Una vez tuve un sueño

Soñé con un mundo en el que todos podían ser lo que quisieran, hacer aquello que más satisfacción les provocara, que no existiera más impedimento que el deseo...

Hoy, a mis cuarenta y dos años recién cumplidos, y a pesar de que la vida golpeó con toda la crudeza de la realidad, todavía no he despertado de las utopías de juventud. Si no puedo vivir en un mundo feliz, me lo inventaré: haré que otros, como un dios todopoderoso de infinita bondad, sean felices... al menos en mi pensamiento.

Y me puse a escribir. Ahora que tengo en mi haber más de setenta relatos cortos y dos novelas, descubro por qué Dios es "omniausente" e imperfecto.


viernes, 2 de abril de 2010

"Error en el sistema" (tercera parte)



Miró a su alrededor, todo estaba tranquilo, apenas había clientes y hablaban en susurros. Mauricio escrutaba su entorno tratando de averiguar dónde se escondían los resortes del pasado. No deseaba que se presentara con un “¡Sorpresa!” inesperado y de mal gusto.

Exigía tener la realidad bien atada, para poder trabajar sin interferencias y firmar el contrato que tanto ansiaba. No había nada que pudiera despertar sus recuerdos, todo era perfectamente extraño y carente de valor emocional.

Había aprendido a ser aséptico con las circunstancias de la vida, a destruir toda causalidad, y rechazar cualquier tentativa de memoria emocional. Mauricio Hurralde vivía en un eterno presente, sin pasado y sin futuro.

Supo fingir otras personalidades, con circunstancias siempre apropiadas para despertar la empatía de sus clientes. Era como un juego, que además permitía preservar su yo primitivo; parcela que no quería tocar porque allí se escondía la infancia castrada del niño que una vez fue.

—Otro, por favor.

Señaló el vaso vacío, que mostraba el hielo sin derretir en su interior.

Cerró el expediente, pues conocía cada palabra de memoria.

Tres minutos antes de la hora convenida, el matrimonio Knaïf apareció por la puerta de la cafetería. Mauricio no tuvo la menor duda, porque aunque las fotografías del informe no eran actuales los rasgos concordaban. Los recibió en la misma entrada.

—Soy Mauricio Hurralde —se presentó ofreciendo una sonrisa generosa y una mano abierta—. Por favor, acompáñenme a una mesa.

Una vez retirado el camarero con la comanda, Mauricio prosiguió con el guion planeado.

—I speak perfect english, und ein wenig deutsch, so dass, wenn sie es vorziehen, das gespräch zu halten…

—No se moleste, nosotros somos grandes admiradores del pueblo español —interrumpió Clauss Knaïf con un acento excesivamente alemán—. ¿Verdad, querida?

Samantha asintió con la barbilla, su timidez resultó encantadora. Era una buena señal, sabía que la primera impresión había sido positiva y que no aportarían grandes dificultades.

Simplificaba mucho la línea de actuación; debía proseguir la entrevista procurando el protagonismo a Clauss, sin olvidar oportunos comentarios para que Samantha también pudiera opinar. Y cuando la notara ausente, aliviar los tecnicismos del negocio con alguna anécdota intranscendente que les recordara que trataban con un tipo encantador.

Transcurridas dos horas de conversación, Mauricio ya tenía firmado un precontrato. Había resultado demasiado fácil, y ni siquiera había tenido que seducir a Samantha.

Mientras observaba las medias blancas de Samantha, como una novia virgen que se presenta ante Dios, Mauricio reconoció que no le hubiera importado intimar más con ella.

—Decía, mi querido amigo, que si no será inconveniente para usted que nos mostrara su ciudad…

—Para nada, es más, tenía previsto llevarles a cenar a un restaurante muy especial. Y si para después no están muy cansados, tengo reservados unas butacas en el teatro real.

—Espero que no sea nada de Wagner…

—No señor, “Carmen” de Georges Bizet; algo poco alemán.

Samantha se permitió su primera reacción natural de la velada con una risita deliciosa. Mauricio la acompañó con una risa bien modulada.

—¿Está bien dentro de media hora en recepción? —Se interesó Mauricio, calculando el tiempo que necesitarían para adecuar sus vestimentas para la velada—. ¡Ah!, y no hace falta que vistan de etiqueta. Yo voy a ir con lo puesto —añadió levantando los brazos en un gesto de falsa modestia.

Sólo el valor del traje podía servir como entrada para la compra de un automóvil a plazos. ¡Esto hay que celebrarlo!, pensó Mauricio.

El camarero tenía ya preparado un vaso con hielo para el bourbon en cuanto le vio aparecer. Y en los veintisiete minutos que el matrimonio alemán tardó en bajar aún tuvo tiempo de tomarse dos copas más.

Samantha vestía con el mismo traje de falda recta y americana que lució en la entrevista. No se había cambiado, y Clauss, con el rostro enrojecido y mirada ausente, tampoco.

—Señor Hurralde —Samantha mostraba una energía inusual—, nos va a disculpar porque no vamos a poder acompañarle a ningún sitio. Mi esposo no se encuentra bien.

—Por supuesto…

—¡Tonterías! —protestó Clauss—. Estoy convencido de que usted la tratará bien, que no… ¿cómo dicen ustedes? Es algo de cuernos…

Y se rió como de si un chiste se tratara, una broma macabra a juzgar por la mirada triste de su esposa.

—Es wird mit mir geschehen, immer. Bleiben neben mir bekommen nicht nur mich besser zu fühlen…

—Ich weib nicht weiter diskutieren, bitte.

—Mit ihm zu gehen, dann. Ich will leben…

Traducción:


—Se me pasará, siempre es así. Quedándote a mi lado no sólo no conseguirás que me siente mejor…


—No discutamos más, por favor.


—Ve con él, entonces. Quiero que vivas…


Mauricio Hurralde se retiró unos pasos; a su pesar, entendía palabras sueltas de sus interlocutores. Veinte minutos después Samantha aclaraba la situación sentada a la mesa de un restaurante con servicio para dos.

—Se muere, tiene cáncer en fase terminal. Me hizo prometer que no diría nada. Quiere asegurarse de que me deja una empresa fuerte, saneada.

Mauricio sintió el impulso de romper el precontrato firmado. Su mano buscó el maletín que descansaba a sus pies, pero la detuvo a tiempo y asintió sonriente.

Samantha guardó silencio un instante.

—Quiero que usted siga con el trato. Sé que usted hace de mediador, que se llevará un porcentaje por la operación. Tome, yo le anticipo una parte.

Ella le ofreció un maletín de cuero negro, similar al de Mauricio.

—Con ese dinero lo único que estoy haciendo es contratar sus servicios, señor Hurralde. Nosotros también nos hemos informado, y sabemos que usted es el mejor y que le gusta el dinero en efectivo.

—Como a todo el mundo, ¿no?

—No todos tienen la particularidad de realizar ingresos millonarios en cajeros automáticos.

A Mauricio Hurralde se le escapó una carcajada de sorpresa.

—Parece saber mucho de mí —añadió con su acento natal, incomodado.

“No pueden saberlo todo. Nadie conoce lo que pasó en Colombia”, trató de sosegarse. Levantó una mano para llamar a un camarero y en un momento se presentaron tres. Todos muy sonrientes.

Poco después servían un vaso grande de bourbon con hielo, y una botella de agua natural con gas para ella.

—No debe juzgarse, Mauricio. Yo no lo hago.

—¿Juzgarme? ¿Por qué razón debería juzgarme?

—Su mundo perfecto y controlado está creando mensajes de error… ¿De verdad que no los nota?

Mauricio se bebió de un trago el bourbon. Levantó una mano pero antes de que expresara su deseo al camarero ya venía con otro vaso lleno.

—No señora, mi mundo funciona a la perfección. Gracias —añadió al camarero.

—En mi tierra sólo se bebe así cuando se quiere olvidar a los muertos, y sé que usted no bebe así por mi marido.

El sonido de quince cornetas bien sincronizadas sobresaltó a Mauricio. Por detrás del lamento de las cornetas, dulce y melancólicamente, se alzaba la voz única de ocho trompetas, que enmarcada por el ritmo incansable de unos tambores, temblaba en el último adiós. Mauricio Hurralde lloraba entre los espectadores que escuchaban a la banda municipal, lloraba por lo que todavía no había hecho.

La pistola que había hurtado a Wilson, parecida a la que había matado a su padre, palpitaba a su espalda. Después de lo ocurrido a Wilson nunca se atrevió a guardar el arma como lo hacían los demás pistoleros. El hierro frío del cañón pedía fragor de pólvora quemada, reclamaba sangre.

Todavía sentía el redoble de los tambores cuando le sirvieron una ración de moussaka griega. Se pasó un pañuelo por la frente.

—No me encuentro bien.

Samantha tomó su mano entre las de ella, tal vez como respuesta condicionada por la enfermedad de su marido.

—Coma—. Sus ojos acariciaban mejor que sus dedos.

Era una mujer soberbia, tras una máscara de sobria belleza ocultaba una gran humanidad.

—Perdone señor —dijo un niño de cuatro años tirando de la pernera del pantalón—. ¡El coche no rueda!

Arrastraba un cochecito de madera, por una cuerda que se había enrollado en el eje delantero. El universo entero se contrajo a la mano muerta de su padre, entre astillas reposaba ese cochecito roto… ¡Su padre hablaba a través del niño!

—Primero la flor y ahora el juguete —farfulló Mauricio, visiblemente agitado.

—Discúlpeme, señor… —se presentó una mujer que por edad y trato podía ser la madre del niño—. Normalmente no molesta a nadie. Vámonos, Diego, que todavía no has terminado tu cena.

Era la esposa de un famoso actor de cine.

—¡No, tiene que arreglar las cosas! ¡Tiene que ser él! —protestó cuando se lo llevaban a su mesa.

—No, espere, ¡por favor! No es molestia. Dime Dieguito, ¿por qué tengo que arreglar yo las cosas?

Mauricio empezó a desliar el cordón de la ruedas.

—Porque si no te pasarán cosas malas… Lo dice papá.

La madre forzó una sonrisa circunstancial.

—No molestes más al señor…

Y se fueron.

—¡Pero el coche todavía no está arreglado! —protestaba el niño enrabietado.

Mauricio Hurralde regresó a su silla con el rostro desencajado. Estaba perdiendo el control, era evidente incluso para una extraña. Tenía que fingir serenidad, porque esa extraña era su cliente. Y comió sin ganas un trozo del pastel de verduras.

—Mauricio, todos necesitamos un soporte al que agarrarnos; algo que nos diga qué somos en los momentos de incertidumbre. Mi padre, cuando yo era una niña, me regaló esta navaja. Me dijo: “Éste es el primer cuchillo que fabriqué… ¡Nunca necesitará un afilado!”

Mauricio escuchó complaciente sus palabras porque de esa manera daba una tregua a su estómago.

—Y yo le dije: ¿Para qué una niña necesita una navaja? Y él me contestó: “Sólo es un cuchillo, pero puede hacer cosas buenas o malas según el uso que le des”. Con el tiempo comprendí que era un símbolo, que en realidad yo era ese cuchillo y que podía hacer cosas buenas o malas…

Mauricio no se atrevió a interrumpir a pesar de las pausas.

—Tómalo, te lo regalo. Tú lo necesitas más que yo.

Dejó al lado de su servilleta una navaja de apertura lateral, muy rudimentaria. Tenía un bonito logotipo en la empuñadura, que también era de metal. Lo reconoció enseguida: industrias Knaïf.

—Gracias.

“¿Para qué quiero yo esta birria de navaja?”, protestó mentalmente mientras sonreía. Era un objeto valioso por la carga emocional añadida, un valor que Mauricio no era capaz ponderar y que no podía rehusar sin provocar ofensa.

Prefería sin lugar a dudas un arma de fuego, los filos necesitaban de proximidad para su uso, provocaban un acercamiento que iba más allá de lo físico. Y, por añadidura, era más engorroso. Un disparo en la frente es mucho más limpio.

—Gracias, sé que significa mucho para ti. Le daré un buen uso.

Lo guardó con gran reverencia en un bolsillo. “En cuanta salga lo tiro a la primera papelera que vea”.

Cenaron sin más incidentes y a los postres Samantha, preocupada por su marido, manifestó el deseo de regresar.

—No hace falta que me acompañe al hotel, pediré un taxi.

—Bien, mañana le presentaré el nuevo contrato…

—¡Por todos los santos, Mauricio, hoy es Nochevieja! ¿Es que nunca descansa?

—Por supuesto, todas las noches en cuanto cierro los ojos —mintió cortésmente—. Nos llamamos para quedar, ¿ok?

El sonido de la puerta de un taxi cerrándose ponía punto final a una jornada muy intensa. Samantha se despedía con una sonrisa tras la ventanilla, “pero que valiente es esta mujer”, pensó mientras miraba el reloj. Las diez y cuarto de la noche, menos de dos horas para el año nuevo y ya había duplicado el número de maletines. Era una buena noche a pesar de todo.

Ahora que había cerrado el trato suponía que todo volvería a su cauce y que los nervios no le traicionarían más. Regresó al restaurante para beber la última copa antes de ponerse a trabajar, aunque le reventara el ambiente festivo y las risas de la gente. “¡A mí salud!”, pensó alzando el vaso.

Sentado en la barra de la cafetería, bebiendo el último bourbon de la noche, se descubrió repentinamente agotado; y las carcajadas le hacían sentir incómodo. Su celebración duró muy poco.

No era juicioso andar con dos llamativos maletines de cuero negro en la noche más festiva del año, podría olvidar uno en las sombras enmoquetadas de algún club selecto; o peor todavía, que se los arrebataran con violencia.

En cualquier caso, Mauricio reconoció que no gozaba de plenas facultades físicas y que, por lo tanto, no estaba en condiciones para defenderse. Finalmente, el alcohol, pudo con él. “Menos mal”, suspiró Mauricio. “Hoy podré dormir bien”.

Y con una sonrisa se dirigió al cajero más cercano. En circunstancias normales llegaría en poco más de cinco minutos, no merecía la pena llamar a un taxi. Pero el bourbon pasaba factura.

Escuchaba voces de gente alegre a su espalda, personas que seguían sus pasos para celebrar la Nochevieja en algún local cercano. ¡No podía hacerles callar! No era sensato.

Se apoyó en una pared, esperando que las risas se fueran. Miró el reloj de pulsera. Las manecillas, en un abrazo que estrechaba el tiempo, indicaban que faltaba un cuarto de hora para las campanadas de media noche.

La cabeza le daba vueltas, experimentaba una sensación de vértigo que paralizaba la disposición de continuar. La capacidad fisiológica de metabolizar alcoholes había quedado sobradamente colapsada.

—¡Qué todavía es muy pronto para andar así! —Se burlaba una voz anónima de entre un grupo de jóvenes.

Mauricio les ignoró. No representaban ninguna amenaza, pero despertaron su instinto de pistolero. “¡No, no, no!”; Mauricio renegaba con la cabeza. “¡Yo no soy así!”.

—¿Has visto el pedo que tiene?

La oportunidad espoleaba la avaricia en los ojos del joven. No habían pasado desapercibido los maletines, que colgaban como una prolongación inerte de las manos. “No te acerques”, suplicó mentalmente.

Mauricio sabía que es lo que iba a suceder si el chaval daba un paso más: con el pretexto de una ayuda que no necesitaba trataría de hurtar los maletines. Y, naturalmente, él no permanecería de brazos cruzados.

Golpearía con el maletín en la cabeza, con fuerza suficiente para aturdir. Sería una reacción inesperada a una pregunta del tipo “¿Puedo ayudar en algo?”, pero tal vez el maletín se abriría y los billetes, como en una bonita navidad estampada en rosa y añil, volarían arrastrados por los vientos madrileños de azca.


(continuará...)




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Pie de foto: estraída de http://www.urbanity.biz/albums/pics/montaje_nuevo_windsor.jpg

3 opinaron que...:

Federico Manuel dijo...

Tenéis que disculpar el retraso de la publicación del final de esta historia, pero es que "crecía" y no me he dado cuenta de esta circunstancia hasta que he tratado de publicarlo.

Es por esa razón por la que publico la parte final por separado (se me hacía demasiado grande en una sola entrada).

Pido mil perdones.

Nati dijo...

Hola soy Nati, vengo a visitarte y puedo comprobar con alegria que sigues teniendo el blog tan lindo como siempre,perdona que no venga a visitarte con la frecuencia que me guataria y que tu mereces,pero tengo poco tiempo y gracias a Dios sois muchos y me es dificil llegar a todos amenudo, pero te llevo en mi corazón y me acuerdo mucho de tí.
Besos Nati.

Federico Manuel dijo...

Siempre serás bienvenida, Nati, y tú y todo aquel que pase por aquí, aunque sólo sea para dejar una huella más o menos propagandística de su blog.