
El sonido del viento no entendía de banderas, silbaba sobre los cadáveres sin hacer distinciones del color de su piel, y convertía aquellas ruinas de ciudad en un cementerio sin lápidas ni oraciones.
–Aquí ya no queda nada que hacer, señor. La resistencia ha sido neutralizada.
Pero mantenía su fusil de asalto sin seguro, apoyado contra su hombro, como si temiera que algún muerto se levantara para sacudirse el polvo y la sangre seca de sus ropas.
–No dejaremos que nadie muera solo, M.A. –replicó el sargento Vázquez–. Si alguno de nuestros chicos ha caído lo rescataremos.
–Me alegro de estar con usted, señor –aduló Wilson, un chicano imberbe que se había alistado a las fuerzas especiales...