Una vez tuve un sueño

Soñé con un mundo en el que todos podían ser lo que quisieran, hacer aquello que más satisfacción les provocara, que no existiera más impedimento que el deseo...

Hoy, a mis cuarenta y dos años recién cumplidos, y a pesar de que la vida golpeó con toda la crudeza de la realidad, todavía no he despertado de las utopías de juventud. Si no puedo vivir en un mundo feliz, me lo inventaré: haré que otros, como un dios todopoderoso de infinita bondad, sean felices... al menos en mi pensamiento.

Y me puse a escribir. Ahora que tengo en mi haber más de setenta relatos cortos y dos novelas, descubro por qué Dios es "omniausente" e imperfecto.


martes, 12 de enero de 2010

LA SOLEDAD DEL MAESTRO


Giró la llave del contacto y Ariadna pudo leer en la pantalla del salpicadero: “nada es igual”. Sonrió, a pesar de que iba a ser un viaje largo y no le hacía ni puñetera gracia hacerlo. No podía evitar la semblanza de la lluvia que chocaba contra el parabrisas con las tormentas que estallaban tras su blusa, ¿por qué siempre son grises los días en los que te hacen una putada? Y arrancó el coche, un golf gti rojo.

El único alivio que sintió estaba en no pensar, y Chenoa, cantando a más de doce decibelios y el pedal del acelerador pisado a fondo ayudaban mucho. Los kilómetros se sucedían sin demora cuando el golf circulaba a 160 km/hora… Y no es que Ariadna tuviera prisa, no.

No deseaba perder la calma de Mombeltrán, un pueblo de Ávila, para regresar a su casa en Madrid. No siempre disfrutaba de unos días de vacaciones, y menos de un puente: disponer el de la constitución era ganar la lotería de navidad. De entre todos los de la oficina, sin duda era la que más se merecía un descanso.

Si hasta mantenía una pamela, que le había tocado en una tómbola, en la parte trasera del coche. Era el recuerdo amarilleado, en paja trenzada, de los buenos tiempos del pasado, cuando Juanjo lo había ganado en una feria como premio de consolación. Con lo supersticiosa que era ella, ¿cómo no vio lo que realmente simbolizaba?

Es muy bonita, y en el coche queda bien, se decía Ariadna. Le encantaba imaginarse la cara de aquellos a los que adelantaba en la autopista y descubrieran la pamela tras la nube de gotitas que los neumáticos arrancaban del asfalto. Era un toque femenino a la chulería española de la conducción, era su firma. Tal vez una invitación, o un desafío, según se viera.

—Joder —protestó Ariadna.

Un vehículo la retenía en un tramo de curvas peligrosas a la velocidad recomendada, y no facilitaba la maniobra de adelantamiento en los tramos adecuados.

—Tienes un cuatro por cuatro, capullo... ¿Te asusta un poquito de agua? ¡Pues échate a un lado!

Ariadna, como todos, se transformaba en cuanto sentía en sus manos el volante de un vehículo a motor, y sacaba a relucir la faceta más intransigente y agresiva de su personalidad. Sin embargo, en cuanto bajaba del automóvil, era capaz de sonreír inocentemente; incluso a los que había insultado del modo más barriobajero unos kilómetros atrás.

Como todos, no era consciente de la posesión que padecía cuando conducía. Hoy era diferente, era ella quien poseía al vehículo, convirtiéndolo en una prolongación metalizada de su cuerpo.

Había conseguido el par motor entre las revoluciones de su pensamiento y la velocidad del coche. No podía permitirse una frustración más; frenar, reducir de marcha, era frenar su propia vida. Su corazón no lo soportaría: debía adelantar al capullo del cuatro por cuatro.

Ya estás otra vez... ¡Desalojen la carretera que va a pasar la princesita!, protestaba Juanjo desde el recuerdo. Y Ariadna se mantuvo pacientemente detrás del cuatro por cuatro, hasta concedió una tregua de unos decámetros de separación; ella, que era capaz de conducir casi a remolque del que le precedía.

Pero la tregua terminó en la incorporación a la autopista, tres carriles por sentido, rectas kilométricas, ¿el del cuatro por cuatro aguantaría su ritmo? ¿Cuánto tiempo tardaría en echarse a la derecha? Eran pequeñas estupideces que hacían más ameno el viaje.

El todoterreno se mantuvo en el carril izquierdo, circulando veinte kilómetros por encima de la velocidad máxima. Ariadna pudo ver a través de la luna trasera, a pesar de que eran cristales tintados, que tenía un navegador adherido al parabrisas. Esos aparatos advertían la presencia de los radares.

Ella tenía uno de serie, conectado, y sabía por lo tanto, que circular a más velocidad en ese tramo no implicaba multa. El del cuatro por cuatro era un patán, uno de esos estirados que, como ramas secas, atraviesan el camino sólo para que repares en su existencia, aunque para ello tengas que sortearles.

No sin razón Ariadna disfrutaba poniéndoles un zapato encima, un femenino 36, para chascarlos y dejar las cosas en su sitio. Todos sin excepción habían crujido bajo su suela, y éste del cuatro por cuatro no sería la excepción.

Vaya, la del golf rojo parece que quiere jugar, se dijo el conductor del todoterreno. Conducía sólo, y esto era un fiel reflejo de lo que era su vida. Era la secuela más obvia de la excelencia, de la perfección con la que pretendía pasearse por la vida, con o sin coche. Juguemos. Y se echó a la derecha.

Ariadna aceleró pero su carrera quedó pronto, demasiado pronto, truncada por otro coche que circulaba a ciento cuarenta kilómetros por hora. Del cuatro por cuatro negro que circulaba por el carril central destelló la luz ámbar del intermitente izquierdo, Ariadna lo percibió a través del retrovisor derecho. Ya me parecía a mí que fue demasiado fácil, pensó observando como el todoterreno se situaba detrás de ella, cerca, muy cerca.

Qué, ¿no puedes correr más? Yo tampoco podía antes de que me forzaras a dejarte sitio… ¿Te gusta que te agobien? Horace suspiró. Yo no soy así, ¿verdad Elvis? El cantante siguió cantando “a little less conversation”, ignorante de los pensamientos del conductor.

Pues claro que no, Horace imaginaba leer la contestación a una entrada de su blog. Tu eres “cuasi” perfecto, si fueras un tiempo verbal serías el pluscuamperfecto. Y las carcajadas reverberaron por encima del “come on come on” del estribillo. ¡Como echaba de menos el blog!

En realidad se llamaba Horacio, pero desde que se sumergió en las oscuras aguas del ciberespacio, acabó adoptando como propio el pseudónimo que utilizaba en su blog. Un bautismo más que justificado por los más de ochocientos seguidores que leían sus reflexiones.

A veces Horace sentía cómo más real el tiempo que empleaba sentado frente a la pantalla del ordenador que el de su propia existencia. Cuando fue consciente de este hecho escribió una última entrada en el blog:




Queridos amigos, vosotros creéis haber aprendido mucho de mis conclusiones, y esa es la razón por la que esperáis con impaciencia la notificación de mi post cada día. ¡Os habéis hecho dependientes de mis pensamientos! Y yo he permitido esta situación, porque ¿a quién no le agrada un poco de egolatría?

Pero el problema real es que nos hemos hechos dependientes mutuamente. Todos vosotros tenéis un sabio en vuestra cabeza y no soy yo… ¡aprended a escuchar su voz! Hasta siempre.



Y a lo Forrest Gump, cuando arrastraba una multitud silenciosa de corredores, les abandonó. ¿Cómo que hasta siempre? ¿Y las grandes revelaciones? Insistían desde el blog. ¡Vuelve! ¿Qué será de nosotros?

Pero Horace no escribió ni una palabra más. Comprendió que debía vivir la vida, no comentarla en internet. Él también había aprendido, aunque le hubiera costado una transmutación de su nombre.

De esto no sabía ni una palabra Ariadna, ¿cómo podía saberlo? El caso es que el todoterreno negro aflojó la presión y dejó una creciente y normalizadora distancia de seguridad entre los coches. Kate Ryan cantaba “quelque chose dans la foi qui parait nous dire bien” en la canción "Ella elle l’a".

Adriana nunca había oído hablar de France Gall, pero posiblemente de haber conocido la canción original no le hubiera gustado. Esta circunstancia podía leerse en el blog de Horace.


Las personas somos como los carretes de las viejas cámaras de fotos, sólo aceptamos una primera impresión. Todo lo demás nunca será como la primera vez, y por lo tanto, no dejará huella en el alma.

Claro que la canción original no tenía el ritmo acelerado tan al gusto de los jóvenes de ahora, por lo que podría ser una explicación alternativa a la de Horace: la juventud de Ariadna.

Ya está, pisado y crujido. Pensó apretando un poquito más el acelerador. Kate Ryan seguía acelerando, a su vez, la canción de France Gall. En cuanto Horace apreció esta circunstancia también aceleró la velocidad del coche. No quería agobiarla pero tampoco perderla de vista.

Podía darse la posibilidad de que el coche que circulaba a 140 km/hora se apartara y recuperara su posición antes de que él pasara, por lo que se quedaría en cola, con un coche en medio.

No tuvo tiempo, como buen maestro se anticipó a la realidad, pero le fallaron los reflejos. Si quería recuperar su anterior “status” tenía que presionar al de delante como lo había hecho la chica del coche rojo, conducta que no justificaba. Si actuaba como ella, ¿qué lección podía dar a la chica entonces? Además, sabía por experiencia que la tolerancia de los conductores se reducía en circunstancias repetidas.

Refrenó el impulso de acelerar, de comer el culo al coche que ahora circulaba a 145 km/hora. Observó con satisfacción que el golf también quedó retenido por otro vehículo, y que la presión que ejercía no tenía efecto. No se iría muy lejos.

Para llegar a Madrid aún faltaban más de ciento cincuenta kilómetros, tendría tiempo suficiente para desquitarse con elegancia, al más puro estilo Horace que muchos en internet todavía recuerdan.

Los kilómetros se sucedieron con rapidez, con hastío, y, al fin, el coche que actuaba como barrera conectó el intermitente derecho: abandonaba el carril. Horace sonrió… ¡Maldición! Un coche del carril central, aprovechando la circunstancia, tomó el relevo del coche que se marchaba. Y para mayor fastidio, el golf rojo había ganado una nueva posición. Ahora, entre ellos había dos coches.

Dejó de sonreír. Era un contratiempo que podía echar a perder la justa lección que necesitaba la chica del golf rojo. Los hitos que anunciaban la menguante distancia que faltaba para llegar a Madrid se convertían en acusadores burlones de su incompetencia.

¡Ja, sólo faltan 110 kilómetros para llegar a Madrid y todavía no la has alcanzado! ¡Chan chan, 90 kilómetros, y cuatro coches por medio! 75 kilómetros, ¿y te consideras un maestro? ¿De verdad? ¡Ay, qué risa! 60 kilómetros, ¡menos mal que no vives de la docencia!

Habían pasado más de cuarenta y cinco minutos, y Horace ya daba por perdido su intento de alcanzar a la chica del coche rojo. En la medida que se acercaban a Madrid se multiplicaban los vehículos que circulaban por la autopista. Era una simple progresión aritmética que no ignoraba, que multiplicaban las dificultades de modo exponencial... Hasta había desaparecido de su campo visual.

Cuando el todoterreno enfiló una de esas rectas de la meseta castellana, Horace reconoció el golf rojo. La pamela, a esas distancias se hacía irreconocible, pero sabía que era ella; la chica que le había hostigado en los puertos de la sierra abulense. Lo sentía en el pecho, su corazón se lo decía con un acelerado pum-pum y el estómago se solidarizaba retorciéndose como una bayeta húmeda, estrujando unos jugos que no necesitaba.

El pie, sin esperar cualquier mandato ordinario de apretar el pedal de aceleración, se movió por su cuenta. Y el todoterreno fue ganando puestos, incluso realizando maniobras, como zigzaguear entre los carriles y adelantar por la derecha, que no se hubiera atrevido jamás a realizar en otras circunstancias. Pero es que sólo faltaban cuarenta kilómetros para llegar a Madrid, y ella estaba muy cerca.

Ariadna no fue consciente del acecho del cuatro por cuatro, sólo cuando lo tuvo detrás reconoció de quien se trataba, y del mismo modo que Horace, cuando la avistó, sintió una repentina descarga de adrenalina en el torrente sanguíneo.

Era él, el capullo envarado que creía haber crujido al menos hace una hora u hora y cuarto. Lo tenía detrás del inmediatamente posterior al suyo. Venía buscando venganza, no cabía duda. Y ella estaba muy cansada, el capullo no podía conocer las razones por las que regresaba a Madrid, pero con gusto cambiaría sus circunstancias por las suyas.

Se limitó a circular en los márgenes de la legalidad, abandonando toda conducción agresiva y renunciando a cualquier alarde. En cuanto observó que había hueco en el carril central se metió. Sabía que la guardia civil multaba a los coches que circulaban indiscriminadamente por la izquierda, y más, cuanto más cerca se estaba de Madrid.

Fue un error, un momento de debilidad. Descubrió con horror que los vehículos de ese carril apenas superaban los cien km/hora, y vio en el retrovisor como el todoterreno aceleraba cortando toda posibilidad de reincorporarse al carril liberador.

Se quedaba sin espacio, por momentos veía que se iba a chocar con el de enfrente. Frenó y activó de modo mecánico el intermitente izquierdo. Normalmente hubiera sido una señal de advertencia de que pretendía adelantar, y que lo haría ya…

Horace sintió que pedía permiso para incorporarse. Tic-tac, déjame pasar. Tic-tac, me voy a estrellar. Tic- tac, no me queda tiempo… tic-tac,  tic-tac,  tic-tac. Horace frenó casi en seco, vio los ojos tristes de Ariadna en el retrovisor, sus miradas se cruzaron en un instante eterno en el que intercambiaron soledades y penas… “Gracias” expresaron los ojos de Ariadna, “no soy tan capullo como te creías” decían los de Horace.

Y el golf gti rojo, con una pamela en la parte de atrás, aceleró. Corrió tan deprisa como pudo, como lo hacía Kate Ryan con la canción de France Galle, como lo hacen los jóvenes hoy en día...

...Pero no escapó a su lección.





— Fin —


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4 opinaron que...:

Zero1337 dijo...

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saludos!

Thornton dijo...

Tu texto es una delicia, ¿ has publicado en alguna editorial? qué envidia me das, puñetero.Un saludo.
P.D. Pásate por el club, estamos recomendando una película, o varias, cada uno. Gracias

Anusky66 dijo...

federico que raro que no actualices el blog
¿ estas bien ? .
precioso relato !!

Federico Manuel dijo...

Todo bien,Anusky; el único problema está en decidir que relato publicar. Voy compaginando los más recientes con los que duermen en un cajón... y estoy "desempolvando" unos pocos.