
Las voces destempladas de un español despechado son reconocibles en cualquier parte del mundo, incluso en medio del bullicio de un mercadillo árabe que se desmantela rápidamente.
—¿Cómo que no tengo trabajo?—Gritó Antonio mirando el auricular con incredulidad—. ¿Me puedes decir, entonces, qué coño hago en Alejandría?
Sujetaba uno de esos teléfonos que se pueden ver en las películas de los años ochenta, pero no estaba en una cabina, aunque el espacio que delimitaba un rótulo con caracteres musulmanes afirmara lo contrario. Eso sí, en el cartel acompañaba un logotipo muy sencillo de un teléfono moderno.
—Te doy una pista —añadió Antonio más tranquilo—, tiene que ver con subirse...