Una vez tuve un sueño

Soñé con un mundo en el que todos podían ser lo que quisieran, hacer aquello que más satisfacción les provocara, que no existiera más impedimento que el deseo...

Hoy, a mis cuarenta y dos años recién cumplidos, y a pesar de que la vida golpeó con toda la crudeza de la realidad, todavía no he despertado de las utopías de juventud. Si no puedo vivir en un mundo feliz, me lo inventaré: haré que otros, como un dios todopoderoso de infinita bondad, sean felices... al menos en mi pensamiento.

Y me puse a escribir. Ahora que tengo en mi haber más de setenta relatos cortos y dos novelas, descubro por qué Dios es "omniausente" e imperfecto.


domingo, 6 de diciembre de 2009

Pequeños inconvenientes.


Francisco guardaba la esperanza de que, cuando llegara a casa por la noche, su familia política, aburrida de despellejar a los que salen en televisión, se hubiera acostado.

—Vaya, por fin llegas —observó Enriqueta—. Nos íbamos a dormir, pero ya que estás aquí nos quedamos un ratito más. ¿Verdad, madre? —añadió su suegra.

—Que si es por mí no se molesten, que yo voy cansado y es posible que no me entere ni la mitad de lo que digan.

—¿Qué dice el “Paco”? —intervino la abuela.

—Nada, madre. Que no le molestemos hoy que está muy cansado —gritó Enriqueta.

—¡Uy, coñe!

Era inevitable, se daban cuerda recíprocamente, y la identidad, incluso la existencia de una no se comprendía sin la otra. Francisco sonrió condescendiente, había aprendido a ignorar esas pequeñas trampas de convivencia. Las besó, nada más entrar en el salón, con la gallardía de un torero sorteando con una verónica el envite de las vaquillas.

—La “Marce” ha hecho esas lentejas que tanto te gustan.

Su suegra insistía en borrar esa estúpida sonrisa de la cara de su yerno. La abuela, pobrecita, tenía buena mano para la ropa, y mucha voluntad para hacer cosas que otros con menos edad no habrían ni pensado; pero la cocina no era su punto fuerte. Una amable observación ocasional provocó que comiera dos veces por semana unas insulsas lentejas, una especie de caldo con las legumbres poco hechas, para que no se despellejaran.

—¿Para cenar? No gracias, tengo ardor de estómago. Cenaré otra cosa. Y su hija, ¿por dónde anda?
Francisco debía dar carnaza para que las fieras no se cebaran con él, de sobra conocía la respuesta.

—Pues donde siempre, en sus clases de baile de salón. Y como no te espabiles, ¡algún un galán te quitará la joya que tienes!

Perfecto, picó. Había conseguido desviar la atención de su suegra de modo que podía prepararse un bocadillo sin mayores complicaciones. Para cuando se sentó en el sofá la abuela se había quedado traspuesta, la lucha por el mando a distancia estaba medio ganada.

—Hoy toca “House” —sentenció Francisco muy serio en cuanto vio que Enriqueta se apoderaba de tan preciado aparato.

Con la dignidad de una marquesa deshonrada entregó el mando de la tele.

—Toma, hijo, que ya sé cuál es mi sitio en esta casa.

Tampoco se molestó en replicar, la sintonía de la serie creaba un confortable aislamiento en los oídos.
Enriqueta chasqueó la lengua varias veces.

—¡Madre, se está durmiendo!

Estaba reclutando refuerzos.

Cuando llegó el primer corte publicitario Francisco se había terminado el bocadillo, era el momento de demostrar quien llevaba los pantalones en casa. Se crujió los nudillos con fruición. Y fue pasando un canal tras otro, fingiendo buscar un programa alternativo más interesante que los anuncios.

Tenía un televisor moderno, de los que congelaba unos segundos la imagen antes de dar paso al nuevo canal; y su afición más secreta consistía en buscar la imagen estática más grotesca posible.

En ocasiones la imagen se descongelaba fusionándose con otra que poco tenía que ver, y el resultado también era espectacular. Era un artista incomprendido: sus obras eran tan efímeras y su público tan difícil. Lástima. Hasta que esa noche, de repente, sin aviso previo, apareció en la pantalla una verga de tamaño descomunal.

Tardó unos segundos en comprender que es lo que estaba pasando: había dado con uno de esos canales que a veces emitían películas porno. El mando, inesperadamente, se había convertido en un objeto demasiado pequeño y complicado de usar. Sin aliento apretó todos los botones al mismo tiempo, era inútil, la imagen congelada de una polla monstruosa permanecía eternizada en el televisor.

Francisco miró de reojo a Enriqueta y a Marcelina. La abuela parecía dormida, pero su suegra le acusaba de pervertido en silencio con la mirada. Asentía con la cabeza, rumiando venganzas y chivatazos a toda la familia.

En cuanto apareció de nuevo el protagonista de su serie favorita, suspiró en silencio: “No te metas donde no puedas salir”, observó el doctor House mirando el trasero en pompa de la directora del hospital. ¿Era su imaginación o le había salido otra de sus obras de arte televisivas?

El sonido de la puerta de entrada anunciaba la presencia inminente de Carmela, su mujer. Francisco, en un lenguaje no verbal, trató de sobornar a su suegra ofreciendo el mando a distancia. Se había “empequeñecido” en el tresillo. Enriqueta aceptó el presente con un gruñido de satisfacción.

—¡Hola, todavía estáis aquí! —saludó Carmela besando en la frente a su madre—. ¿Qué tal?

—Bueno, bueno, qué te voy a contar hija.

La abuela, con el ceño fruncido y la mirada perdida en el televisor, no decía nada.

–¿Abuela? –se interesó Carmela.

De pronto, ésta, con una extraña inquietud en los ojos, vomitó un exabrupto:

—¡Menudo pollón tiene el doctor House!


- fin -


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Pie de foto: extraído de http://puertohurraco.files.wordpress.com/2009/06/doctor_house-1.jpg?w=220&h=300