Una vez tuve un sueño

Soñé con un mundo en el que todos podían ser lo que quisieran, hacer aquello que más satisfacción les provocara, que no existiera más impedimento que el deseo...

Hoy, a mis cuarenta y dos años recién cumplidos, y a pesar de que la vida golpeó con toda la crudeza de la realidad, todavía no he despertado de las utopías de juventud. Si no puedo vivir en un mundo feliz, me lo inventaré: haré que otros, como un dios todopoderoso de infinita bondad, sean felices... al menos en mi pensamiento.

Y me puse a escribir. Ahora que tengo en mi haber más de setenta relatos cortos y dos novelas, descubro por qué Dios es "omniausente" e imperfecto.


lunes, 28 de diciembre de 2009

Angus Paparazzi


Fui escolta durante muchos años, porque me habían expulsado de las fuerzas especiales. Y hastiado de una vida de violencia implícita, profesionalicé una afición que siempre me había atraído por su creatividad: la fotografía. Sí, parece extraño. A un tipo como yo se le debería negar cualquier muestra de sensibilidad, pero es que no soy como otros monstruos; tengo honor, un código moral tan duro como mis propios puños.

Desde que la única “arma” que utilizo es una Canon, mi vida ha cambiado. Soy más perceptivo, capto detalles que antes no apreciaba y soy capaz de recrear una escena; en sus condiciones ideales de luz y de formas, aún antes de que se me presente. Me siento como un poeta que define el mundo con imágenes, y si puedo maquillar la realidad para provocar emociones, ¿por qué no sacar un provecho de ello?

Sí, ciertamente son fotografías muy hermosas, observaba una señorita veinte años más joven que yo. Me costó descubrir una placa que confirmara su capacitación entre las pilas de expedientes en el escritorio. Pero no valen nada, añadió la redactora de la revista. Lo siento, pero hay mucho material de este tipo por internet.

Normalmente en estas circunstancias se me habrían ocurrido al menos cinco maneras diferentes de neutralizar al sujeto perturbador. Ahora sólo veía encuadres en los que resaltar algunos rasgos de su rostro, para subrayar su personalidad, o su belleza; o la delicadeza con la que se desembarazaba de mí. No deje de probar suerte en concursos fotográficos, añadió mientras me acompañaba a la puerta. Me estoy haciendo viejo.

Seguí, no obstante, su recomendación, y aunque aguardaba la remota posibilidad de que ningún jurado fallara a favor de mis creaciones, nunca tuve resultados tan poco alentadores como aquellos. Fue frustrante, un golpe de humildad a un pensamiento entrenado para valorar riesgos aceptables y calculados.

 Necesitaba los premios, además, porque mis recursos económicos se habían agotado. Cuando valoré los trabajos premiados, y descubrí, íntimamente, que mis fotografías transmitían más, que desprendían una magia que las demás no tenían, capté el olor a podrido: el sistema estaba corrupto.

Lejos de experimentar enojo, sentí liberación. La sociedad todavía ignoraba la criatura que había creado, y yo, la repercusión que tendría mi proceder en el periodismo moderno. Mi objetivo, el más fácil por su obviedad, era desenmascarar la doble moral de los poderosos. Haría pagar sus trampas con meticulosa pulcritud, uno tras otro, sin descanso. Y viviría bien, sin remordimientos.

Pero a diferencia de esa legión de insectos que imitaron mis formas, siempre he sido honesto con todas las partes implicadas.

—Buenas noches, señora —comunicaba desde un teléfono público, llamo para advertirle que está siendo vigilada y que debería evitar, en lo sucesivo, cualquier conducta que pueda ser reprobable.
—¿Pero quién es usted, le conozco?
—No importa, señora.
Bebí un trago de mi petaca. Podía ver la silueta de una mujer recortada en los visillos de una ventana, no diré de qué palacete.
—¿Le ha contratado mi marido? Y sin esperar respuesta añadía: ¡le pago el doble!
Demasiado tarde, ya no podrían sobornar mi dignidad.

Unas semanas después se publicaban en la prensa rosa unas fotografías del amante de una señora de la alta sociedad de Parma. Airear un adulterio de esta forma provocó un gran escándalo que, naturalmente, beneficiaba a la revista que compró mis fotografías.

Revuelo de abogados, papeleo y citaciones: todo quedó en una divorciada sin indemnización. Soy meticuloso en todo lo que hago. Desde entonces mi nombre circulaba en los foros periodísticos como pólvora encendida, y no sin razón, pues tener unas “fotografías paparazzi” era garantía de agotar la edición en los kioscos sin repercusiones legales.

Era repugnante.

Nadie era capaz de apreciar mi arte a pesar de las dificultades técnicas. Todos somos capaces de retratar un primer plano de alguien que está posando, y de entre metros de negativos tal vez pueda encontrarse una foto tolerable. Yo hacía lo mismo, pero de incognito, muy lejos de mi objetivo y en condiciones de luz adversas; y siempre he captado el gesto que humaniza a mis víctimas, que las redime del pecado que esconden.

¿Pero es que no lo apreciaban cuando se destapaba un escándalo? No puedo comprender que los lectores se llenaran de morbosidad, que pidieran sangre como fantasmas invisibles de los antiguos coliseos, con mayor frecuencia, con más abundancia, para encontrar regocijo en sus vidas vacías.

¿De verdad que no perciben poesía en mis fotografías? ¿Sois incapaces de sentir la precisión del momento, del mimo escondido, el celo con el que presiento la expresión adecuada? Solo tenéis que abrir cualquier revista de prensa sensacionalista y comparar las fotografías actuales con las hice en su momento.

Las de ahora invaden la intimidad, pisotean todo honor y pervierten cualquier gesto inocente o amable. Los periodistas de nueva generación han aprendido lo más burdo de mi proceder. Se llaman a sí mismos reporteros, y lo peor, es que la gente de la calle los conoce con el nombre de… paparazzi.

Mi apellido, mi identidad, se ha pervertido. De nuevo me toca perder...



fin


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Pie de foto: extraído de www.cristalab.com