mirada a un lado, los ojos azules del gordo me habían sorprendido. Se sentía fuerte, superior. Estaba en su elemento y yo no.

La crisis, la maldita crisis, me repetía cerrando los ojos para no ver. La realidad resultaba demasiado grotesca. Apreté el ritmo de mis piernas, nada como el ejercicio aeróbico para quemar la ansiedad. Cuando los párpados se abrieron el gordo y su autosuficiencia rumana habían desaparecido. Lo que me encontré fue mucho peor.

Concentrados en cuarenta metros cuadrados, seis magrebíes ocupaban distintos aparatos de musculación. Conversaban despreocupadamente en su lengua, expulsando unas carcajadas excesivas para los que no eran de su condición. No eran ellos los que atrapaban mi atención. Una camiseta roja repetía “soy español” en letras amarillas, tres veces a lo largo de un torso. Pertenecía a un tipo que me analizaba con descaro.

Era evidente que me consideraba de los “suyos”, que yo no daba el tipo “sudaca”… ¡Será gilipollas! ¿Esto es lo mejor que puede ofrecer esta tierra? Sus ojos me traspasaban, como si repentinamente me hubiera espiritualizado y de mí no quedara más que la impresión del nervio óptico en sus retinas. No sé si quiero “ser español, español, español”. No en sus términos.

No quise recrearme en unos rasgos que revelaban la complejidad emocional de una encina, uno de los árboles que conforman el paisaje de la dehesa serrana, y retomé con mayor denuedo los pedales de la bicicleta elíptica. Al menos ahora puedo permitirme pagar un gimnasio… Me pertrechaba en el vano intento de ver mi vaso medio lleno.

Un resoplido profundo, gutural, como el de un animal que muere con desgana me sacó de mis pensamientos. Provenía de un banco inclinado, sobre el que estaba recostado un joven de pelo corto, autóctono a juzgar por su capacidad de construir frases con algún participio y siempre recortado. Normalmente se limitaba al participio como oración completa, y a veces, como alarde de expresividad, a la numeración de dos o tres participios seguidos. Insisto, siempre recortados.

—¿Puedeh unoh kiloh máh? —le preguntaban.

—Chupao…

Y gimió de nuevo, exhibiendo un tatuaje en su brazo izquierdo, que cubría desde el hombro hasta el codo. Era más una sucesión de dibujos apretados, de un negro que reverdecía por la mala calidad de su tinta, que un diseño único… Lástima de brazo, me dije. Ese galimatías de sombras y trazos ocultaban un desarrollo espectacular de la musculatura. Y le obligaba a forzarse más, para compensar el tatuaje.

—¡Vamoh, que tú puedeh! ¡Una máh! ¡Una máh!

Y el aberroncho, juntando unas mancuernas descomunales sobre su pecho, resopló una vez más. Sabiéndose el centro de atención, dejó caer las pesas estrepitosamente contra el suelo y, con un berrido de ciervo en celo, obsequió con un cabezazo a un pilar que en nada le había ofendido. Entonces comprendí la razón de sus tatuajes, el sobre-entrenamiento y su auténtica naturaleza…

Era de los que no soportan pasar inadvertidos, de los que venderían a su madre por salir en “Gran Hermano” y practicar “edredoning” con la rubia más “choni” del programa. Dónde me he metido, dónde me he metido… me decía sin oír las risas de mi hija y mi mujer.

—Hola, Elena llamando a papá… ¿Hay alguien en casa?

Así es mi hija, guasona y alegre. Justo lo que más necesito.

—Que si sabes que significa “verraco” —recordó mi niña.

Yo ya no recordaba de lo que habíamos hablado, pero la veía tan guapa, tan sonriente, tan primaveral en primavera, que no podía ignorar que… Un grito adolescente, que provenía de la acera de enfrente, interrumpió mi pensamiento. ¡Otro aberroncho!

—Claro hija, estamos rodeados de ellos.

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miércoles, 19 de enero de 2011

"¡Jou, jou, jou!" (Un cuento de 2590 palabras)

 Sí, estas simpáticas carcajadas sonaban con jota castellana, a pesar de que quien reía era un papá Noel con ascendencia germana. Y acompañaban su cadenciosa risa los golpes de badajo de una campana de mano. Jou, jou, jou. Clinck, clinck, clinck. Sabrina se estremeció. La navidad no empezaba bien en ese centro comercial, no si una niña de cinco años se asustaba de papá Noel.

—No te asustes, tesoro. Sólo es un “Santa Claus”, como el que tenemos en casa encima de la chimenea… —aclaró Enrique, su padre.

Sabrina, a pesar de que sabía que su papá no le engañaría, permaneció en un reticente silencio.

—…El que tiene una llavecita en la espalda y se le enciende la nariz, ya sabes —insistió Enrique, que, a pesar del traje y la corbata, no dudó en poner muecas y gestos ridículos, imitando a un descabellado papá Noel robotizado.

Ésta era un tipo de respuesta innata que padres e hijos de cualquier parte del mundo comparten: si los padres bromean, los niños no sienten peligro. Sabrina sonrió, y toda la inocencia se le escapó por los labios en forma de sonrisa… ¡Cuánta verdad palpita en la voz de los profetas del pasado! Si hasta un pobre diablo como Christian sentía erizar el vello de su piel bajo el disfraz de papá Noel.

De inmediato sintió la necesidad de gratificar a la niña que le había obsequiado con una sonrisa tan hermosa. Creyó ocultar, tras la peluca y las barbas blancas, un presente oscuro de alcoholismo; una realidad de abandono y soledad que nadie desea. No importaba, podía “sorprender” a sus niños en cualquier niño, y ni siquiera un juez podría evitar que los amara, que los amara tan intensamente…

—Toma bonita —la mano enguantada de Christian ofrecía caramelos de brillantes envolturas—. Todos éstos son para ti.

Sintió escozor en los ojos, tal vez el sudor o alguna fibra sintética de la peluca se le cruzó en la mirada. Tal vez la derrota asaltaba sus intenciones, postrando párpados y corazones a su paso. Tal vez…

Sabrina torció la boca, y negó, muy despacio, con la cabeza. ¿Quién, en su sano juicio, chuparía caramelos envenenados? ¿Quién se tragaría, en pequeñas dosis endulzadas, tristeza con sabor a naranja o rabia con sabor a limón? Los caramelos permanecían temblorosos sobre la palma de santa Claus, ahora expectante y ansioso.

—¿No te gustan? —se interesó Christian, tratando de hablar despacio, incapaz de soportar un desplante más de sus hijos—. Tal vez te gusten más los de mamá, ¿verdad?

Sólo entonces Enrique comprendió que ese papá Noel estaba bebido y que el saco que llevaba a los pies sólo contenía tragedia y fracaso familiar.

—Vámonos, nenita. Se me ha olvidado comprar algo de pan para la cena.

Estaba indignado, Enrique no podía permitir que ese hombre corrompiera el espíritu de cuántos niños pasaran por su lado. Apretó el paso todo lo que permitían los pasitos de Sabrina. Buscaba las oficinas del centro comercial para interponer la reclamación pertinente. La niñita no parecía entender qué sucedía, y menos aún cuando ya habían pasado de largo dos boutiques del pan.

Cinco personas, que en realidad conformaban tres turnos, se encontraban al final de un pasillo estrecho y sin escaparates. Una madre con un niño pequeño, dos adolescentes de pantalón caído y un anciano malhumorado. Enrique confirmó la hora en su reloj de pulsera, bien podía esperar un rato.

—Papi, ¿puedo jugar en este pasillo?

Apenas había gente, y además, una niñita tan dulce como ella no podría molestar a nadie.

—Desde luego, pero no salgas del pasillo.

Ésta es otra de esas respuestas no aprendidas pero imprescindibles para el bienestar de un menor: acotar el espacio y que conozcan las razones de sus límites. La niña no preguntó por qué, y el padre sobreentendió que Sabrina, de cinco madurísimos años, conocía de sobra las razones de su advertencia.

En seguida le tocó el turno a Enrique. Llamó a su hija, que estaba jugando en el suelo, para que le acompañara. Pero estaba absorta en sus juegos.

—¿Vienes, ratoncita?

—¿No ves que estoy ocupada… con un asunto muy importante?

Los importantes negocios de su hija se limitaban a unos dedos que se movían como si fueran personas.

—Está bien. No tardaré mucho, pero si tienes algún problema yo estaré detrás de esta puerta de cristal.

Enrique sólo tenía que estirar un poco el cuello para comprobar que Sabrina seguía sentada donde la dejó. Tras rellenar un formulario confirmó, a través de la puerta, que su hija estaba bien. Lo único que pudo ver de ella era un pie. Suficiente. Pero no llegó a apreciar la música tintineante de una canción cantada por niños. Sabrina reconoció al instante “Mi burrito sabanero”, su villancico favorito, y como no, acudió al reclamo de esos niños tan felices.

Corrió hacia la salida de ese triste pasillo, hacia el bullicio de esas calles artificiales de comercios y hamburgueserías. El aliento se le cortó en cuanto asomó la cabeza. Una locomotora, que echaba humo de verdad, se detuvo en seco. Aunque no iba muy deprisa, y era una réplica miniaturizada, de vagones sin techo para que los niños pudieran disfrutar de su paseo; podría haber sido atropellada de no ser por los reflejos del duende conductor.

La cara de fastidio era evidente. Ni siquiera la sonrisa grotesca pintada en verde purpurina podía disimular el malestar del conductor. Tal vez se debiera a que el tren estaba diseñado para niños, y él como adulto, a pesar de no ser de gran estatura, no cabía bien y forzaba las rodillas hacia afuera.

—Canta un villancico, niña —espetó el duende con voz ronca.

Sabrina torció las comisuras de los labios para abajo.

—Vamos niña: ¡canta un villancico! —insistió dulcificando un poco su voz áspera.

¿Dónde estaba su papá? ¿Por qué no aparecía de repente y le salvaba de esa terrible criatura? Los niños que estaban sentados empezaban a impacientarse, se burlaban de ella con la lengua y con los dedos en las sienes.

—Qué demonios… Vamos, te dejo subir sin cantar —intercedió el duende.

Pero no obtuvo respuesta. El conductor dedujo que era una niña muy tímida, porque tampoco se apartaba de su camino.

—¡Está bien!… La princesita necesita ayuda para subir y yo se la daré —dijo el conductor saltando de la locomotora.

Levantó a la niña por la cintura y Sabrina perdió firmeza en los pies. Era como cuando su papá le tomaba con las manos por encima de su cabeza, sólo que en esta ocasión no se trataba de un juego y ese señor pintado de verde, no era su papá. Papá ni siquiera sudaba cuando le tiraba varias veces por los aires, y “eso” que atenazaba su cintura tenía el cuello y las axilas empapadas… ¡Le brillaba la frente! Y diminutas gotas decoloraban de modo desigual el verde intenso de su cara.

—¡No! ¡Nooo! —gritó Sabrina desconsolada.

—¡Eh, usted, suelte a la niña!

—¡Papaaá! —gimió Sabrina en cuanto oyó a Enrique.

—No se preocupe, no pasa nada —apaciguó el duende dejando a la niña en el suelo—. ¡Pero ahora aunque me cantes un villancico no te dejaré subir! ¡Ja, ja, ja!

Su risa era igual de seca que su voz, pretendía gastar una broma. O tal vez no. Pero estas menudencias le importaban poco a Sabrina, que se había pegado a los pantalones de su papá. Ahora no se separaría de él hasta que viera alejarse el trenecito, hasta que salieran del centro comercial. Y tal vez, si lloraba con suficiente insistencia, podría dormir esta noche con papá y mamá; a pesar de que hacía mucho tiempo, casi una vida, que dormía en su habitación.

Unas horas después, Priscila, la madre Sabrina, sonreía con indulgencia.

—¿Pero es que no sabes qué día es hoy? —tranquilizó, más con el tono que con una pregunta que apenas tenía que ver con sus miedos—. Esta noche es mágica, porque viene Papá Noel a dejar los regalos a los niños que han sido buenos. Y si él pasara por tu habitación y no te encontrara se marcharía sin dejarte nada —un índice materno saltó de la naricita a la barbilla.

Priscila besó a su hija en la frente, arropándole bien con el edredón, más como gesto de afecto que de cuidado. No olvidaba el poder que tienen las mantas para superar cualquier temor, porque tal vez provocaban el recuerdo inconsciente de la protección que nunca negó el útero materno.

Sabrina se hundió aún más bajo las sábanas, de modo que lo único que quedaba a la vista de ella eran los ojos y la frente. Su madre no podía comprender la sucesión de horrores que había vivido en el centro comercial.

—Cierra los ojos y aunque oigas ruidos no los abras… ¡Será papá Noel que te dejará regalos!

Triste consuelo era ese, ¿cerrar los ojos cuando se sabe que hay un desconocido en casa, del que ni siquiera se tiene la certeza de su identidad? ¿Y si fuera el papá Noel del centro comercial? 0 peor aún, ¿el duende enfadado del trenecito? En su delirio, la pobre niña podía imaginar incluso un “santa Claus” robotizado, gesticulando como hacía papá. Sí, en todo caso, era un buen consejo no abrir los ojos.

Sabrina dormía con la luz apagada, pero tenía la puerta entornada para que entrara la luz del pasillo. Además nunca permitió que bajaran la persiana para dormir, de modo que aunque apagaran la luz del pasillo, porque sus padres tenían esa desconsiderada costumbre cuando se acostaban, aún le quedaba la claridad de las farolas de la calle si se despertaba por la noche.

La luz anaranjada que entraba por la ventana creaba un mundo irreal de penumbras en la habitación, pero siempre era mejor que la oscuridad total, porque no había nada más terrorífico que no saber si tenía los ojos abiertos o cerrados. Sabía que teniéndolos cerrados no se podía ver nada, y que abriéndolos sí… pero cuando los abría y no veía nada, era como perder la cordura, o sentir que estaba muerta porque el mundo de los vivos había desaparecido de su vista.

Las penumbras creaban espacios nuevos que a la luz del día desaparecían, incluso algunos objetos se transformaban en otras cosas en actitud claramente acechante. Sabrina no podía saber que la percepción de la realidad se debía más a su estado de ánimo que al entorno que le rodeaba, pero en esta madrugada, el ruido que le despertó no tenía nada de subjetivo.

Procedía del salón. Parecía que algo caía de la chimenea y luego… unas toses sofocadas. ¿Pero cómo era posible que sus padres no lo hubieran oído? Sabrina luchó contra el impulso de levantarse de la cama. Hizo bien, porque poco después percibió claramente el paso amortiguado de una persona que se dirigía hacia su habitación.

El corazón estaba a punto de explotar en el pecho, tuvo la certeza de que en un momento entraría en su habitación. Contuvo una respiración que la delataría, porque sabía que los dormidos no jadeaban como lo hacía ella.

La puerta se abrió completamente y en el vano apareció la silueta de una persona desconocida. No le apreciaba bien porque la luz de las farolas no le alcanzaba directamente y porque mantenía los párpados semicerrados. Sin embargo, podía oír una respiración profunda y una risita entre dientes.

—Sé que estás despierta —dijo una voz de un hombre inexplicablemente feliz.

Sabrina cerró del todo los párpados y tomó una gran bocanada de aire fingiendo un cambio de postura. Se había quedado de lado, apoyada sobre la cadera y hombro izquierdos, pero con la puerta de frente. Necesitaba ver si ese misterioso hombre entraba en la habitación o no, para gritar, para pedir ayuda si fuera necesario.

—Je, je, je. ¡Toma, estos caramelos son mágicos!

Sabrina levantó la cabeza y acabó sentada sobre la cama. No los veía bien, pero sí la mano desnuda de un hombre mayor. Los caramelos que regalaba estaban sin envolver, y parecían hechos de luces de distintos colores. Se levantó de la cama.

—Toma, niña. Son todos para ti.

—¿A qué saben? —susurró Sabrina arrastrando un oso hacia la puerta.

—Uhm… ¡No sé! Hay un poco de todo: éste de color naranja sabe a cosquillas, éste rosa a sonrisas, éste azul te quita el frío del corazón…

De pronto Sabrina percibió un saco a los pies del hombre sin rostro, un inmenso saco de terciopelo rojo. Se parecía demasiado al del papá Noel del centro comercial, pero a diferencia de aquel, éste no estaba lleno de tristeza y fracaso familiar. Estaba segura de ello, pero lo que le daba miedo era la sensación de que no tuviera fondo, de que si fuera secuestrada nadie percibiría que el hombre de los caramelos llevaba una niña en el saco.

—¿Por qué no quieres enseñarme la cara?

—No soy yo quien la esconde, Sabrina. Eres tú quien no la quiere ver… Y, la verdad, no sé por qué me tienes miedo, si todos me quieren tanto.

La mano tembló cansada de ofrecer durante tanto tiempo unos caramelos que normalmente desaparecían nada más ser mostrados.

—Te han enseñado a ser una buena niña, pero no a ser feliz…

Y la mano desapareció por el hueco de la puerta.

—¡Me han enseñado a no tomar caramelos de un desconocido! —replicó con lágrimas en los ojos.

Pero era inútil, en la puerta ya no había nadie.

—¡Me han enseñado a temer al hombre del saco! —protestó Sabrina.

Priscila prendió la luz del cuarto de la niña.

—Me han enseñado que no debo hablar con extraños… ¡y tú no te has presentado! —gritó mientras su madre la abrazaba.

—Ya pasó, ya pasó… —susurraba Priscila mientras acunaba a la pequeña en su regazo—. Has tenido un mal sueño, pero ya pasó…

¿Un mal sueño? Sabrina creció con la duda de qué hubiera sucedido de haber aceptado esos caramelos mágicos. Creció con la certeza de que vivía en un sueño y que el único momento lúcido de su vida era el que había compartido con papá Noel… hace muchas Nochebuenas.

Ahora, doce años después, Sabrina sale del polideportivo municipal, y no puede evitar un estremecimiento cuando oye un villancico. Aún cree escuchar una risita entrecortada tras cada campanada o cascabeleo. Es la entrenadora del equipo de baloncesto infantil femenino.

Renuncia con gentileza la invitación de un padre de acercarla en coche.

—No vivo lejos y prefiero caminar, muchas gracias.

… Y pasa por delante de un kiosco de churros. Los villancicos le asaltan desde cualquier esquina, despertando en ella recuerdos de una infancia que todavía no está demasiado lejana. Es de noche, y hace mucho frío…

¿Qué sabor será ese que te quita el frío del corazón?, pensó.

…Lo sabe porque observa el vaho que forman los churros y las porras recién fritas, lo nota en el modo en el que se escapa de la luz brillante del puesto hacia la oscuridad, hacia las frías estrellas de la noche.

¿Me quedaré sin conocer a qué saben las sonrisas?

Un cascabeleo acarició sus tímpanos. Cada navidad se estremece con los villancicos, no puede evitarlo…

—Hola… —dijo una voz a su espalda.

Sabrina se volvió con el corazón encogido. Había esperado mucho tiempo, y ahora por fin se encontraba con…

—¿Papá Noel? —se dijo con extrañeza.

—Casi, creo que me llaman Rudolf.

Era un joven con un gorro de cabeza de reno, era un “reno” encantador.



¡jou, jou, jou! (Fin)


Sabrina dejó de preguntarse por el sabor de los caramelos que quitan el frío del corazón.


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sábado, 27 de noviembre de 2010

Una historia muy real (un relato de 1440 palabras)


—Hola cariño, ¿qué tal te ha ido la mañana? —saludé a Sonsoles, una de mis vecinas de planta.

“Pobrecita, no se lo merece”. No podía evitar apiadarme de una chica tan joven y tan guapa.

Había formulado la pregunta de una manera general, sin entrar en detalles, porque conocía de sobra que llevaba en el paro tres meses y su marido, por las noches, prefería besar botellas de cerveza.

—Pues qué te voy a contar, Toñi… Nada, siempre es lo mismo. Que deje mi currículum, que ya me llamarán.

“Menos mal que no tiene hijos”.

—No te preocupes, tesoro… —mis manos ocultaron su rubor— ¡Ya verás como encuentras algo bueno! Que te mereces lo mejor.

—Gracias, Toñi… ¿Qué tal pasó la noche Fabián?

—Bien, sin flemas… Hemos podido dormir de tirón.

—Te dejo, que se me hace tarde.

—Adiós, guapa.

Las paredes de las casas, en los barrios más humildes, pueden estar construidas de muchos materiales diferentes; pero tienen en común que ninguna retiene los pensamientos que se expresan en voz alta. Las de mi edificio no iban a ser la excepción, y menos ante las exigencias de un marido alcohólico.

—¿Pero por qué has tardado tanto? —se oyó en el rellano de las escaleras, tras la puerta de Sonsoles.

—Charlaba con Toñi… ¿No ves que está muy solita?

—¡Ya estamos otra vez, siempre soy el último de tu lista!

—Eres un egoísta de mierda… ¡Joder, que su marido la ha dejado!

—¡Nos ha jodido! A ver si te crees que si te quedas preñada y te nace un lisiado… me voy a comer yo el marrón.

—¡Schiiiit! ¡Te va a oír!

He aprendido a tener las llaves siempre a mano, para evitar sorprender conversaciones que no me atañen; pero hoy se me resistían en el fondo del bolso. Cuando aparecieron tuve que buscar también un pañuelo, porque lo importante no es llorar, que eso cura y es bueno; sino que los que te aman no sospechen que has llorado.

Fabián, pobrecito, no creo que sea muy consciente de lo que le rodea, y dudo mucho que pueda sentir o comprender sentimientos como la tristeza o la alegría, pero su hermano mayor sí. Y eso que Carlos solo tiene seis años, pero es que él no tiene parálisis cerebral.

—¡Hola mamá! —gritó Carlitos desde el fondo de la casa, según entraba en casa.

Su alegría estaba más que justificada, porque todavía es un niño muy pequeño para estar solo en casa, aunque sea únicamente el tiempo que tardo en comprar el pan. Pero es que los doscientos euros de pensión de invalidez, con los que el estado me obsequia, no me permiten contratar ni a un estudiante por horas que cuide de mi Fabián.

—¿Todo bien con Fabi?

—Sí, mami. Aunque se ha puesto un poco morado…

“¡Dios, otra flema!”

—Pero le puesto otra manta y ahora tiene mejor color.

Fabián respiraba adecuadamente, y aunque tuviera el flequillo un poco sudado, su temperatura corporal era la correcta. No era necesario tener seis años para saber que en invierno hace frío, y más en mi casa, que no existe la calefacción central, y los únicos radiadores que tenemos son eléctricos y no los podemos usar. Hasta Carlos lo sabe y no le importa, porque piensa que papá volverá para las fiestas lleno de juguetes y chuches, y mucho dinero para mí, para que me lo pueda gastar en lo que quiera…

“…Sí mami, y dejaremos de comer esa carne rica que tanto te gusta, y comeremos hamburguesas”.

“Dios, ¿dónde he dejado mi pañuelo?”

—¿Estás bien, mamá?

—Sí, sólo me he asustado un poquito… Qué tonta soy, ¿verdad?

“Mañana por la mañana volveré al ayuntamiento, a pelearme con las chicas de ‘Asuntos Sociales’… ¡No puedo rendirme!”

—¿En qué piensas mamá?

—Que hasta que venga papá necesito un trabajo.

—¿Y qué pasará con Fabi cuando yo esté en el cole y tú en el trabajo?

—No te preocupes por eso… ¿Vemos unos dibujos en la tele?

Le oigo reír, y el eco de su risa colorea los rincones más oscuros de mi ser. Trataré de recordarla mañana, cuando vuelvan a decirme que no pueden hacer nada, que todo debe seguir su curso y respetar los plazos del procedimiento administrativo. ¿Sabrán esos burócratas lo que es pasar hambre o frío? ¿Se verán obligados a fingir que llevan una vida normal?

Cuando salí a la calle, a la mañana siguiente, y sentí el frío en la cara me sentí en un entorno más familiar: nada que ver con el derroche en calefacción de los organismos públicos. “Tenías que intentarlo, no perdías nada por venir. Tal vez mañana me hagan caso”. Y me dirigí al mercado, el de toda la vida, el que cada día está más vacío, en el que me llaman por mi nombre, y no necesito un coche para traer la compra.

—Hola Toñi, hoy te he preparado un lote especial… ¡Tu perro se va a poner las botas!

—Muchas gracias, guapetón. Toma, un euro por la compra y otro para ti.

Habíamos llegado a ese acuerdo: todas las sobras que no servían para venderse y que se tirarían a la basura, las apartarían para mi perro. Sin embargo, los carniceros no podían sospechar que yo comprara cada vez menos carne, aunque la del perro la respetara cada dos días. Podrían pensar, tal vez, que el pescado congelado era una opción más económica, sobre todo en tiempos de crisis. En fin, respetaron el acuerdo porque yo era la Toñi, la clienta de siempre, la de toda la vida.

Y es que recortando un poco los tendones y la grasa había días que podía reunir una buena cazuela de carne guisada, que acompañada de ese arroz partido que se vende en paquetes grandes, para perros también; comíamos como señores por poco dinero.

—¡Hola Sonsoles! ¿Qué tal te ha ido hoy la mañana? —saludé a mi vecina en el rellano de la escalera.

—No sé, tengo un pálpito raro. Verás, resulta que el primo de Alfonso tiene un amigo que su novia es la hermana de uno que necesita gente para trabajar. Voy ahora mismo para allá, y como sea medianamente bueno… por mí, ¡empiezo hoy mismo!

—Ahora mismo enciendo una velita a san Pancracio para que ese trabajo sea para ti y para que te paguen más de lo que esperas.

Sonsoles me besó en las dos mejillas, con ansiedad y agradecimiento a partes iguales.

—¡Ya te contaré! —dijo bajando los peldaños de tres en tres.

Sonsoles no podía saber que no tenía velas, pero sí le dediqué una oración al santo, porque es una buena muchacha con muy mala suerte. Como yo, supongo.

A la mañana siguiente no me la encontré, como es habitual, en el rellano de las escaleras. “Al fin una de las dos ha conseguido mejorar su situación… ¡Me alegro!” Pensé, sabiendo que el paseo de hoy al ayuntamiento tampoco había resultado fructífero. Y sentir su ausencia me provocó una extraña desazón, una certeza de que las cosas cambiarían.

Amaneció un nuevo día, pero el cosquilleo en el estómago no había desaparecido. Fiel a mis rutinas, interpuse un nuevo escrito en el ayuntamiento, tras lo cual acudí a la carnicería. A toda prisa, porque Fabián no podía estar demasiado tiempo solo.

—¡Ah, hola Toñi! —me saludó Manolo, el dueño de la carnicería—. Precisamente estaba hablando de ti a mi nueva ayudante. Ves, Sonsoles, ésta es la clienta del perro.

“¡Qué vergüenza! Tenía que ser ella, precisamente ella, que sabe que no tengo perros”. Cuando levanté la cara del suelo, más roja que un tomate… la descubrí mirándome con los ojos húmedos, casi haciendo pucheros.

—Debe tener un par de buenas fieras en su casa, porque viene tres veces por semana…

—Tome, señora…

La empleada me ofreció una bolsa de plástico, sin dejar de mirarme a los ojos.

—Gracias, Sonsoles. Muchas gracias —respondí agradecida por su silencio, y me volví avergonzada.

—Espere Toñi, me he dejado en la cámara la otra bolsa para los perros.

En unos minutos regresó con una nueva bolsa de plástico.

—¿Había dos bolsas? —se extrañó Manolo.

—Por favor, no deje de venir —me sonrió Sonsoles.

—¿A que es un buen fichaje, Toñi? —decía Manolo, orgulloso de las habilidades comerciales de su nueva empleada.

—Sí… sí —respondí azorada.

Cuando llegué a casa, curioseé la segunda bolsa que me había entregado Sonsoles. Alguna vez me habían preparado dos bolsas, aunque lo normal es que fuera una sola. En su interior descubrí dos bandejas de hamburguesas y otras dos de filetes. Carlitos no tuvo que esperar a que su padre regresara por Navidades para comer hamburguesas.


¿Fin?

Nota:

Deseo desde lo más profundo de mi corazón que esta pobre familia haya conseguido la asistencia estatal que tanto necesita, y que no sobreviva de las ayudas más o menos desinteresadas de su entorno inmediato.


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viernes, 5 de noviembre de 2010

Pequeñas diabluras (un cuento de 815 palabras)


Mi padre es muy exigente conmigo, y debe serlo, porque tanto la familia como los grandes accionistas esperan que desarrolle todo mi potencial… Buf, ¡cómo anhelo aquellos tiempos del pasado! La vida era más sencilla, las cosas se llamaban por su nombre: se imitaban modelos virtuosos de conducta y se despreciaba la mediocridad. Ahora no sé si podré cumplir las expectativas de mi padre, y no porque me considere envilecido por la vulgaridad de los que no ambicionan. No.


Es más bien un asunto de apetito: mi alma inmortal nunca se sacia de belleza, y exprime cada verso para lamer las gotas de poesía que contienen las venas de los poetas… Y como un demente necesito más, ya no me conformo con palabras que hacen gemir: ¡quiero sentir toda la tragedia del Universo escondida tras los pétalos de una flor marchita! ¡Quiero ser el aire que se desliza por los orificios de una flauta… Ser un re, un do sostenido, vibrar en un sol brillante! Quiero ser ese grito de placer de los que comparten el silencio de una noche.

Pero en los planes de mi padre no cabe mi necesidad de vivir la belleza, por eso me refugio aquí, en este invernadero, dónde mimo mis plantas carnívoras lejos de su mirada desaprobadora. Él jamás comprendería toda la armonía y belleza de este mundo que he creado para mí. Pero no tardé en descubrir que mi ecosistema era inestable: debía proporcionar alimento a las plantas, incesantemente, para que pudieran sobrevivir.

Por azar, uno de los insectos, una mariquita, se escapó de los dientes y de los ácidos de mis plantas; y aprendió a sobrevivir modificando sus hábitos alimenticios. La ausencia de pulgones provocó que comiera de aquello que debía devorarla…

La mutación resultante en la siguiente generación de mariquitas no pudo ser más hermosa. Habían desarrollado una fascinante coloración roja en el dorso, que funcionaba como bolas de discoteca en cuanto eran alcanzadas por algún rayo de sol, y por añadidura, vibraban en delicados tonos argenta, como diminutos espejitos metálicos que entrechocan entre sí.

Poco a poco se estableció un equilibrio natural, ajeno a mi voluntad, que regulaba los individuos de uno y otro orden. De tal modo que si un exceso de mariquitas podría acabar con las plantas, sucedía que éstas obtenían más alimento y brotaban nuevos retoños. Y en caso contrario, sólo sobrevivirían las plantas más fuertes.

Generación tras generación las plantas desplegaron nuevas habilidades cazadoras y endurecieron la piel de sus ramas con brillantes superficies doradas. ¡Al fin disfrutaba de un jardín único, vivo y hermoso!

—¿Qué… qué es esto? —gimió mi padre en la entrada del invernadero— ¿Es aquí dónde pierdes días enteros? —tronó enrojecido por la vergüenza y la ira.

—Es un trabajo de campo, un experimento, padre…

—¿Bailar entre mariquitas es un experimento,… hijo?

Podía ser hiriente sin proponérselo, suspiré y él me acompañó con una exhalación más profunda. Notaba como se tragaba la frustración por no ser lo que esperaba de mí.

—¿Sabes, acaso, cuántas personas dependen de ti? No, te replanteo la pregunta de un modo que puedas entenderlo mejor: ¿sabes cuánto pesa el futuro de millones de almas? —guardó silencio un instante y añadió: Yo te lo diré, ¡unos pocos gramos de inmadurez! —dijo tocando mi cabeza con su puño cerrado.

Es mi padre, y sé cuál es su lugar en el universo. Esa es la única razón por la que le respeto, la única. Sé íntimamente que yo jamás tendré su autoridad, su energía, que jamás podría reemplazarle en su empresa… No comprendo porque se empeña conmigo… tanto.

—¿No podrías demostrar un gesto de buena fe? Algo que revele que comprendes a tu viejo padre, y que aunque no compartas los mismos intereses, podrías…

—Sí, padre —interrumpí levantando mi mano derecha, como los cristos prerrománicos, en un gesto de eterna bendición.

Cerré los ojos un instante. Sabía que mi padre estaba impaciente, que la misma incertidumbre le hacía gozar y sufrir a partes iguales. Y bajé el brazo.

—¿Ya está, qué has provocado? —se interesó mi padre— ¿Alguna pandemia como las de la edad media? No, no, eso es demasiado vulgar. ¿Tal vez algo más apocalíptico como el fuego que sale del infierno y la noche eterna en unos días? ¡Vale, vale, ya sé que es un clásico algo desfasado!

Sonreí. Sabía que le había desconcertado.

—Bueno, dime algo, porque por más que espío a la humanidad no veo cataclismos.

—Papá, en muy poco tiempo tendrás muchos lamentos que escuchar… He quebrado su sistema financiero, la economía mundial se desploma como las fichas de dominó en una fila.

Mi padre estaba perplejo, sentí su sorpresa y admiración.

—¡No podía esperarse nada menos del hijo de Satanás! —proclamó irradiando un orgullo y aprobación que no deseaba.

Suspiré, era jugar en su mundo, con sus reglas… Yo tengo planes muy hermosos en el mío de mariquitas y plantas carnívoras…

Fin







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Dedico este cuento a mi hijo Alejandro, mi diablillo de 11 años.
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