Una vez tuve un sueño

Soñé con un mundo en el que todos podían ser lo que quisieran, hacer aquello que más satisfacción les provocara, que no existiera más impedimento que el deseo...

Hoy, a mis cuarenta y dos años recién cumplidos, y a pesar de que la vida golpeó con toda la crudeza de la realidad, todavía no he despertado de las utopías de juventud. Si no puedo vivir en un mundo feliz, me lo inventaré: haré que otros, como un dios todopoderoso de infinita bondad, sean felices... al menos en mi pensamiento.

Y me puse a escribir. Ahora que tengo en mi haber más de setenta relatos cortos y dos novelas, descubro por qué Dios es "omniausente" e imperfecto.


jueves, 7 de enero de 2010

Una comarca muy honrada


Cientos de chispas saltaban del torno. La hoja del hacha arrancó sin piedad un lamento a la piedra que giraba con rapidez, era como escuchar el gorgojeo intermitente de la muerte retenida en su filo, desafiante y feliz. El verdugo observó al reo con la invulnerabilidad que le proporcionaba su capucha.

–No sufrirás, te lo garantizo.

Giovanni apenas pudo oírle desde el patíbulo porque la muchedumbre clamaba impaciente su muerte, pero reconoció esa mirada de compasión que tantas veces él no había podido evitar. Tenía las manos atadas a la espalda, como un vulgar ladronzuelo, pero en realidad era temido por los Spinoza, la nobleza militar de la villa. Tantos años de trabajo eficaz bajo sus órdenes convencían que a un artista de la muerte como él, convenía tenerle maniatado.

–¡Retráctate, y te perdonaré la vida! –gritó Enrico desde el palco, justo donde colgaba el escudo de armas de los Spinoza.

 Tenía un modo de hablar afectado y vestía con desesperante pulcritud. Gustaba además del teatro y de otras artes menores, para mayor vergüenza de don Favio Spinoza, vasallo del rey y agotado progenitor de una estirpe decadente.

–Así no, ¡más alto, Enrico! –farfulló entre dientes don Favio, que se mantenía a un par de pasos atrás para favorecer el protagonismo de su hijo.

–¡Retráctate, y te perdonaré la vida! –repitió Enrico alzando una mano.

Don Favio Spinoza suspiró con resignación.

Desde el cadalso, Giovanni, que ya había ladeado la cabeza sobre el tarugo para facilitar la ejecución, se incorporó.

–No puedo, señor. Vos lo sabéis –contestó y sin esperar respuesta se arrodilló frente al encapuchado, pues no esperaba clemencia.

No había mentido, la mirada de aquellos a quienes proporcionó una muerte limpia se clavaba en sus sueños por las noches. Y no había agradecimiento en ellos, Giovanni sentía el reproche silencioso de cientos de rostros sin nombre que prometían no olvidar.

Enrico frunció el ceño en un gesto pueril, que su padre, por fortuna, no advirtió.

–¡Sé un hombre, cojones! –murmuró Don Favio ante el exasperante silencio de su hijo.

–Yo tampoco puedo –replicó Enrico parpadeando con agitación, mariposeando una mirada inquieta.

Giovanni giró la cabeza hacia el lado contrario de aquel que durante años había servido con tanta lealtad y discreción. Era menos doloroso no verle titubear.

Un peregrino, con hábito franciscano sucio, entró en la plaza en el preciso momento que el verdugo levantaba el hacha.

–Jesús bendito –se santiguó varias veces sobresaltado ante el resplandor de su filo. ¿Por qué le van a ajusticiar? –preguntó a uno de los presentes.

–Porque estaba al servicio de Enrico Spinoza como verdugo…

–Sí –intervino otro– su fama como cortador de cabezas llegaba hasta España…

–¿Y decapitan al decapitador por decapitar bien? –el monje miraba a uno y a otro alternativamente.

–No, sólo porque se hartó de decapitar –aclaró el primero

–Yo también me hartaría –matizó el segundo–: primero eran los asesinos, cuando escasearon continuaron con otros criminales, y cuando ya no quedaron criminales de ningún tipo Enrico Spinoza ordenó ejecutar también a todos los bujarrones...

El hacha relampagueó y tras un sonido sordo quedó trabado en el tarugo. Todos permanecieron en silencio a pesar de que no había ninguna magia en ver morir a un hombre.

–¿Y por qué se negó con los “raritos”? –insistió el fraile con voz baja, para no llamar la atención.

–Porque eran amantes, todo el mundo lo sabía menos su padre.

Enrico Spinoza lagrimeó en silencio.

–Ya soy un hombre, padre –más que afirmación era una protesta.



- fin -

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