
Era triste verla bailar alrededor de una silla, meneando las manos como si volara. Ella, que había sido tan culta y tan refinada, no se merecía una vejez así. Frida lo sabía, y no terminaba de aceptar lo que sus ojos veían. “Deja a la abuela, ¿no ves que no está bien de la cabeza?”, recordaba las palabras de su tío Antonio, cuando pidió permiso para visitarla.
¿Pero es que nadie se acordaba de que Estrella, su abuela, había dado un poco de luz a sus corazones y a sus mentes, durante cuarenta años o más? ¡Había sido una misionera del conocimiento!, y había entregado algo más que la idea de un mundo gigantesco, que superaba más allá de la espesura de la selva que los retenía pegaditos a la idea...