Una vez tuve un sueño

Soñé con un mundo en el que todos podían ser lo que quisieran, hacer aquello que más satisfacción les provocara, que no existiera más impedimento que el deseo...

Hoy, a mis cuarenta y dos años recién cumplidos, y a pesar de que la vida golpeó con toda la crudeza de la realidad, todavía no he despertado de las utopías de juventud. Si no puedo vivir en un mundo feliz, me lo inventaré: haré que otros, como un dios todopoderoso de infinita bondad, sean felices... al menos en mi pensamiento.

Y me puse a escribir. Ahora que tengo en mi haber más de setenta relatos cortos y dos novelas, descubro por qué Dios es "omniausente" e imperfecto.


viernes, 1 de enero de 2010

SEGÚN TU VALÍA



“¡Llegará el día de tu muerte y de mí te acordarás...!”

El anciano rehusó la comida, un caldo de gallina, con un leve y tembloroso gesto de su mano. Aún dentro de su agonía se mantenía con cierta lucidez.

–Y el físico, ¿por qué tarda tanto? –preguntó quejumbrosa una anciana, hermana del yaciente.

–Señora, la medicina no podrá devolverle la vida... se muere. Es muy mayor, su tiempo se ha cumplido –consoló una religiosa.

–¿Y el sacerdote? –insistió la anciana.

–Es el destino que este hombre muera sin recibir el santo sacramento, las revueltas hacen inseguros los caminos –contestó la madre superiora.

“...¡ y de mi maldición, señor de Ferdinán!”

Tras los gruesos muros de piedra de la fortificación, la noche estaba rasgada de rojo, del color del fuego, de la sangre y la cólera. La noticia de la muerte inminente del señor de Ferdinán sublevaba a la masa de oprimidos en una causa común.

¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!

“Paparruchas” Ferdinán no tenía fuerzas para hablar.

–¡Muera el tirano! –sonó una voz desde el patio de armas.

Una piedra rompió la vidriera de la ventana de la alcoba del anciano. Era el fin de un largo reinado de terror, de sangre inocente derramada a capricho, de salvajismo y crueldad sin límite.

“Toda una vida dedicada a mi obra... y ahora, ¡en una noche!, la quieren borrar” Pensó agónico Ferdinán. “Es a mí a quien temen” concluyó con vanidad, en su suspiro ahogado, prácticamente inaudible.

–¡Por Dios, dadle paz! –rogó su hermana.

Las religiosas tomaron sus rosarios, cuchichearon oraciones eternas para el perdón de sus pecados.

Ferdinán ladeó la cabeza hacia ellas...

“¡Soy tan poderoso!” Se afirmó a sí mismo en una plenitud energética que no se traducía en el mundo material.

Y las miró con esa mirada tan suya, que había provocado tanta desgracia a lo largo de su vida. El esfuerzo había sido excesivo, y sintió desvanecerse, succionado fuera de su cuerpo por un remolino oscuro y profundo, hecho de sombras, en cuyo centro brillaba una luz poderosa de amor, tan cálida y misericordiosa que todo aquel estigmatizado con el cáliz de la conciencia acudía hacia ella, como insecto a la luz de una antorcha en noche oscura.

Su pecho volvió a llenarse de aire, su voluntad de vivir era tan poderosa como para rechazar tan tentadora invitación de consuelo y amor.

Ferdinán movió las últimas falanges de su mano derecha, en una señal de que se acercara la madre superiora.

–Desea confesarse –interpretó su hermana dichosa, una lágrima rodó por su mejilla.

La madre superiora se acercó al moribundo.

–¿Qué desea, el perdón de los pecados? –indagó con voz sólo audible para él.

Su pecho volvió a respirar, la vida regresó unos instantes más.

–¡Ahh! –suspiró débilmente, como el llanto del recién nacido por el sufrimiento de la carne.

La religiosa pegó la oreja a sus labios, apenas se distinguían en su rostro excepto por una pequeña raya.

–Vete... al... infierno –musitó con el brillo especial en los ojos de los que creen que todo lo pueden.

La monja separó bruscamente su cabeza de la del anciano, escrutó su rostro con mirada escandalizada. El anciano la miraba con ojos burlones, demasiado fijamente, sin pestañear, sin respirar...

Libre, por fin libre del cuerpo decrépito que tan bien le había servido, libre muy a su pesar, se acercó hasta la Luz.

–Eres mi oveja descarriada, Ferdinán, no dejaré de buscarte hasta que vuelvas a mi rebaño –anunció la Luz en una explosión de bondad luminosa.

–Sólo quiero una oportunidad de vida –suplicó el señor de Ferdinán.

Sólo deseaba continuar su labor de ser temido y respetado, de ser Dios a su manera, como un niño cruel jugando a destripar toda pequeña criatura que cayera en sus manos. Así experimentaba el poder de la vida, mirando en el espejo del caos y la destrucción.

–Ferdinán , mi bien amado, voces hay que claman justicia y escasas las que piden tu perdón... ¿qué oportunidad voy a darte? ¿Cómo sientes... ?

–Yo soy el poderoso Ferdinán –interrumpió a la bondadosa Luz–. No necesito ayuda de nadie para tomar lo que es mío por derecho.

Una nueva llamarada de bondad irradió de la Luz.

–Sea, tendrás tu oportunidad de vida según tu valía. Aprovéchala sabiamente, Ferdinán.

Para él, repentinamente se hizo la oscuridad. Se sentía en un lugar cálido, abrigado y protegido por paredes orgánicas que le cuidaban del exterior.

“¡Ja, ja, ja!” rió dichoso Ferdinán, como un niño travieso que cree haber conseguido su propósito. “Sólo me queda esperar nueve meses, quizás menos, para que la humanidad entera tiemble al oír mis primeros gritos de vida”

“Según mi valía” recordó Ferdinán. “¿Seré hijo de un rey? ¿Quizá de un rico mercader? ¿De un sabio?” Se deleitó en imaginar cada una de las posibilidades que su soberbia descubría.

“La verdad, es que ha sido muy rápido. No he tenido que esperar mi reencarnación” Disfrutó hedónicamente del inmenso poder que le proporcionaba su egocentrismo. “¡Ni siquiera las maldiciones de esa vieja bruja me han afectado!” Rió satisfecho, tratando de recordar el rostro de la anciana ultrajada.

“Quizás se deba a como trates a la Luz: todos gimen e imploran perdón... ¡y así les va! ¡Reciben vidas de dolor y sufrimiento! Ingenuos, tienen tanto que aprender...” Reflexionó Ferdinán.

–¡Aaaaahhhh!

Era un grito de angustioso dolor, procedía del exterior.

–¡Es enorme! –anunció la misma voz con orgullo.

“Qué bien, creo que voy a nacer... ¡y voy a ser enorme!”

“La verdad no sé de que me sorprendo, no podía ser de otra manera”

–Debes relajarte, cuando sientas el apretón es cuando debes empujar, no antes –oyó Ferdinán una segunda voz, más agradable que la primera.

–No puedo, voy a necesitar un médico.

–Respira conmigo; así, muy bien. Continúa tú solo. Voy a por todo lo necesario, ¿vale?

–Sí, sí... pero date prisa, tengo miedo. ¡No me dejes, por favor! ¡Aaaaahhh, ya está aquíííí!

–No sé yo si habrás dilatado bien, es un poco pronto para que las gotas te hayan hecho efecto.

Ferdinán vio entre las contracciones musculares reflejos de luz del exterior.

“Allá vamos” pensó.

–¡Ahhh!

“¡Sufre, sufre! Vete acostumbrándote” Se regocijó Ferdinán en su perversión.

–¡Ahhhhhhhh!

–¡Un apretón más, cariño! –animó la segunda voz.

–Ahhh... uhmm, ¡uhmmm! ¡Uhmmmmm! –su voz parecía abandonar las esferas del dolor para adentrarse en las del alivio infinito.

Ferdinán sintió la parte más dolorosa el nacimiento, pero sólo fue un instante. Su cuerpo cayó en un recipiente de agua desinfectada.

“Extraña cultura ésta”

La luz le llegaba por un pequeño hueco, el que formaba las piernas... el cuerpo que lo alojó todavía permanecía en la postura de expulsión.

–Creo que me he hecho sangre –dijo un gordo obrero sentado en la taza del water.

–Exagerado –respondió su mujer.

–¿Quieres verlo? –preguntó con orgullo el “papá” de la criatura.

“¡Qué ilusión!” Se burló Ferdinán.

–¡No seas guarro!

“¿eh?”

–No te enfades, mujer –tranquilizó el hombre tirando de la cadena, todavía permanecía en calzoncillos, talla 58 por lo menos, y con los pantalones enrollados a sus pies.

Ferdinán sintió que su cuerpo alargado era empujado hacia una oscura tubería en medio de una masa de agua azulada.

“¡Eh, que estoy aquí!” protestó mientras navegaba velozmente por los desagues. Su cuerpo se lastimaba cada vez que experimentaba un repentino cambio de direción en los recodos de las tuberías.

“Calma, Ferdinán, ya me recogerán... ¡Con lo que valgo yo !”






- fin -
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Pie de foto: extraído de artfiles.art.com

2 opinaron que...:

Thornton dijo...

Federico, he visto que has pasado por el Thornton club y que te has hecho cliente. Quiero darte las gracias por tu amabilidad y decirte que estás en tu casa. Hay buen ambiente y las copas no escasean.
Si no te importa yo también me voy a instalar por aquí. Leeré tus entradas anteriores y así me encontraré más cómodo.
Vaya final el de Férdinán, impactante.Saludos.

Federico Manuel dijo...

Hola Thornton,sé bienvenido tú también. Me hice seguidor tuyo porque aprecio tu estilo y supe que disfrutaría con la lectura de tus aportaciones.
Agradezco tu amabilidad y educación,será todo un placer seguir tus huellas.
Hasta pronto.