Una vez tuve un sueño

Soñé con un mundo en el que todos podían ser lo que quisieran, hacer aquello que más satisfacción les provocara, que no existiera más impedimento que el deseo...

Hoy, a mis cuarenta y dos años recién cumplidos, y a pesar de que la vida golpeó con toda la crudeza de la realidad, todavía no he despertado de las utopías de juventud. Si no puedo vivir en un mundo feliz, me lo inventaré: haré que otros, como un dios todopoderoso de infinita bondad, sean felices... al menos en mi pensamiento.

Y me puse a escribir. Ahora que tengo en mi haber más de setenta relatos cortos y dos novelas, descubro por qué Dios es "omniausente" e imperfecto.


lunes, 4 de enero de 2010

UN DIA DURO DE TRABAJO


No tengo demasiado tiempo, lo sé. Aquellos que trabajen sin los dictados de un reloj no comprenderán la presión que significa un buen trabajo terminado en plazo. Pero cuando percibo que las gotitas de sudor caen de mi cara con mayor frecuencia trato de imaginarme escenas que nada tienen que ver con taladros, tacos o corchetes de cortinas, y es, por increíble que parezca, por sentido práctico.

Estar nadando en una piscina coronada de bustos de mármol rosa mientras que un mayordomo espera impasible con un albornoz impecablemente doblado en un brazo y sujeta una bandeja con un martini con hielo en la otra, tiene un efecto sedante que me permite trabajar con mayor precisión y, por consiguiente, más rápido.

La organización del tiempo es vital y ésta varía en función de lo grande que sea la obra; si se trata de una casa en la que solamente voy a instalar una barra los preparativos son mínimos que en la que se va a poner visillos, cortinas y bandós en cada una de las habitaciones, salón, cocina y baños.

—¡Cómo no salgan esas huellas de dedos —dijo un anciano de cara enrojecida agitando un trapo a los pies de mi escalera- llamaré a los del Corte Inglés! —añadió blandiendo un teléfono móvil en la otra.

En nada se parecía a mi siempre sonriente mayordomo, que le vamos a hacer. Suspiré con resignación, conocía el proceso, siempre se iniciaba con una breve explicación.

—Esto pasa más a menudo en verano que en invierno, por el calor, y es que se suda más. Y aunque tengamos las manos limpias, después de haber tocado una pared el polvillo que se produce durante el taladro se fija allí donde se ha tocado.

Una breve explicación que se prolonga indefinidamente.

—¡Pues no toque usted la pared, jopé! —protestó el anciano insatisfecho con las explicaciones dadas.

—Me tendrá que perdonar, pero es que a veces eso no es posible. A veces necesito un punto de apoyo, de equilibrio, para poder trabajar.

Una explicación, como decía, que se puede prolongar en interminables disculpas que normalmente no terminan por aplacar las iras del cliente y agotan un tiempo precioso del que no se dispone para acabar con el trabajo, y acudir a la siguiente cita con puntualidad. Esa situación era como caer en una espiral donde el mal humor trata de engullirte sin masticarte demasiado, atraerte hacia la vorágine para desposeerte del alma y hacerte perder la humanidad en un momento. No todos reaccionan del mismo modo, ¿cómo saberlo?

Se me acaba el tiempo, y las mangas de mi camiseta ya no absorben más sudor, es inútil enjugar mi rostro en ellas. Normalmente trabajando no suelo pensar en nada, pero a veces, me asalta ideas o recuerdos, como los de mi mujer queriendo hacer desaparecer una manchita en mi camisa esparciéndola a todo lo largo y ancho de ese universo de fibras entrelazadas de mi ropa. Y sonrío, pero el sudor no ha desaparecido, en el fondo yo soy igual que ella.

Cuando hace tanto calor que el sudor deja de ser un problema estético para resolverse en una cuestión de deshidratación, beber se me antoja una imposición, especialmente cuanto se siente el estómago lleno de agua. Siempre pido agua, en eso soy sensato, no hace falta explicarlo.

—Señor —alcé la voz recordando al iracundo vejete— Me sentía muy débil por el cansancio y el calor, casi no podía moverme.

Seguía oyendo el “tac-tac” que producía mi sudor al caer en el entarimado del suelo, casi parecía atronador en el silencio de las tres y media de la tarde. Sospeché, por la ausencia de respuestas, que el iracundo vejete no llegó a oír mis susurros por culpa del incesante goteo de sudor. ¡Necesitaba beber! La sed se convertía en una demanda imperiosa en mi cabeza.

No  importaba enfrentarme de nuevo a sus iras, jamás, por muy enfadado que pueda estar un cliente nunca han negado un vaso de agua. Me la pueden dar del grifo, a sabiendas que no está muy fresca o que no tiene buen sabor, pero dan de beber al trabajador sediento. Se lo tengo que agradecer a Jesucristo, ha influido mucho más de lo que gente quiere reconocer, y es gracioso que un agnóstico como yo afirme eso.

—¡Señor! –supliqué—. Agua, por favor.

Noté que estaba apoyado contra la pared, sentado en el suelo, estaba jadeando. Esto era inaudito, por muy cansado que me hubiera sentido jamás me hubiera permitido descansar en casa de un cliente, y menos en el suelo. Bueno, solamente una vez, justamente en el día que decidí dejar de fumar. Había subido dos veces seguidas a casa de un cliente que vivía en un quinto piso, sin ascensor; la primera vez subí las cortinas y los rieles, y la segunda unos cojines y la caja de herramientas. Tardé unos quince largos minutos en recobrar el aliento, pero en aquella ocasión sí lo recobré.

Traté de coger mi taladradora, no conseguí moverla con la yema de los dedos. Recordé que mi cuñado, ocho meses atrás, por diciembre, vaticinaba que este verano iba a ser de los más calurosos de los últimos veinticinco años. Claro, como es instalador de aire acondicionado, trataba de conjurar una buena temporada de trabajo... ¿Cómo cojones sabía él que este verano iba a hacer tantísimo calor?

Sabía, por los libros de autoayuda, que la mejor manera de interpelar a alguien, dejando a parte las cuestiones de educación, era nombrarlo por su propio nombre. Pronunciar con claridad el nombre de alguien supone que el interpelado no podrá hacer otra cosa que responder a la llamada, y que de no hacerlo implicará un desgaste mayor de energía que responder a la llamada. ¿Cómo narices se llamaba el cliente? No lo recordaba. ¿Y por qué estaba tan enfadado?

No deseaba pensar en el viejo, me rondaba el recuerdo de mi hijo menor. Es cierto que los niños imitan lo que ven de sus padres, y aunque no quería reconocer cierta satisfacción, no quisiera que mi hijo trabajara como montador de cortinas. Él me veía muchos domingos ordenar mi caja de herramientas, era un ritual necesario para sosegar, con la ofrenda del orden, a los espíritus del lunes. Él se abrochaba un cinturón de trabajo de plástico, de un amarillo juguete contundente, con su martillo y su taladro.

—¡Mira, soy como tú!

Y yo me perdía en el azul de sus ojos. Me hacía recordar cuando era pequeño, tenía la costumbre de observarme en los espejos detenidamente. Año tras año iba notando los pequeños cambios de mi rostro, ahora, que ya he rebasado los treinta y cinco años, y cada cambio que observe sólo será para darme cuenta de que envejezco, lo hago en los rostros de mis niños. Y me encanta adivinar futuros rasgos faciales, gozo de manera secreta descubrir en ellos las personas que serán, que ya son en realidad.

Me queda muy poco tiempo. Ya sé que parezco obsesionado por el tiempo, pero intuyo que llegará el momento en el que a partir de entonces jamás me preocupe más por ello, y sé que no puede tardar mucho ya.

Aún tenía pendientes dos clientes más, y esta creciente debilidad me exasperaba.

—¡Agua, por favor! —grité, ya me costaba mantener los ojos abiertos.

Casi era mejor así, no podría evitar por mucho más tiempo no darme cuenta que no era sudor lo que manchaba de rojo la tarima del suelo, y que el dolor de mi costado no era por un desarreglo muscular del ritmo respiratorio. A veces la ansiedad me hacía respirar más deprisa, y a veces me ocasionaba ese molesto dolor entre las costillas. En esta ocasión era por un cuchillo clavado con rabia. Era mejor no ver que en realidad el anciano estaba muy cerca, observando mi agonía con satisfacción, que era mejor ignorar que me estaba muriendo.

Era mejor así, imaginándome con los míos en una piscina de mármol rosa.



- Fin -



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Pie de foto: extraído de imagenes.infojardin.com

3 opinaron que...:

Thornton dijo...

Esta es la ventaja de visitar blogs, que te encuentras textos como el tuyo. Qué suerte escribir así. Los finales de tus relatos son una sacudida. Enhorabuena.
P.D. La música que suena no me gusta. Nadie es perfecto.

Federico Manuel dijo...

Gracias Thorton,como siempre tan amable; pero tengo que decir que aun gustándome la ópera noooo,no, no, no, no... (es la Blasa que canta "Todas las solteras" meneando el dedo índice)cambiaré la música de este blog.

Todavía me afecta José Mota (je,je)

http://www.youtube.com/watch?v=o4h3GWbxUrA
Si no funciona el enlace, busca en youtube la blasa todas las solteras... comprenderás de lo que hablo.

Thornton dijo...

He visto a J.Mota en Youtube y me he descojonado.
No pretendía que cambiaras la música. Pero ahora que lo dices...