Una vez tuve un sueño

Soñé con un mundo en el que todos podían ser lo que quisieran, hacer aquello que más satisfacción les provocara, que no existiera más impedimento que el deseo...

Hoy, a mis cuarenta y dos años recién cumplidos, y a pesar de que la vida golpeó con toda la crudeza de la realidad, todavía no he despertado de las utopías de juventud. Si no puedo vivir en un mundo feliz, me lo inventaré: haré que otros, como un dios todopoderoso de infinita bondad, sean felices... al menos en mi pensamiento.

Y me puse a escribir. Ahora que tengo en mi haber más de setenta relatos cortos y dos novelas, descubro por qué Dios es "omniausente" e imperfecto.


sábado, 3 de abril de 2010

"La devoción del costalero" (Un cuento de 5360 palabras)



“Jesús cargó con la cruz de la humanidad para la redención
de nuestros pecados, ¿no será entonces un honor, un privilegio,
compartir por unas horas su eterno sacrificio?”




“¡Sí, sí, sí!”, Lorenzo gritó con el pensamiento inflamado de fervorosa pasión.

—Acepto gustoso, padre, arrimar mi hombro para elevar un poco al altísimo —verbalizó una emoción religiosa que nunca antes había sentido.

—En tiempos de crisis, en los que los hombres no soportan el peso de una idea, es motivo de regocijo que existan todavía voluntarios para cargar con los trescientos cincuenta kilos de la sagrada imagen de nuestro Salvador –aprobó complaciente el sacerdote.

Lorenzo era carnicero, de anchos hombros y fuertes brazos; tal vez como consecuencia de haber despedazado miles de reses y fileteado toneladas de carne. Por eso fue admitido.

—Das la talla del buen cristiano –añadió el sacerdote, cerciorándose una vez más de su altura.

Sí, sus hombros alcanzaban la altura requerida: llegaba a coquetear con el crucifijo que pendían de su cuello, a la misma altura.

La primera criba se hacía con discreción, para no herir sensibilidades, pues no todos eran “buenos” cristianos para portar a Jesús del Gran Poder.

Los había muy altos o bajos, extremadamente finos o gordos, demasiado jóvenes o viejos... Todos ellos, y las raras mujeres que osaban enfrentarse al machismo católico, recibían la misma indulgente sonrisa y bendición del párroco, como compensación a sus buenos propósitos:

—No necesitas demostrar tu fe, pues el Señor conoce tu corazón. Vive como un buen cristiano cada día del año sin tambores ni cornetas –replicaba el párroco a un joven pelirrojo.

—Padre, trato de ser una buena persona cada día, pero desde que recibí la confirmación, siento una deuda con Cristo... por la paz que su amor me dio. ¡Deseo hacerlo, padre, no es vanidad, pues deseo permanecer en el anonimato!

—No podrás con su cruz, hijo –objetó el sacerdote despreciando la desproporción de un cuerpo demasiado delgado y desgarbado.

No podía admitir a todos, unos acabarían prácticamente colgados de las barras por su escasa estatura...

“¡Jolines!”. ¿No podéis bajar un poco? –replicaba un enano imaginario, pataleando sus piececitos en el aire.”

… o con la espalda torcida por la envidia mal disimulada de superar los ciento noventa centímetros.

¿No querías Cruz, Kurtinaitis? ¡Pues toma cruz! –exclamaban irritados los costaleros de delante y detrás del desdichado.

No, no todos eran adecuados para portar tan sagrada imagen. Veinte o veinticinco kilos se hacen demasiado pesados en las estrecheces del viejo Madrid, un lastre excesivamente cargante por el calor de una congregación apretada. ¡Desfallecería! Y la tragedia se iniciaría por la reacción en cadena, por la descompensación de la carga, de sus kilos en los compañeros más inmediatos, también fatigados y extenuados por el peso. Lo soportarían unos instantes, una rodilla cedería, otro se desplomaría, Jesús se balancearía peligrosamente por ese lado, incapaz de recuperar el vaivén de un paso vacilante, y se desplomaría astillándose inevitablemente sobre el adoquinado.

La tragedia estaba consumada: ¡la policromada figura de Jesús destrozada por los suelos! ¡En plena Semana Santa!

—Por supuesto, Lorenzo, deberemos hacer una serie de comprobaciones que no dejan de ser una formalidad –aclaró el sacerdote desechando las anteriores imágenes de su cabeza.

—Por supuesto.

—Acompáñeme a la sacristía, ahí tengo los impresos de solicitud y los formularios oficiales que deberá rellenar.

¿Qué significaba? ¿Acaso unos pocos papeles copiativos de varios colores tendrían la habilidad o el poder de escudriñar su alma?

“Sólo estudié hasta la EGB pero no soy tonto. Nunca descubrirán lo de mi mujer”.

Pregunta: ¿Qué es lo que le impulsa a desear llevar la Santa Imagen?

—Padre, ¿qué significa “impulsa”?

—Te pregunta por qué quieres llevar la Santa Imagen.

Respuesta: Porque soy un buen cristiano.

Pregunta: ¿Acude con frecuencia a su parroquia?

Respuesta: Sí, si mi mujer se despierta a tiempo.

“Es que bebe”.

Pregunta: ¿Desde cuándo conoce a Jesús del Gran Poder?

Respuesta: Desde siempre, el año pasado lo vi por la tele y todo.

Pregunta: ¿Cómo llegó a...?

Hace muchos años, en las fiestas del pueblo. Llegó en un dos caballos con otras mozas, y era la más bonita de todas... ¡Qué pedazo de culo tenía la cabrona! Lo movía muy bien bailando el twist.

—¿Quieres un novio con siete lenguas?

—¡Uy, que asco!

—No, mujer –decía agachándose al ritmo de la canción— ¡Qué yo sólo sé hablar español!

Las notas del Dúo Dinámico sonaban por el lugar. Lorenzo no recordaba si era de un viejo tocadiscos de un guateque o de la música en directo de un concierto.

—Bueno, ¿qué dices?

—¿Qué digo qué?

—Que si te quieres casar conmigo.

—Bueno.

Lorenzo releyó la pregunta del cuestionario: ¿Cómo llegó a conocer esta hermandad?

Respuesta: No estoy seguro, por la radio y la tele, y por el “marca”. Yo estoy muy informado.

Pregunta: ¿En que medida está decidido?

“Yo sólo quería echarle un polvo, la tomaba el pelo. Mis amigos nos miraban”.

Respuesta: Muy decidido.

Pregunta: ¿Desde cuándo tomó su decisión?

“Hace muchos años, como treinta años por lo menos, cuando ella me dijo sí”.

—Pues dame un beso.

—No quiero, hay mucha gente.

—Eres mi novia, y los novios se besan. Ven.

Y la llevó lejos de la algarabía y de la gente, y allí su sexualidad reaccionó con la ternura y la inexperiencia de la primera vez. Ella abrió su corazón a ese apuesto joven que ya había terminado la mili y que además tenía ganado.

¡Sólo eran unos chicos jugando a ser mayores! Y ella se quedó embarazada.

—¿Por qué dices que es mío? ¡Si lo has hecho conmigo también los podido hacer con otros!

—¡Cerdo!

Las florecillas de su vestido ye-ye se agitaban por un llanto silencioso. Y sus ojos húmedos, emborronados de rimel, desbordaban regueros negros de humillación por unas mejillas de princesita desconsolada.

“¡Ahí decidí casarme!”.

Respuesta: Desde hace muchísimos años.

Pregunta: ¿Qué espera recibir?

“¿Recibir?”.

Respuesta: Yo no quiero nada, sólo lo hago para que Jesús perdone mis pecados.

En la lectura posterior, el sacerdote se emocionó en este punto. Era evidente su personalidad poco cultivada, pero tenía un algo que lo hacía diferente, descubriría de qué se trataba.

Pregunta: ¿Desea portar la imagen este año o espera repetir en los siguientes?

¡Joder, espero que la Jacinta deje de beber! Eso es lo único que espero. Desde que los chicos se fueron de casa no hace más que beber... ¡y me da un asco! No se la entiende, huele mal, vomita, llora y ríe y vuelve a llorar, grita por las ventanas y se pone a bailar en las escaleras el twist, la vacaburra, creyéndose la “Sindi Crafor”. Lo hace para que la vean los vecinos, ¡para cabrearme joder!, entonces se me cruzan los cables...

Respuesta: De momento éste.

—Muy bien, Lorenzo, quisiera aclarar algunas cosillas contigo. ¿Qué pecados esperas que Jesús te perdone?

—Eso es una cosa personal, padre.

—Soy sacerdote, seguirá siendo personal cuando me lo hayas dicho.

—¿Y esto no debería hacerse en un confesionario?

—¿Deseas confesarte?

—No, bueno sí, mejor no. No sé, padre, me está haciendo un lío.

—Limítate a responder, Lorenzo.

—Es mi mujer, a veces pierdo los nervios.

¿Te gusta, eh? ¡No te cortes, cabrón! ¡Hijo puta! ¿Qué pasa, no te atreves con una mujer? Y Lorenzo, de un tortazo la derribó al suelo.

—¡Marica!

Una patada en el estómago la hizo callar un rato.

—¡Eres un jodido marica! ¡Impotente!

Y a horcajadas, sobre ella, Lorenzo, desataba su rabia por tantos años perdidos. Y ella, en el suelo, sosegaba con dolor su alma del terrible error de confundirse de príncipe. Merecía ser castigada.

—... Y la pego. No deseo hacerlo, padre, pero parece que lo busca, y me provoca.

—¿Hacéis vida marital?

—No entiendo.

—Qué hace cuanto que no tenéis relaciones sexuales.

—Somos buenos cristianos, padre. He tenido tres hijos, los que deseamos tener.

—¿Quieres decir que sólo tres veces?

—Bueno, ¿y qué? Eso no es pecado.

—¿Lo es dar a mujeres descarriadas lo que niegas a la tuya?

—Creo que no me necesita, búsquese a otro –se levantó indignado de la silla.

—Espera, Lorenzo –el sacerdote lo retuvo del brazo, recordando que no había más candidatos que portaran con un mínimo de garantías la preciada imagen—. Expiarás tus pecados llevando a Jesús sobre tus hombros, sin necesidad de confesión. Los ensayos son todos los días a las ocho, ¿podrás venir?

Lorenzo respondió que sí con la barbilla. Pero en realidad sólo acudió al primero y al último de los ensayos antes de la procesión. Decidió que no podía acudir, siempre surgían inaplazables imprevistos que lo excusaban por su importancia o urgencia. ¿Por qué debía perder el tiempo si no expiaba sus pecados en esos ensayos tontos? Honestamente no sentía traicionar su conciencia cristiana.

No era peor ni mejor por no acudir, sólo más listo que los treinta costaleros que se reunían día a día, con entrenamientos acelerados ante las prisas del jueves Santo por llegar. Lo de llevar un ritmo de paso, un ritmo de respiración, un ritmo que los forzaba a comportarse como un solo organismo de sesenta brazos, le parecía ridículo.

Tener que doblegarse a una voluntad que no era la propia era signo de debilidad: una vez cometió ese error de sometimiento, y ahora llevaba sobre sus espaldas el peso de más de treinta años de una unión que dejó de existir en el mismo día en que se inició. ¡No! Nunca más volvería a ceder.

Sí, era el cristiano más listo de la hermandad, y el más fuerte. Pocos hubieran aguantado lo que él, era lógico que se sintiera eximido de algunas obligaciones, ¡casi mojigaterías y mariconadas de curas!

Todos se habían ido ya, Lorenzo remoloneó todo lo que pudo hasta que llegó a quedarse a solas con Jesús. Nunca había tenido ocasión de observar con atención su rostro, demacrado, bajo el peso de la cruz y salpicado de sangre y sudor.

Sentía la necesidad de permanecer unos instantes con Él, rendirle tributo a su manera, doblar la rodilla ante el único que realmente era digno de adoración.

El párroco se había enfrascado en sus papeles. Lorenzo lo veía sentado frente al escritorio por la puerta entreabierta de la sacristía. ¿Sabía que estaba allí? Sí era así, debió despreciarlo por la seducción fatal de porcentajes y decimales de sus impresos.

La quietud y semioscuridad sosegaron su alma contraída, y gozó por la ausencia de dolor.

Se abandonó a esa sensación de paz que le acariciaba rostro y calva, como cuando el regazo de su madre era todavía muy grande y se acurrucaba sin permiso. ¿Cuándo fue la última vez que recibió una caricia?

Se levantó del banco y se dirigió hasta la Santa Imagen y a sus pies, Lorenzo se postró. Oró, pero sus oraciones no eran de las de pedir sino las de dar, su actitud no era la del desgraciado sino de aquel que se siente afortunado por unos momentos de intimidad y recogimiento con su Creador.

“Gracias Señor por tu bondad, pues no esperaba nada por inclinar mi cabeza ante Ti. Gracias Señor por tu existencia, por interceder por nuestros pecados al Padre. Gracias por llevar la cruz de nuestra maldad sobre tus hombros… Mañana ayudaré con tu carga, Señor.”

De la vidriera de una ventana, surgió un poderoso haz luminoso, bañando con su luz a un Lorenzo devotamente arrodillado. Era de noche, ¡esa luz tenía que ser divina! Era una señal. Y Lorenzo se volvió, como creyente ferviente ante la revelación del Todopoderoso, dichoso de ser escogido entre los beatos y beatas de toda condición.

—¿Por qué yo, señor? –su voz sonó como el susurro que no apaga las velas.

Esperó respuesta, algo así como una voz que tronara desde los cielos, que resquebrajara los muros de la iglesia; o todo lo contrario, un coro de voces angelicales alabando el amor de un dios omnipotentemente bondadoso. Pero nada de eso sucedió.

La luz permaneció estática, sin evolucionar, como si fuera un santo emisario que por un momento duda sobre a quién debía “iluminar” y consultase la identidad del afortunado en sus albaranes.

—Bueno, ¿y qué esperas de mí? –interrogó desconcertado en un quiebro de voz.

De pronto descubrió, quizá por fijarse más en su alrededor, que se hallaba rodeado de unas pequeñas bolitas flotantes, esponjosos pompones de luz no mayores que refulgentes monedas de un euro. Qué espectáculo tan bello. ¿Pero qué significaba?

Como respuesta a tanta luz exterior y oscuridad interna, unos pensamientos devoraron su conciencia: “Antes de que el gallo cante dos veces me habrás negado tres”.

—No –musitó Lorenzo.

“Y Pedro volvió a negarle”

—No, no. Yo no lo haré.

“Y Pedro recordó las palabras de Jesús, y lloró con amargura”

—¡Noooo! –gritó Lorenzo desesperado.

El párroco, alarmado por los gritos salió de la sacristía, barriendo con su mirada cada rincón de la iglesia. Al no hallar nada anormal, recorrió la nave principal, y en el pasillo central, entre las filas de bancos, encontró la causa de gritos tan lastimeros.

Lorenzo estaba a los pies de Jesús del Gran Poder, llorando, no le acompañaba ninguna luz divina. No quiso dar explicaciones de lo que había sucedido, y el sacerdote, trató de reconfortarlo como mejor supo cada vez que mencionaba la traición de Pedro.

—Venga, no le des más vueltas al asunto. Vuelve a casa, que es muy tarde y trata de descansar todo lo que puedas, que mañana va a ser un día movidito. Después, si quieres, seguimos hablando de este tema.

Y Lorenzo abandonó la iglesia, abatido, llevando sobre sus hombros el peso de una traición que todavía no había cometido. El párroco también dio descanso a sus impresos y calculadoras, y al desconectar el diferencial del cuadro de luces encendió accidentalmente todas las luces de la iglesia.

—¡Dios Santo! –exclamó ante la visión casi espectral que ésta había adquirido.

Estaba completamente colonizada por el polen de los árboles, y flotaban en el aire como graciosas burbujas de luz.

—Mañana llamaré a los de la limpieza. Todas las primaveras pasa lo mismo, ¿tendré alguna Semana Santa sin problemas?

El día de Jueves Santo amaneció entre susurros de viejas plañideras, invisibles pero omnipresentes en el viejo Madrid, y ese rumor que envolvía cada piedra creció a lo largo del día hasta estallar en una nerviosa agitación a las seis de la tarde, en los alrededores de la iglesia.

La atmósfera estaba cargada de tragedia y santidad, cada costalero sintió a su modo la intuición de que, en aquella ocasión, portarían sobre sus hombros algo más que unos cuantos kilos de madera. Lorenzo percibió la claridad del día con una luz especial, que difuminaba los contornos como si una fuente de energía inconcebible sublimara la realidad de las cosas.

Aunque tenía tiempo suficiente, Lorenzo se cambió de ropa con rapidez, y acomodó con nerviosismo dos pequeñas almohadillas sobre sus hábitos. Descubrió sin sorprenderse demasiado, que la ansiedad que experimentaba era compartida por cada miembro de la hermandad. Sí, pero ellos no habían sido visitados por la gracia de Dios.

Con los primeros compases de la banda, Lorenzo comprendió que todo había empezado. Desde el lugar de porteo que se le había asignado, escuchó impaciente el himno nacional, y aguardó expectante la señal para levantar a Jesús.

Cuando ésta llegó, percibió vagamente que había actuado en perfecta sincronización con sus compañeros... Jesús iba más seguro sobre sus hombros que en el propio seno materno de la Virgen María. Ellos, los costaleros, darían la vida antes que algún percance alcanzara a la Santa Imagen.

Izaron con brío a Jesús, y lentamente, pasito a pasito, se acercaron a la puerta de salida. Fue necesario arrodillarse para poder pasar. La salida al exterior fue gloriosa, y mantenida, vibrante por el esfuerzo muscular de treinta hombres hambrientos de Dios.

Trataban de acercar al Todopoderoso, y su Reino, a la mediocridad de una humanidad que santificaba unos pocos días y paganizaba el resto del año. A sabiendas que aún hoy, si Jesús proclamara las bienaventuranzas en el monte del Pardo y obrara el milagro de la multiplicación en los comedores sociales para indigentes, sería sometido por el poder de la administración y ejecutado públicamente por el gobierno, con el beneplácito de todas las fuerzas políticas y representantes de importantes firmas comerciales.

Ellos, los costaleros, eran la gente sencilla que Jesús buscaría, y ellos aceptaron ser sus discípulos por unas horas, ellos eran los orgullosos amigos del Buen Pastor, que acompañarían sin vacilar a su Maestro en su camino hacia la crucifixión.

Lorenzo sintió la asfixia de cuarenta años fumados impasiblemente, cigarro a cigarro. Cuando al fin sacaron a la calle la Santa Imagen, su rostro congestionado no hablaba de una profunda devoción al Salvador, sino de un agotamiento extremo para el que no estaba preparado.

—¿Estás bien? — se interesaba por él un compañero.

El sudor de la frente se colaba en los ojos produciendo un escozor que apenas permitía observar dónde ponía el pie.

—Sí, gracias –respondió el carnicero recordando la importancia de la respiración.

Debía jadear menos. “Nuestro señor murió de asfixia, de agotamiento”. Decía un párroco atemporal en virtud del recuerdo.

Y se apresuró en acompasar el resuello, dudó de si podría resistir toda la procesión pues aunque se recuperó bastante bien su resistencia ya había sido minada desde el principio.

Sentía como se la achataba el espacio pulmonar comprimido por el creciente peso que parecía adquirir la carcasa que descansaba sobre sus hombros, y se agrietaba la voluntad de permanecer de pie, de no permitir el titubeo en sus rodillas.

—Dios mío, dame fuerzas, pues siento flaquear —musitó el carnicero.

—¿De modo que ahora quieres fuerzas? –replicaba un dios rencorosamente humano— ¿Y no hubiera sido mejor que asistieras a los ensayos?

—Lo sé, lo sé, pero... ahora estoy aquí, sintiéndome cada vez más débil.

Los fogonazos de las cámaras fotográficas parecían caldear aún más el ambiente, Lorenzo sintió que le sustraían inquisitoriamente el aire y las fuerzas para continuar. Sintió que lo cegaba cada vez más la masa de impíos espectadores de un sufrimiento circense, del que apenas podía reponerse.

De pronto sucedió el milagro, una voz se irguió de entre los murmullos y comentarios, con notas de cristalina pasión por el Salvador. La saeta que ese señor dirigió a Jesús, Lorenzo la sintió como flecha que se clava en las costillas. “¿No acabará nunca ese pesado?”

Tan intensa fue la emoción por la voz de aquel, que lamentaba no haber sido crucificado al lado de Jesús, en la cruz del buen ladrón, que todos animaban con silencio encogido para que aquella voz no callara nunca.

Lorenzo suspiró largamente mientras, verso a verso, la muchedumbre desgranaba su fe, renovando viejas promesas y ensalzando silenciosos votos de propósitos píos.

“No puedo más, que se calle, por Dios”. Kikiriiiikiiiiiiii.

Sus ruegos fueron escuchados, y esa voz tan hermosa, que quizá en otras circunstancias le hubiera conmovido, al fin cesó. La procesión retomó el paso, y Jesús pareció nuevamente caminar sobre las cabezas de esa congregación desamparada.

Lorenzo ignoró los destellos de las fotos, menos numerosos ahora, se había habituado a los repentinos fogonazos en un atardecer anaranjado. Y aunque había aprendido a no levantar la mirada del adoquinado, cuando levantó la vista, los descubrió disimulados entre la multitud: los objetivos de las video-cámaras remataban la faena de las cámaras de televisión.

Todas se disputaban el gesto de dolor, la sangre y el sudor del Cristo que cada costalero llevaba dentro, robando unos instantes de soledad y sufrimiento que no les pertenecía. Como si trataran de hacer inútiles esos momentos por la fotosensibilidad de una película, haciéndolos únicamente válidos en su mentira de ficción, en las proyecciones a placer en sus hogares de una buena película religiosa. Era indignante, era como espiar en directo las últimas horas del Señor.

—¿Qué opina el Salvador del trato recibido? ¿Cree usted que ha sido un juicio justo? –acosaba un periodista pegando un voluminoso micrófono en los labios de un sorprendido Jesucristo.

—¿Cree usted que María Magdalena guardará luto o se buscará otro Mesías? ¡Cuente, cuente! –azuzó una joven reportera disputando por hacerse hueco alrededor de un Jesús demasiado extenuado por la cruz que portaba.

—¿Confirma los rumores sobre la posible alianza con Barrabás contra el despotismo estatal? –gritaba un periodista sin ceder a los codazos de sus colegas.

—¡Por favor, que estoy en el vía crucis! –clamaba un Jesús televisivo, luciendo unos calzoncillos de marca.

En la parte inferior de la pantalla desfilaban lentamente las palabras más caras de la historia de la publicidad:” crucifique con clavos inoxidables...

Unas exuberantes azafatas, luciendo cachas y escotes en una impensable moda aramea, saltaban y aplaudían en ambos lados del reportero estrella de la cadena.

—Esto, esto, esto es increíble señores. ¡Vamos! El Jesús en vez de cumplir con su misión en el Gólgota... ¡hala! Se tira al suelo y se pone ahí a charlar con un tal Simón, si nos confirman que es Simón... ¡Vamos, al libre albedrío! ¿Qué clase de Mesías es éste que se toma una ración de berberechos con los amigotes en vez de salvar a la humanidad? ¡Un cachondeo, oiga, esto es un cachondeo!

—El “reportero espacial” no se ha enterado que en realidad Jesús, el Nazareno, ha sucumbido bajo el peso de la cruz, porque esta mañana se le olvidó tomar pastillas “Sansón”... ¡Sí, esas exquisitas pastillas de distintos sabores!, con veinticinco oligoelementos... –retransmitía otro presentador patrocinando en directo su producto.

—El único oligoelemento es éste que tengo a mi lado. Pues hemos descubierto un escabroso escándalo sexual –decía un sexagenario de llamativa corbata— de la asistenta del hogar de nuestro Salvador, con determinados tubérculos. Ya saben que no es lo mismo tubérculo que... ¡ja, ja, ja! Esta buena señora no se ha dado cuenta que esa no es la técnica de manipulación genética. ¡Ja, ja, ja!

—Pero, pero, pero oiga... ¿qué tendrá que ver los tubérculos con la cara de idiota que pone cuando comenta las noticias? ¿Será algo congénito? ¡Increíble, señores, esto es increíble! Un cachondeo, vamos.

“¡No me roben las fuerzas, por favor!”. Gritó la mente de Lorenzo en el límite del llanto y de la risa absurda.

De la puerta de un balcón, en medio de dos niños con el pelo cortado a tazón, a la moda angelical de este año según importantes cardenales del Vaticano, una gruesa señora lucía innumerables metros confeccionados de encaje negro sobre raso del mismo color, y una aparatosa peineta coronaba un recogido de peluquería.

Su mano llevaba un micrófono inalámbrico y, en ambos lados del balcón, dos altavoces de cien watios de potencia se conectaban a un amplificador y a una mesa de mezclas que los niños manejaban con divina habilidad.

La buena señora gorgoriteó en un sentido cante “hondo”, profuso en lamentos y golpes de pecho, ripiosos versos sin gracia pero con mucho sentimiento. La muchedumbre pasmada centraba su atención hacia el balcón, y Lorenzo, por más que buscó en los balcones vecinos no halló ninguna cabra montada sobre un taburete.

Para él fue un momento de respiro, las cámaras dejaron de espiar la redención de sus pecados, pero pasados unos largos minutos de “ayes” y peligrosos taconeos, Lorenzo empezó a sospechar la trampa de la situación. ¿Era realmente un acto de fe o una manera fácil de llamar la atención, de darse a conocer en los medios?

“¡Qué acabe pronto... que esto pesa mucho, joder!”. En esta ocasión no hubo canto de gallo.

¿Dónde estaba el jefe de la hermandad, el que marcaba los distintos cambios de posición para el descanso de sus hombros?

—¡Aaaaaaiiiaaaaaiiiaaaaaaay, cuánto doooooloooooor, siento en mi coraaaaaaaiiaaaaaaaiaaaaaiazoooooónnn! ¡Aaaaiiiiaaaaiiiiaaaay, que escoooooozoooor siente mi raaaaiiaaaaaaaizoooónn!

“Te suplico, Dios mío, que se quede sin baterías... ¡Por favor!”

La muchedumbre pareció reaccionar a sus ruegos, y aunque la señora no perdió ni la voz ni las baterías y prosiguió en sus cantos, dejaron de prestar atención a su interminable saeta. Un cachete en la cabeza en uno de sus querubines fue la señal que aceleró el ritmo musical que acompañaba sus lamentos. Simultáneamente, entre el asombro popular, se encendieron sobre la fachada del edificio y sobre la calle uno de esos rótulos luminosos hechos de bombillas que abundan por las calles en fechas navideñas.

“Perdona, Señor, mis pecados” Resplandecía sobre sus cabezas, mientras que un “Tú eres mi salvación” brillaba desde su fachada sobre la muchedumbre estupefacta.

El jefe de la hermandad ordenó detener el paso de la procesión por criterios de interés popular, era un momento de fe y devoción especialmente intenso que valía la pena aprovechar.

“Por Dios, no voy a llegar hasta el final. Esta gorda me agota las fuerzas... ¡Y sus gritos van a hacer que reniegue de mi fe!” Gritó Lorenzo mentalmente.

Kikirriiiiikiiiiii.

Lorenzo cayó al suelo como un saco de patatas, no perdió la conciencia en ningún momento. Su débil voluntad, simplemente se había negado a obedecerle por más tiempo, y de rodillas bajo los trescientos cincuenta kilos de Jesús del Gran Poder, sin poder levantarse, lloró amargamente las lágrimas que Simón Pedro derramó al escuchar el segundo canto del gallo.

El párroco se llevó las manos a la cabeza tras santiguarse repetidas veces, sus mayores temores parecían tomar cuerpo: su valiosísima figura, en realidad un poco de madera delicadamente tallada, era más importante que el llanto y la desesperación de un hombre.

No ignoraba que el peso que soportaba cada costalero no era una condición fija ni objetiva, pues a medida que transcurría la procesión la carga se hacía más y más pesada, hasta el punto de sentir la duplicación o triplicación de su peso. Para otros, los menos, sentían la mano de Dios que los redimía de todo mal, y purificados no sentían dolor alguno, y parecían llevar su carga con una ligereza que no tenían al iniciar la procesión.

¡Pero esto no era una cuestión subjetiva! El peso se distribuiría desproporcionadamente sobre los costaleros más inmediatos a Lorenzo, allí donde se hallaban los más débiles del grupo. ¿Quién iba a suponer que Lorenzo, el hombre de brazos de hierro, se hundiría?

Muy cerca del párroco, un joven desgarbado, de casi dos metros de estatura, le sonría. No había burla en sus labios, sólo la satisfacción de tener la oportunidad de poder servir al todopoderoso. Se acercó hasta él y le buscó la mirada, el párroco la rehusó.

“No, todavía pueden aguantar un poco más... no hace ni media hora que salimos de la iglesia. El jefe de grupo encontrará al sustituto adecuado. No te necesito” El silencio humillante del párroco abofeteó su cara pecosa, ahora de color rojo, a juego con su cabello. El muchacho se retiró en silencio, humildemente, con ojos vidriosos.

El párroco buscó con desesperación entre la multitud, bajo los lamentos y gorgoritos de la buena señora del balcón, al cofrade mayor. Imposible, sólo tenía ojos para un impertinente enano que le tironeaba la manga de su americana.

—¡Por Dios! ¿Pero realmente crees que podrás cargar la Santa Imagen? –explotó el cura en un ataque de histeria.

El enano, sin dejar de sonreír, asintió con la cabeza.

“¿Puedo ir contigo? No, tú no...” Recordó cruelmente el párroco. Era una canción de Torrebruno.

—Es ridículo —despreció el párroco, tratando de sosegarse.

El enano dejó de sonreír, y tras permanecer unos instantes en su presencia, finalmente renunció y desapareció en ese mundo de gigantes, engullido porque ahora no les divertía.

El párroco se dirigió hacia el lugar donde se hallaba Lorenzo.

—¿Cómo estáis, muchachos? –se interesó por los costaleros más inmediatos al puesto de Lorenzo.

Una mirada de reojo, casi de desprecio, se le escapó hacia esa calva que gimoteaba a la sombra que el “Perdona, señor, mis pecados” proyectaba sobre ellos.

—¿Bien? –inquirió palmoteando sonoramente los hombros de uno ante la falta de repuesta.

A éste se le escapó un suspiro de la boca mientras Jesús del Gran Poder descendía unos centímetros por ese lado... ya no lo sujetaba, sus rodillas hacían tentativa de enderezarse. Y sus compañeros, instantes después se resintieron debido al aumento de peso. Jesús pareció inclinar su cabeza hacia la obesa señora, como un gesto de agradecimiento por las molestias tomadas en organizar sus respetos.

—¡Oooooh! –murmuraba la muchedumbre.

“Dejadla, ¿por qué la recrimináis? A los pobres siempre los tendréis y yo no estaré siempre con vosotros” Respondía Jesús, en la cabeza de Lorenzo, a los que reprochaban el gasto inútil de un carísimo perfume sobre su cuerpo.

Los costaleros del lado contrario presintieron la desgracia inmediata, y unos pocos se agacharon precipitadamente, a destiempo, tratando de equilibrar la Santa Imagen, o en su defecto, reducir la altura para que la talla se dañara lo menos posible. El efecto obtenido resultó inesperado para todos, Jesús del Gran Poder y la cruz que portaba sobre su hombro, salieron despedidos por los aires en medio de un silencio rotundo, reverente, incluso para la super star saetera del balcón iluminado.

Ante la expectación general, Jesús y su Cruz evolucionaban en giros perfectos, en una parábola cuyo fin era una incógnita. Y mientras la plataforma que portaba la Santa Imagen se hundía deshaciéndose en astillas sobre los adoquines del suelo, los costaleros huían despavoridos.

El párroco se llevaba las manos a la cabeza al tiempo que Jesús descendía sobre las manos de... un robusto enano. Y la cruz sobre los brazos de un joven jugador de baloncesto pelirrojo.

Todo había terminado.

—¡Milagro! ¡Milagro! –gritó la obesa señora a través de su sistema de megafonía desde las alturas.

En medio del estupor general, los únicos que sonreían eran el enano, que llevaba sobre su cabeza al Mesías, y el joven larguirucho, que enseñaba a la muchedumbre incrédula la cruz.

La multitud, unida por el misterio sagrado de lo inexplicable, reaccionó como un solo cuerpo y un solo espíritu. Muchos fieles, en esos momentos, comprendieron plenamente el alcance y significado de la comunión cristiana.

—¡Alabado sea el Señor! –cientos de gargantas se unían en una sola voz, y en un gesto único que aliviaba sus corazones de la devoción que sentían, se arrodillaron ante Jesús.

El párroco al fin despegó las manos de la cabeza, y empezó a gritar algo a esa multitud ebria de gozo divino, pero sus gritos se perdieron entre las alabanzas y el grito histérico, repetido como un rosario sin fin, de la señora del balcón.

—¡Milaaagro! ¡Milaaagro! ¡Milaaagro! ¡Milaaagro! ¡Milaaagro!

El párroco subió hasta la casa de esa señora y al fin pudo arrebatar el micrófono de sus manos regordetas.

—¡Señores! ¡Por favor, escúchenme! No hubo milagro, no hay milagro, sólo la fortuna de una tragedia evitada. Repito, yo, como representante de la Iglesia, y testigo de los hechos, afirmo que no hay milagro. Es necesario restablecer el orden y reintegrar a Jesús del Gran Poder a su lugar...

—¡No! –gritó alguien de entre las astillas y los maderos partidos del suelo— ¡No! ¡No serás tú quien nos quite a Jesús del pueblo!

La multitud celebró con alegría dichosa el resurgir de Lorenzo, como el milagro de su homónimo de entre los muertos. El “carnicero”, el que llevaba una vida vacía y de infelicidad por haber “cedido”, el que ahora conocía en una profundidad desconocida el concepto amar, como ceder... Como ceder ante la mujer que te necesita, a los hijos que te necesitan, ceder ante el peso de Dios... que te necesita, y ahora, ceder a Jesús al pueblo que lo necesita.

—¡No, y mil veces no! ¿Acaso no veis los signos del Señor? ¿Tan ciegos estáis, señores de la iglesia, como para no sentir el amor de Dios, tan inmenso, que necesita salir de su pedestal, para reunirse con sus hijos? ¡Con todos ellos! ¡Hasta los que son enanos o gigantes! ¿Acaso el Señor en vida, rehuía de los pecadores y los enfermos para rasgarse las vestiduras con los fariseos? ¡Todos somos hijos de Dios, todos merecemos su amor y su perdón!

Su voz, pese no estar apoyada por el soporte técnico de los cien watios de potencia que el párroco utilizó, tuvo el poder de los antiguos profetas, la fuerza de los que hablan con el corazón. El representante de la iglesia entregó el micrófono a la señora, que de inmediato, continuó con su proclama:

—¡Milaaagro! ¡Milaaagro! ¡Milaaagro!






— Fin —




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Pie de foto: extraído de http://i.ytimg.com/vi/socmxKqL5nk0.jpg

8 opinaron que...:

lidia dijo...

me he reido sin parar! que ironia ,que buena puesta en escena,brillante! te agradezco mis carcajadas!
un abrazo
lidia-la escriba

Federico Manuel dijo...

Gracias Lidia. Este es un cuento que escribí hace mucho y, la verdad, no me he resistido a publicarlo (aprovechando la santidad de esta semana).

Tiene unas cuantas deficiencias, como lo de salir de rodillas de la iglesia (que corresponde a la cofradía de Jesús el pobre de Madrid) que espero que los más entendidos sepan disculpar...


Un beso amiga.

Thornton dijo...

El cristo en manos de un enano y la cruz en las de un pelirrojo. Pelirrojo precisamente.
Muy buen cuento, con un punto de vista distinto.
Un abrazo.
P.D. O-O

Duna dijo...

jajaja
Federico, muy bueno. Me he reído mucho con tu cuento.
Has hecho bien en publicarlo y gracias por compartirlo.

Un beso amigo

Anónimo dijo...

Què susto me he llevado cuando leì"què pedazo de culo tenìa la cabrona"mira que ibas muy templado y a tono con la semana santa hasta èsa frase.Uno se realaja y de repente!!....
Te he contado que yo casi acabo en el seminario de Burgos con 16 años por adolescente revelde y poco estudioso?.Uno tenìa beca/enchufe por un familiar sacerdote y escasa vocaciòn tambièn.Pues ni de seminarista ni de costalero que con mis hernias de disco no puedo ni con las bolsas del carrefour.
Me has sorprendido con el tema tratado creì que me habìa equivocado de blog.Màs divertido que "error en el sistema".
Besitos castos.

Anusky66 dijo...

Me ha pasado como a Quique ,pensaba que me había equivocado de blog ,hasta el giro final.
Un besazo

Federico Manuel dijo...

Gracias a todos, amigos. Da gusto publicar así.

Supongo que lo escrito depende mucho del estado de ánimo, pero el ojo crítico siempre está ahí... ¿Os habéis dado cuenta que incluso redimo a la gorda después de haberla criticado?

Sería como la María Magdalena de nuestros días, y a falta de un Jesús encarnado que la defienda por "derrochar" caros perfumes sobre sus pies, o saetas con efectos de luz y megafonía de feria, está el narrador.

Efectivamente, habéis llegado a la conclusión que tras el drama, el humor, la crítica y el cinismo... también hay amor, aunque en este caso sólo sea el del cristiano
(parece que quiero vender algo, ¿verdad?).


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Como lo prometido es deuda, mañana martes publicaré la primera parte de un cuento titulado "En la cañada real" (y está terminado).

Hasta pronto, amigos.

lidia dijo...

no se Fede,los sueños, son nada,ese poemita cortito,lo escribi a mis 12 años...sin madurar,hoy te dire a mis 55 años,que no es tan asi!
un abrazo potente y abarcativo,gracias amigo!
lidia-la escriba