Una vez tuve un sueño

Soñé con un mundo en el que todos podían ser lo que quisieran, hacer aquello que más satisfacción les provocara, que no existiera más impedimento que el deseo...

Hoy, a mis cuarenta y dos años recién cumplidos, y a pesar de que la vida golpeó con toda la crudeza de la realidad, todavía no he despertado de las utopías de juventud. Si no puedo vivir en un mundo feliz, me lo inventaré: haré que otros, como un dios todopoderoso de infinita bondad, sean felices... al menos en mi pensamiento.

Y me puse a escribir. Ahora que tengo en mi haber más de setenta relatos cortos y dos novelas, descubro por qué Dios es "omniausente" e imperfecto.


viernes, 25 de diciembre de 2009

“En los suburbios de las estrellas”


“Estando a tu lado, Susana, me haces sentir la bondad que se recibe cuando se es un niño pequeño. Cada día que amanece descubro un mundo nuevo, lleno de cosas buenas por revelar. Haces que los buenos tiempos del pasado, no sean nada, que compartir cada día contigo sea una aventura de felicidad, una maravilla no superada por nada cuanto existe en el universo. Haces que desee llevarte a las estrellas, para escuchar desde allí tu voz, escuchar las palabras que hacen conmover a media humanidad, y desde allí gritar a todos que te amo...

Para que nadie, ni siquiera tú, pueda ignorar cuánto te quiero.”





Ricardo abrió los ojos, y sus pupilas se constriñeron en dos puntitos negros. Había demasiada luz, incluso para él, que agradecía despertar cada mañana con la luz del sol en la cara.

Normalmente se levantaba despejado, y aunque esta mañana se hallaba completamente descansado, tenía la impresión de no haber despertado del todo de los sueños que lo habían acompañado en su viaje nocturno. El entorno en el que se hallaba no le resultaba familiar y, sin embargo, ¡parecía tan real el sueño del que despertaba!

Había soñado que venía de un mundo lejano, disminuido y en penumbras; que provenía de un planeta azul, que podía haber sido muy hermoso si la mezquindad de sus moradores no hubiera hipotecado su futuro a una discutible comodidad presente.

Recordaba que en su sueño vestía cada mañana con ropa limpia y perfumada la cama que compartía con la mujer, con la que también compartía piso y corazón, para ablandar con mimos un amor que se endurecía con demasiada facilidad. Sólo él era capaz de adivinar que tras la frialdad de su acero y la dureza de su hormigón escondía la fragilidad de una dulzura cristalizada, como el azúcar rancio que no se usa.

Sus manos derrochaban caricias sobre las sábanas, eliminando todo rastro de arruga sobre la cama, con la secreta esperanza de que cuando ella se acostara las recibiera todas juntas. Y perfumaba las almohadas con agua de azahar, para que su mujer conciliara mejor el sueño y así descansada, al día siguiente, pudiera descubrir en su rostro la sonrisa que nunca encontraba.

Completaba la limpieza de la habitación principal, la única que en realidad tenía uso habitual, cuando regresaba de la compra diaria con una flor, siempre distinta, que colocaba sobre el lado de la cama que usaba su mujer.

A pesar de que se podían permitir pagar los servicios de limpieza de una empleada de hogar, Ricardo prefería encargarse personalmente de esas tareas porque nadie iba a poner tanta dedicación y respeto en cada detalle, que sublimaba casi a la categoría de culto y reverencia.

¿Quién podría convertir algo ordinario e ingrato en algo vivo y bello, si no es por la grandeza del amor? Nadie, no era exigible, ni aún pagando dinero por ello. Sólo podía ser él, sus manos limpias no mancillarían el cristal de los portarretratos de una Susana, diez años más joven, sonriendo dulcemente desde el salón. Ni profanarían cajón alguno de su cómoda, donde su ropa interior estaba perfectamente ordenada.

Ricardo recordó con nostalgia el eco de su voz, de su risa, cuando Susana todavía era universitaria, y la habitación era muy pequeña, y las braguitas descansaban sin pudor desde cualquier rincón. ¡Qué importancia tenía tanto desorden cuando sentían urgencia por amarse!

Los dos estudiaban Ciencias de la Información, no les quedaba demasiado tiempo para otras ocupaciones.

—Se nos va a gastar el amor —decía Ricardo entre bromas.

—No —Susana ponía voz de niña pequeña desvelando el mayor secreto del Universo—. Cuanto más más, y cuanto menos menos —concluyó con un suspiro.

—No entiendo nada.

No hacía falta que Ricardo dijera nada, su rostro hablaba por él.
Susana liberó una risita.

—Cuanto más haces una cosa, más te apetece hacerla. Y cuanto menos la hagas, menos te gustará hacerla —concluyó Susana sonriendo.

Habían sido buenos tiempos… que sólo Ricardo parecía recordar, como si Susana no hubiera participado de ellos. Regresar a su rutina diaria le hizo sentirse muy solo, muy triste.

En general, todo el sueño de aquella noche había sido amargo, menos el final. Había sido un extraño viaje por el espacio, donde el azul del cielo se oscurecía progresivamente en la negrura de la infinitud interestelar. Veía las estrellas como pequeños puntitos de luz que se movían fugazmente hacia su espalda, dando paso a nuevos soles y sistemas planetarios que desaparecían con la misma rapidez, provocando un efecto de túnel misterioso iluminado con la luz de constelaciones y galaxias enteras a su paso. No sentía ni vértigo ni asfixia, ni presión alguna sobre su cuerpo. No sentía vibración o ruido, sólo un vientecillo que arremolinaba sus ropas y despeinaba con suavidad su flequillo.

Despertó repentinamente, y la melancolía de su sueño enturbió con la confusión una realidad desconocida: Ricardo no se encontraba en la habitación de su casa, no estaba en su casa.

Lo último que recordó haber hecho antes de quedarse dormido era haber puesto una flor, una margarita de una variedad que no conocía, sobre la cama recién hecha. Quizá en ese momento decidió descansar un momento, Susana no vendría hasta por la noche, no tenía que rendir cuentas a nadie. Pero, ¿dónde estaba ahora?

Encontró a los pies de la cama un diván sin respaldo ni brazos, allí aguardaba una ropa bien doblada. Al posar los pies en el suelo, sintió la sensación agradable de la lana de una alfombra, pero allí no había otra cosa que las losetas blanquecinas del suelo.

La estancia era muy amplia, donde la cama se situaba sobre una plataforma elevada que se accedía a través de tres o cuatro peldaños que la bordeaban. A su derecha, una ventana sin cortinaje alguno se extendía prácticamente sobre toda la pared: unos doce metros de ancho por cuatro de alto. A través de sus cristales se percibía un cielo azul turquesa muy bello, seguramente un efecto producido por el vidrio tintado.

Como estaba desnudo, el pudor fue más fuerte que su curiosidad. Decidió cubrirse con esas ropas que encontró sobre el diván. No había otras en la habitación, y no halló armario o mobiliario alguno donde pudiera encontrar una alternativa más familiar, como su pantalón de franela y su camisa.

Esas ropas no eran muy diferentes de las suyas, se componían de dos piezas sin costuras ni remates de ningún tipo, y la que correspondía a la parte inferior cubría desde los pies hasta la cintura. La superior, resguardaba la cabeza, brazos y torso hasta las rodillas. Era de un tejido suave, agradable al tacto y tibio, como si emanara de él una temperatura constante desde el interior de sus fibras.

—Es cien por cien transpirable, no se ensucia ni se arruga nunca y es prácticamente incorruptible. Te protegerá de quemaduras y de cualquier corte. ¡Ah, y es auto ajustable! —la voz de una chica le sobresaltó desde el marco de una puerta que antes no existía.

Ricardo tenía tantas preguntas por hacer que no llegó a formular ninguna.

—Lo sé, lo sé. En este mundo descubrirás que muchas cosas son iguales que en el tuyo, y otras que no. Estás en el tercer sistema planetario, más allá de lo que vosotros llamáis Orión. Vuestros sistemas de exploración del universo todavía son algo primitivos y es probable que ni siquiera conozcáis la existencia de nuestro mundo.

Ricardo abrió mucho los ojos, conteniendo la respiración.

—Ahora estás pensando que eres víctima de una broma cruel, aunque en el fondo sabes que no. Y sí, nuestro cielo es de color azul turquesa. Nada tiene que ver con los cristales de la ventana, si no de la combinación de los gases de nuestra atmósfera con la luz que recibe de nuestros soles gemelos.

—¡Quieres dejar de leer mi mente, por favor! No estoy acostumbrado… me siento intimidado.

—Discúlpame, Ricardo, he tenido que hacerlo desde que llegaste hace unas horas. Tenía que familiarizarme con muchos aspectos de tu cultura y educación recibida, pero no lo haré más que cuando sea necesario. Entre nosotros es una manera habitual de comunicación, más sencilla, honesta y...

—¿Expresiva?

La chica sonrió.

—Vas aprendiendo muy rápido. Ricardo.

—No lo entiendo, ¿cómo es que te expresas en mi lengua?

—No lo hago, los sentidos de percepción en seres inteligentes, medianamente evolucionados, cuyo córtex cerebral sea lo suficientemente desarrollado, admiten la comprensión del pensamiento aunque esté basado en un soporte oral más o menos elaborado. Tú crees que estoy hablando realmente, mientras que lo único que hago es emitir una serie de sonidos y gruñidos que fonéticamente en poco se parece a tu idioma. Pero tu cerebro necesita recibir todavía ondas auditivas para comprender mi pensamiento, y yo estoy reforzando la “emisión” para que no oigas los gruñidos, sino mi voz.

—Tú conoces mi nombre, ¿cómo debo nombrarte yo?

—Llámame Susan.

Ricardo pareció disgustarse.

—No puede ser que te llames así, ese nombre es demasiado parecido al de mi mujer.

—Lo sé. Y lo he escogido a propósito para crear un vínculo afectivo contigo. Mi auténtico nombre te resultaría incomprensible, demasiado raro.

—¿Y por qué sois tan... como nosotros?

—Lo que me estás preguntando es por qué no somos unos monstruos siniestros con tentáculos o miembros extraños, ¿verdad?

Ahora fue Ricardo el que sonrió.

—Te puedo dar dos explicaciones, la narcisista o la real. ¿Cuál prefieres? ¡Oh, ya veo! Es una mente inquieta ese cerebrito tuyo...

—¡Me estás leyendo otra vez!

—Tratas de ocultar tus sentimientos con emociones estandarizadas. Créeme, Ricardo, la ira no es buena consejera.

—No estoy iracundo.

—Aquí, en mi mundo la única emoción tolerada es el amor. Y yo sé que tienes mucho de eso guardado aquí dentro —confesó Susan tocándole la frente.

—Pero yo no estoy enfadado.

—Lo sé. Pero a vuestra especie todavía le queda mucho camino por recorrer, y en vuestra mente no se reconoce como falso aquello que es fingido. Ni siquiera para uno mismo, y aquello que no se experimenta acaba por admitirse como real por efecto de la repetición. De hecho, sois terriblemente sensibles a cualquier tipo de sugestión, hasta la más burda... ¡Tenéis que aprender a ser más honestos!

Ricardo suspiró.

—La explicación es muy sencilla: hubo una civilización muy antigua cuyo planeta estaba a punto de la extinción, y antes de que se aniquilara mandó al espacio material genético propio en unas cápsulas para que, una vez que sus sensores hubieran detectado vida en cualquier confín del universo, se mezclara con la especie que les fuera más compatible y resurgir en unas condiciones de vida aceptables. Esa es la explicación de por qué nuestras diferencias son mínimas, procedemos de una misma base genética común.

—Vale, seguramente esa es la explicación narcisista. ¿Verdad? —Interrogó Ricardo molesto. En nuestro mundo hace mucho que dejamos de pensar que la tierra era plana o que el universo giraba alrededor de la tierra. ¿Cuál es la auténtica respuesta?

—Vaya, creo que te estoy subestimando. La respuesta real es otra, y tiene más que ver con la capacidad de registrar el pensamiento que los sentidos físicos de la percepción de la realidad. Si lo que realmente importa es lo que se tiene dentro, resulta que la imagen física y la imagen real no siempre son coincidentes, y la mayoría de las veces se retoca o se complementa del mismo modo que tú lo haces con tu vestuario. Sí, somos diferentes, pero ninguno somos monstruos. Y de momento prefiero que me percibas como una semejante, los involucionados admiten mal la existencia de vida inteligente que no sea la de su propio mundo... Y menos si su aspecto no les es familiar.

—Susan, me falta una respuesta a una pregunta. ¿Por qué estoy aquí?

Ella volvió el rostro hacia la ventana, Ricardo, sin saber cómo, sintió una profunda tristeza que no le era propia. Él, desde hacía mucho, experimentaba otra similar, pero la suya era agridulce, la de Susan era amarga.

—¿Tiene nombre aquel que te produce tanto dolor? —insistió Ricardo.

—Entre nosotros, digamos, que se llama Richard.

—¡Oh, por favor! —protestó Ricardo—. Las comparaciones siempre son odiosas.

—Sé que eres una persona instruida, culta. No trates de buscar relaciones donde no las hay. Lo llamaremos Richard por la misma razón que me llamas Susan.

—¿Tratas de decirme que estoy a trillones de kilómetros de mi hogar porque tienes problemas amorosos?

Ricardo se paseaba impaciente a lo largo de toda la ventana, como un tigre enjaulado. Susan no contestó.

—¡Es injusto! ¡Yo tampoco soy feliz y no voy raptando a la gente! No he pedido que me lleven.

—Soy muy infeliz, pero yo no deseaba traerte... Ha sido un accidente, una casualidad. Sólo los miembros más capacitados del Gran Consejo tienen la habilidad de traer seres de otros planetas... y yo no soy más que una simple, como decirlo, modista. Mi tristeza debió sintonizar con la tuya, y te trajo hasta mí. Me llevé un susto enorme cuando te descubrí inconsciente en el suelo de mi dormitorio.

—¿Modista?

—Sí, modista. Y no me digas que en tu planeta no existen porque entonces me reiré en tus narices.

—¿No decías que la ira no era buena consejera?

—No, desde luego. Y deberías ser más amable: gracias a mí dispones de un atuendo de última generación que no todos los de mi planeta pueden disfrutar.

—No era mi intención ofenderte.

Susan trató de no dar importancia al asunto con un movimiento de su mano en el aire.

—¿Qué te parece si te sientas a mi lado y nos lo contamos todo? —propuso Ricardo en tono conciliador—. ¿Y empezamos a eliminar expresiones del tipo “mi planeta”, “tu planeta”, “mi especie”, “tu especie”?

Ricardo comprendió que la desdicha por amor era algo que sobrepasaba el espacio y el tiempo, que alcanzaba a todo aquello que fuera susceptible de ser feliz por su disposición al amor.

Susan era incapaz de refrenar una pasión por un sujeto que no podía amarla, un individuo amable y siempre atento que solo ofrecía amistad. Estaba casado y tenía familia, varios niños. Nunca había pretendido seducirla, y de haber sospechado que ella le correspondía de una manera diferente, tal vez, y aún a costa de su propio perjuicio hubiera renunciado a su trabajo. Era una buena persona, demasiado buena como para no amarla.

—Bueno, imagino que vosotros experimentaréis algo parecido a la atracción sexual... siempre que no seáis asexuados, claro —opinó Ricardo.

—Sí, es una constante universal. Varían las costumbres y los modos, pero no la necesidad del apareamiento.

—¿Y no será posible que de algún modo inconsciente te haya visto apetecible, y durante un tiempo te haya “bombardeado” con mensajes subliminales del tipo “te deseo” que tú hayas registrado sin darte cuenta, y haya provocado que te fijes en él de un modo exagerado?

—Tal vez.

—Entonces no era tan buen tipo.

—Si permaneces un tiempo aquí, descubrirás que la gente es encantadora. Demasiado agradable a veces —manifestó Susan.

Ricardo no daba crédito a lo que escuchaba.

—¿Pretendes decirme que la vida con gente amable y encantadora puede ser muy dura y triste? ¡Ja, tendrías que venirte unos días a mi ciudad! No sé si sabrías apreciar la agresividad, ingratitud y descortesía de sus gentes.

—No estoy acostumbrada a verbalizar mis pensamientos. Perdóname por lo que te voy a hacer —explicó Susan sujetando las sienes entre sus dedos pulgares— pero no sé explicarme mejor.

Un instante después sintió un crujido en su cráneo, y sus músculos dejaron de sujetarle. Cayó derribado al suelo, ninguna de sus funciones corporales funcionó de manera habitual.

Entre contracciones musculares, algunas muy dolorosas, el corazón fibrilando, con deficiencia respiratoria, alteraciones metabólicas diversas; Ricardo experimentó el recuerdo vivido de Susan.

¡Ni sus propios recuerdos los revivía así! Era de una intensidad que parecía revivirlos desde la perspectiva de Susan, sin posibilidad de acción y sin perder su propia identidad, como si la vida pudiera reproducirse como una película en tres dimensiones.

De este modo, Ricardo descubrió que la vida de Susan en el paraíso, en una sociedad amable y perfecta, se veía disminuida, empequeñecida e ignorada dónde todos sus individuos eran felices o parecían serlo, menos ella.

Un hilillo de sangre asomó por uno de los orificios de la nariz de Ricardo, Susan apartó inmediatamente los pulgares de las sienes, alarmada cesó en la proyección de recuerdos. Estaba matando a Ricardo, su sistema nervioso estaba al borde del shock anafiláctico.

—Por todos los dioses, ¡ya entiendo por qué no soy más que una modista! Me he pasado, ¡me he pasado! —Susan sollozaba tratando de reanimar a su huésped.

Lo llevó de vuelta a la cama, y allí inició el rastreo de daños. La cama tenía funciones médicas avanzadas. El escáner sólo detectó algunos daños neuronales leves, los demás órganos funcionaban correctamente y sus funciones se equilibraban por sí mismos sin necesidad de ayuda exterior.

—Te sanaré, te dejaré mejor de cómo has llegado. Palabra —prometió Susan programando la actividad médica a un modo de regeneración orgánica completa.

El proceso regenerativo duraría varias horas, tiempo que aprovechó para investigar; debía saber a que atenerse, qué consecuencias provocaría la permanencia de un “incivilizado” en su mundo. No sabía cómo poner en conocimiento de las autoridades el incidente.

Después de lo sucedido se sentía responsable de su invitado. De hecho, no deseaba ocuparse de él, sentía demasiada pena por sí misma como para compadecerse de la suerte de otro. Pero no podía abandonarle, había sido ella quien lo había llamado, quien de alguna manera lo había traído. ¿Existían precedentes de casos similares? Debía consultarlo en la biblioteca, en Documentación Histórica.

A su regreso a casa, contenta porque había sido una jornada muy fructífera en la documentación de casos de “incivilizados” llegados a su mundo, descubrió, con desasosiego, a Ricardo manipulando una “piedra de poder” en la sala de estar de su casa. ¡Las consecuencias podían ser terribles!

Ricardo estaba fascinado: la piedra, en realidad una pequeña escultura esculpida con finura, parecía flotar en la palma de su mano. Creyó reconocer un par de alas entre sus formas, e instantáneamente revoloteó a su alrededor, dejando brillantes estelas doradas en el aire.

—¡No, todavía necesita descansar! —protestó Susan, pero reconoció la ambigüedad de sus palabras. ¡No debes tocar nada! —añadió.

Estaba aún más irritada por cuanto comprendía que su “piedra de poder” necesitaba descansar, porque quizá, no reconocía que abusaba demasiado de la bondad de sus beneficios. O tal vez por ver como se desperdiciaban los dones en una criatura que no sabía apreciarlos.

Era como tener un orangután jugando con la vajilla familiar, la que se hereda, como un don del pasado, tras incontables generaciones; para ver como en sus manos torpes y peludas se estremece una de esas bellas porcelanas.

Repentinamente, no le pareció tan buena idea sacarlo de casa. Aunque no había muchos casos, no llegaban al cinco por ciento según las estadísticas del centro de Documentación Histórica, de los “incivilizados” que no se adaptaban a su nuevo entorno y reaccionaban con tristeza y deseos de morir. Sin embargo, la gran mayoría de ellos se integraban bien, experimentaban una evolución espiritual inusitada y un crecimiento mental espectaculares. ¿Pero cómo pasear a su “orangután” por las calles y no pasar inadvertidos? Comprendió que era demasiado engorroso, llamaría demasiado la atención. Se distraería demasiado en aspectos triviales que evidenciaban su cultura inferior y la comprometería. Iba a necesitar ayuda.

—No lo entiendo, Susan —Ricardo depositó la “piedra de poder” en su sitio—. He vivido tus recuerdos y sé que sientes una profunda tristeza, ¡pero en nada de este mundo y de tus recuerdos hay algo que lo justifique! Si hasta me siento mejor que nunca, mírame... ¡Parece que he rejuvenecido por lo menos diez años!

Ella se lo explicó, con la mayor amabilidad y sensibilidad que pudo:

—Sé que conoces el pensamiento de Rousseau, un pensador de tu civilización. No te será difícil entender entonces que tu sensación de maravilla es semejante a la que experimentó el buen salvaje cuando es integrado en sociedad. Pero eso no significa, y aquí está el quid de la cuestión, que el mundo que lo deslumbra sea perfecto, o mejor del que viene. Querido —una caricia en el rostro de su buen salvaje acompañó a sus palabras—, esto es lo mismo, pero yo no voy a recompensarte con un vaso de agua pura.

De hecho, no deseaba recompensarle de ninguna manera. No deseaba ocuparse más de él. Estaba firmemente decidida, ya no había marcha atrás.

—¿En qué estás tan decidida? –se interesó Ricardo, la regeneración neuronal había sido más que un éxito.

—Lo siento, te he metido en un lío del que no soy capaz de sacarte. He solicitado ayuda competente.

—¿Me has denunciado? Creía que éramos amigos.

—Es lo mejor para todos, créeme —confesó Susan mientras abría la puerta de acceso a la vivienda.

Al otro lado de la puerta, dos hombres esperaban con una sonrisa amable.

—Gracias por llamarnos —dijo uno de ellos inclinando el rostro, era el saludo unificado desde el último concilio intercultural.

—Suponemos lo que esto significa para ti. Pero, sin ningún tipo de dudas, has hecho lo mejor —aseguró el otro.

—Bienvenido a nuestro mundo, Ricardo —saludó uno de los hombres.

—Sí, sé bienvenido y permítenos que te acompañemos hasta el centro de Evaluación Espiritual —manifestó el otro.

—Gracias —Ricardo se inclinó como había visto hacer—, y gracias también por venir con un aspecto familiar.

Uno de los hombres sonrió.

—Yo soy de Sicilia, pero el otro es demasiado feo para que lo veas al natural —explicó sin dejar de sonreír.

—¡Anda que tú andas sobrado de belleza interespacial!

—El centro no está demasiado lejos, tal vez podáis ir andando. Ricardo lo agradecerá —observó Susan tratando de dar a su voz un tono convincente, de ocultar sus dudas.

—Has hecho lo correcto, Susan. Todos los “incivilizados” deben pasar por su evaluación, es parte del protocolo. Y tú, mejor que nadie, lo deberías saber.

El siciliano acabó por abrazarla, presentía una gran tristeza en ella. Su compañero fijó unas coordenadas en un aparatito que llevaba en la mano, y tras pulsar el último botón los tres desaparecieron de la entrada de la casa de Susan, dejándola con su tristeza y sus dudas.

Reaparecieron en una sala de un metal blanco, de forma elipsoide en su centro con iluminación artificial que surgía de las propias paredes y natural en lo más alto de su cúpula central. Debajo de un haz de luz turquesa, en el centro de la sala, un venerable anciano esperaba de pie.

—Las nubes son ligeramente sonrosadas —advirtió Ricardo mirando por el cristal del techo.

—¿Sabes por qué estás aquí, hijo? –—interrogó un anciano apoyando una mano en el hombro de Ricardo.

—Creo que sí, no soy de este planeta y eso trae inconvenientes.

—No necesariamente —respondió el anciano fijando la vista en sus ojos. No pestañeó ni un momento.

Sabía que la evaluación estaba empezando.

—Estoy viendo tu potencial, quien eres y lo que puedes llegar a ser, muchacho. Veo mucha tristeza, y eso es una carga difícil de llevar. Sin duda, podrías ser un ciudadano de provecho en nuestra sociedad... ¡Harías mucho bien! Tu fondo espiritual es grande y noble... Pero...

—Lo sé, no encajo bien. Es una constante en mi vida… Por un momento creí que hoy habría una excepción.

Anochecía, Ricardo lo apreció por la claraboya del techo, la luz turquesa que los iluminaba se iba matizando a tonos malvas gradualmente. Los mismos malvas que en esos momentos atormentaban a Susan en el jardín de entrada de su hogar.

Estaba haciendo balance de las últimas horas vividas con su “buen salvaje”, y comprendió que Ricardo no había sido ningún orangután patoso que surgió en su casa para fastidiar su existencia. No, pobrecito, sólo trataba de aprender, de adaptarse, ¡ni siquiera protestó por su grosería de soltarle el lastre de sus recuerdos! Aunque no pudo llegar a los más importantes, a esos en que ella llegaba a este mundo, invitada por el Consejo, y tras asegurarle que disfrutaría de una vida de paz y amor, descubriría que su existencia sólo es más cómoda, pero no más feliz.

Gracias a su “incivilizado” se descubrió entre ese cinco por ciento de los fracasados, gracias a su “buen salvaje” conoció el origen de su tristeza. Susan estaba segura que Ricardo sería deportado, apenas ofrecía garantías para adaptarse a un nuevo orden, era demasiado “incivilizado”. Había otros casos, evidentemente, que habían superado la prueba, pero eran excepciones.

—¿Y si tal vez Ricardo le agradara vivir en este bello planeta? –se dijo Susan, sorprendida de sentir su hogar como bello por primera vez.

Estaba aprendiendo a ver las cosas como lo había hecho Ricardo. Repentinamente necesitó que Ricardo no se marchara, pues al cuestionar cosas que daba por sentado provocó en ella una búsqueda genuina de la felicidad y recuperaba, de alguna manera, el espíritu primitivo de las leyes de sus ancestros. ¡Iba a ser juzgado, y probablemente deportado!

No, todavía no podían llevárselo... ¡Todavía tenía que enseñarla a ser feliz! Seguramente podría conseguir que se quedara, ella podría optimizar su acondicionamiento espiritual. Sí, se ayudarían mutuamente y serían felices.

Susan se presentó en la Sala de Evaluación Espiritual, con la convicción de los que se creen en derecho de enmendar un error.

—¿Cuál es tu veredicto, anciano?

—Se marcha, Susan. Este no es su sitio.

—Yo tengo algo que decir —objetó Susan—. Fue por mi culpa que este “incivilizado” llegó a nosotros, y será por mí que logrará vivir en armonía con nosotros. Me presento como garante de su crecimiento espiritual.

El anciano exclamó mentalmente, hasta Ricardo lo percibió sin necesidad de ondas auditivas.

—¿Estás seguro de ello, Susan? Es mucha la responsabilidad la que llevarás sobre tus espaldas.

—Y mucha felicidad.

El anciano observó la determinación de la mujer en su mirada, titubeó un poco y carraspeó varias veces.

—Sea, entonces como dices —sentenció el anciano sonriendo.

Susan radiaba felicidad por cada poro de su piel.

—¡Lo hemos conseguido, Ricardo, ya eres legal!

Ricardo suspiró profundamente.

—No te veo feliz. ¿No es lo que deseabas?

Le interrogaba más con los ojos que con los labios.

—Sí, desde luego. Me encantaría quedarme aquí para siempre, pero mi corazón está en otra parte.

Sus manos habían tomado los de ella, apenas sin darse cuenta.

—Entiendo —la sombra de la tristeza revoloteó por su cara sólo unos instantes, acababa de aprender una nueva lección de amor—. ¡Por favor, no se vayan! —espetó a los magistrados que abandonaban la sala.

—Gracias —susurró el buen salvaje entre la confusión de los presentes.

Momentos después ya no estaba con ellos. Había sido repatriado.

Había llegado y marchado en el momento oportuno, Susan era otra. Era libre para ser feliz.

Ricardo, reintegrado en su mundo, se descubrió en la cocina de su casa. Empuñaba una espumadera, y mientras descubría que un delantal colgaba de su cuello y se ceñía a su cintura, unos caracoles se cocinaban entre el hervor de millones de burbujas de agua caliente.

Parecía el escenario de una de las salas del infierno, donde las almas se retorcían cocinadas a fuego lento, amontonados unos sobre otros, en medio de los jugos de sus lamentos.

—Te estoy preguntando que si están listos —la voz de su mujer denotaba cierta impaciencia.

—Ah, ya estás aquí. No te esperaba tan pronto —abandonó la espumadera y se despojó del delantal. Estaba aturdido—. ¿Hace mucho que has llegado?

Se acercó para darle un beso.

Ella se apartó. Le encantaba comer caracoles, pero la repugnancia que le provocaba el olor y su elaboración, sus babas, impedían un beso. Durante cinco minutos había estado observando a su marido, el modo en el que escrutaba embelesado los caracoles en la cacerola.

No la había oído llegar, ni su saludo, ni como se acercaba hasta él y, hastiada, decidió que su marido recobrara la consciencia sentada en el banco de la cocina. No podía evitar imaginárselo como una gran babosa, papá babosa cocinando cariñosamente a sus hijitos en la olla. Obviamente no le había perdonado su esterilidad, que no pudiera fecundarla y realizarla como madre.

—No, sólo unos minutos.

—¿Cómo es que has llegado tan pronto? —miró su reloj, marcaba las dos y cuarto de la tarde, no la esperaba hasta por la noche. No tengo nada listo para comer todavía.

Apagó los fuegos de la placa de inducción y se lavó las manos en el fregadero.

—No te preocupes. Me ha dado un no sé qué cuando estaba en la reunión y me he escapado. Te echo de menos...

—Yo también. Desde hace mucho —se acercó a ella, y la cogió de la mano.

La sintió cálida, como la suya. Y los dos cerraron los párpados para sentir mejor el roce de sus labios. Ninguno vio como una extraña criatura, algo parecido a un ave, volaba en círculos en torno a ellos, dejando en el aire brillantes estelas de polvo de estrellas.

—¿Estás más joven, verdad?




- Fin -


Epílogo:

Nueve meses después nació un niño.

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Dedicado a mi mujer, sin ella no soy yo.

Pie de foto: extraído de florencialadelaspatatas.blogspot.com