
Después de tantos años, su condición en la sociedad no se había rectificado. Su firma, a efectos legales, era válida. Y Samanta, a efectos reales, una mujer sola que se negaba a envejecer. Una presa fácil para Mauricio Hurralde.
“Su marido es un huevón, y su mujer está muy buena”, decía la voz de un pistolero desde el fondo de su memoria. Mauricio torció los labios, ¿cómo era posible tener tantas interferencias con el pasado? Nunca antes había sucedido.
—Nos vamos, Mauricio —sentenció su madre en cuanto los forajidos abandonaron la casa.
Ni una lágrima derramó, no en presencia de su hijo.
—No.
Esta respuesta sólo significaba la simple negación de acontecimientos.
—Nos vamos, Mauricio...