Una vez tuve un sueño

Soñé con un mundo en el que todos podían ser lo que quisieran, hacer aquello que más satisfacción les provocara, que no existiera más impedimento que el deseo...

Hoy, a mis cuarenta y dos años recién cumplidos, y a pesar de que la vida golpeó con toda la crudeza de la realidad, todavía no he despertado de las utopías de juventud. Si no puedo vivir en un mundo feliz, me lo inventaré: haré que otros, como un dios todopoderoso de infinita bondad, sean felices... al menos en mi pensamiento.

Y me puse a escribir. Ahora que tengo en mi haber más de setenta relatos cortos y dos novelas, descubro por qué Dios es "omniausente" e imperfecto.


martes, 6 de abril de 2010

En la cañada real (primera parte)


Manuel regresaba cansado a casa después de una larga jornada de trabajo. Sentía que cada minuto que pasaba en el coche, en esa carretera odiosa llena de baches, era un minuto desperdiciado de su vida. Porque cumplir con las siete horas de jornada intensiva en la planta de reciclado de basuras era una condena; y su ubicación, un infierno de miserias y malos olores.

No pisaría el pedal del acelerador más que cuando la temeridad se presentara en alguna recta sin vehículos, y ésta le devolviera la sonrisa a través del espejo retrovisor de la furgoneta. Entonces, la ansiedad desaparecía. “La cañada real no es buen sitio para correr”, advertía débilmente el buen juicio de Manuel.

—¿Qué me puede pasar, eh? —replicaba Manuel a los ojos suplicantes del retrovisor—. Además, son las dos y cuarto de la tarde, visibilidad excelente y sin niños a la vista.

Como respuesta, el sonido viscoso de un bicho enorme, de los que sólo se ven en zonas poco urbanizadas, retumbó en el interior de la furgoneta. Se había estampado contra el parabrisas del vehículo. La única evidencia de lo que había sucedido era una enorme mancha rojiza extendiéndose en el cristal.

“No puede ser un bicho, no puede tener tanta sangre”. La velocidad de la furgoneta aminoró en una decena de kilómetros por hora.

—¡Dios, como odio este lugar! —protestó Manuel cuando percibió que había malgastado un tiempo precioso en la cañada por culpa del bicho.

Tenía la intención de volver a recuperar el tiempo perdido, era un proceso en el que la voluntad apenas participaba. En cuanto era consciente de llevar una velocidad menor, el pie se apretaba solo contra el pedal de aceleración.

El pedal empezó a hundirse cuando un sonido brusco sobresaltó al pie en su lecho de goma y metal e interrumpió el placer hedónico de la velocidad. Ante los ojos pasmados de Manuel una paloma desfiló en un alboroto de plumas por su parabrisas, rodando, después de haber sido alcanzada por el guardabarros delantero.

No era la primera vez que sorprendía a los dichosos pajaritos planeando a ras de suelo, a gran velocidad, desafiando a los automovilistas en su conducción. Si esta circunstancia era un suceso previsible, una simple cuestión estadística que un pájaro se estrellara contra un coche, ¿por qué precisamente hoy con el suyo?

En una asociación de ideas, de la que no era del todo consciente, se preguntó por qué no había sangre, pero la de verdad, roja, líquida... hermosa. No como la del bicho. No detendría el coche para comprobar si la encontraría en la rejilla del radiador o en el parachoques, ni siquiera para averiguar si la furgoneta había sufrido algún desperfecto.

Tenía que huir de la Cañada. Lo del bicho había sido una señal, ¡pero esto era algo más que una advertencia! Intuía que algo iba a suceder y no precisamente bueno, tenía que llegar cuanto antes a la autopista. Allí estaría a salvo de la desgracia que planeaba sobre las chabolas que se levantaban en ambos lados de ese camino de cabras.

En ese momento, la cara sorprendida de un gitano de unos treinta años, le miraba intensamente un segundo desde el otro lado del parabrisas. Después desapareció por el lado contrario del capó.

—¿Pe... pero qué es esto?

Manuel frenó la furgoneta. En los otros “accidentes” hubo ruido, ¿por qué en éste no? ¿Quién era ese gitano y que hacía en el capó de su coche?



* * *



Un cielo azul se extendía en la infinitud de los cuatro puntos cardinales. Ni una sola mancha nebulosa empañaba este día tan maravilloso, tan espléndido como desproporcionada era la barriga de Noé, llena de lamparones que “aparecían” solos.

Noé trató de componer su peinado con una de sus manos, las restantes se entretenían en lustrar su cuerpo en la medida de lo posible. No podía negar que era un poco descuidado en su aspecto corporal. ¿Pero por qué habría de dar mayor importancia a esas menudencias cuando lo auténticamente importante bullía dentro de su corazoncito?

El amor lo abrasaba desde sus adentros. Noé estaba seguro de que aquello que experimentaba con tanta emoción, con tal intensidad, conmovería hasta los mismos dioses del cielo y favorecería días de prosperidad con su amada Rosalinda.

Tanto amor sentía por ella que no podría rehusarle, no encontraría quien la amara más que Noé. Y tenía mucho que ofrecer, mucho más que cualquier otro. Por eso, en aquel día decidió pedirla en matrimonio, pues no reuniría el valor suficiente de nuevo si dejaba escapar un día tan propicio como el de hoy.

Otras muchas habían tratado de seducir a Noé, pero él las había rechazado porque presentía que no era amado, que únicamente buscaban su compañía para conseguir su protección, su posición social.

Rosalinda era especial. Sus ojillos le cautivaron desde el primer día que la vio. Su timidez la empequeñecía, y su fragilidad inspiraba sinceros deseos de protegerla, de abrazarla, de acurrucarla entre sus brazos y susurrarle bonitas canciones para dar paz a unos ojos tristes.

—¿Por qué es tan callada? –preguntaba Noé a sus vecinos.

—Creo –decía uno que compartía un jardín común– que porque le da vergüenza de su acento. No es de aquí, dicen que viene de tierras lejanas, de más allá del gran océano.

—¡Oh, por Dios! Pero si no somos tan racistas —protestó Noé.

—Sí lo somos —corrigió su vecino con paciencia.

—Es cierto —intervino otro desde la puerta de su casa—. Pero la culpa no es nuestra sino de ellos. Porque viene un extranjero y se agradece la novedad, pero cuando la novedad es saludar a un vecino por cada treinta extranjeros, ya no estás a gusto ni en tu propia casa, ¿o no?

El amor, al menos para Noé, no entendía de acentos o de lugares, cualquiera podía ser vecino suyo, y Rosalinda con más razón. Noé necesitaba liberar la ternura que lo engordaba, que se cocinaba a fuego lento en su cabeza, librar a besitos, en pequeños bocaditos de afecto que Rosalinda sabría apreciar al instante, pues sin duda estaría hambrienta de cariño; y a él lo adelgazaría. Sí, el amor lo haría bello.

—Rosalinda, yo... Me he permitido traerte... este detalle –entregó torpemente un paquete mal envuelto— para ti.

—Gracias, Noé. Eres muy amable conmigo, el único...

No sabía qué hacer con el paquete.

—¡Vamos, ábrelo!

Rosalinda retiró la cobertura y descubrió un pastel aplastado.

—Bueno, lo importante es que está muy bueno —se disculpó Noé—. A veces soy un poco torpe, no lo puedo evitar.

—Gracias Noé, por pensar en mí; en si tengo hambre o no… Eres un buen tipo.

—Soy un tipo que te quiere, Rosalinda.

—Pero yo no te quiero, Noé.

—¿Pero por qué no? Conmigo todos los días serían de fiesta y comerías tartas... todos los días.

Noé perdió la voz, se le quebró en la garganta por que la emoción se la estrechaba y no dejaba pasar nada mayor que un suspiro de desamor.

—Y me pondría tan gorda como tú, Noé —pretendía ser simpática—. No eres mi tipo, tienes un vientre muy grande, ¿sabes? Me daría miedo dormir a tu lado... ¿Y si me aplastas?

Pero sólo consiguió herir aún más a Noé.

—Entiendo, cuando paseáramos juntos por la calle nos dirían: “Mirad, la bella y la bestia” o “¡No te lo comas tú todo, deja algo para ella!”.

Había sido un esfuerzo supremo, pero oír su risa había merecido la pena. Ese era el mejor final que podía dar Noé, mucho más que la escena patética de un adulto desecho en lágrimas por el amor no correspondido de una muchacha. Ya tendría tiempo para desahogarse en la intimidad.

—Me voy, Rosalinda, espero que al menos podamos ser amigos.

Sus manos se retorcían nerviosamente, amenazando chasquear infinidad de veces sus articulaciones.

—Eres un caballero, Noé. Aceptaré gustosa tu amistad… y tus tartas.

—Desde luego —un destello de esperanza relampagueó por sus ojillos negros.

Sabía que el tiempo jugaba a su favor, que cada día que se vieran, que conversaran, serviría para que su amada pudiera descubrir el alma que escondía tras su enorme caparazón, y para que no percibiera su gordura, sino su bondad, y la inmensa riqueza que guardaba en su interior.

—Cada mañana tendrás una –añadió Noé— para que vayas a trabajar con energías.

Y Noé cumplió su promesa de endulzar cada mañana a la bella Rosalinda; y ella se presentó fielmente a la cita de cada mañana, tal vez, porque era la única comida del día que tenía garantizada.

A los pocos días de desayunar juntos, algo sucedió, Noé, siempre perceptivo, lo intuyó: Rosalinda empezaba a disfrutar de su compañía. Y, muy alegre, se despidió hasta la mañana siguiente. Fue un día feliz que Noé consagró a los dioses del cielo azul, ¡hasta lo ofreció a los demonios de la tierra veloz! Tal era su alegría.

—Buenos días, Noé —saludó sonriente Rosalinda, medio oculta tras unas plantas del jardín de la calle.

—¡Pasa por favor! Ya he puesto un trozo en tu plato.

Su sonrisa fue mayor, pero duró muy poco.

—Es Marta, una amiga del trabajo —explicó Rosalinda—. La he traído porque me he dado cuenta de que siempre sobra pastel... Y es una pena que se eche a perder.

Sus ojillos parecían pedir disculpas, ¿cómo enfadarse con una criatura tan adorable? El disgusto desapareció en unos segundos.

—Pondré un plato más –dijo levantándose de la mesa.

¡En fin, trataría de ganar también la amistad de su amiga! Podría ser una aliada para su causa, un refuerzo que ayudara a cortar las vendas de los ojos de Rosalinda.

Pero su batalla diaria, en la que trataba de mostrar sus encantos y su cultura, cada vez se enrarecía más, pues la mañana siguiente también vino acompañada. Pero no vino con Marta, que resultó ser una chica muy agradable, sino de alguien que no conocía.

—No te preocupes, Rosalinda. Voy por otro plato —suavizó Noé con indulgencia.

Y a partir de aquel día, Noé se acostumbró a poner mesa para tres. Y demostró tener buenas dotes de anfitrión, pues rara vez acudía a su cita la misma chica y no aburría a Rosalinda detallando las mismas anécdotas.

Pero una mañana el desayuno se le amargó al pobre Noé, esta vez, el acompañante de su amada no era una chica. Era un atractivo joven, apuesto, excesivamente encantador... ¡No podía competir con él!

“Será otro amigo del trabajo, mañana vendrá alguien diferente”. Se consoló Noé, ocultando sus pensamientos tras una radiante sonrisa.

—Wilson, me llamo Wilson —saludó afablemente con una sonrisa aún más brillante que la suya.

Y desayunaron, una vez más, como si nunca hubiera extraños en la mesa; sublimando esos momentos, por la alquimia de un amor extraño, en los mejores de cada día.

Pero cuando Wilson fue el acompañante oficial en todos los días posteriores, cuando sorprendió un roce de sus manos, unas manos que no eran las suyas, en su mesa, comiendo su tarta como insectos insaciables que masticaban impasibles su corazón, Noé no pudo contener la pregunta:

—Pero ustedes, son algo más que amigos, ¿verdad?

—¿No se lo dijo Rosalinda? –Wilson parecía extrañado de verdad.

—Somos amantes, Noé —confesó Rosalinda.

Indudablemente poseía la contundencia de una sinceridad sin tapujos, que descargó, sin delicadeza, como un martillo sobre la cabeza de su anfitrión.

—¡Ah!

Fue un suspiro demasiado débil para un golpe tan duro. Noé sintió que el suelo perdía firmeza y que la vista se le nublaba. Se desmayó.

—Estoy bien —manifestó Noé tratando de incorporarse unos instantes después.

Esperaba encontrarlos a su lado, afligidos por el dolor causado, tratando de reanimarle. Lo único que sus ojillos emborronados de tarta advertían era la silueta de un corazón que formaban los amantes, con los pies juntos, pegados por una pasión que les impedía separarse, y con los cuerpos apartados por las circunstancias. No habían advertido su despertar, ni su voz lastimera.

—Bueno, disculpen que me vaya. Creo que estoy de más aquí.

Y Noé salió zumbando de su jardín, tratando de hacer el mayor ruido posible, para que su presencia fuera al fin advertida. Pero el amor que destilaba la mirada entrelazada de Wilson y Rosalinda parecía fluir de las regiones desconocidas del cielo, donde los dioses buenos dejan entrever la dicha del amor. Ahora ellos no estaban aquí, estaban maravillados, absortos por las bondades que la pasión derramaba sobre ellos.

—Tenemos que ver cómo está —suplicó Rosalinda.

—¿Quién?

La pregunta de Wilson era muy coherente, pues en esos instantes sólo existía ella.

—No sé.

Rosalinda se perdió en las profundidades de los encantos de su amante.

Era cierto que siempre habían existido ellos dos nada más; que aunque buscaran a Noé, ya no lo encontrarían, pues su romance lo había expulsado como a una cucaracha con insecticidas.

Noé voló lo más lejos que pudo de su casa, de su trabajo, de su vida. Trataba de huir de un dolor que rezumaba de su pecho herido, sin ser consciente de que se acercaba peligrosamente a la región de los demonios veloces.

Pero de haberlo sabido, ¿habría dado la vuelta? Con seguridad no, hubiera preferido enfrentarse mil veces a los demonios que al amor de Rosalinda por Wilson, al amor que debería haber recibido él.

Tampoco percibió una vocecita que le llamaba a sus espaldas, la voz de una muchacha con la entonación de regiones lejanas, que decía que no se fuera.

Noé cruzaba una carretera a las dos y cuarto de la tarde, enfrascado en sus propios pensamientos, convencido de que le habían triturado el corazón. Pero quien de verdad se lo trituró fue el parabrisas de una furgoneta de un trabajador de Valdemingómez, que huía de una planta procesadora de basura.

—¡Joder, qué asco! –Exclamó Manuel asombrado de que un bicho tuviera tanta sangre en su interior.

Puede que el bicho tuviera corazón, uno muy grande.


* * *

Fin de la primera parte (1/3)


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Pie de foto: extraído de http://3.bp.blogspot.com/
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sábado, 3 de abril de 2010

"La devoción del costalero" (Un cuento de 5360 palabras)



“Jesús cargó con la cruz de la humanidad para la redención
de nuestros pecados, ¿no será entonces un honor, un privilegio,
compartir por unas horas su eterno sacrificio?”




“¡Sí, sí, sí!”, Lorenzo gritó con el pensamiento inflamado de fervorosa pasión.

—Acepto gustoso, padre, arrimar mi hombro para elevar un poco al altísimo —verbalizó una emoción religiosa que nunca antes había sentido.

—En tiempos de crisis, en los que los hombres no soportan el peso de una idea, es motivo de regocijo que existan todavía voluntarios para cargar con los trescientos cincuenta kilos de la sagrada imagen de nuestro Salvador –aprobó complaciente el sacerdote.

Lorenzo era carnicero, de anchos hombros y fuertes brazos; tal vez como consecuencia de haber despedazado miles de reses y fileteado toneladas de carne. Por eso fue admitido.

—Das la talla del buen cristiano –añadió el sacerdote, cerciorándose una vez más de su altura.

Sí, sus hombros alcanzaban la altura requerida: llegaba a coquetear con el crucifijo que pendían de su cuello, a la misma altura.

La primera criba se hacía con discreción, para no herir sensibilidades, pues no todos eran “buenos” cristianos para portar a Jesús del Gran Poder.

Los había muy altos o bajos, extremadamente finos o gordos, demasiado jóvenes o viejos... Todos ellos, y las raras mujeres que osaban enfrentarse al machismo católico, recibían la misma indulgente sonrisa y bendición del párroco, como compensación a sus buenos propósitos:

—No necesitas demostrar tu fe, pues el Señor conoce tu corazón. Vive como un buen cristiano cada día del año sin tambores ni cornetas –replicaba el párroco a un joven pelirrojo.

—Padre, trato de ser una buena persona cada día, pero desde que recibí la confirmación, siento una deuda con Cristo... por la paz que su amor me dio. ¡Deseo hacerlo, padre, no es vanidad, pues deseo permanecer en el anonimato!

—No podrás con su cruz, hijo –objetó el sacerdote despreciando la desproporción de un cuerpo demasiado delgado y desgarbado.

No podía admitir a todos, unos acabarían prácticamente colgados de las barras por su escasa estatura...

“¡Jolines!”. ¿No podéis bajar un poco? –replicaba un enano imaginario, pataleando sus piececitos en el aire.”

… o con la espalda torcida por la envidia mal disimulada de superar los ciento noventa centímetros.

¿No querías Cruz, Kurtinaitis? ¡Pues toma cruz! –exclamaban irritados los costaleros de delante y detrás del desdichado.

No, no todos eran adecuados para portar tan sagrada imagen. Veinte o veinticinco kilos se hacen demasiado pesados en las estrecheces del viejo Madrid, un lastre excesivamente cargante por el calor de una congregación apretada. ¡Desfallecería! Y la tragedia se iniciaría por la reacción en cadena, por la descompensación de la carga, de sus kilos en los compañeros más inmediatos, también fatigados y extenuados por el peso. Lo soportarían unos instantes, una rodilla cedería, otro se desplomaría, Jesús se balancearía peligrosamente por ese lado, incapaz de recuperar el vaivén de un paso vacilante, y se desplomaría astillándose inevitablemente sobre el adoquinado.

La tragedia estaba consumada: ¡la policromada figura de Jesús destrozada por los suelos! ¡En plena Semana Santa!

—Por supuesto, Lorenzo, deberemos hacer una serie de comprobaciones que no dejan de ser una formalidad –aclaró el sacerdote desechando las anteriores imágenes de su cabeza.

—Por supuesto.

—Acompáñeme a la sacristía, ahí tengo los impresos de solicitud y los formularios oficiales que deberá rellenar.

¿Qué significaba? ¿Acaso unos pocos papeles copiativos de varios colores tendrían la habilidad o el poder de escudriñar su alma?

“Sólo estudié hasta la EGB pero no soy tonto. Nunca descubrirán lo de mi mujer”.

Pregunta: ¿Qué es lo que le impulsa a desear llevar la Santa Imagen?

—Padre, ¿qué significa “impulsa”?

—Te pregunta por qué quieres llevar la Santa Imagen.

Respuesta: Porque soy un buen cristiano.

Pregunta: ¿Acude con frecuencia a su parroquia?

Respuesta: Sí, si mi mujer se despierta a tiempo.

“Es que bebe”.

Pregunta: ¿Desde cuándo conoce a Jesús del Gran Poder?

Respuesta: Desde siempre, el año pasado lo vi por la tele y todo.

Pregunta: ¿Cómo llegó a...?

Hace muchos años, en las fiestas del pueblo. Llegó en un dos caballos con otras mozas, y era la más bonita de todas... ¡Qué pedazo de culo tenía la cabrona! Lo movía muy bien bailando el twist.

—¿Quieres un novio con siete lenguas?

—¡Uy, que asco!

—No, mujer –decía agachándose al ritmo de la canción— ¡Qué yo sólo sé hablar español!

Las notas del Dúo Dinámico sonaban por el lugar. Lorenzo no recordaba si era de un viejo tocadiscos de un guateque o de la música en directo de un concierto.

—Bueno, ¿qué dices?

—¿Qué digo qué?

—Que si te quieres casar conmigo.

—Bueno.

Lorenzo releyó la pregunta del cuestionario: ¿Cómo llegó a conocer esta hermandad?

Respuesta: No estoy seguro, por la radio y la tele, y por el “marca”. Yo estoy muy informado.

Pregunta: ¿En que medida está decidido?

“Yo sólo quería echarle un polvo, la tomaba el pelo. Mis amigos nos miraban”.

Respuesta: Muy decidido.

Pregunta: ¿Desde cuándo tomó su decisión?

“Hace muchos años, como treinta años por lo menos, cuando ella me dijo sí”.

—Pues dame un beso.

—No quiero, hay mucha gente.

—Eres mi novia, y los novios se besan. Ven.

Y la llevó lejos de la algarabía y de la gente, y allí su sexualidad reaccionó con la ternura y la inexperiencia de la primera vez. Ella abrió su corazón a ese apuesto joven que ya había terminado la mili y que además tenía ganado.

¡Sólo eran unos chicos jugando a ser mayores! Y ella se quedó embarazada.

—¿Por qué dices que es mío? ¡Si lo has hecho conmigo también los podido hacer con otros!

—¡Cerdo!

Las florecillas de su vestido ye-ye se agitaban por un llanto silencioso. Y sus ojos húmedos, emborronados de rimel, desbordaban regueros negros de humillación por unas mejillas de princesita desconsolada.

“¡Ahí decidí casarme!”.

Respuesta: Desde hace muchísimos años.

Pregunta: ¿Qué espera recibir?

“¿Recibir?”.

Respuesta: Yo no quiero nada, sólo lo hago para que Jesús perdone mis pecados.

En la lectura posterior, el sacerdote se emocionó en este punto. Era evidente su personalidad poco cultivada, pero tenía un algo que lo hacía diferente, descubriría de qué se trataba.

Pregunta: ¿Desea portar la imagen este año o espera repetir en los siguientes?

¡Joder, espero que la Jacinta deje de beber! Eso es lo único que espero. Desde que los chicos se fueron de casa no hace más que beber... ¡y me da un asco! No se la entiende, huele mal, vomita, llora y ríe y vuelve a llorar, grita por las ventanas y se pone a bailar en las escaleras el twist, la vacaburra, creyéndose la “Sindi Crafor”. Lo hace para que la vean los vecinos, ¡para cabrearme joder!, entonces se me cruzan los cables...

Respuesta: De momento éste.

—Muy bien, Lorenzo, quisiera aclarar algunas cosillas contigo. ¿Qué pecados esperas que Jesús te perdone?

—Eso es una cosa personal, padre.

—Soy sacerdote, seguirá siendo personal cuando me lo hayas dicho.

—¿Y esto no debería hacerse en un confesionario?

—¿Deseas confesarte?

—No, bueno sí, mejor no. No sé, padre, me está haciendo un lío.

—Limítate a responder, Lorenzo.

—Es mi mujer, a veces pierdo los nervios.

¿Te gusta, eh? ¡No te cortes, cabrón! ¡Hijo puta! ¿Qué pasa, no te atreves con una mujer? Y Lorenzo, de un tortazo la derribó al suelo.

—¡Marica!

Una patada en el estómago la hizo callar un rato.

—¡Eres un jodido marica! ¡Impotente!

Y a horcajadas, sobre ella, Lorenzo, desataba su rabia por tantos años perdidos. Y ella, en el suelo, sosegaba con dolor su alma del terrible error de confundirse de príncipe. Merecía ser castigada.

—... Y la pego. No deseo hacerlo, padre, pero parece que lo busca, y me provoca.

—¿Hacéis vida marital?

—No entiendo.

—Qué hace cuanto que no tenéis relaciones sexuales.

—Somos buenos cristianos, padre. He tenido tres hijos, los que deseamos tener.

—¿Quieres decir que sólo tres veces?

—Bueno, ¿y qué? Eso no es pecado.

—¿Lo es dar a mujeres descarriadas lo que niegas a la tuya?

—Creo que no me necesita, búsquese a otro –se levantó indignado de la silla.

—Espera, Lorenzo –el sacerdote lo retuvo del brazo, recordando que no había más candidatos que portaran con un mínimo de garantías la preciada imagen—. Expiarás tus pecados llevando a Jesús sobre tus hombros, sin necesidad de confesión. Los ensayos son todos los días a las ocho, ¿podrás venir?

Lorenzo respondió que sí con la barbilla. Pero en realidad sólo acudió al primero y al último de los ensayos antes de la procesión. Decidió que no podía acudir, siempre surgían inaplazables imprevistos que lo excusaban por su importancia o urgencia. ¿Por qué debía perder el tiempo si no expiaba sus pecados en esos ensayos tontos? Honestamente no sentía traicionar su conciencia cristiana.

No era peor ni mejor por no acudir, sólo más listo que los treinta costaleros que se reunían día a día, con entrenamientos acelerados ante las prisas del jueves Santo por llegar. Lo de llevar un ritmo de paso, un ritmo de respiración, un ritmo que los forzaba a comportarse como un solo organismo de sesenta brazos, le parecía ridículo.

Tener que doblegarse a una voluntad que no era la propia era signo de debilidad: una vez cometió ese error de sometimiento, y ahora llevaba sobre sus espaldas el peso de más de treinta años de una unión que dejó de existir en el mismo día en que se inició. ¡No! Nunca más volvería a ceder.

Sí, era el cristiano más listo de la hermandad, y el más fuerte. Pocos hubieran aguantado lo que él, era lógico que se sintiera eximido de algunas obligaciones, ¡casi mojigaterías y mariconadas de curas!

Todos se habían ido ya, Lorenzo remoloneó todo lo que pudo hasta que llegó a quedarse a solas con Jesús. Nunca había tenido ocasión de observar con atención su rostro, demacrado, bajo el peso de la cruz y salpicado de sangre y sudor.

Sentía la necesidad de permanecer unos instantes con Él, rendirle tributo a su manera, doblar la rodilla ante el único que realmente era digno de adoración.

El párroco se había enfrascado en sus papeles. Lorenzo lo veía sentado frente al escritorio por la puerta entreabierta de la sacristía. ¿Sabía que estaba allí? Sí era así, debió despreciarlo por la seducción fatal de porcentajes y decimales de sus impresos.

La quietud y semioscuridad sosegaron su alma contraída, y gozó por la ausencia de dolor.

Se abandonó a esa sensación de paz que le acariciaba rostro y calva, como cuando el regazo de su madre era todavía muy grande y se acurrucaba sin permiso. ¿Cuándo fue la última vez que recibió una caricia?

Se levantó del banco y se dirigió hasta la Santa Imagen y a sus pies, Lorenzo se postró. Oró, pero sus oraciones no eran de las de pedir sino las de dar, su actitud no era la del desgraciado sino de aquel que se siente afortunado por unos momentos de intimidad y recogimiento con su Creador.

“Gracias Señor por tu bondad, pues no esperaba nada por inclinar mi cabeza ante Ti. Gracias Señor por tu existencia, por interceder por nuestros pecados al Padre. Gracias por llevar la cruz de nuestra maldad sobre tus hombros… Mañana ayudaré con tu carga, Señor.”

De la vidriera de una ventana, surgió un poderoso haz luminoso, bañando con su luz a un Lorenzo devotamente arrodillado. Era de noche, ¡esa luz tenía que ser divina! Era una señal. Y Lorenzo se volvió, como creyente ferviente ante la revelación del Todopoderoso, dichoso de ser escogido entre los beatos y beatas de toda condición.

—¿Por qué yo, señor? –su voz sonó como el susurro que no apaga las velas.

Esperó respuesta, algo así como una voz que tronara desde los cielos, que resquebrajara los muros de la iglesia; o todo lo contrario, un coro de voces angelicales alabando el amor de un dios omnipotentemente bondadoso. Pero nada de eso sucedió.

La luz permaneció estática, sin evolucionar, como si fuera un santo emisario que por un momento duda sobre a quién debía “iluminar” y consultase la identidad del afortunado en sus albaranes.

—Bueno, ¿y qué esperas de mí? –interrogó desconcertado en un quiebro de voz.

De pronto descubrió, quizá por fijarse más en su alrededor, que se hallaba rodeado de unas pequeñas bolitas flotantes, esponjosos pompones de luz no mayores que refulgentes monedas de un euro. Qué espectáculo tan bello. ¿Pero qué significaba?

Como respuesta a tanta luz exterior y oscuridad interna, unos pensamientos devoraron su conciencia: “Antes de que el gallo cante dos veces me habrás negado tres”.

—No –musitó Lorenzo.

“Y Pedro volvió a negarle”

—No, no. Yo no lo haré.

“Y Pedro recordó las palabras de Jesús, y lloró con amargura”

—¡Noooo! –gritó Lorenzo desesperado.

El párroco, alarmado por los gritos salió de la sacristía, barriendo con su mirada cada rincón de la iglesia. Al no hallar nada anormal, recorrió la nave principal, y en el pasillo central, entre las filas de bancos, encontró la causa de gritos tan lastimeros.

Lorenzo estaba a los pies de Jesús del Gran Poder, llorando, no le acompañaba ninguna luz divina. No quiso dar explicaciones de lo que había sucedido, y el sacerdote, trató de reconfortarlo como mejor supo cada vez que mencionaba la traición de Pedro.

—Venga, no le des más vueltas al asunto. Vuelve a casa, que es muy tarde y trata de descansar todo lo que puedas, que mañana va a ser un día movidito. Después, si quieres, seguimos hablando de este tema.

Y Lorenzo abandonó la iglesia, abatido, llevando sobre sus hombros el peso de una traición que todavía no había cometido. El párroco también dio descanso a sus impresos y calculadoras, y al desconectar el diferencial del cuadro de luces encendió accidentalmente todas las luces de la iglesia.

—¡Dios Santo! –exclamó ante la visión casi espectral que ésta había adquirido.

Estaba completamente colonizada por el polen de los árboles, y flotaban en el aire como graciosas burbujas de luz.

—Mañana llamaré a los de la limpieza. Todas las primaveras pasa lo mismo, ¿tendré alguna Semana Santa sin problemas?

El día de Jueves Santo amaneció entre susurros de viejas plañideras, invisibles pero omnipresentes en el viejo Madrid, y ese rumor que envolvía cada piedra creció a lo largo del día hasta estallar en una nerviosa agitación a las seis de la tarde, en los alrededores de la iglesia.

La atmósfera estaba cargada de tragedia y santidad, cada costalero sintió a su modo la intuición de que, en aquella ocasión, portarían sobre sus hombros algo más que unos cuantos kilos de madera. Lorenzo percibió la claridad del día con una luz especial, que difuminaba los contornos como si una fuente de energía inconcebible sublimara la realidad de las cosas.

Aunque tenía tiempo suficiente, Lorenzo se cambió de ropa con rapidez, y acomodó con nerviosismo dos pequeñas almohadillas sobre sus hábitos. Descubrió sin sorprenderse demasiado, que la ansiedad que experimentaba era compartida por cada miembro de la hermandad. Sí, pero ellos no habían sido visitados por la gracia de Dios.

Con los primeros compases de la banda, Lorenzo comprendió que todo había empezado. Desde el lugar de porteo que se le había asignado, escuchó impaciente el himno nacional, y aguardó expectante la señal para levantar a Jesús.

Cuando ésta llegó, percibió vagamente que había actuado en perfecta sincronización con sus compañeros... Jesús iba más seguro sobre sus hombros que en el propio seno materno de la Virgen María. Ellos, los costaleros, darían la vida antes que algún percance alcanzara a la Santa Imagen.

Izaron con brío a Jesús, y lentamente, pasito a pasito, se acercaron a la puerta de salida. Fue necesario arrodillarse para poder pasar. La salida al exterior fue gloriosa, y mantenida, vibrante por el esfuerzo muscular de treinta hombres hambrientos de Dios.

Trataban de acercar al Todopoderoso, y su Reino, a la mediocridad de una humanidad que santificaba unos pocos días y paganizaba el resto del año. A sabiendas que aún hoy, si Jesús proclamara las bienaventuranzas en el monte del Pardo y obrara el milagro de la multiplicación en los comedores sociales para indigentes, sería sometido por el poder de la administración y ejecutado públicamente por el gobierno, con el beneplácito de todas las fuerzas políticas y representantes de importantes firmas comerciales.

Ellos, los costaleros, eran la gente sencilla que Jesús buscaría, y ellos aceptaron ser sus discípulos por unas horas, ellos eran los orgullosos amigos del Buen Pastor, que acompañarían sin vacilar a su Maestro en su camino hacia la crucifixión.

Lorenzo sintió la asfixia de cuarenta años fumados impasiblemente, cigarro a cigarro. Cuando al fin sacaron a la calle la Santa Imagen, su rostro congestionado no hablaba de una profunda devoción al Salvador, sino de un agotamiento extremo para el que no estaba preparado.

—¿Estás bien? — se interesaba por él un compañero.

El sudor de la frente se colaba en los ojos produciendo un escozor que apenas permitía observar dónde ponía el pie.

—Sí, gracias –respondió el carnicero recordando la importancia de la respiración.

Debía jadear menos. “Nuestro señor murió de asfixia, de agotamiento”. Decía un párroco atemporal en virtud del recuerdo.

Y se apresuró en acompasar el resuello, dudó de si podría resistir toda la procesión pues aunque se recuperó bastante bien su resistencia ya había sido minada desde el principio.

Sentía como se la achataba el espacio pulmonar comprimido por el creciente peso que parecía adquirir la carcasa que descansaba sobre sus hombros, y se agrietaba la voluntad de permanecer de pie, de no permitir el titubeo en sus rodillas.

—Dios mío, dame fuerzas, pues siento flaquear —musitó el carnicero.

—¿De modo que ahora quieres fuerzas? –replicaba un dios rencorosamente humano— ¿Y no hubiera sido mejor que asistieras a los ensayos?

—Lo sé, lo sé, pero... ahora estoy aquí, sintiéndome cada vez más débil.

Los fogonazos de las cámaras fotográficas parecían caldear aún más el ambiente, Lorenzo sintió que le sustraían inquisitoriamente el aire y las fuerzas para continuar. Sintió que lo cegaba cada vez más la masa de impíos espectadores de un sufrimiento circense, del que apenas podía reponerse.

De pronto sucedió el milagro, una voz se irguió de entre los murmullos y comentarios, con notas de cristalina pasión por el Salvador. La saeta que ese señor dirigió a Jesús, Lorenzo la sintió como flecha que se clava en las costillas. “¿No acabará nunca ese pesado?”

Tan intensa fue la emoción por la voz de aquel, que lamentaba no haber sido crucificado al lado de Jesús, en la cruz del buen ladrón, que todos animaban con silencio encogido para que aquella voz no callara nunca.

Lorenzo suspiró largamente mientras, verso a verso, la muchedumbre desgranaba su fe, renovando viejas promesas y ensalzando silenciosos votos de propósitos píos.

“No puedo más, que se calle, por Dios”. Kikiriiiikiiiiiiii.

Sus ruegos fueron escuchados, y esa voz tan hermosa, que quizá en otras circunstancias le hubiera conmovido, al fin cesó. La procesión retomó el paso, y Jesús pareció nuevamente caminar sobre las cabezas de esa congregación desamparada.

Lorenzo ignoró los destellos de las fotos, menos numerosos ahora, se había habituado a los repentinos fogonazos en un atardecer anaranjado. Y aunque había aprendido a no levantar la mirada del adoquinado, cuando levantó la vista, los descubrió disimulados entre la multitud: los objetivos de las video-cámaras remataban la faena de las cámaras de televisión.

Todas se disputaban el gesto de dolor, la sangre y el sudor del Cristo que cada costalero llevaba dentro, robando unos instantes de soledad y sufrimiento que no les pertenecía. Como si trataran de hacer inútiles esos momentos por la fotosensibilidad de una película, haciéndolos únicamente válidos en su mentira de ficción, en las proyecciones a placer en sus hogares de una buena película religiosa. Era indignante, era como espiar en directo las últimas horas del Señor.

—¿Qué opina el Salvador del trato recibido? ¿Cree usted que ha sido un juicio justo? –acosaba un periodista pegando un voluminoso micrófono en los labios de un sorprendido Jesucristo.

—¿Cree usted que María Magdalena guardará luto o se buscará otro Mesías? ¡Cuente, cuente! –azuzó una joven reportera disputando por hacerse hueco alrededor de un Jesús demasiado extenuado por la cruz que portaba.

—¿Confirma los rumores sobre la posible alianza con Barrabás contra el despotismo estatal? –gritaba un periodista sin ceder a los codazos de sus colegas.

—¡Por favor, que estoy en el vía crucis! –clamaba un Jesús televisivo, luciendo unos calzoncillos de marca.

En la parte inferior de la pantalla desfilaban lentamente las palabras más caras de la historia de la publicidad:” crucifique con clavos inoxidables...

Unas exuberantes azafatas, luciendo cachas y escotes en una impensable moda aramea, saltaban y aplaudían en ambos lados del reportero estrella de la cadena.

—Esto, esto, esto es increíble señores. ¡Vamos! El Jesús en vez de cumplir con su misión en el Gólgota... ¡hala! Se tira al suelo y se pone ahí a charlar con un tal Simón, si nos confirman que es Simón... ¡Vamos, al libre albedrío! ¿Qué clase de Mesías es éste que se toma una ración de berberechos con los amigotes en vez de salvar a la humanidad? ¡Un cachondeo, oiga, esto es un cachondeo!

—El “reportero espacial” no se ha enterado que en realidad Jesús, el Nazareno, ha sucumbido bajo el peso de la cruz, porque esta mañana se le olvidó tomar pastillas “Sansón”... ¡Sí, esas exquisitas pastillas de distintos sabores!, con veinticinco oligoelementos... –retransmitía otro presentador patrocinando en directo su producto.

—El único oligoelemento es éste que tengo a mi lado. Pues hemos descubierto un escabroso escándalo sexual –decía un sexagenario de llamativa corbata— de la asistenta del hogar de nuestro Salvador, con determinados tubérculos. Ya saben que no es lo mismo tubérculo que... ¡ja, ja, ja! Esta buena señora no se ha dado cuenta que esa no es la técnica de manipulación genética. ¡Ja, ja, ja!

—Pero, pero, pero oiga... ¿qué tendrá que ver los tubérculos con la cara de idiota que pone cuando comenta las noticias? ¿Será algo congénito? ¡Increíble, señores, esto es increíble! Un cachondeo, vamos.

“¡No me roben las fuerzas, por favor!”. Gritó la mente de Lorenzo en el límite del llanto y de la risa absurda.

De la puerta de un balcón, en medio de dos niños con el pelo cortado a tazón, a la moda angelical de este año según importantes cardenales del Vaticano, una gruesa señora lucía innumerables metros confeccionados de encaje negro sobre raso del mismo color, y una aparatosa peineta coronaba un recogido de peluquería.

Su mano llevaba un micrófono inalámbrico y, en ambos lados del balcón, dos altavoces de cien watios de potencia se conectaban a un amplificador y a una mesa de mezclas que los niños manejaban con divina habilidad.

La buena señora gorgoriteó en un sentido cante “hondo”, profuso en lamentos y golpes de pecho, ripiosos versos sin gracia pero con mucho sentimiento. La muchedumbre pasmada centraba su atención hacia el balcón, y Lorenzo, por más que buscó en los balcones vecinos no halló ninguna cabra montada sobre un taburete.

Para él fue un momento de respiro, las cámaras dejaron de espiar la redención de sus pecados, pero pasados unos largos minutos de “ayes” y peligrosos taconeos, Lorenzo empezó a sospechar la trampa de la situación. ¿Era realmente un acto de fe o una manera fácil de llamar la atención, de darse a conocer en los medios?

“¡Qué acabe pronto... que esto pesa mucho, joder!”. En esta ocasión no hubo canto de gallo.

¿Dónde estaba el jefe de la hermandad, el que marcaba los distintos cambios de posición para el descanso de sus hombros?

—¡Aaaaaaiiiaaaaaiiiaaaaaaay, cuánto doooooloooooor, siento en mi coraaaaaaaiiaaaaaaaiaaaaaiazoooooónnn! ¡Aaaaiiiiaaaaiiiiaaaay, que escoooooozoooor siente mi raaaaiiaaaaaaaizoooónn!

“Te suplico, Dios mío, que se quede sin baterías... ¡Por favor!”

La muchedumbre pareció reaccionar a sus ruegos, y aunque la señora no perdió ni la voz ni las baterías y prosiguió en sus cantos, dejaron de prestar atención a su interminable saeta. Un cachete en la cabeza en uno de sus querubines fue la señal que aceleró el ritmo musical que acompañaba sus lamentos. Simultáneamente, entre el asombro popular, se encendieron sobre la fachada del edificio y sobre la calle uno de esos rótulos luminosos hechos de bombillas que abundan por las calles en fechas navideñas.

“Perdona, Señor, mis pecados” Resplandecía sobre sus cabezas, mientras que un “Tú eres mi salvación” brillaba desde su fachada sobre la muchedumbre estupefacta.

El jefe de la hermandad ordenó detener el paso de la procesión por criterios de interés popular, era un momento de fe y devoción especialmente intenso que valía la pena aprovechar.

“Por Dios, no voy a llegar hasta el final. Esta gorda me agota las fuerzas... ¡Y sus gritos van a hacer que reniegue de mi fe!” Gritó Lorenzo mentalmente.

Kikirriiiiikiiiiii.

Lorenzo cayó al suelo como un saco de patatas, no perdió la conciencia en ningún momento. Su débil voluntad, simplemente se había negado a obedecerle por más tiempo, y de rodillas bajo los trescientos cincuenta kilos de Jesús del Gran Poder, sin poder levantarse, lloró amargamente las lágrimas que Simón Pedro derramó al escuchar el segundo canto del gallo.

El párroco se llevó las manos a la cabeza tras santiguarse repetidas veces, sus mayores temores parecían tomar cuerpo: su valiosísima figura, en realidad un poco de madera delicadamente tallada, era más importante que el llanto y la desesperación de un hombre.

No ignoraba que el peso que soportaba cada costalero no era una condición fija ni objetiva, pues a medida que transcurría la procesión la carga se hacía más y más pesada, hasta el punto de sentir la duplicación o triplicación de su peso. Para otros, los menos, sentían la mano de Dios que los redimía de todo mal, y purificados no sentían dolor alguno, y parecían llevar su carga con una ligereza que no tenían al iniciar la procesión.

¡Pero esto no era una cuestión subjetiva! El peso se distribuiría desproporcionadamente sobre los costaleros más inmediatos a Lorenzo, allí donde se hallaban los más débiles del grupo. ¿Quién iba a suponer que Lorenzo, el hombre de brazos de hierro, se hundiría?

Muy cerca del párroco, un joven desgarbado, de casi dos metros de estatura, le sonría. No había burla en sus labios, sólo la satisfacción de tener la oportunidad de poder servir al todopoderoso. Se acercó hasta él y le buscó la mirada, el párroco la rehusó.

“No, todavía pueden aguantar un poco más... no hace ni media hora que salimos de la iglesia. El jefe de grupo encontrará al sustituto adecuado. No te necesito” El silencio humillante del párroco abofeteó su cara pecosa, ahora de color rojo, a juego con su cabello. El muchacho se retiró en silencio, humildemente, con ojos vidriosos.

El párroco buscó con desesperación entre la multitud, bajo los lamentos y gorgoritos de la buena señora del balcón, al cofrade mayor. Imposible, sólo tenía ojos para un impertinente enano que le tironeaba la manga de su americana.

—¡Por Dios! ¿Pero realmente crees que podrás cargar la Santa Imagen? –explotó el cura en un ataque de histeria.

El enano, sin dejar de sonreír, asintió con la cabeza.

“¿Puedo ir contigo? No, tú no...” Recordó cruelmente el párroco. Era una canción de Torrebruno.

—Es ridículo —despreció el párroco, tratando de sosegarse.

El enano dejó de sonreír, y tras permanecer unos instantes en su presencia, finalmente renunció y desapareció en ese mundo de gigantes, engullido porque ahora no les divertía.

El párroco se dirigió hacia el lugar donde se hallaba Lorenzo.

—¿Cómo estáis, muchachos? –se interesó por los costaleros más inmediatos al puesto de Lorenzo.

Una mirada de reojo, casi de desprecio, se le escapó hacia esa calva que gimoteaba a la sombra que el “Perdona, señor, mis pecados” proyectaba sobre ellos.

—¿Bien? –inquirió palmoteando sonoramente los hombros de uno ante la falta de repuesta.

A éste se le escapó un suspiro de la boca mientras Jesús del Gran Poder descendía unos centímetros por ese lado... ya no lo sujetaba, sus rodillas hacían tentativa de enderezarse. Y sus compañeros, instantes después se resintieron debido al aumento de peso. Jesús pareció inclinar su cabeza hacia la obesa señora, como un gesto de agradecimiento por las molestias tomadas en organizar sus respetos.

—¡Oooooh! –murmuraba la muchedumbre.

“Dejadla, ¿por qué la recrimináis? A los pobres siempre los tendréis y yo no estaré siempre con vosotros” Respondía Jesús, en la cabeza de Lorenzo, a los que reprochaban el gasto inútil de un carísimo perfume sobre su cuerpo.

Los costaleros del lado contrario presintieron la desgracia inmediata, y unos pocos se agacharon precipitadamente, a destiempo, tratando de equilibrar la Santa Imagen, o en su defecto, reducir la altura para que la talla se dañara lo menos posible. El efecto obtenido resultó inesperado para todos, Jesús del Gran Poder y la cruz que portaba sobre su hombro, salieron despedidos por los aires en medio de un silencio rotundo, reverente, incluso para la super star saetera del balcón iluminado.

Ante la expectación general, Jesús y su Cruz evolucionaban en giros perfectos, en una parábola cuyo fin era una incógnita. Y mientras la plataforma que portaba la Santa Imagen se hundía deshaciéndose en astillas sobre los adoquines del suelo, los costaleros huían despavoridos.

El párroco se llevaba las manos a la cabeza al tiempo que Jesús descendía sobre las manos de... un robusto enano. Y la cruz sobre los brazos de un joven jugador de baloncesto pelirrojo.

Todo había terminado.

—¡Milagro! ¡Milagro! –gritó la obesa señora a través de su sistema de megafonía desde las alturas.

En medio del estupor general, los únicos que sonreían eran el enano, que llevaba sobre su cabeza al Mesías, y el joven larguirucho, que enseñaba a la muchedumbre incrédula la cruz.

La multitud, unida por el misterio sagrado de lo inexplicable, reaccionó como un solo cuerpo y un solo espíritu. Muchos fieles, en esos momentos, comprendieron plenamente el alcance y significado de la comunión cristiana.

—¡Alabado sea el Señor! –cientos de gargantas se unían en una sola voz, y en un gesto único que aliviaba sus corazones de la devoción que sentían, se arrodillaron ante Jesús.

El párroco al fin despegó las manos de la cabeza, y empezó a gritar algo a esa multitud ebria de gozo divino, pero sus gritos se perdieron entre las alabanzas y el grito histérico, repetido como un rosario sin fin, de la señora del balcón.

—¡Milaaagro! ¡Milaaagro! ¡Milaaagro! ¡Milaaagro! ¡Milaaagro!

El párroco subió hasta la casa de esa señora y al fin pudo arrebatar el micrófono de sus manos regordetas.

—¡Señores! ¡Por favor, escúchenme! No hubo milagro, no hay milagro, sólo la fortuna de una tragedia evitada. Repito, yo, como representante de la Iglesia, y testigo de los hechos, afirmo que no hay milagro. Es necesario restablecer el orden y reintegrar a Jesús del Gran Poder a su lugar...

—¡No! –gritó alguien de entre las astillas y los maderos partidos del suelo— ¡No! ¡No serás tú quien nos quite a Jesús del pueblo!

La multitud celebró con alegría dichosa el resurgir de Lorenzo, como el milagro de su homónimo de entre los muertos. El “carnicero”, el que llevaba una vida vacía y de infelicidad por haber “cedido”, el que ahora conocía en una profundidad desconocida el concepto amar, como ceder... Como ceder ante la mujer que te necesita, a los hijos que te necesitan, ceder ante el peso de Dios... que te necesita, y ahora, ceder a Jesús al pueblo que lo necesita.

—¡No, y mil veces no! ¿Acaso no veis los signos del Señor? ¿Tan ciegos estáis, señores de la iglesia, como para no sentir el amor de Dios, tan inmenso, que necesita salir de su pedestal, para reunirse con sus hijos? ¡Con todos ellos! ¡Hasta los que son enanos o gigantes! ¿Acaso el Señor en vida, rehuía de los pecadores y los enfermos para rasgarse las vestiduras con los fariseos? ¡Todos somos hijos de Dios, todos merecemos su amor y su perdón!

Su voz, pese no estar apoyada por el soporte técnico de los cien watios de potencia que el párroco utilizó, tuvo el poder de los antiguos profetas, la fuerza de los que hablan con el corazón. El representante de la iglesia entregó el micrófono a la señora, que de inmediato, continuó con su proclama:

—¡Milaaagro! ¡Milaaagro! ¡Milaaagro!






— Fin —




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viernes, 2 de abril de 2010

"Error en el sistema" (parte final)


Por el peso sospechaba cual de los dos maletines contenía la preciada carga, pero no podía saberlo con certeza. “No te acerques más…”

—¡Venga tío, que nos están esperando! —gritó otro de lejos, claro que no debió ver como palpitaban esos maletines en manos de un tipo que parecía tener de todo; y que, con toda probabilidad, los olvidaría en el primer banco que se sentara.

—Ya voy —respondió el chico, demasiado fuerte para el gusto de Mauricio.

En ese momento no pasaba nadie. “Es tu momento, amigo”.

—Oyes…

Una mano delincuente tanteaba su hombro.

—¡Feliz Navidad! —gritó Mauricio.

El maletín impactó en la oreja derecha del joven, que sin abrirse le derribó al suelo.

—¡Joder! ¿A ti qué coño te pasa? —protestaba frotándose la oreja.

—¡Y feliz año nuevo! —añadió Mauricio utilizando el otro maletín a modo de “gancho” de boxeo, con esperanza de que en esta ocasión tampoco se abriera.

Le alcanzó en la mandíbula, con un “click” de apertura, en un golpe limpio —“¡Maldición!” protestó Mauricio imaginando el espectáculo de los billetes morados volando—; golpe que provocó que el joven perdiera todo deseo de seguir con preguntas: cayó inconsciente entre una lluvia de papeles y algunas fotografías. “Menos mal”.

—¡Me cago en la puta! —gritó uno de sus amigos—. ¡Le están dando una curra al “Picho”!

Mauricio escapó por unas calles peatonales que a esas horas siempre estaban vacías. Más adelante, en unos subterráneos que unas décadas atrás habían servido para gestar la “movida madrileña”, aún subsistían algunas discotecas.

Allí había algo más de gente, pero tampoco servía esa opción. No pasaría desapercibido entre esos niñatos rebeldes. Pero corrió en esa dirección deliberadamente, para hacer creer a sus perseguidores que se dirigía hacia allí.

Se ocultó tras una jardinera de obra cuya farola no funcionaba, y que sólo contenía tierra seca. En cuanto les oyó pasar, Mauricio corrió en sentido contrario.

—¡No está, me cago en la puta! —Reverberó un eco por la plaza—. ¿Dónde te escondes, mariquita?

Los simples son los que reaccionan a los insultos. Mauricio podía ser muchas cosas, pero no era de naturaleza básica. Se detuvo un momento para recoger algunas hojas sueltas del maletín abierto.

Pero el “Picho” empezaba a gemir y los documentos no contenían información que pudiera comprometerle en modo alguno. Tenía una copia de ellos en el ordenador de la oficina. De modo que optó por una retirada silenciosa, en dirección hacia el cajero automático. Mauricio estaba un poco harto del dinero.

No podía estar a más de doscientos o trescientos metros del banco. Receloso de cada sombra, auscultando la noche a cada paso, tardó más de lo esperado. Enjugó un pañuelo con el sudor de la frente en cuanto cerró el pestillo de la puerta del banco.

La luz del interior no se había encendido, tal vez un error en el sensor de movimiento, o simplemente que el cebador de los fluorescentes falló. Una casualidad que Mauricio celebró con satisfacción.

“Mejor, si esos cabrones pasan por aquí no me verán”. Con la luz verde que despedía el logotipo, por encima de la máquina, era suficiente para entrever el teclado y realizar el ingreso sin impedimentos.

De varios puntos diferentes del exterior explotaron tracas y petardos que sobresaltaron a Mauricio. Por un instante no sabía si estaba en Colombia o en España.

En Barranquilla, cuando todavía permanecía vivo el lamento acompasado de las cornetas, prendieron las mechas de los cohetes y demás fuegos artificiales. Y bajo el esplendor multicolor del cielo, y los petardos que “silbaban” por tierra; la detonación de una pistola quedó silenciada.

Sólo el cerco rojo en el pecho de Wilson, indicaba que los fuegos artificiales no habían provocado ese agujero en la camisa blanca. Y sus ojos, sin saber cómo, descubrieron los suyos entre la multitud. Vio su pistola, todavía humeante en la mano del niño Mauricio. Después murió… “…como se merece un pistolero”.

Mauricio torció los labios, comprendió que había hecho mal: “La próxima vez en la cabeza”. El corazón humano es demasiado grande y todavía está por descubrir, mientras que el cerebro sólo genera basura. “Sí, entre los ojos. Para que no tengan duda de quién los mató”.

El sonido que provocó el maletín al caer al suelo devolvió a Mauricio Hurralde a la realidad. Al tratar de agarrar la cartera cayó de rodillas.

—¡Qué borracho estás!

Y rió, pero de verdad, no con la risa bien modulada que se permitió con Samantha. Mañana tendría una severa resaca, ¿pero quién no la tendría en el día de año nuevo?

“Céntrate, Mauricio”, pensó abriendo el maletín. Sí, allí estaba lo que esperaba encontrar, pero mostraban un bonito color verde billete. Un montón de fajos con la cifra “100” en un papel moneda verde, todos nuevecitos y hasta con una cinta de papel que los precintaba en paquetitos iguales. “Soy el primero en tocar estos billetes… ¡Cómo me gusta desvirgarlos!”.

Lo único que tenía que hacer era romper los precintos por orden de ingreso, porque de lo contrario los billetes se descolocaban y eso, en el actual estado de embriaguez, podría ser algo más que un problema.

Como experimentado “ingresador” de efectivos sabía a simple vista que había al menos quince millones de las antiguas pesetas, y que obviamente, no cabría el fajo entero según lo desprecintara.

—¿Ves mamá como no acabé como Wilson?

Y los billetes iban desapareciendo por la ranura, todos colocaditos en perfecto orden. Los ojos se le cerraban, la tasa de alcoholemia seguía sumando décimas por momentos.

“Una putada, una auténtica putada”, pensó Mauricio Hurralde. Tener billetes de cien en lugar de los bienaventurados de quinientos significaba que tardaría más en hacer efectivo el ingreso, y el sueño se infiltraba creando lapsus cada vez mayores.

—Ya quedan menos —se animó tras el último sobresalto de consciencia.

Quedaban cuatro paquetitos. Rompió el precinto de uno de ellos pero los billetes cayeron del maletín, desparramándose con la lógica del caos por el suelo.

A cuatro patas, pues no podía de otra forma, recogió los billetes uno a uno, tratando de no arrugarlos demasiado. Los recogía con la mano derecha y los amontonaba en la izquierda, pero incluso en esa postura Mauricio perdía el conocimiento.

Sólo cuando notaba la frialdad del suelo en su frente se despejaba. ¡Menos mal que la ranura de la máquina no estaba demasiado alta!, y que de rodillas podía terminar con el ingreso.

Las cámaras de vídeo grabaron a un tipo ebrio que introducía un montoncito de billetes con mucha dificultad. Sin darse cuenta, la corbata se había colocado como un billete más. A oscuras, iluminado por la mortecina luz de la pantalla, no se percató de ese pequeño detalle.

Arrodillado para no traspapelar ningún billete, acercó el montoncito a la rendija del cajero: todo entró sin dificultades. No presintió nada anormal hasta que una misteriosa fuerza parecía atraerlo hacia el puesto, como si la máquina no lo reconociera como humano y, considerándolo un billete más, quisiera engullirlo.

Delirante en su alcoholemia, con la cabeza a punto de estallar por el lazo asfixiante de la corbata, pudo ver por el rabillo del ojo en la pantalla el mensaje parpadeante de error, y después, ocupando toda la pantalla:



“Todos tenemos el final que nos merecemos, sólo el perdón puede cambiar eso”

“Todos tenemos el final que nos merecemos, sólo el perdón puede cambiar eso”

“Todos tenemos el final que nos merecemos, sólo el perdón puede cambiar eso”

“Todos tenemos el final que nos merecemos, sólo el perdón puede cambiar eso”



—No seas ridículo, no me voy a morir… ¡No así! Sólo tengo que quitarme la corbata o cortarla.

Con el nudo tan apretado, y los dedos entorpecidos por el bourbon, la posibilidad de despojarse de la corbata era sencillamente imposible. Tenía que cortarla, y rápido.

Sentía un creciente mareo y una debilitante necesidad, sospechosamente fatídica, de descanso, de dormirse, de cerrar los ojos. ¡La navaja de Samanta!

Ese objeto que había despreciado podría ser ahora su salvación. ¿Dónde estaba ahora? Normalmente ese tipo de obsequios los tiraba sin ningún pudor. Él era muy profesional, no podía permitirse ninguna atadura emocional con sus clientes. Pero el de Samanta sabía que no lo había tirado a ninguna papelera pública, ¿pero dónde lo había dejado?

Lo buscó inútilmente en sus bolsillos, como quien rebusca en el fondo de su corazón el más nimio gesto amable que redima una vida de abusos. Sabía que la muerte le acariciaba los párpados, arrullándolo, meciéndole, y sin sorpresa se descubrió dedicando sus últimos pensamientos a Samanta, no por una navaja que no encontró, sino por el dolor que provocaría. Se sumió en un reconfortante sopor del que ya no despertaría, pidiéndola perdón.




Fin



Epílogo:

No, la corbata no le había estrangulado. Tras una larga mañana de primero de año, el timbre de un móvil sonó en el bolsillo interior de la americana.

Mauricio despertó, sentía hasta el más pequeño capilar palpitando dolorosamente en su cabeza. En la pantalla del cajero parpadeaba sin cesar:


“Error en el sistema, error en el sistema”



—Buenos días, señor Clauss. Sí, sí… una noche fantástica. Tenemos que hablar sobre las condiciones del contrato… Hay algunas cláusulas que deberían suprimirse.





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Pie de foto: extraído de http://weblogs.cfired.org.ar/blogarchives /Cajeros%20i%201.jpg
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"Error en el sistema" (tercera parte)



Miró a su alrededor, todo estaba tranquilo, apenas había clientes y hablaban en susurros. Mauricio escrutaba su entorno tratando de averiguar dónde se escondían los resortes del pasado. No deseaba que se presentara con un “¡Sorpresa!” inesperado y de mal gusto.

Exigía tener la realidad bien atada, para poder trabajar sin interferencias y firmar el contrato que tanto ansiaba. No había nada que pudiera despertar sus recuerdos, todo era perfectamente extraño y carente de valor emocional.

Había aprendido a ser aséptico con las circunstancias de la vida, a destruir toda causalidad, y rechazar cualquier tentativa de memoria emocional. Mauricio Hurralde vivía en un eterno presente, sin pasado y sin futuro.

Supo fingir otras personalidades, con circunstancias siempre apropiadas para despertar la empatía de sus clientes. Era como un juego, que además permitía preservar su yo primitivo; parcela que no quería tocar porque allí se escondía la infancia castrada del niño que una vez fue.

—Otro, por favor.

Señaló el vaso vacío, que mostraba el hielo sin derretir en su interior.

Cerró el expediente, pues conocía cada palabra de memoria.

Tres minutos antes de la hora convenida, el matrimonio Knaïf apareció por la puerta de la cafetería. Mauricio no tuvo la menor duda, porque aunque las fotografías del informe no eran actuales los rasgos concordaban. Los recibió en la misma entrada.

—Soy Mauricio Hurralde —se presentó ofreciendo una sonrisa generosa y una mano abierta—. Por favor, acompáñenme a una mesa.

Una vez retirado el camarero con la comanda, Mauricio prosiguió con el guion planeado.

—I speak perfect english, und ein wenig deutsch, so dass, wenn sie es vorziehen, das gespräch zu halten…

—No se moleste, nosotros somos grandes admiradores del pueblo español —interrumpió Clauss Knaïf con un acento excesivamente alemán—. ¿Verdad, querida?

Samantha asintió con la barbilla, su timidez resultó encantadora. Era una buena señal, sabía que la primera impresión había sido positiva y que no aportarían grandes dificultades.

Simplificaba mucho la línea de actuación; debía proseguir la entrevista procurando el protagonismo a Clauss, sin olvidar oportunos comentarios para que Samantha también pudiera opinar. Y cuando la notara ausente, aliviar los tecnicismos del negocio con alguna anécdota intranscendente que les recordara que trataban con un tipo encantador.

Transcurridas dos horas de conversación, Mauricio ya tenía firmado un precontrato. Había resultado demasiado fácil, y ni siquiera había tenido que seducir a Samantha.

Mientras observaba las medias blancas de Samantha, como una novia virgen que se presenta ante Dios, Mauricio reconoció que no le hubiera importado intimar más con ella.

—Decía, mi querido amigo, que si no será inconveniente para usted que nos mostrara su ciudad…

—Para nada, es más, tenía previsto llevarles a cenar a un restaurante muy especial. Y si para después no están muy cansados, tengo reservados unas butacas en el teatro real.

—Espero que no sea nada de Wagner…

—No señor, “Carmen” de Georges Bizet; algo poco alemán.

Samantha se permitió su primera reacción natural de la velada con una risita deliciosa. Mauricio la acompañó con una risa bien modulada.

—¿Está bien dentro de media hora en recepción? —Se interesó Mauricio, calculando el tiempo que necesitarían para adecuar sus vestimentas para la velada—. ¡Ah!, y no hace falta que vistan de etiqueta. Yo voy a ir con lo puesto —añadió levantando los brazos en un gesto de falsa modestia.

Sólo el valor del traje podía servir como entrada para la compra de un automóvil a plazos. ¡Esto hay que celebrarlo!, pensó Mauricio.

El camarero tenía ya preparado un vaso con hielo para el bourbon en cuanto le vio aparecer. Y en los veintisiete minutos que el matrimonio alemán tardó en bajar aún tuvo tiempo de tomarse dos copas más.

Samantha vestía con el mismo traje de falda recta y americana que lució en la entrevista. No se había cambiado, y Clauss, con el rostro enrojecido y mirada ausente, tampoco.

—Señor Hurralde —Samantha mostraba una energía inusual—, nos va a disculpar porque no vamos a poder acompañarle a ningún sitio. Mi esposo no se encuentra bien.

—Por supuesto…

—¡Tonterías! —protestó Clauss—. Estoy convencido de que usted la tratará bien, que no… ¿cómo dicen ustedes? Es algo de cuernos…

Y se rió como de si un chiste se tratara, una broma macabra a juzgar por la mirada triste de su esposa.

—Es wird mit mir geschehen, immer. Bleiben neben mir bekommen nicht nur mich besser zu fühlen…

—Ich weib nicht weiter diskutieren, bitte.

—Mit ihm zu gehen, dann. Ich will leben…

Traducción:


—Se me pasará, siempre es así. Quedándote a mi lado no sólo no conseguirás que me siente mejor…


—No discutamos más, por favor.


—Ve con él, entonces. Quiero que vivas…


Mauricio Hurralde se retiró unos pasos; a su pesar, entendía palabras sueltas de sus interlocutores. Veinte minutos después Samantha aclaraba la situación sentada a la mesa de un restaurante con servicio para dos.

—Se muere, tiene cáncer en fase terminal. Me hizo prometer que no diría nada. Quiere asegurarse de que me deja una empresa fuerte, saneada.

Mauricio sintió el impulso de romper el precontrato firmado. Su mano buscó el maletín que descansaba a sus pies, pero la detuvo a tiempo y asintió sonriente.

Samantha guardó silencio un instante.

—Quiero que usted siga con el trato. Sé que usted hace de mediador, que se llevará un porcentaje por la operación. Tome, yo le anticipo una parte.

Ella le ofreció un maletín de cuero negro, similar al de Mauricio.

—Con ese dinero lo único que estoy haciendo es contratar sus servicios, señor Hurralde. Nosotros también nos hemos informado, y sabemos que usted es el mejor y que le gusta el dinero en efectivo.

—Como a todo el mundo, ¿no?

—No todos tienen la particularidad de realizar ingresos millonarios en cajeros automáticos.

A Mauricio Hurralde se le escapó una carcajada de sorpresa.

—Parece saber mucho de mí —añadió con su acento natal, incomodado.

“No pueden saberlo todo. Nadie conoce lo que pasó en Colombia”, trató de sosegarse. Levantó una mano para llamar a un camarero y en un momento se presentaron tres. Todos muy sonrientes.

Poco después servían un vaso grande de bourbon con hielo, y una botella de agua natural con gas para ella.

—No debe juzgarse, Mauricio. Yo no lo hago.

—¿Juzgarme? ¿Por qué razón debería juzgarme?

—Su mundo perfecto y controlado está creando mensajes de error… ¿De verdad que no los nota?

Mauricio se bebió de un trago el bourbon. Levantó una mano pero antes de que expresara su deseo al camarero ya venía con otro vaso lleno.

—No señora, mi mundo funciona a la perfección. Gracias —añadió al camarero.

—En mi tierra sólo se bebe así cuando se quiere olvidar a los muertos, y sé que usted no bebe así por mi marido.

El sonido de quince cornetas bien sincronizadas sobresaltó a Mauricio. Por detrás del lamento de las cornetas, dulce y melancólicamente, se alzaba la voz única de ocho trompetas, que enmarcada por el ritmo incansable de unos tambores, temblaba en el último adiós. Mauricio Hurralde lloraba entre los espectadores que escuchaban a la banda municipal, lloraba por lo que todavía no había hecho.

La pistola que había hurtado a Wilson, parecida a la que había matado a su padre, palpitaba a su espalda. Después de lo ocurrido a Wilson nunca se atrevió a guardar el arma como lo hacían los demás pistoleros. El hierro frío del cañón pedía fragor de pólvora quemada, reclamaba sangre.

Todavía sentía el redoble de los tambores cuando le sirvieron una ración de moussaka griega. Se pasó un pañuelo por la frente.

—No me encuentro bien.

Samantha tomó su mano entre las de ella, tal vez como respuesta condicionada por la enfermedad de su marido.

—Coma—. Sus ojos acariciaban mejor que sus dedos.

Era una mujer soberbia, tras una máscara de sobria belleza ocultaba una gran humanidad.

—Perdone señor —dijo un niño de cuatro años tirando de la pernera del pantalón—. ¡El coche no rueda!

Arrastraba un cochecito de madera, por una cuerda que se había enrollado en el eje delantero. El universo entero se contrajo a la mano muerta de su padre, entre astillas reposaba ese cochecito roto… ¡Su padre hablaba a través del niño!

—Primero la flor y ahora el juguete —farfulló Mauricio, visiblemente agitado.

—Discúlpeme, señor… —se presentó una mujer que por edad y trato podía ser la madre del niño—. Normalmente no molesta a nadie. Vámonos, Diego, que todavía no has terminado tu cena.

Era la esposa de un famoso actor de cine.

—¡No, tiene que arreglar las cosas! ¡Tiene que ser él! —protestó cuando se lo llevaban a su mesa.

—No, espere, ¡por favor! No es molestia. Dime Dieguito, ¿por qué tengo que arreglar yo las cosas?

Mauricio empezó a desliar el cordón de la ruedas.

—Porque si no te pasarán cosas malas… Lo dice papá.

La madre forzó una sonrisa circunstancial.

—No molestes más al señor…

Y se fueron.

—¡Pero el coche todavía no está arreglado! —protestaba el niño enrabietado.

Mauricio Hurralde regresó a su silla con el rostro desencajado. Estaba perdiendo el control, era evidente incluso para una extraña. Tenía que fingir serenidad, porque esa extraña era su cliente. Y comió sin ganas un trozo del pastel de verduras.

—Mauricio, todos necesitamos un soporte al que agarrarnos; algo que nos diga qué somos en los momentos de incertidumbre. Mi padre, cuando yo era una niña, me regaló esta navaja. Me dijo: “Éste es el primer cuchillo que fabriqué… ¡Nunca necesitará un afilado!”

Mauricio escuchó complaciente sus palabras porque de esa manera daba una tregua a su estómago.

—Y yo le dije: ¿Para qué una niña necesita una navaja? Y él me contestó: “Sólo es un cuchillo, pero puede hacer cosas buenas o malas según el uso que le des”. Con el tiempo comprendí que era un símbolo, que en realidad yo era ese cuchillo y que podía hacer cosas buenas o malas…

Mauricio no se atrevió a interrumpir a pesar de las pausas.

—Tómalo, te lo regalo. Tú lo necesitas más que yo.

Dejó al lado de su servilleta una navaja de apertura lateral, muy rudimentaria. Tenía un bonito logotipo en la empuñadura, que también era de metal. Lo reconoció enseguida: industrias Knaïf.

—Gracias.

“¿Para qué quiero yo esta birria de navaja?”, protestó mentalmente mientras sonreía. Era un objeto valioso por la carga emocional añadida, un valor que Mauricio no era capaz ponderar y que no podía rehusar sin provocar ofensa.

Prefería sin lugar a dudas un arma de fuego, los filos necesitaban de proximidad para su uso, provocaban un acercamiento que iba más allá de lo físico. Y, por añadidura, era más engorroso. Un disparo en la frente es mucho más limpio.

—Gracias, sé que significa mucho para ti. Le daré un buen uso.

Lo guardó con gran reverencia en un bolsillo. “En cuanta salga lo tiro a la primera papelera que vea”.

Cenaron sin más incidentes y a los postres Samantha, preocupada por su marido, manifestó el deseo de regresar.

—No hace falta que me acompañe al hotel, pediré un taxi.

—Bien, mañana le presentaré el nuevo contrato…

—¡Por todos los santos, Mauricio, hoy es Nochevieja! ¿Es que nunca descansa?

—Por supuesto, todas las noches en cuanto cierro los ojos —mintió cortésmente—. Nos llamamos para quedar, ¿ok?

El sonido de la puerta de un taxi cerrándose ponía punto final a una jornada muy intensa. Samantha se despedía con una sonrisa tras la ventanilla, “pero que valiente es esta mujer”, pensó mientras miraba el reloj. Las diez y cuarto de la noche, menos de dos horas para el año nuevo y ya había duplicado el número de maletines. Era una buena noche a pesar de todo.

Ahora que había cerrado el trato suponía que todo volvería a su cauce y que los nervios no le traicionarían más. Regresó al restaurante para beber la última copa antes de ponerse a trabajar, aunque le reventara el ambiente festivo y las risas de la gente. “¡A mí salud!”, pensó alzando el vaso.

Sentado en la barra de la cafetería, bebiendo el último bourbon de la noche, se descubrió repentinamente agotado; y las carcajadas le hacían sentir incómodo. Su celebración duró muy poco.

No era juicioso andar con dos llamativos maletines de cuero negro en la noche más festiva del año, podría olvidar uno en las sombras enmoquetadas de algún club selecto; o peor todavía, que se los arrebataran con violencia.

En cualquier caso, Mauricio reconoció que no gozaba de plenas facultades físicas y que, por lo tanto, no estaba en condiciones para defenderse. Finalmente, el alcohol, pudo con él. “Menos mal”, suspiró Mauricio. “Hoy podré dormir bien”.

Y con una sonrisa se dirigió al cajero más cercano. En circunstancias normales llegaría en poco más de cinco minutos, no merecía la pena llamar a un taxi. Pero el bourbon pasaba factura.

Escuchaba voces de gente alegre a su espalda, personas que seguían sus pasos para celebrar la Nochevieja en algún local cercano. ¡No podía hacerles callar! No era sensato.

Se apoyó en una pared, esperando que las risas se fueran. Miró el reloj de pulsera. Las manecillas, en un abrazo que estrechaba el tiempo, indicaban que faltaba un cuarto de hora para las campanadas de media noche.

La cabeza le daba vueltas, experimentaba una sensación de vértigo que paralizaba la disposición de continuar. La capacidad fisiológica de metabolizar alcoholes había quedado sobradamente colapsada.

—¡Qué todavía es muy pronto para andar así! —Se burlaba una voz anónima de entre un grupo de jóvenes.

Mauricio les ignoró. No representaban ninguna amenaza, pero despertaron su instinto de pistolero. “¡No, no, no!”; Mauricio renegaba con la cabeza. “¡Yo no soy así!”.

—¿Has visto el pedo que tiene?

La oportunidad espoleaba la avaricia en los ojos del joven. No habían pasado desapercibido los maletines, que colgaban como una prolongación inerte de las manos. “No te acerques”, suplicó mentalmente.

Mauricio sabía que es lo que iba a suceder si el chaval daba un paso más: con el pretexto de una ayuda que no necesitaba trataría de hurtar los maletines. Y, naturalmente, él no permanecería de brazos cruzados.

Golpearía con el maletín en la cabeza, con fuerza suficiente para aturdir. Sería una reacción inesperada a una pregunta del tipo “¿Puedo ayudar en algo?”, pero tal vez el maletín se abriría y los billetes, como en una bonita navidad estampada en rosa y añil, volarían arrastrados por los vientos madrileños de azca.


(continuará...)




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viernes, 19 de marzo de 2010

"Error en el sistema" (segunda parte)



Después de tantos años, su condición en la sociedad no se había rectificado. Su firma, a efectos legales, era válida. Y Samanta, a efectos reales, una mujer sola que se negaba a envejecer. Una presa fácil para Mauricio Hurralde.

“Su marido es un huevón, y su mujer está muy buena”, decía la voz de un pistolero desde el fondo de su memoria. Mauricio torció los labios, ¿cómo era posible tener tantas interferencias con el pasado? Nunca antes había sucedido.

—Nos vamos, Mauricio —sentenció su madre en cuanto los forajidos abandonaron la casa.

Ni una lágrima derramó, no en presencia de su hijo.

—No.

Esta respuesta sólo significaba la simple negación de acontecimientos.

—Nos vamos, Mauricio —repitió Dolores agarrándole por los hombros.

Observó las astillas de madera en la mano inmóvil del cadáver, su cochecito estaba roto. De estar intacto tampoco lo querría, jugar con eso sería como arrastrar de un cordón la vida de su padre. Pero la flor permanecía lozana en la otra mano; parecía el alma de su padre, que llameaba a través de sus pétalos. Eso es lo que se llevó, pero no fue todo.

Cruzaban la puerta de la calle cuando un joven, con la camisa desabotonada, atravesó una pierna que los impidió salir. Mostraba la culata de una pistola por encima del pantalón sin pudor.

—Se iban sin decir adiós… qué mala educación.

Sus palabras eran cínicas pero sus ojos expresaban inquietud. No reclamaban sexo, a pesar del beso anterior en la puerta.

Dolores apretó al niño entre sus brazos instintivamente, no sabía si para proteger al chico o para hallar consuelo en él.

—No os voy a matar, ni violar, ni robar —sentenció el pistolero con desgana, después guardó un largo silencio como si esperara felicitaciones—. Te reclamé para que nadie te atacara, para que todos supieran que ya no eres una mujer sola.

—¿Tú serás mi hombre?

—Sólo en lo que tú quieras,… hasta que encuentres a otro. Mientras yo os cuidaré.

Mauricio se acercó al pistolero.

—¿Serás mi nuevo papá, entonces? —interrumpió con ojos húmedos y una sonrisa extraña.

El pistolero trataba de arreglar las cosas a su manera, se inclinó sobre el chico para consolarlo. Y mientras Mauricio recibía una caricia en su pelo, el pistolero recibía una bala en su ingle izquierda. Mauricio no necesitó sacar la pistola para apretar el gatillo. El único parecido razonable que tenía ese señor con su padre estuvo en la manera de caer al suelo.

—¿Qué has hecho? —gemía el pistolero sujetándose la entrepierna. Su cabeza se balanceaba hacia delante para contener el dolor.

—¿Por qué, Mauricio? —añadió su madre auxiliando al muchacho, que desde ese día ya nunca sería un hombre completo.

Mauricio no comprendió por qué, en lugar de escapar, su madre socorría al asesino de su padre. Jamás perdonó ese “por qué, Mauricio”, ni todo lo posterior.

El restaurante estaba lleno, y a pesar del frío que hacía en Madrid, la gente hacía cola en la calle esperando mesa. Mauricio no había hecho reserva, pero lo recibieron con pomposa ceremonia.

—Sin excesos, sin excesos —regañaba al maître.

Algunos clientes que aguardaban turno murmuraban molestos.

—Siempre será bien recibido, señor Hurralde. Si me permite ofrecerle una copa de un “Ribera del Duero”, gran reserva del ochenta y tres, mientras le preparamos su mesa...

—Muy amable, y buena memoria, Amador.

Mauricio recibió todo el aprecio que su apellido y dinero podía comprar, justo lo que necesitaba. No esperaba demostraciones sinceras de afecto, sólo atenciones, y en ese restaurante las prodigaban con generosidad. Tal vez se debiera a que las propinas que dejaba normalmente triplicaban el valor de la comida.

Necesitaba una buena dosis de realidad restauradora para compensar el acecho de un tiempo vivido,… que no sólo saltaba desde las sombras del recuerdo. Se le cayó le copa de las manos. El pasado parecía empeñado en no permanecer encerrado, y se aireaba burlón en el detalle más inesperado.

—Dígame, Amador, que se trata de una broma.

—No le comprendo, señor Hurralde.

—Las flores, las flores de la barra del bar…

—Son bonitas, ¿verdad?

“Las cosas sólo tienen el valor que tú les das”, razonó Mauricio Hurralde, tratando de contener el impulso de salir corriendo. En un grueso jarrón de vidrio templado, un ramillete de almas, como réplicas infernales de la de su padre, subsistía con una aspirina disuelta en el agua.

—Dicen que son las flores del jardín del Edén, antes de que Adán mordiera la manzana. Y son originarias de… ¿de dónde me dijo el dependiente?

—De Ecuador.

—¡Cierto! ¿Pero va todo bien?

En el transcurso de la conversación, unos camareros habían retirado con eficacia los cristales de la copa desafortunada.

—Desde luego, por un momento me sentí como en casa —contestó Mauricio mostrando unos dientes blanquísimos.

Normalmente comía con una copa de vino, dos como mucho. En esta ocasión no permitió que retiraran la botella. “¡A tú salud!”, brindó en silencio, levantando la copa en dirección a flores tan hermosas.

Amador sorprendió el gesto y forzó una sonrisa, en realidad una mueca de aprobación. ¿Cómo podría distinguir él si su cliente actuaba con la sencillez que provoca el vino o con la prudencia de los que claudican a sus fantasmas? Mauricio Hurralde llamó al maître con los dedos.

—Usted… no me conoce. No debe juzgarme —sentenció sin darse cuenta del silabeo natal.

—No me atrevería, por dios…

Mauricio Hurralde le apartó una silla para que le acompañara en la conversación desde una posición más cómoda. Amador aceptó con reservas.

—Usted cree que estoy borracho, porque me bebí su “Ribera del Duero”. Pero lo que usted no sabe es que necesitaría diez botellas más para que la lengua se me trabara, o para que me viera reír… o saltar, o cualquier estupidez que hacen los que están borrachos.

Mauricio Hurralde endureció la mirada.

—¿Usted me ve haciendo estupideces? ¿Estoy diciendo tonterías?

—¡Para nada, señor Hurralde, para nada!

—Hoy voy a cerrar la última operación del año… Voy a ganar mucho dinero, pero tus flores me han puesto triste. Y estando triste no puedo cerrar bien el trato… ¿Qué podemos hacer, Amador?

El maître levantó una mano, al instante acudieron tres camareros con diligente celeridad.

—Café, del especial, y una botella de bourbon añejo. Para dos —aclaró Amador.

—Usted es un buen hombre. Le prometo que hoy regresará a casa contento…

Y Mauricio Hurralde cumplió su promesa. Se bebieron los 70 cl. de un bourbon excelente entre los dos, en menos de dos horas —porque a las seis de la tarde Samantha le esperaría en la cafetería del Hotel en el que se alojaba el matrimonio Knaïf— y porque tras pagar la cuenta, dejó dos billetes de quinientos euros sobre la mesa.

Son para usted, compre algo bonito a su mujer… Sorprenda a sus hijos… ¡Pero vaya en taxi! Y se permitió una risita. ¿Por qué en taxi? Amador apenas se tenía en pie, y de la pregunta lo único que se entendía era la palabra “taxi”. Porque está borracho, amigo mío, respondió Mauricio Hurralde.

Salió del restaurante sabiendo que todos recordarían a un caballero, correcto en todo momento, y generoso. Y que los empleados no olvidarían su rostro, que le atenderían mejor que a nadie en una próxima ocasión. Porque no sentía los efectos de la embriaguez… Y se maldijo por ello.

—Viste, las heridas del cuerpo cicatrizan… —consolaba Wilson bebiendo a morro de una botella de ginebra.

Resistió la tentación de ofrecer la botella al niño que le miraba sin pestañear. Conocía bien esa mirada vacía, y supo que tarde o temprano Mauricio acabaría besando botellas como lo hacía él.

—No te inquietes —insistía el joven—, no te voy hacer nada… No tengo nada que perdonar. Yo hubiera hecho lo mismo.

Mauricio comprendió que ese pistolero no había matado a su padre, y que lo único que pretendía era ayudar. Como agradecimiento le había pegado un tiro; le privó de la intimidad con mujeres de por vida, y de la ocasión de tener hijos con ellas.

—Pero las del alma no cicatrizan… —replicó Mauricio. En ese instante dejó de ser un niño.

Wilson creyó que se refería a sus heridas, pero es que el muchacho tenía las suyas.

—Tu madre me cuida bien, ¿y sabes qué?: la estoy tomando cariño.

Pretendía suavizar la noticia de que se casarían pasado el luto.

—No tendrás que llamarme papá ni nada parecido, seremos como hermanos… ¿Okey?

¡No, no está okey! ¡Nada está okey! , protestó Mauricio en silencio, observando a Dolores radiante, tan feliz como si el brazo que acariciaba fuera el de su padre. No tenía derecho de hacerla llorar, y él, ¿qué mujer encontraría que le aceptara con sus deficiencias?

—Okey —respondió Mauricio con la cabeza baja, para que no vieran la vergüenza, la rabia y el dolor.

Sólo el alcohol "comprendía" su culpabilidad y el extraño afecto-rechazo que sintió por Wilson. Muchas botellas vacías quedaron esperando una respuesta desde entonces. Demasiadas.

Mauricio Hurralde exploró la esfera de su rólex: todavía faltaba una hora y media para la cita. Levantó una mano para llamar un taxi.

—Al hotel Palace, por favor. Pero antes, hágame el favor de detenerse cuando vea un cajero automático de Caja Madrid.

Necesitaba tener algo más de liquidez. Pocos minutos después el taxista rompió la retahíla de comentarios que escupía la radio sobre fútbol.

—¿Le parece bien éste? Parece muy seguro.

Paradojas del destino, era la misma oficina que había visitado esta mañana, dónde una anciana impertinente no dejaba de molestarle.

Era una sucursal que tenía la máquina en el interior del local, no en la fachada exterior, dificultando un poco más la labor de posibles malhechores.

—Sí, muy amable.

Le gustaba ese cajero porque casi siempre estaba vacío, circunstancia que siete horas y media después, cuando dejara a Samantha en el hotel y volviera a esta misma sucursal, dejaría de agradarle.

Pidió al camarero de la cafetería un vaso de bourbon doble con hielo. “Estaba mejor el de Amador”, pensó con el primer trago. Abrió el maletín negro y extrajo el informe de Samantha. Había tenido la precaución de pegar la etiqueta en la cara interior del expediente, por si el matrimonio Knaïf se presentaba antes de tiempo y le sorprendiera revisando las pautas y directrices a seguir.


(Continuará...) 







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domingo, 7 de marzo de 2010

"Error en el sistema" (Primera parte)




                     “Todos tenemos el final que nos merecemos,
                     sólo el perdón puede cambiar nuestro destino”




—Sí, Samanta, nos vemos a las seis de la tarde… dónde siempre.

Mauricio descubrió el rólex de la muñeca para confirmar que todavía tenía tiempo para cerrar sus asuntos. Y colgó el auricular.

Mauricio Hurralde era un hombre de negocios de treinta y cuatro años, nacido en un barrio pobre de Barranquilla, Colombia. Ahora cerraba contratos multimillonarios desde un despacho de la planta cincuenta y dos, el piso más alto de la Torre de Cristal, orgullo arquitectónico de la capital de España.

En las mañanas frías que amanecían con niebla, Mauricio podría disfrutar desde las cristaleras de su despacho del espectáculo de una superficie vaporosa, dorada por los rayos del sol, que para el resto de los madrileños era una techumbre opaca y sin color.

“Podría” de no estar siempre tan ocupado, de no ser tan minucioso hasta en los detalles más insignificantes. Sobre el cristal negro del escritorio, al lado del teléfono, descansaba un informe rotulado con una sola palabra: Samanta.

Eran las doce de la mañana del último día del año, y no tenía a nadie que lo apremiase por llegar antes al hogar familiar.

—Contigo, cariño, voy a disfrutar mucho —musitó Mauricio tras releer las primeras líneas del informe.

No tenía acento extranjero, pero conservaba la dulzura del habla de su tierra natal.

Un maletín de cuero negro, con treinta mil euros en billetes de cincuenta en su interior, fustigaba sus prioridades. Necesitaba diluir ese importe entre las cuentas corrientes de sus bancos, volver invisible un dinero que no siempre era justificable. No le gustaba tener dinero en efectivo, una manía que jamás superó desde su infancia, y razones no le faltaban.

—¿Dónde lo guardas? —gritaba un descamisado imberbe.

—Toma, toma —respondió Dolores, parecía un ángel sobrevolando el salón.

Recopilaba en sus brazos todo aquello que pudiera tener un mínimo de valor. El descamisado reía.

—¿Qué mierda es ésta? —protestaba otro chico con una pistola en la mano.

—¡Estáis confundidos, no tenemos droga! —gritó un niño saliendo de su escondite, pretendía desviar la atención de los pistoleros.

— ¿No? Qué raro, aquí todos trabajan “la coca”.

—Mi padre no.

—Tu padre es un huevón y tu madre está muy buena —sentenció el chico de la pistola sin apartar la mirada de la mujer.

Mauricio no había conseguido su objetivo, en ese momento entró por la puerta de la casa Aldo Hurralde, su padre. Llevaba un cochecito de madera en una mano y una flor en la otra. Un disparo certero en la cabeza lo desbarató como una marioneta rota; cayó al suelo sin un suspiro, sin una despedida.

—Hey —gritó otro entrando en la casa.

Tropezó con la mirada inexpresiva de Aldo Hurralde.

—Éste no es… ¡Joder!

El hombre al que perseguían debió oír el disparo tan cerca que supo que le buscaban, que pronto sus perseguidores saldrían de su error.

El pistolero se acercó hasta el cadáver, sólo para revolver en los bolsillos. Pisó sin cuidado la mano que todavía sujetaba el cochecito, que se rompió bajo la presión de unas botas camperas.

—¡Bingo! —el descamisado, todavía de cuclillas, mostraba sonriente unos pocos billetes.

La paga de un honrado trabajador.

—Hey, y tú no te pongas triste —manifestó el pistolero a la desconsolada viuda— que ya vendré a calentar tu cama, para que no pases frío y extrañes a tu marido.

Y se marchó dejando un beso, que se había dado en los dedos, en la puerta…

El maletín de cuero negro seguía a sus pies, esperando. Mauricio torció los labios, había perdido el control por unos segundos. Sucedía algo similar cada vez que se aproximaba una fecha que tuviera un marcado valor familiar, los recuerdos se escapaban como burbujas de champán a pesar de que no había nada que festejar. Tomó un mando a distancia de un cajón del escritorio y al instante los “Tahures Zurdos” cantaron “Dime que no”.



“Tú no lo crees,

yo lo vi

en tu corazón,

en tu corazón,

en tu corazón (…)”



Una lágrima trató de escapar de su encierro cuando Mauricio Hurralde se retocaba el nudo de la corbata. Se sirvió del mueble bar dos dedos de “Jack Daniel’s” en un vaso cuadrado…



“El hombre sabe que no hay nada peor

que quedarse en el camino (…)”



Minutos después se hallaba en un cajero automático de Caja Madrid ingresando seis mil euros en efectivo, sin saber que doce horas después volvería a ese mismo cajero sin sentirse mejor que ahora.

Alguien carraspeaba inquieto a su espalda, su mano derecha buscó una automática que años atrás solía llevar sujeta por el cinturón de los pantalones. No halló nada tras la americana, Mauricio Hurralde ya no estaba en Colombia.

—¿Pero cuánto dinero está ingresando usted, por dios? —protestó una anciana molesta por esperar tanto tiempo, tal vez por no disponer de esas cantidades.

Se volvió a la señora con un marcado acento barriobajero de Barranquilla.

—¿Y a usted qué carajo le importa?

Lo había vuelto a hacer, ¡ya eran dos veces que perdía el control en la misma mañana!

—Nada, hijo, nada —la señora se disculpaba más con el cuerpo que con las palabras—. Perdone usted y siga ingresando, siga… siga.

Debió percibir violencia en la mirada de ese ejecutivo. La buena señora sabía que los hombres de negocios sufrían grandes presiones, responsabilidades millonarias, y cuando el estrés podía con ellos los peores instintos afloraban bajo una locura transitoria. Y no deseaba ser el daño colateral de un estallido de cólera.

Observó en silencio como aquel hombre atragantaba la ranura con billetes una y otra vez. No podía introducir fajos muy gordos porque la máquina no era capaz de contar más que un número limitado en cada ocasión. Y por suerte para aquella anciana, eran nuevos, sin dobleces ni arrugas que retrasaran el cómputo mecánico con la expulsión del billete deteriorado.

—¿Y no sería más sencillo hacer el ingreso en ventanilla, sobre todo cuando se trata de grandes cantidades? —sugirió la anciana con dulzura.

—No —contestó sin dar más explicaciones.

Reanudó el ingreso de dinero.

—¿No ha pensado que tal vez se pueda perder algún billete de este modo?

—No.

—Y se arriesga a que se lo quiten. Créame, joven… —insistía la anciana con el ardor de la avaricia en los ojos.

—No se acerque a mí, señora —advirtió Mauricio Hurralde sin volverse, todavía no había terminado y la anciana asumía confianzas que no habían sido dadas.

—Oh.

La señora retrocedió unos pasos. Se reconoció fascinada por el movimiento repetitivo de esas manos, que volaban infatigables del maletín a la ranura de la máquina. ¡Había tantos billetes!

Mauricio Hurralde se mostró amable.

—Gracias, señora.

Y lució una sonrisa de seductor; supo que la anciana sólo recordaría a una persona encantadora con mucho dinero.

Tras la visita de unos cuantos cajeros automáticos más el maletín quedó vacío. Reservó un resto de dos mil euros que guardó en el bolsillo interior de la americana, para los gastos del día.

Debía agasajar convenientemente a Samanta para obtener el contrato. En el fondo, su trabajo no dejaba de ser de “relaciones públicas”; sabía que cuando apenas existen diferencias con otros del sector, lo único que atrae el interés de un cliente es el trato humano. Y Mauricio Hurralde era un maestro en ese terreno.

Sin que sus clientes lo sospecharan jamás, su negocio, la gran empresa que daba de comer a cientos de personas a través de puestos indirectos, que contaba con patrimonio industrial y logístico en Madrid, Barcelona, y se extendía a diversas capitales sudamericanas, se reducía a un despacho y a su persona.

Estudiaba las necesidades y demandas del sector; contactaba con unos y otros, los relacionaba y así obtenía beneficios por ambas partes. Cuando lograba encajar dos empresas grandes que se complementaban y perduraban en el tiempo, los réditos pasaban de abrumadores a insultantes para la inteligencia común.

Con el tiempo descubrió que no todas las empresas se necesitaban constantemente y que el modo de vida que disfrutaba se basaba únicamente en el capricho del azar. Circunstancia intolerable para un hombre que no dejaba participar la suerte en su vida, porque todo debía estar bien estudiado.

En la última operación sólo faltaba la firma de Samanta, la apoderada de Industrias Knaïf, una empresa metalúrgica familiar que despuntó a mediados de los años ochenta en el horizonte de una Alemania dividida.

La buena gestión comercial del señor Clauss Knaïf logró multiplicar por cien el capital social inicial, y no descartó abrir el consejo de administración a nuevos socios que proyectaron la sociedad más allá de los límites nacionales.

Todo un ejemplo de éxito empresarial y evidente abandono familiar. Samanta era la bella esposa del presidente de industrias Knaïf, reducida al espacio del fitnes y solárium por imperativos empresariales. Clauss la compensó con el cargo de Vicepresidente, un gesto cariñoso que no gustó al consejo de administración, pero que justificaba por su escasa participación en la empresa.


(continuará...).


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Pie de foto: extraído de http://www.disfrutamadrid.com/ fotos torres cristal-espacio[1]
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