Una vez tuve un sueño

Soñé con un mundo en el que todos podían ser lo que quisieran, hacer aquello que más satisfacción les provocara, que no existiera más impedimento que el deseo...

Hoy, a mis cuarenta y dos años recién cumplidos, y a pesar de que la vida golpeó con toda la crudeza de la realidad, todavía no he despertado de las utopías de juventud. Si no puedo vivir en un mundo feliz, me lo inventaré: haré que otros, como un dios todopoderoso de infinita bondad, sean felices... al menos en mi pensamiento.

Y me puse a escribir. Ahora que tengo en mi haber más de setenta relatos cortos y dos novelas, descubro por qué Dios es "omniausente" e imperfecto.


lunes, 14 de diciembre de 2009

Un signo de poder (primera parte)


Hacía mucho frío, tanto, que la tierra misma parecía gemir con el viento. El polvo de nieve perfilaba un desierto blanco en una planicie sin huellas. Sólo el galope de unos caballos contenía la omnipresente voz de los vientos en la estepa .Ya entonces le amaba, no sé por qué. Si cada vez que entra en la tienda me echo a temblar.

En la aldea nadie advirtió lo que se les venía encima, los sabios de mi clan aseguran que cuando vas a morir la muerte se anuncia de alguna manera. Un hecho cotidiano, de repente, se percibe de manera extraña, y sabes que tu hora ha llegado. El crujido de una rama quebrada, el vuelo solitario de un ave, hasta el modo en que caen los carámbanos al suelo son señales que mi pueblo nunca antes había ignorado. Pero es que todavía era invierno, como ahora.

Éramos un pueblo nómada que huía de la primavera, porque el deshielo atraía a los jinetes. Pero aquel año se presentaron antes que los primeros rayos de sol, y con ellos, la sangre y el dolor. De aquella tarde sólo me llega el eco apagado de las herraduras de los caballos, y el repique lejano de las espadas. Hace mucho que los muertos dejaron de gritar, y los rostros de aquellos que nunca veré sonríen en la oscuridad.

—Tú serás mía —el dedo del Khan me señalaba desde lo alto de su caballo.

Otras niñas corrieron la misma suerte que yo, y, con un lazo en el cuello y las manos atadas, marchamos detrás de los caballos hasta que anocheció. Las que no pudieron mantener el paso murieron por el camino, la nieve las cubrió pero no lo suficiente para que el espíritu del lobo no las hallara. Y aún antes de que encendieran las fogatas, contra el hielo del suelo, descubrí que un hombre también puede herir sin espada.

Sin fuerzas, apenas pude oponer resistencia a sus acometidas. Pobre Khan, creía que me dominaba pero sólo había ensuciado mi cuerpo… y su alma.

—Ya eres mía, Fu —Bayan Temür llamaba así a todas las jóvenes que traía a su yurta—. Me servirás como esposa, primero lo harás por temor y con el tiempo, por amor —añadió mientras rasgaba mis ropas con una daga.

—¡Cúbrete! —me arrojó unas vestiduras hermosas en cuanto terminó. Con ellas limpié la sangre que manchaba mis piernas y se las tiré a la cara.

Sus compañeros celebraron mi ocurrencia con unas carcajadas.

—Aprenderás a respetarme —recogió el vestido y lo arrojó a una hoguera. Las llamas abortaron cientos de chipas rojas que crepitaban antes de extinguirse, sus ojos ardían más.

Me dejó desnuda a la intemperie, sola, con los harapos en el suelo. Bayan Temür gritaba furioso a otras mujeres en la tienda. Según sus costumbres me había tomado públicamente para que ningún otro varón me reclamara, y yo no le acepté. Mi consorte decidía si repudiarme o no.

—¡Ya no serás mi esposa! —gritó saliendo de la tienda como un vendaval—. Serás el perro del Khan. Y ordenó al herrero que dispusiera unas argollas en tobillos y muñecas con las que encadenarme.

—Hasta a un perro se le ofrece comida y calor —replicó una de sus esposas.

Y aceptó que me vistieran con ropa de abrigo, que comiera su pescado seco y bebiera su alcohol. Pero no admitió que entrara en la yurta. Clavó una estaca en la entrada de la tienda, y me encadenó a ella.

El sol despuntó por algún lugar indeterminado de la niebla, no veía su cara pero su luz hacía más blanca la nieve. Me arrodillé sumisa en cuanto Bayan Temür salió de la tienda.

—Suplico tu perdón, sumiya guai. Te pido que me liberes de estas cadenas para servirte mejor.

El Khan estaba confundido, no esperaba un sometimiento tan repentino. Recelaba.

—No podré buscar leña, ni agua fresca, ni comida.

Liberó mis pies. Y yo se lo agradecí. El tiempo transcurría lentamente, y aunque me permitía dormir en la tienda, no soltó las argollas de mis muñecas. Un día no aguanté más y lloré a escondidas entre los árboles. Descubrí las voces de mi clan, se escondían en el viento.

—No pierdas la calma, Marat —me aconsejaba una ráfaga de viento.

Y los dioses fueron testigos de mi paciencia, hasta que se secó. Había aprendido a no llorar.

—Señor, han pasado muchas lunas desde que mis pies están libres. Mil veces habría podido escapar si hubiera sido mi deseo, y como veis, sigo suplicando vuestro perdón. ¿Qué sentido tienen estas cadenas? —mostré los eslabones que dejaban el espacio de una palma entre mis manos.

—Durante este tiempo, ¿cuántas veces te he buscado?

—Ninguna, sumiya guai. Pero tampoco a tus otras esposas…

—No te debo nada, mujer. —Y se marchó.

Oculté la sonrisa que nacía de mis labios. Ya no era su perro, me miraba con deseo. Podía tomarme cuando quisiera, pero nunca me buscó. Por la noche, después de cenar, Bayan Temür me señaló con su dedo. Complaciente, acudí a su lado.

—¿Cuál es tu nombre? —su mano derecha rozaba mi mejilla, sus dedos mi pelo.

—Marat.

La mano que me acariciaba era la misma que había exterminado a mi clan. La tomé con dulzura, pues debía mostrar gratitud. Mordí su dedo de ordenar, con tanta fuerza, que la mitad quedó en mi boca.

(Continuará...)

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domingo, 13 de diciembre de 2009

Secreto a voces (parte final)


¿Quién necesita a los hombres? Son egoístas, mezquinos… ¡Todo gira en torno al pequeño apéndice que les cuelga entre las piernas! “Es cierto”, se dijo Samantha apartando el Cosmopolitan de la leche con cacao del desayuno.

No había resentimiento en sus palabras a pesar de ser la descendiente directa de una larga estirpe de mujeres abandonadas. Su madre, su abuela, su bisabuela, y hasta su tatarabuela, habían sido mujeres hermosas objeto del capricho de un hombre poderoso. Cambiaba el rostro y los apellidos, pero la historia era siempre la misma: un hombre encantador prometía días de vino y miel, y, a cambio de su saliva y sudor, apenas obtenían la calderilla de su afecto. Cuando su bisabuela comprendió que con la rabia no se comía, consintió en ser la querida de un rico hacendado; y sin quererlo, inició la maldición de parir niñas bonitas.

“Tú no vivirás bajo la sombra de un hombre rico”, coreaban las madres a las hijas, pero una tras otra fueron repitiendo los mismos pasos. Porque no se prostituían, no vendían su amor; porque no había nada malo en adaptarse a las circunstancias. Samantha, tras un proceso depurativo de varias generaciones, fue la más hábil. Debía exhibir su belleza en círculos selectos, y tras la debida formación como modelo, no le fue difícil lograr su meta. Descubrió para su asombro que, en ocasiones, ganaba más dinero que alguno de sus pretendientes. ¡Je! ¿Quién necesita, entonces, a los hombres? Samantha no, desde luego. Pensó retomando el Cosmopolitan.

—Pichulín, ¿dónde está mi masajeador? Debo tener una contractura en el cuello.

De las interminables sesiones fotográficas, a parte de un magnífico “book”, lo único que conservó era un pequeño aparato eléctrico que terminaba con tres bolas de dos centímetros de diámetro. La virtud del aparatejo es que vibraba a distintas intensidades, adecuándose a cada parte del cuerpo sin problemas, sin ruidos. “Lady 2000” era algo más que un masajeador, y no sólo por los dolores que había sido capaz de librar. De ser persona sería algo así como su mejor gran amigo. De ser persona sería su amante.

Roger se lo acercó y Samantha recordó el día en que se conocieron. El desfile de primavera de Yves Sant Laurent se celebraba en Nueva York, a las cinco de la tarde. Unas horas antes desfilaba en París y la noche anterior había dormido en una suite del hotel Majestic, en Milán.

“Estoy reventada”, protestó a su asistente. “Cielo, te voy a regalar algo que hará que veas a los hombres con otros ojos”, el asistente, además de peluquero, maquillador, costurera y psicólogo, era maricón. “Te dejaré un rato a solas, para que te relajes”.

En cuanto las bolas del masajeador tomaron contacto en el cuello notó que la tensión se disipaba, sintió que el dolor dejaba un enorme hueco en su percepción corporal, era alivio. No, era placer. Las bolas bordearon el cuello hasta la clavícula. No solamente era placer lo que experimentaba, las aureolas de sus senos se contrajeron: era placer sexual. Era como sentir el beso de un ángel, suave y delicadamente succionador.

De mantener el aparato en cada seno, alternándolos convenientemente, descubriría su primer orgasmo sin estimulación genital directa. Samantha se sentía húmeda, ¿qué pasaría si bajaba un poco más? En cuanto las bolas abandonaron las costillas, allí donde nace el vientre bajo el esternón, Samantha descubrió un punto que estimulaba la base del cráneo y el coxis. Provocaba un profundo placer, pero éste era de un tipo más místico. Se prometió explorarlo en otra ocasión.

Las bolas llegaron al ombligo, y no bajaron más. No era necesario, la vibración estimulaba su clítoris y todos los puntos de placer vaginales. Sintió el orgasmo como fuegos artificiales en el cielo, cuando parecía que se acababa otra explosión de luces brillaba en sus ojos, y otra, y otra, y otra más…

“¡Querida! Creo que te has relajado demasiado, ¡qué coloretes!” El asistente había entrado en el preciso instante que el Lady 2000 reposaba en la mesa del camerino. Minutos después Samantha desfilaba entre los flases de la pasarela, y Roger descubriría en sus ojos un brillo muy especial. ¡El brillo del amor!

—Eres un tesoro —dijo agradecida por la solicitud de su marido.

“No los necesitamos para nada”, reiteró mentalmente.

—Querida, me gustaría que no te depilaras en la ventana. Ya sé que es improbable que algún vecino te pueda ver, pero yo me sentiría más cómodo. Es como si me advirtieras, sin querer, que necesitas más amor del que te doy, y que lo buscas.

—¡Oh, Pichulín! Créeme que yo no necesito el amor de los hombres. Me basta con el que tú me das. Parece que está sonando el timbre, ¿puedes abrir que me voy a vestir? —Y cogió la pinza depilatoria en cuanto el anciano se marchó.

A través del hueco de la puerta Roger la vio contornearse en los cristales, prácticamente desnuda. Mejor hubiera sido si la puerta se quedara cerrada. Samantha percibió un cuchicheo de voces que provenía de la cocina, dejó la pinza y buscó una blusa en el vestidor, pero la puerta del dormitorio se abría, y Roger hablaba. Le salió al encuentro.

—Querida, este joven es nuestro vecino de abajo. Está realmente preocupado de que mi gatita se pierda en su jardín.

¡Todavía no estaba vestida! Los hombres son egoístas y mezquinos, Samantha no lo ignoraba.



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El beso de gracia (segunda parte)


Roger apuró el último trago de bourbon, miró a través del culo del vaso la gigantesca cama de matrimonio. No, no vio ningún resplandor mágico. “Es casi imposible que nos encontremos bajo las sábanas”, comprendió que debía haber comprado una cama de un tamaño más razonable.

“No, Pichulín, me gusta esa. La redonda”. Roger sonreía de satisfacción cuando autorizó el pago. Sentía como cierto el adagio de “la erótica del poder”, sin comprender entonces que esas palabras puestas en línea, una detrás de otra, formaban un camino de doble sentido. Ahora Roger trataba ver las cosas como las veía Samantha, claro que el vidrio que utilizaba no era diamante. Y por añadidura, tampoco tenía su juventud, ni vitalidad, pero la amaba de verdad. Debería bastar.

Sabía que compraba su tiempo, y eso era lo único que a él le faltaba para tener una oportunidad. Cuando los ojos de la joven se acostumbraran a sus arrugas ya no percibiría a un anciano, descubriría a un amable caballero, una vida fascinante y un amor sereno de los que disfrutar. Satisfaría todas sus expectativas con creces, estaba seguro de ello.

Pero Samantha era una joven brasileña demasiado atractiva para no resultar un elemento perturbador en la vejez que se había preparado. No encajaba bien ni con la familia, ni en su círculo de amistades, ni tampoco en la urbanización de lujo donde vivían. “Es mentira eso de que un caballero de mi posición, un hombre de mi edad, se pueda permitir ciertas licencias. Envidian lo que ellos sienten como una “extravaganza" ¡No perdonan mi felicidad!”

Roger recordó el día en que su viejo corazón despertó. Había sorprendido el brillo de su mirada entre los flases del pase de modelos; ese cartel de “no estoy en venta”, colgado con elegancia de sus ojos, enamoró al anciano. Después de varios meses su amor no había variado ni un ápice, incluso sin ver los fogonazos de las cámaras en cuanto ella le decía…

—Buenos días, cariño. ¿Has dormido bien?

Cómo responder a esa pregunta sin parecer soez. “No, joder. Me tienes atacado… Saltaría sobre ti, frotaría mi miembro en tu pubis y… no, no podría”.

—Sí, mi amor. Muy bien.

Samantha se levantó de la cama, únicamente un reducido tanga la cubría. Roger se abrigó con un batín de seda, prestó atención al ruidito de la taza del wáter.

—¿Has terminado, puedo pasar?

—Claro, Pichulín.

En cuanto retornó al dormitorio, la encontró otra vez contra los cristales, con su minúsculo tanga tan ceñido y ondulante como una tarjeta de visita al aire. ¿Qué desaprensivo la tomaría al vuelo, sin dudar?

—¿Ya estás otra vez, Samantha? ¿Por qué no puedes depilarte en otro sitio o con más ropa? ¿No te das cuenta que te pueden ver los vecinos?

—Pero si no hay nadie, cariño. ¿Pero sabes una cosa? ¡Me encantan tus celos de perrito ñoño!

Y zanjó la discusión, si es que se puede llamar así a su diferencia de opiniones, con un beso; un enorme y sonoro beso en la frente.

Un timbre de trompetas advirtió la presencia de un extraño. Roger acudió irritado a la puerta, no tenía a nadie de servicio esa mañana. Un joven se identificó como el vecino de abajo, tartamudeaba y trató de evitar su mirada, como si de esa manera creyera ocultar con éxito su exceso de líbido. “¿Porque te la puedas machacar doce veces al día te crees con permiso para rondar a mi esposa?”

—¡Qué chorrada! —estaba a punto de despacharlo pero reconsideró sus opciones—. Pero pasa, por favor. “¿Cuántas veces he recomendado un poco de recato, cúantas? ¿Me hizo caso alguna vez? No, sólo he conseguido un beso; como el que se da a un niño para que se calle.”

—¿Con quién hablas, Pichulín? —se interesó desde su rincón depilatorio. Intrigada buscó una blusa.

—Querida, este joven es nuestro vecino de abajo… ¡Está realmente preocupado de que mi gatita se pierda en su jardín!



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La última tentación (primera parte)


Charlie descorrió las cortinas de las cristaleras y la luz iluminó su habitación. Sonrió. Gracias, Señor, por un nuevo día. No era difícil sentirse espiritual estando en el paraíso mismo, o casi. Los jardines que se extendían bajo su dormitorio podían pasar por los del Edén. Apenas tenía vecinos en el complejo residencial de lujo donde vivían. Sólo una construcción se levantaba en la línea arbolada del horizonte.

Antes de volver la vista a la inmaculada inmensidad de su moqueta, allí donde naufragaba la cama, buscó supersticiosamente una señal que confirmara la sospecha que ni el mundo ni la vida era tan ordenados y pulcros como sus padres se empeñaban en hacerle creer. Entonces la sorprendió, y supo a pesar de la lejanía, que estaba semidesnuda.

Se apretaba contra los cristales, como si esperara una orden para traspasarlos. Apreció la curvatura de sus caderas allí donde la cintura se estrechaba. Era sin lugar a dudas, una mujer hermosa. Charlie atesoró el recuerdo de su imagen en el fondo de la memoria, para acudir a su fulgor en los momentos grises o apagados de cada día. Pero la evocación tiranizó su voluntad, como si tuviera vida propia, jugando caprichosamente con sus expectativas y deseos.

“Siempre me has gustado, Charlie. Eres tan apuesto, tan servicial. Estoy convencida que juntos, con tu juventud y mi experiencia, podríamos aprender tanto del amor”

“Te deseo, ¿no ves lo excitada que estoy? Búscame, Charlie, ya sabes donde vivo. No hace falta que anuncies tu visita… Siempre serás bienvenido”


“¡Ayúdame, Charlie! Un hombre perverso y mayor me retiene contra mi voluntad. Su impotencia le hace ser cruel conmigo, ¡y me humilla sin cesar!”

Cuando regresó del instituto había llegado a la determinación de que debía visitarla. El paseo matutino del perro era la excusa perfecta. El personal de servicio agradecería el repentino deseo de correr unos kilómetros con el perro. Y a “Yogui”, el bóxer de un año, no le importaría aumentar su área de paseo.

Antes de que sonara el despertador Charlie tenía los ojos abiertos, se dirigió al ventanal con el mando a distancia en la mano. Unos segundos después los cortinajes se recogían solos en ambos lados del cristal, excesivamente despacio en esta ocasión. Y clavó la vista en la casa del vecino, en la esquina por donde había aparecido tan hermosa visión. Allí no había nadie, dudó que hubiera existido esa mujer alguna vez.

Quizá la soledad, el deseo de encontrar un punto de inflexión en su vida, había provocado la ilusión de algo que no existía. Sin embargo, el recuerdo de sus caderas parecía tan real… ¿Por qué hoy no aparecía? ¿A qué horrores la estaría sometiendo a tan temprana hora ese monstruo? No quiso pensar más, responder a esas preguntas le resultaba tan triste como penoso a ella vivirlas. Minutos después azuzaba al perro para que corriera cuesta arriba, para que tirara de él y llegara a la casa de la colina lo más entero posible.

Un increíble timbre de tres acordes de trompeta mermó la disposición, el ánimo y hasta la estatura del adolescente. Charlie esperaba que sonara una voz con acento sudamericano por el portero automático, en su lugar abrió la puerta un anciano muy repeinado, con gafas de sol ahumadas. Tembló. El “monstruo” tenía cara de enfado, y ahora, además, de impaciencia.

—Yo… buenos días, soy el vecino de abajo… Me pareció ver que un… gato escapaba de su terraza a mi jardín —El anciano mantenía los rasgos faciales inmóviles, fijos los ojos en los del muchacho, ni siquiera respiraba.

—¡Qué chorrada! —articuló con voz estentórea—. Pero pasa, por favor. Lo mínimo que puedo ofrecer a un joven tan amable es algo de beber —su cambio de actitud era más que sospechoso, pero ya no podía retroceder.

Y lo acompañó hasta la cocina donde le ofreció un vaso de zumo de naranja.

—Verás, vecino, la única gata que tenemos en la casa está detrás de esta puerta. Es muy caprichosa pero creo que no se escaparía. ¿Te parece que lo comprobemos?

Charlie asintió con la barbilla.

—Querida, este joven es nuestro vecino de abajo —anunció el anciano mientras la puerta descubría un dormitorio de al menos setenta metros cuadrados, con fachada de cristal.

En una esquina de las paredes de cristal, donde Charlie había visto a la mujer suplicar ayuda o amor, había pegado un pequeño espejo de aumento donde se depilaba las cejas su mujer. Se le cayó la pinza al suelo al tratar de estirar una camisa en todas direcciones.

—Está realmente preocupado de que mi gatita se pierda en su jardín.


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sábado, 12 de diciembre de 2009

SINE DIE


Pilar encontró un buen trabajo después del divorcio, le pagaban bien y le permitía tener las tardes libres. El único inconveniente es que tenía que desplazarse a más de cuarenta kilómetros. Una madrugada su coche, cansado de avisar de que la correa de distribución no estaba en buen estado, no se movió nunca más. Ahora acudía al trabajo en transporte público, y corría por los pasillos del intercambiador si no deseaba perder el metro.

A veces era cuestión de unos pocos minutos y, a esas horas de la mañana, bien merecía la pena una carrera para evitar una demora de diez o quince tediosos minutos en el andén. A fuerza de repetir el itinerario cada día, a las mismas horas, acabó por familiarizarse con los usuarios que compartían fatigas a tan tempranas horas de la mañana.

La trepidación que provocaba los zapatos bajando a toda prisa por las escaleras mecánicas reverberaba en las bóvedas del suburbano, en esta ocasión no solamente eran los de Pili. Un trajeado señor trataba de acortar los peldaños de ventaja que le llevaba en el descenso hacia la meta, era ese jovencito que siempre olía tan bien.

—¡Vamos, vamos que lo pierdes!

Pili contestaba con una sonrisa. Estúpida timidez, ¿pero quién puede mantener unas facciones seductoras tratando de no despeñarse por una escalera automática en marcha? Cuando llegaron al andén, el tren permanecía estático, intemporal, con las puertas abiertas. No habían oído el silbato o visto abrirse las puertas; y éstas suponían siempre un reto que tiranizaba la voluntad hacia el desafío.

Aprendió a enfrentarse a las puertas tras el primer día que dejó marchar un tren y se retrasó casi media hora la llegada del siguiente: tenía que localizar la entrada más cercana y en su defecto la más vacía, y arrojarse a ella con decisión.

No coincidieron, casi nunca lo hacían, aún entrando en el mismo vagón. De modo que no podía mantener una conversación con el guapo que le animaba a no perder el tren cada mañana.

El resto del día pasó despacio, pero aguardaba la esperanza de encontrarse con el joven perfumado de regreso a casa. Nunca sucedió.

Las cinco y treinta y cinco de la mañana, una canción flotaba sobre la mesilla de noche y se mezclaba en sus sueños. El cantante de “Azul y Negro” amenazaba con tirarse de “La torre de Madrid”: ¡Qué horror, qué miedo! ¡Qué frío hace aquí!, advertía el despertador. Pili abrió los ojos, se levantó sin esfuerzo porque lo mejor del día estaba por llegar.

Treinta minutos después corría bajo la luz de los fluorescentes del suburbano, se detuvo y miró hacia atrás. Nadie, nadie corría a sus espaldas. Enfrente sólo zumbaban las lámparas en el techo. Tuvo la sensación de que no había despertado, de que todavía permanecía bajo el edredón de su cama. Reanudó la carrera. En cuanto llegó a las escaleras mecánicas, un joven la acarició con la mirada:

—¡Vamos, que vas a perder el tren! —animó desde los últimos peldaños.

Pili percibió de repente su colonia, tan varonil, tan seductora, tan él. Y sonrió. Cuando llegó al final de las escaleras el joven, desde el andén, la llamaba con la mano. Indicaba cual era la mejor puerta, en la que más espacio había, y corrió hacia él. No había desafío ni ansiedad de que las puertas pudieran atraparla… porque él no permitiría que la inmolaran, en cruel sacrificio, a los oscuros dioses de la modernidad.

De pronto, como la boca de un monstruo cansado de bostezar, las puertas se cerraron, repentinamente, sin que nadie pudiera hacer nada. Se vieron a través de los cristales, y con la falsa intimidad que ofrece una puerta cerrada, confesaron, sin querer, que se gustaban. Y vio partir al monstruo, con su príncipe azul en las entrañas.

Ya está, lo mejor del día ya había terminado. Las horas se agarrarían a la aguja de los minutos para estancar el tiempo, en una calma chicha, ahora que no tenía fuerzas ni ánimos para nada. “Pero si no le conozco de nada, qué tonta soy” pensó, mientras observaba como poco a poco iban llegando los rezagados del autobús. Eran todos usuarios habituales que compartían con ella el mismo itinerario, pero sin tantas prisas.

Las cinco y treinta y cinco de la mañana, Laura Pausini con James Blunt cantaban “Una primavera anticipada”; pero Pili ya estaba despierta. “Ah, lo sé: eres mi horizonte mi amanecer. Ah, la prueba que demuestra lo que puedes hacer” confiesa Laura. Cuando tomó el relevo James blunt era su chico el que cantaba, y sólo cantaba para ella. Se levantó de un brinco. ¡Empieza la función!

Media hora después corría por los pasillos del metro, sin detenerse ni mirar atrás. El corazón de Pili se agitaba inquieto en el pecho cuando llegó a las escaleras mecánicas. “No seas tonta, no estás nerviosa por él sino por que puedas perder el metro. Y mi corazón está así por la carrera, no porque me lo pueda encontrar sonriéndome”. Un paso más y tendría toda la perspectiva que da estar en el escalón más alto de una escalera. Pili se estremeció involuntariamente.

—¡Vamos, chica, que perdemos el tren! —saludó el chico azul de cada mañana.

“Perdemos”, ya no era un impersonal “perder” o un solitario “pierdes”, y además “chica”, no señora. Ahora sí que latía deprisa su corazón. Ya no eran extraños, lo único que les faltaba era conocerse.

—¡Corre! —insistió al comprobar que Pili no reaccionaba.

Tenía muy buen gusto en la elección de las corbatas, no eran ni estridentes ni aburridas, y siempre perfectamente anudadas con doble lazada. Con toda probabilidad estaría casado o todavía vivía con los padres. Algún fallo tenía que tener, y Pili, inconscientemente, como todas las mujeres, le diseccionaba en secreto para hallarlo.

Y los dos bajaron deprisa hacia el andén, juntos pero separados. Hoy perderían el tren juntos o juntos entrarían por la misma puerta. Era una de esas decisiones que se toman sin consultarse y que todos saben, por una misteriosa unanimidad que se respira en el ambiente, que asegura mágicamente que no hay discordancias. Otros lo hubieran llamado amor.

El tren no había llegado; ¡genial!, un momento de respiro.

—¡Hablar contigo es muy estresante! —confesó el chico.

—Supongo que lo más interesante siempre es más difícil de alcanzar —replicó Pilar.

“No me reconozco”, pensó descubriendo la ambigüedad de sus palabras. Y enrojeció al momento. Con sorpresa comprobó que él también había enrojecido, había descubierto un tercer sentido. Providencialmente apareció el tren.

—No me refería a ti o a mí —explicó Pili dentro del vagón.

No quedaban asientos libres, ni paredes sin ocupar. Ni siquiera el espacio más próximo a los asientos estaba vacío. Se quedaron en la misma entrada.

—¿Qué?

La gente apenas hablaba, y la música de fondo del hilo musical estaba demasiado bajo; pero una algarabía de pasos y sonoras voces precedía a la remesa de viajeros que compartían autobús con Pilar. Era inaudito, el tren llevaba al menos tres minutos parado en la estación y había dado tiempo suficiente para que hasta los más rezagados abarrotaran los vagones. Pilar apretó con más fuerza la barra que tenía sobre su cabeza, no estaba dispuesta a perder ni un centímetro de su espacio. Cuando quiso darse cuenta, su atractivo acompañante estaba tres o cuatro cabezas más separado. Sonó el silbato, unos segundos después el vagón se movía.

—¿Cómo te llamas? —se interesó el chico.

—¡No te oigo! —protestó suavemente Pilar.

Era imposible mantener una conversación en estas circunstancias, ni siquiera tenían contacto visual.

—Mañana te echo otra carrera —gritó el joven.

Pilar sonrió en silencio.


- fin -



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Dedicado a mi amiga Pilar
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martes, 8 de diciembre de 2009

DE EFECTO PLACEBO


Un muchacho subió a la colina más retirada de la ciudad, eludía las miradas de quienes se cruzaba en su camino, pues sentía tanta vergüenza en el corazón que creía que los demás se la podían leer en el rostro. Por sus venas corría sangre de dioses, era descendiente del mismo Hércules, y sin embargo, necesitaba los consejos de un sabio. Tanta nobleza heredada no impedía el infortunio.

—Negros nubarrones pesan en tu mirada, mi joven amigo —saludó Kalícrates— ¿Qué es eso que turba tu ánimo?

—Una sonrisa, maestro, una sonrisa. Esta mañana meditaba profundamente sobre la felicidad cuando tropecé con la bella Elyssa, ella vio mi estupor y me sonrió. Desde entonces no ansío otra cosa que… que no deje de sonreírme.

—Interesante, Placebo, ¿y qué puede hacer un anciano, desterrado y sin reputación, para que una hermosa joven te ame? ¿Tal vez malgastar mi saliva con palabras que no comprenderás?

—Maestro, en esta ocasión no son palabras sabias lo que busco. Sé que tu sabiduría y conocimientos van más allá de la metafísica y de toda ciencia humana o divina. Yo pensaba en algún brebaje que la hechice.

—¿Y no ha sido suficiente hechizo el nombre de tu familia, Placebo, para que la doncella caiga rendida a tus pies?

—No, y tampoco la belleza de mi porte viril; ni la gracia de mi rostro.

—Comprendo tu perplejidad...¡Oh —Kalíkatres se mostró turbado—, ahora comprendo el sueño que tuve esta mañana! Pero no creo que te interese...

—¡Por favor, maestro!

—Me quedé dormido aquí mismo, arrullado con el zumbido de las abejas, arropado por el sol. Se me cerraban los párpados y veía como de este campo de flores, mecido por la brisa, se levantaba una nube dorada. Y soñé que entraban en esa nube dos pajarillos que peleaban y salieron cantando y revoloteando felices. Intrigado, me acerqué hasta la nube para comprender que era lo que producía amor, pero la nube desapareció. Me quedé solo, allí donde mis pies pisaban flores azules. Y ahora que estoy despierto, mira el color de las plantas de mis pies.

—¡Oh, por todos los dioses, maestro! ¡Están doradas! ¡Has tenido un sueño mágico!

—No Placebo, no existe la magia. Lo único que tenemos es una inmensa ignorancia. Disfruta de estos campos, pues más de la mitad de sus flores son azules. En un cedazo de lino blanco recogerás los filamentos por su base, para que su polvillo no se escape, y cuando tengas un puñado en el que no puedas cerrar la mano, lo hervirás en agua de manantial. Colarás los pistilos en el mismo cedazo y endulzarás la bebida con miel de abejas. Bebedlo y dad de beber a vuestra Elyssa, y ya no dejaréis de sonreír nunca más.

El muchacho estaba radiante.

—Sin duda eres el maestro más grande de todos los tiempos. ¡El maestro de maestros! Ahora mismo voy a por los pistilos.

—No tan rápido, mi joven amigo. Si no quieres perder el tiempo deberás recolectar los filamentos por la noche, cuando la flor se cierra y genera el polvillo. Y para que no te confundas de flor deberás buscarlas en noches de luna llena, y sin nubes —Placebo torció los labios— Pero si consideras que es un trabajo ingrato tal vez descubras que su amor no es tan importante como creías.

En ese preciso instante el joven empezó a intuir por qué habían desterrado a un hombre tan sabio. Y Placebo, noche tras noche de luna llena, durante varios meses, fue cosechando los filamentos rojos de la variedad crocus sativa, la flor del azafrán. Tardó más de lo previsto, pues en cada corola asomaban únicamente dos o tres estigmas minúsculos. Pasado ese tiempo, Placebo se presentó ante Kalícrates, esta vez con la decepción dibujada en el rostro.

—Has trabajado duro, Placebo. Lo sé porque te he visto durante estos meses… ¡Debes sentirte afortunado! Cuéntame, ¿te sonríe de nuevo tu hermosa Elyssa?

—No, maestro, y seguí punto por punto todas las indicaciones. Se bebió la infusión endulzada con miel de abejas, lo mismo que yo. “Está muy bueno, gracias”, me dijo, y yo esperé a ver de nuevo su sonrisa, pero no llegó. “¿Qué lleva?” me preguntó, y yo contesté que muchas horas de amor. Enrojeció y se marchó. Desde entonces me evita, maestro. El hechizo no funciona con personas.

—Placebo, mi joven amigo, ¿todavía no te has dado cuenta que la única magia está en el amor? Si no fuera así como explicarías que un hermoso joven sólo tuviera ojos para una mujer, y que por su amor pasara noches enteras revolviendo entre las flores.

—Pero, los pajarillos del sueño.

—Fantasías de un anciano.

Enojado, el muchacho retornó a la ciudad. En su camino se cruzó con otro joven que buscaba al sabio.

—Si has conseguido cosechar tantos estambres —gritó Kalícrates—, ¿cómo no vas a conseguir una sonrisa de tu amada? ¡Sólo necesitas constancia, atención e ilusión!

—Señor, me llamo Sócrates y apelo a vuestra sabiduría por amor.

—Mi joven Sócrates, ¿no estaréis enamorado? ¡Mira que el amor nubla la razón!

—No, no. Me envía mi hermana Elyssa. No es capaz de olvidar la mirada de un joven llamado Placebo.


fin


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Pie de foto: extraído de foro.meteored.com/reportajes+de+viajes+pueblo



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domingo, 6 de diciembre de 2009

Pequeños inconvenientes.


Francisco guardaba la esperanza de que, cuando llegara a casa por la noche, su familia política, aburrida de despellejar a los que salen en televisión, se hubiera acostado.

—Vaya, por fin llegas —observó Enriqueta—. Nos íbamos a dormir, pero ya que estás aquí nos quedamos un ratito más. ¿Verdad, madre? —añadió su suegra.

—Que si es por mí no se molesten, que yo voy cansado y es posible que no me entere ni la mitad de lo que digan.

—¿Qué dice el “Paco”? —intervino la abuela.

—Nada, madre. Que no le molestemos hoy que está muy cansado —gritó Enriqueta.

—¡Uy, coñe!

Era inevitable, se daban cuerda recíprocamente, y la identidad, incluso la existencia de una no se comprendía sin la otra. Francisco sonrió condescendiente, había aprendido a ignorar esas pequeñas trampas de convivencia. Las besó, nada más entrar en el salón, con la gallardía de un torero sorteando con una verónica el envite de las vaquillas.

—La “Marce” ha hecho esas lentejas que tanto te gustan.

Su suegra insistía en borrar esa estúpida sonrisa de la cara de su yerno. La abuela, pobrecita, tenía buena mano para la ropa, y mucha voluntad para hacer cosas que otros con menos edad no habrían ni pensado; pero la cocina no era su punto fuerte. Una amable observación ocasional provocó que comiera dos veces por semana unas insulsas lentejas, una especie de caldo con las legumbres poco hechas, para que no se despellejaran.

—¿Para cenar? No gracias, tengo ardor de estómago. Cenaré otra cosa. Y su hija, ¿por dónde anda?
Francisco debía dar carnaza para que las fieras no se cebaran con él, de sobra conocía la respuesta.

—Pues donde siempre, en sus clases de baile de salón. Y como no te espabiles, ¡algún un galán te quitará la joya que tienes!

Perfecto, picó. Había conseguido desviar la atención de su suegra de modo que podía prepararse un bocadillo sin mayores complicaciones. Para cuando se sentó en el sofá la abuela se había quedado traspuesta, la lucha por el mando a distancia estaba medio ganada.

—Hoy toca “House” —sentenció Francisco muy serio en cuanto vio que Enriqueta se apoderaba de tan preciado aparato.

Con la dignidad de una marquesa deshonrada entregó el mando de la tele.

—Toma, hijo, que ya sé cuál es mi sitio en esta casa.

Tampoco se molestó en replicar, la sintonía de la serie creaba un confortable aislamiento en los oídos.
Enriqueta chasqueó la lengua varias veces.

—¡Madre, se está durmiendo!

Estaba reclutando refuerzos.

Cuando llegó el primer corte publicitario Francisco se había terminado el bocadillo, era el momento de demostrar quien llevaba los pantalones en casa. Se crujió los nudillos con fruición. Y fue pasando un canal tras otro, fingiendo buscar un programa alternativo más interesante que los anuncios.

Tenía un televisor moderno, de los que congelaba unos segundos la imagen antes de dar paso al nuevo canal; y su afición más secreta consistía en buscar la imagen estática más grotesca posible.

En ocasiones la imagen se descongelaba fusionándose con otra que poco tenía que ver, y el resultado también era espectacular. Era un artista incomprendido: sus obras eran tan efímeras y su público tan difícil. Lástima. Hasta que esa noche, de repente, sin aviso previo, apareció en la pantalla una verga de tamaño descomunal.

Tardó unos segundos en comprender que es lo que estaba pasando: había dado con uno de esos canales que a veces emitían películas porno. El mando, inesperadamente, se había convertido en un objeto demasiado pequeño y complicado de usar. Sin aliento apretó todos los botones al mismo tiempo, era inútil, la imagen congelada de una polla monstruosa permanecía eternizada en el televisor.

Francisco miró de reojo a Enriqueta y a Marcelina. La abuela parecía dormida, pero su suegra le acusaba de pervertido en silencio con la mirada. Asentía con la cabeza, rumiando venganzas y chivatazos a toda la familia.

En cuanto apareció de nuevo el protagonista de su serie favorita, suspiró en silencio: “No te metas donde no puedas salir”, observó el doctor House mirando el trasero en pompa de la directora del hospital. ¿Era su imaginación o le había salido otra de sus obras de arte televisivas?

El sonido de la puerta de entrada anunciaba la presencia inminente de Carmela, su mujer. Francisco, en un lenguaje no verbal, trató de sobornar a su suegra ofreciendo el mando a distancia. Se había “empequeñecido” en el tresillo. Enriqueta aceptó el presente con un gruñido de satisfacción.

—¡Hola, todavía estáis aquí! —saludó Carmela besando en la frente a su madre—. ¿Qué tal?

—Bueno, bueno, qué te voy a contar hija.

La abuela, con el ceño fruncido y la mirada perdida en el televisor, no decía nada.

–¿Abuela? –se interesó Carmela.

De pronto, ésta, con una extraña inquietud en los ojos, vomitó un exabrupto:

—¡Menudo pollón tiene el doctor House!


- fin -


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Pie de foto: extraído de http://puertohurraco.files.wordpress.com/2009/06/doctor_house-1.jpg?w=220&h=300
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sábado, 5 de diciembre de 2009

¿Realidad?



Dicen que la fantasía es el recurso de los inadaptados, de los que no encajan en esta sociedad. Pero en realidad sospecho que es la marca con la que se nos tatúa el alma, para que los que ostentan orgullosos su normalidad nos puedan reconocer a tiempo y proteger su mundo de sonrisas y palabras amables… ¿Un mundo para quién?, si cada vez que cierro los ojos no hallo nada mejor, y bajo las mantas el único calor que descubro me sobreviene del estómago, con el sabor amargo de la derrota “on the rocks”. (1)

Me enciendo un cigarrillo a oscuras, ¿para qué encender la luz, si desde la ventana de esta habitación entra toda la luz de la calle Montera? Sí, para qué, ¿para ver lo pequeño que es el mundo que me puedo permitir?

 Cierra los ojos, dice una voz en mi cabeza. Ojalá cerrando los párpados dejara de oír el ruido de la ciudad, y soñara. Porque ese que toma el relevo de mi vida cuando duermo, tal vez sea más feliz que yo, y sólo me conformo con recordar una pizca de su felicidad, aunque sea soñada. Cierra los ojos, insiste la voz. Y me adormezco en la cama, con el cigarro entre los dedos.

“No necesitaré afeitarme nunca más”. Era una de esas ideas absurdas que se tiene cuando estás con un pie en este mundo y el otro en el de los sueños. “Cuidado con el fuego”, me advertía mi parte racional. “Ahora iba a ser mujer”, contraatacaba con la dulzura que ofrece la inconsciencia.

“Interesante”, contestaba mi raciocinio. “Pero no una mujer cualquiera, serás la mejor, la más guapa. Eres Lola… ¡La gran Lola!” Y la magia inundó la habitación.

 Una luz sobrenatural bailaba sobre las mantas, y sentí un calorcillo muy agradable en los pies. ¡Al fin un poco de bienestar!

—¡Coño! —dije con voz rara, tal vez por la conmoción de ver mi cama en llamas.

Pataleé hasta que la manta cayó al suelo, la habitación estaba llena de humo.

—Lola, abre. ¡Abre la puerta, Lola! —exigió una mujer aporreando la puerta.

Abrí la ventana y con una zapatilla rosa, llena de lentejuelas brillantes, atajé con decisión la combustión de mi manta. ¿De quién será semejante horterada? Pensé sin saber por qué me resultaba familiar calzado tan extraño.

En el quicio de la puerta, como una aparición mariana, surgió entre la bruma la figura de una mujer. ¡Gloriosa visión de no ser por los rulos y bigudíes con los que se retorcía el pelo! Era la mujer del portero. Detrás de su hombro asomaban las cabezas curiosas y preocupadas de otros huéspedes de la pensión. De entre todas destacaba la de Sofía… ¡Dios, pero que hembra más hermosa!

Era de ese tipo de mujeres que sin proponérselo te retuerce las gónadas como una bayeta, dispara la tensión arterial y las hormonas que preparan al hombre para la cópula y te deja, entre sonrojos y sudoraciones, en un punto de partida poco ventajoso.

Sofía nunca se había fijado en mí, y la comprendo bien, porque si fuera ella no perdería el tiempo en un tipo como yo. Pero ahora no apartaba la mirada de mí, y descubrí en sus ojos algo parecido al deseo y la complicidad. ¡Ni en mis sueños más húmedos podía esperar algo mejor!

“Hola”, me susurró. Y su mano rozó la mía, de un modo tan poco casual que provocó el deseo de comerle los labios y no apartarlos ni en un millón de años. En un descuido, siempre a escondidas de miradas inoportunas, Sofía me tocó una teta. No puedo comprender lo que pasa, ni lo que siento, pero si el mundo la tiene por mía, así sea bendita… ¡Con faldas y a lo loco!

Dicen que la realidad es el recurso de los inadaptados…

 
 

 
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(1) Con unos cubitos de hielo. Se dice de los alcoholes que se beben sin mezclar.
Pie de foto: extraído de www.vikashkumar.com

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