Una vez tuve un sueño

Soñé con un mundo en el que todos podían ser lo que quisieran, hacer aquello que más satisfacción les provocara, que no existiera más impedimento que el deseo...

Hoy, a mis cuarenta y dos años recién cumplidos, y a pesar de que la vida golpeó con toda la crudeza de la realidad, todavía no he despertado de las utopías de juventud. Si no puedo vivir en un mundo feliz, me lo inventaré: haré que otros, como un dios todopoderoso de infinita bondad, sean felices... al menos en mi pensamiento.

Y me puse a escribir. Ahora que tengo en mi haber más de setenta relatos cortos y dos novelas, descubro por qué Dios es "omniausente" e imperfecto.


sábado, 26 de diciembre de 2009

Hombre malo


Edwin tenía una marca en la cara, una gruesa cicatriz que le cruzaba la cara de izquierda a derecha. Tal vez por esa razón se había dejado crecer el pelo, y vivía en poblaciones rurales donde un golpe de viento no le despeinara demasiado.

 A pesar del estigma del rostro, Edwin era un hombre atractivo, esto tenía mucho que ver con que normalmente caminara con la cabeza inclinada hacia delante y tratara de pasar inadvertido. Los hombres de pueblo confundían su actitud con timidez, y los predisponía a una situación de superioridad. Con las mujeres era distinto, tenía una voz suave, susurrante, y sin embargo llena de una fuerza que las embriagaba. Pero lo que todos en el pueblo ignoraban es que Edwin necesitaba matar. Hoy alguien moriría.

—¿Se va a quedar mucho en el pueblo? —se interesó un tendero delgado que trataba de ocultar la calva con el pelo que crecía por encima de las orejas.

No era una pregunta amable, en función de su respuesta recomendaría unos u otros productos que los forasteros normalmente olvidaban apuntar en la lista de la compra. Se quedó sin respuesta.

—Bueno, tal vez necesite también un sombrero de ala ancha. El sol es muy severo en esta región y no está bien visto pasearse sin él.

El tendero sonrió, mostrando unos dientes largos y separados. Creía haber dado con un buen cliente, los cohibidos eran los que más compraban, y éste no iba a ser la excepción: ¡le vendería hasta la vieja caña de pescar que guardaba bajo el cristal del mostrador!

—No —susurró Edwin acercándose al tendero. Un billete de cien dólares estaba en el mostrador sujeto por el dedo anular—. Pero si tiene munición para “esto” se la compro.

Era un rifle de doble cañón, culata de madera de fresno y cuerpo labrado en plata. Lo había mantenido oculto bajo su guardapolvo negro. Era en sí misma una obra de arte de las que no se fabricaban desde principios del siglo pasado. Su cliente parecía no estar familiarizado con las armas, porque de lo contrario no la mostraría con tanta ligereza.

—Parece de un calibre cuarenta y cinco, tal vez cincuenta —examinó el arma sin tocarla, y se volvió hacia un estante hecho de cajoncitos de madera— ¿Me permite la pregunta de qué es lo que va a cazar, señor?

—No —susurró Edwin—, no se lo permito —y mantuvo la mirada firme, a través del flequillo, sobre los ojos del tendero que se volvió de nuevo sobre los cajoncitos.

El tendero supo instintivamente que algo no iba bien, que era mejor permanecer callado.

—Ratas.

—¿Ratas, señor? ¡Deben ser muy gordas! —y calló repentinamente, percibiendo que sus nervios le habían traicionado de nuevo.

—Éstas no tanto, pero son muy voraces.

El tendero sacó una bala de cada uno de los dos paquetes que dejó en el mostrador.

—Habrá que montarla en el tambor, para saber cuál es la que vale.

Y Edwin tomó la de mayor calibre, con suavidad introdujo el proyectil y retiró el seguro.

—Cuidado con eso, señor. Así puede dispararse por accidente —su voz todavía era firme, pero el sudor de su frente delataba una profunda inquietud.

—Tendré que probar, ¿no? ...Para saber si son las balas adecuadas —añadió Edwin girando el cartelito del cristal de la puerta.

Decía con letra preciosista: “ lo sentimos, vuelva usted mañana”.

Aun antes de que su cliente pasara el pestillo en la puerta el tendero sabía que estaba en peligro, buscó el revólver que guardaba un estante más abajo de la caña de pescar. Su pulso temblaba, trató de no hacer ruido y cuando levantó el arma…

—Tírala —recomendó Edwin con los cañones de su rifle a dos centímetros de su frente sudada.

Obedeció.

—No me mate, señor. El pecado más gordo que cometí en mi...

Edwin llevó su índice a los labios, el sonido de un escape de gas brotó de ellos.

—Yo no le juzgo, eso es tarea de Dios —y amartilló el arma, ahora, con una presión suave en el gatillo reventaría la cabeza de ese hombre.

El tendero cerró los ojos, iba a morir en manos de un demente. No tenía salida, ninguna oportunidad de misericordia; y sin embargo, en los últimos instantes de una vida mediocre, no fue capaz de experimentar sentimientos nobles, tal vez sintió un atisbo de un pensamiento más elaborado que el del horror primitivo a la muerte. Edwin concedió unos momentos de gracia: retiró los cañones para que su víctima pudiera reconciliarse con Dios.

—No sabes quién soy ni por qué te voy a matar, ¿verdad?

El tendero asintió con la cabeza. Recordó que hoy era martes, que vendría Bob con su furgoneta frigorífica para terminar con el reparto del hielo. De todos los establecimientos siempre dejaba el suyo el último por ser el más próximo a su casa. Debería estar a punto de llegar, y sospecharía algo al ver el cartel de cerrado: Bob sabía que abría todos los días, incluso los domingos y festivos, lloviera o tronara, estuviera enfermo o se abrieran las mismísimas puertas del infierno. Miraría a través de los cristales y descubriría la situación, el sheriff acabaría por llegar. Sólo tenía que esperar, entretener al loco que le apuntaba con un rifle de plata.

—No señor, no tengo ni idea de por qué me quiere matar —esta vez habló despacio, alargando las palabras. Edwin sonrió satisfecho— Nunca le vi antes de hoy, sé por lo tanto que no nos conocemos —añadió con rapidez, sudando nuevamente.

No era buena señal que el loco sonriera.

—En realidad eso tampoco tiene importancia —confesó Edwin.

¿Por qué narices tardaba tanto Bob en llegar? Las agujas del reloj que colgaba sobre la puerta de entrada indicaban que pasaba un cuarto de hora de las dos de la tarde. Bob sabía que cerraba a las dos en punto, y que se quedaría sin un bote de cerveza si llegaba tarde; una tontería, porque su vivienda estaba en la parte de atrás de la tienda. Y a Bob le gustaba mucho la cerveza, sobre todo cuando se la regalaban.

—¿Pero qué le he hecho yo para que me quiera matar?

Edwin acercó su rostro al de su víctima, para que no pudiera perder detalle. Apartó el pelo que ocultaba la cicatriz.

—¿Ve la marca? Hace muchos años que ha cicatrizado, sin embargo a veces palpita como el día en el que un malvado me rajó la cara. Pero solo palpita en presencia de gente perversa, y me duele. Me duele tanto que me arrancaría la cabeza con tal de no sentir el dolor… ¡Oh, ya sé! No se atreve a sugerirme que tal vez unas aspirinas puedan ser la solución a mi problema... O que usted no es un ser malvado.

Bob no era la respuesta, la situación se estaba desarrollando y concluía sin su intervención. Necesitaba ayuda y con urgencia, porque una bala que había vendido a ese loco, y todavía no había cobrado, estaba a punto de dispararse sobre su cabeza.

—Yo diría que usted es un malvado de tipo medio alto, a juzgar por las pulsaciones que su maldad provoca en mi cicatriz —aclaró Edwin.

El revólver que tiró al suelo tampoco era una buena opción, había quedado debajo del mostrador. Resultaría imposible tirarse al suelo, buscar a tientas el arma, ubicar el dedo en el gatillo y disparar.

—Cuando vivía en ciudades, me volvía loco. No podía salir de casa sin que me palpitara la cicatriz. Comprendí que debía buscar pueblecitos apartados de la demencia de nuestra sociedad, para convivir con gente amable de verdad.

Tal vez pudiera hacerse con algún objeto contundente, un martillo o algo así, para arrojar sobre su agresor en el momento que bajara la guardia. Sus ojillos corretearon por los objetos más cercanos y susceptibles de convertirse en algo que pudiera aturdir, aunque sólo fuera unos instantes. Tal vez consiguiera desarmarlo.

—Pero ni siquiera en estos apacibles pueblecitos, como el suyo, estoy a salvo. El corazón corrupto del hombre se esconde tras la sonrisa más amable, la persona más atractiva o el personaje con más carisma.

¡El cenicero! Estaba medio oculto entre albaranes en un extremo del mostrador y al alcance de su mano. Edwin estaba emocionalmente implicado en lo que relataba. Era el momento. En las películas es cuando el bueno invierte las circunstancias en un despiste del malo. El tendero estiró la mano lentamente y… un disparo sonó en la tienda.

 ¿Acaso queda todavía alguien que piensa que la ficción supera la realidad? Edwin sabía que la vida no es como se refleja en los cines, el tendero no; pero ahora que está muerto tampoco tiene demasiada importancia.

La cicatriz dejó de palpitar, y los niños que entraban solos a comprar golosinas ya no tendrían más remedio que comprarlas en otra tienda de la ciudad, más alejada, y tal vez unos céntimos más caras, pero saldrían con su inocencia intacta.


fin


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1 opinaron que...:

Federico Manuel dijo...

Por si a alguien le interesa, tengo que decir que este relato nació como respuesta a un "desafío literario" entre mi hija y yo. Debíamos escribir una historia en la que el "malo", rompiendo todo estereotipo, pudiera salirse con la suya y que no fuera el bueno quien ganara la contienda. Como veis,no lo he conseguido del todo... ¡Maldito Holliwood!