Una vez tuve un sueño

Soñé con un mundo en el que todos podían ser lo que quisieran, hacer aquello que más satisfacción les provocara, que no existiera más impedimento que el deseo...

Hoy, a mis cuarenta y dos años recién cumplidos, y a pesar de que la vida golpeó con toda la crudeza de la realidad, todavía no he despertado de las utopías de juventud. Si no puedo vivir en un mundo feliz, me lo inventaré: haré que otros, como un dios todopoderoso de infinita bondad, sean felices... al menos en mi pensamiento.

Y me puse a escribir. Ahora que tengo en mi haber más de setenta relatos cortos y dos novelas, descubro por qué Dios es "omniausente" e imperfecto.


miércoles, 14 de abril de 2010

"En la cañada real" (última parte)


Y ahora, que ya conocen los antecedentes, estarán esperando con ansiedad la explicación del último suceso, ¿verdad? Recapitulemos un poco.

Manuel está de regreso a su hogar, harto de una larga jornada de trabajo como reciclador de basuras. Le duelen las piernas por tantas horas de bipedestación, y la espalda por contracturas musculares. Huele a basura, y es probable que si su mujer le diera un beso en los labios, apreciaría aparte de su amor, un sabor acre, picante y dulzón, completamente ajeno a su naturaleza.

Necesitaba darse una ducha y descansar. Su mente de obrero, acostumbrada a la servidumbre de la nómina y a las discutibles satisfacciones espirituales del trabajo bien hecho, sólo podía pensar en la llegada al hogar como la entrada al Paraíso. Por lo tanto, todo lo demás era un valle de lágrimas del que era mejor huir con la máxima celeridad.

Esta idea se reforzaba diariamente cada vez que circulaba por la Cañada Real, carretera que conducía hasta el vertedero donde trabajaba. En ella observaba la vida de aquellos marginados que se habían asentado ilegalmente en ambos márgenes.

Habían construido sus hogares bajo la presencia ominosa de una montaña artificial, creada con los deshechos de los señoritos de la ciudad, y donde los camiones volquete descargaban incesantemente, transformando la orografía, en un lugar donde ni las gaviotas basureras acudían para alimentarse.

Sí, era un entorno donde los gitanos convivían en armonía con los árabes, sin mayores complicaciones ocasionales que la redada oportunista de la policía en búsqueda de un alijo de drogas, o de algún drogadicto con síndrome de abstinencia dando voces en mitad de la carretera.

Por lo demás, y curiosamente, era un sitio normal, que se alegraba con la llegada de la primavera, donde sus mujeres barrían las entradas de sus hogares, y los ancianos, con las manos apoyadas en bastones, veían la vida pasar desde la sombra de unos tejadillos de uralita reciclado.

La naturalidad de la vida moderna llegaba a esos rincones, y con evidencia, a través de los autocares de los colegios, los bares señalizados con pintadas, ¡con letras mayúsculas!, y las antenas parabólicas, que emergían como champiñones en los tejados de las chabolas.

La Cañada Real era, por tanto, un lugar densamente habitado, y no era raro que soportando un tráfico rodado constante, día y noche, de vehículos pesados y particulares, hubiera un accidente. De hecho, las estadísticas aseguran que, precisamente en esa carretera, es donde se producen el mayor número de accidentes de toda la región, ¿o debería decir atropellos?

No es de extrañar, entonces, que Manuel, el Manuel de nuestra historia, tras dos pequeños percances y obsesionado con llegar a casa, haya atropellado a un gitano rechonchote de unos treinta años. ¿Qué cual es su historia? Pues ni más ni menos que la de cualquiera de ellos, y creerme, no es mejor que las precedentes relatadas...


* * *



Josué pertenecía a la etnia gitana que dominaba la Senda Galiana, la Cañada Real que transcurría hacia los vertederos de Valdemingómez. Tenía unos treinta años, y una complexión corporal dilatada que una blusa de seda negra muy holgada y unos pantalones de pinzas italianos, con muchas equis en la etiqueta, no conseguían disimular. Porque Josué no estaba gordo, no; metiendo un poco la tripa, y siempre que le observaran con mirada indulgente, descubrirían a un gitano resultón.

Évelin nunca lo vio así, a pesar de que Josué estaba enamorado de ella, y razones no le faltaban, pues virgen más bella no pudo ser concebida jamás por maestro pintor de cualquier tiempo. Évelin era la hermosura encarnada en un cuerpecito de mujer y, por tanto, el orgullo y la esperanza de la familia Vargas para que un buen matrimonio los situara, socialmente, a un nivel superior.

Aunque se regían por sus propias leyes todos creían que podría llegar a ser pretendida por algún payo de familia influyente, de esos que se descubren contestatarios, y que por amor, ¡bendito sea!, su familia acabaría aceptando a regañadientes el matrimonio. Y el novio, por amor, termina por aceptar a la familia de su mujer, y todos, por amor mutuo, acaban revelándose muy similares, con las mismas inquietudes y esperanzas.

La realidad era muy diferente, la bella Évelin ni era pretendida por influyentes banqueros o personajes de la televisión, ni era virgen. Y aunque sus costumbres eran muy rígidas, en cada nueva generación, niños y niñas gitanas perdían cada vez más sus costumbres y creencias.

Era un efecto invisible de desgaste, de erosión lenta pero constante producida por una sociedad de consumo de la que no permanecían al margen. Cuando la noticia llegó a oídos de los padres de Évelin, la Cañada entera tembló ante sus rugidos de ira.

Évelin era la vergüenza, la deshonra de la familia, ella, que tanto bien podía haber hecho, había regalado su virginidad al primer muchacho que había sido atento con ella.

—¿Con que derecho? –bramó su padre—. ¡En último caso la hubiéramos vendido a buen precio! –Levantó la mano con intención de dejar su huella en el rostro de su hija, pero la belleza de sus rasgos la detuvo.

Era como si espontáneamente se le apareciera la Virgen María y de su pecho flameado de amor divino irradiara un poder sobrenatural que aplacaba cualquier mal. Sollozó humillado, vencido... resignado.

Al día siguiente se presentó Josué en la puerta de la casa de Évelin, como si nadie hubiera escuchado nada y los rumores de lo sucedido la noche anterior no hubieran sido desmenuzados para sacar la mayor sustancia que les alegrara el día. Para Josué nada había pasado.

—Vengo, señor, para pedir la mano de su hija Évelin –explicó Josué con inquietud.

Se conocían desde hace mucho, de hecho, Yosua, el padre de Évelin, lo había sostenido en sus brazos cuando Josué era un bebé recién parido. Toda la conversación era puro formulismo, llena de delicadezas para no tocar llagas e imprecisiones para no provocar susceptibilidades.

—¡Vaya, Josué, no me lo esperaba! Bueno, ¿y desde cuando estás prendado de mi hija?

—Señor, —sólo en esta conversación le llamaba así— desde que era un niño.

—¿Tanto? –Yosua estaba escandalizado, no podía entregar su hija a ningún desequilibrado.

—Bueno, señor. La verdad es que Évelin siempre la he tenido en mi mente de alguna manera, pero verdaderamente enamorado de ella es desde hace poco, cuando me enteré que sufría... porque alguien sin corazón la dejó.

Yosua se levantó de su silla de madera y mimbre, tan agitado que Josué creyó que iba a romperla sobre su cabeza.

—¡Mira, ese canalla...! Ese canalla...

—Sí, lo sé. Quería lo que todos, pero Évelin no se lo dio. Por eso la dejó –mintió Josué.

—Eso es —suspiró Yosua.

—Mire, señor. Yo la amo, de verdad. Sabré curar sus heridas y perdonar sus errores. Lo único que me importa es ella.

Trataba de comunicarle que conocía los detalles, pero sin ofender su dignidad, hacerle comprender que Évelin era lo más importante en su vida y que no habría precio que no pudiera pagar para recibir su amor. Era toda una oportunidad para acallar los rumores y que la familia recuperara el buen nombre en el escalafón social de la Cañada.

Además, el pretendiente pertenecía a una familia amiga, y estaba bien situada económicamente por la venta de áridos y demás materiales de construcción. Habían sabido aprovechar la oportunidad de la fiebre por la edificación que, en más de cinco kilómetros de la Cañada Real, se había extendido en perjuicio del chabolismo. Decían que el gobierno expulsaría de esas tierras a todo a aquel que viviera en condiciones infrahumanas, realojándolos en cualquier piso de Arganda o de Madrid.

—¿Cuánto estarías dispuesto a cotizar, Josué?

Según sus normas una mujer sin marido no era nada, y nadie la reclamaría si había conocido varón, por lo tanto no podía exigir dote alguna por Évelin. Pero no podía reconocerlo abiertamente.

—Lo que considere justo.

Le respondía con su misma moneda, le recordaba que conocía los devaneos de Évelin y que por lo tanto ella estaba devaluada. De otro modo se hubieran concretado sumas de dinero y bienes materiales. Era una respuesta más que generosa, pues le daba la oportunidad de salvar su nombre y no perder dinero en la operación. Pero no debía pasarse.

—Bien, Josué, veo que de verdad amas a Évelin. Yo te doy mi bendición si consuelas a esta familia con treinta mil euros, en compensación por el dolor que su ausencia provocará en nuestros corazones. Será un dinero que administraremos velando también por vuestro bien.

—Yosua, ¿no crees que estás pidiendo demasiado?

—No. Y no creo que sea demasiado ni para tu familia ni para ti, que dices amarla mucho.

Yosua se levantó de su silla de madera y mimbre, dando por finalizada la conversación. Los Vargas era gente muy orgullosa, y el talante de Yosua, que apenas unas horas atrás lloraba desconsolado, no podía ser otro.

Se mantuvo de pie, al lado de su silla, sin moverse, hasta que Josué abandonó los límites de su propiedad, sólo entonces volvió a sentarse. En su rostro no se reflejaba emoción alguna, sabía que sería escudriñado por las mujeres; tratarían de desvelar, a través del más mínimo indicio, si la entrevista se había desarrollado bien o mal.

—Está demasiado quieto —murmuraba alguna a sus espaldas.

—Sí, parece que no respira. Malo, malo.

Y ninguna se le acercó, ni los vecinos que habían sorprendido la pedida de mano desde las ventanas de sus casas se allegaron para felicitarle. En el patio de los Vargas no se gritó, nadie cantó, y cuidaron mucho que los niños no se arrimaran al patriarca de la familia.

Para Josué tampoco hoy era un día de fiesta, tal vez era peor. Yosua le había pedido un dinero que no tenía, a pesar de su edad no tenía nada ahorrado. No tenía oficio ni negocio, ni experiencia en trabajo alguno. Había trapicheado, como todos los de la Cañada, cuando había sido más joven, pero de esos años oscuros nada había quedado, sólo la costumbre de desayunar un pollo cada mañana.

—Que quieres, se levanta muy temprano. No quiero que mi Josué se me caiga al suelo en el trabajo —defendía su madre años atrás, una mujer gruesa con unos pechos descomunales.

Su familia, los Heredia, tampoco tenían ese dinero. Y de tenerlo no lo hubieran cedido para ganar una nueva hija, ni por la felicidad de su hijo mayor. Antonio Heredia, padre de Josué, mantuvo abierto el negocio de los áridos, y los camiones seguían entrando y saliendo, con su carga de arenas o cementos, aún cuando en los balances de su contabilidad rara vez arrojaban cifras que sus gestores consideraran beneficios.

No dejaba de ser un “trapicheo” más, sólo que legal. Compraba el material a un precio y lo vendía a otro mayor, pero no siempre en el plazo que los acreedores marcaban para cobrar sus facturas, o en los precios de mercado, y la mayoría de las veces tenía que venderlo a un precio menor, si quería hacer frente a los pagos.

—¿Estoy en la ruina? –Se interesaba Antonio Heredia.

—No, pero es un negocio muy irregular. Muchas veces tiene que aportar un dinero que su empresa no tiene —replicaba el gestor.

—Bueno, pero me da de comer, ¿no?

—Sí, pero no lo hará rico, y la quiebra revolotea en círculos como un buitre sobre su cabeza.

Antonio Heredia complementaba la economía familiar con el negocio de la chatarra. Dos de sus hijos conducían camiones pequeños que arrancaban antes de las seis de la mañana para llegar los primeros a la cosecha madrileña de metales. Más de una vez la chatarra había salvaguardado su economía familiar, pero estaba lejos de tener alguna fortuna escondida en casa. Ni Josué, ni su familia, tenían los treinta mil euros requeridos.

—¡Maldita sea mi suerte! –Gritó Josué en los campos desolados de escombros que había entre la Cañada y la autopista M-50.

Allí no sería escuchado, allí podría meditar bajo el arrullo del tráfico rodado de la autopista. Comprendió que el orgullo de sus familias, la suya y la de Évelin, habían provocado una situación disparatada.

—Me mato, me tiro ahora mismo a la autopista y se acaba todo —sentenció Josué desconsolado, absolutamente descorazonado.

Sus piernas, sin saber muy bien cómo, se movían en dirección hacia la autopista, pero su trayecto quedo truncado inesperadamente por la aparición de un insecto, que sin pudor, se posó sobre el brazo izquierdo. La reacción instintiva de Josué fue levantar la mano contraria, evitando que su sombra alertara del inminente final, pero en el último instante no la descargó contra el bicho. A su manera, el insecto era muy bello, y a Josué se le antojó que era de sexo femenino. Se solidarizó con aquellos que parecían buscar la muerte.

—Todavía no ha llegado tu hora —anunció soplando con fuerza sobre el insecto, para desembarazarse de él sin dañarlo.

El bicho salió despedido del brazo, pero un segundo después regresó de nuevo al mismo sitio. ¡Hasta hizo vibrar sonoramente las alas bajo un diminuto caparazón rojo, desafiando con su presencia el derecho a la vida!

Josué se encogió de hombros, le importaba más bien poco la historia de ese insecto amante de las personas. Aunque por padecer las penurias de un amor imposible se confraternizó con el bicho, imaginándose que también él sufría por el amor imposible de algún insecto maravilloso, atractivo, cautivador. No como él, que era un gordo y, además, gitano. ¡Ay, si Josué supiera!

—Bueno, pues vente conmigo —Josué se resignó a su perseverante compañía—. ¡Pero te advierto que el sitio adonde voy no te va a gustar! –Añadió observando como el calor invisible que emanaba del asfalto de la M-50 hacía bailar las cosas en una bruma misteriosa, como en los sueños.

—Suponiendo que un milagro sucediera, y consiguiera los treinta mil euros, ¿Évelin me amará, aceptará la autoridad de su padre y se casará conmigo? En el mejor de los casos será por amor y respeto a su padre, yo no tengo nada que ver —suspiró Josué desconsolado, envilecido por unos sentimientos que le empequeñecían.

Se había quedado absorto, inmovilizado, perdido en la inmensidad de sus pensamientos.

—¿Pero qué hago yo aquí? Yo no debo estar aquí. No debo estar... en ningún sitio.

Josué estaba sorteando el quitamiedos que delimitaba el arcén de la autopista, cuando repentinamente un pajarillo se posó a su lado sobre la valla, a unos 20 centímetros. ¡Ni las aves domésticas, que tienen los instintos más atrofiados, admitían esa proximidad con los humanos! La negrura de sus ojillos, que parecían esperar algo, destilaba una amarga tristeza.

Josué acercó la mano con suavidad hacia el pájaro; no huyó.

—A ver si lo adivino, ¡tú también quieres morir hoy! Bueno, pues has venido al sitio correcto, aquí el bicho y un servidor vamos a cruzar la autopista.

El pajarillo pió.

—¿Qué, te apuntas?

Volvió a piar, parecía comunicar algo que obviamente Josué no comprendía.

—Bueno, me encantaría conversar toda la tarde contigo, pero... –suspiró profundamente— no has elegido el mejor momento. Además, hay un problemilla... ¡no entiendo ni papa eso que dices!

Josué miró con extrañeza al pájaro.

—¡Qué te largues, coño! –Gritó con la esperanza de espantar al pajarillo, no tenía ganas de asesinar a nadie aunque pudiera estar pidiéndolo.

El pajarillo levantó el vuelo y, en una extraña pirueta acrobática, muy elegante por cierto, se posó sobre su hombro izquierdo. Allí pió con dulzura, no era un ave cantora, pero su voz arrastró los sonidos en algo parecido a una melodía muy sencilla.

—Coño... –Josué no era persona de gran vocabulario.

Tal vez por su falta de cultura carecía de la prepotencia de los que llenan el alma de respuestas a preguntas que nadie ha formulado y, libre de cualquier condicionamiento, percibió su voz interior, como si en un instante mágico sus mentes se ajustaran a la misma frecuencia, y pudieran comprenderse.

—Coñó–repitió Josué.

No estaba seguro de comprender experiencias tan extrañas como las que estaba viviendo, ni siquiera estaba seguro de su realidad. Sintió la amargura de la muerte de un amigo que nunca había tenido, y hasta percibió la imagen de la persona causante de la tragedia. Conducía una furgoneta blanca.

—¡Vamos, hombre, todavía podemos llegar! –apremió el pajarillo, al lado de su oreja.

—¡Ahh!

Josué huyó hacia la Cañada, lugar que por resultarle familiar esperaba que las conjuras de brujería se volatilizarían por un exceso de realidad cotidiana.

—Sí, búscale. Y dile que me ha robado el amor de mi vida... ¡Qué te devuelva el amor de la tuya! –Exclamó el bicho, con voz de mujer, desde el brazo.

—¡Ahhhh! –Gritó espantado Josué.

En ese momento llegó a la carretera de la Cañada Real y sin mirar la cruzó, buscando, como un poseso, el refugio de su hogar, que se hallaba al otro lado. Una furgoneta blanca no pudo esquivarle y le alcanzó de lleno. Josué permanecía en ese estado de conciencia alterado, en que las cosas comunes se perciben de modo diferente, y desde el capó de la furgoneta vio a Manuel con cara de susto. Le reconoció, era él.


—Yo sólo quería llegar a casa pronto —se disculpaba Manuel.
—Yo también, pero me has atropellado, tío —protestó Josué.
—Haré todo lo que sea para compensarte, de verdad.
—¿Todo? –A Josué se le iluminó la cara un instante— ¿Tu seguro podrá pagarme treinta mil euros por el accidente?
—Sí, diremos que la culpa era mía, que el sol me cegó y no te vi cruzar.
—Gracias.


Y  rodó hacia el otro lado del coche, cayendo frente a la casa comunal de los Heredia con las piernas rotas, justo en el momento que Évelin salía por la puerta y presenciaba como Josué caía a sus pies.

—Te amo, Évelin.

Y Josué perdió el sentido con la imagen de un ángel que le acariciaba la frente.

Varias semanas más tarde, cuando no fueron necesarias escayolas ni sillas de ruedas, y podía desplazarse con muletas, Josué abrazaba a un payo. Manuel era su padrino de bodas. Celebraban la ceremonia en el patio de la finca de los Heredia, que estaba adornado con guirnaldas de flores naturales para la ocasión.

—¿Qué te ha pasado, flacucho? ¿En el hospital no te daban un pollo diario para desayunar? –Bromeaba Manuel.

Lo que contestó ya no tiene importancia para el desenlace de esta historia.




— Fin —





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Pie de foto: extraído de Google. Si la reconoces como tuya y no deseas que figure en este blog, házmelo saber.

10 opinaron que...:

Federico Manuel dijo...

Tengo que confesar que no me gusta demasiado ni el cante "hondo" ni el flamenquito, pero no he podido resistirme a poner esta canción de José Mercé para aderezar la lectura de esta última parte de la historia.

En breve publicaré unos cortos, resultado de los "desafíos literarios" con mi hija.

Hasta pronto.

lidia dijo...

es grato pasar ´por tu blog,es calmo,ameno,interesante,siempre...hermos ecribis hermoso, y tal vez pueda leer el relato acompañado por tu hija...sera fantastico
un abrazo
gracias mil
lidia-la escriba

Anónimo dijo...

Me gustan las descripciones y còmo las expresas.Bien pueden ser ciudades,barrios...descripciones sobre la realidad cotidiana y urbana de Manuel o la gente de la cañada.
"Las antenas parabòlicas que emergian como champiñones de los tejados".
Algo oì de sobre Elena escritora,estoy espectante

Francesc dijo...

Andaba esperando la última parte. Lectura amena, desde la sensibilidad hasta la escritura.

Y lindo el desafío familiar... Los leeré.

Salud!

Anusky66 dijo...

Hola fredy , este cuento no ha sido muy de mi agrado ,pero por lo bien que has descrito la cañada real , por momentos me sentía transportada a ese espacio tan "particular" y por eso el desagrado.
Genial idea los desafios con Elena ,lo poco que he leido de ella es impresionante ,para la edad que tiene.
Espero impaciente .
Un beso enorme

lidia dijo...

Fede estaba leyendo tu comentario,respecto a un premio,y es verdad lo que decis,ya que darlo a uno y otro no,es un poco discriminar
a todos los demas,no se porque la computadora,me trajo para aca,y comparto lo de un comentario sincero,mejor te aplaudo!
gracias infinitas x estar por ahi
saludos
lidia-la escriba

Thornton dijo...

Buen relato, ya sabes que me tienes enganchado.
¿Tu hija te ha desafiado con la escritura? Ten compasión y déjale empatar.
En el club tienes un modestísimo obsequio y un recado de mi amigo Mariano en el primer comentario.
Un abrazo.

lidia dijo...

gracias x los sueños dados!
un abrazo
lidia-la escriba

Delgaducho dijo...

Un placer siempre leerte, ojalá esos atropellos de la Cañada hubiesen tenido siempre un final tan grato, sobre todo para el payo, recuerdo un caso en particular que creo ocurrió por esos lares que tuvo un desenlace lamentable...

lidia dijo...

Fede,amigo,eres propulsor de los sueños,junto a tus cuentos,memaravilla como sostenes el encanto, en cada línea que paso...sos bueno escribiendo!vaya que si...
saludos pasa por mi blog,
hay noticias que prefiero leas en mi blog que yo contarlas jaja
lidia-la escriba