Una vez tuve un sueño

Soñé con un mundo en el que todos podían ser lo que quisieran, hacer aquello que más satisfacción les provocara, que no existiera más impedimento que el deseo...

Hoy, a mis cuarenta y dos años recién cumplidos, y a pesar de que la vida golpeó con toda la crudeza de la realidad, todavía no he despertado de las utopías de juventud. Si no puedo vivir en un mundo feliz, me lo inventaré: haré que otros, como un dios todopoderoso de infinita bondad, sean felices... al menos en mi pensamiento.

Y me puse a escribir. Ahora que tengo en mi haber más de setenta relatos cortos y dos novelas, descubro por qué Dios es "omniausente" e imperfecto.


sábado, 19 de diciembre de 2009

Nunca una yunta de bueyes resultó tan dulce (primera parte)


Nunca una yunta de bueyes resultó tan dulce como ésta que tiraba del carromato. Me hallaba recostado boca arriba, entre la paja, y apreciaba el lento transcurrir de las ramas de los árboles en el cielo. El crujido de las ruedas sobre las piedras del camino me acunaba como una nana… todo parecía tener sentido ahora.

Unas horas antes celebraba mi mayoría de edad con los desarrapados del barrio.”Llévatelo, yo no puedo con él” El acento gallego, cuando el que habla está triste, es más lánguido que el de cualquier otro idioma. Y a mi madre no le faltaban razones para ignorar la melancolía.

“Sí, claro… no es un buen momento para mí, por mi trabajo… pero vale. Llámame para saber dónde y qué hora tengo que recogerlo” Mi padre vive en Madrid, Majadahonda, una zona de pijos. Muy lejos de los barrios obreros de Ourense, donde las malas compañías echaban a perder mi vida entre botellones y canutos.

¡Qué grande estás, Juan!, decía mi padre en la estación de Príncipe Pío. Con estas palabras lo único que manifestaba era lo poco que sabía de mí. De hecho éramos extraños que se conocían por fotografías anticuadas.

“Y tú que viejo y gordo” Pensé, pero la sensatez me cerró la boca. “Ya no eres un niño, Juan. Conmigo tendrás una vida fácil pero tienes que poner de tu parte para que esto funcione. Por mi trabajo no siempre estaré en casa, pero esto no significa que no espero resultados. Con el primer suspenso que me traigas te mando de vuelta con tu madre. Lo puedo hacer, y créeme que lo haré” Se me atragantó la hamburguesa que cenaba, el viejo ya imponía sus condiciones. Me desafiaba.

Sonreí con naturalidad. “Por supuesto” Y en la primera ocasión que se me presentó compré unas litronas para compartirlas en un parque, no hay nada como la cerveza gratis para hacer amigos.

Tío, molas un huevo. ¿Sabes dónde está el palacio del monte del Pilar? Ni idea, tronco. Es una casa en ruinas pasada las vallas del parque, tú pregunta a cualquiera que llegarás. Vale, vale. Pásate a eso de las diez, que nos montaremos una fiestecilla. Vale, tú traes a las chorbas y yo algo de beber. ¡Cojonudo!

A la hora convenida me presenté a mis nuevos colegas madrileños. Habían encendido una fogata a pesar de que estaba prohibido, y las chicas sonreían traviesas. ¡Tenía tema seguro!

Una de ellas me preguntó de dónde era, a qué me dedicaba y esas cosas. Eran de ésas facilonas que debías respetar sus reglas. Me cortó todo el rollo.

—Soy de la tierra de la Santa Compaña —dije para hacerme el interesante.

—¿Y eso qué es?

—Son los espíritus de los muertos, que por las noches salen en procesión para expiar sus pecados. Dicen que si los ves no debes acercarte, porque si uno de ellos te sorprende quedas atrapado, para siempre, hasta que otro pobre infeliz ocupe tu lugar —estábamos muy borrachos, bebíamos convulsivamente, como si tuviéramos la certeza de que el mundo desaparecería con el amanecer; y yo no aguantaría hasta ese momento sin mear—. Me vais a perdonar, pero tengo que hacer algo que vosotras no podéis hacer de pie.

—Ten cuidado con la Santa Compaña —advirtió uno de los chicos—, ¡no te vayan a ver la pirola y vuelvas con algo que no sea tuyo!

Abandoné la protección de la fogata con el sonido de las risas como fondo. Me sentía incómodo, respuesta justificada aún antes de oír un “estos gallegos son la ostia”. Me había retirado lo suficiente para preservar mi intimidad, pero sin perder de vista las llamas de la hoguera. Y oriné, el alivio fue instantáneo.

Sólo unos segundos después percibí un escalofrío en la espalda, síntoma inequívoco de que algo no andaba bien. Inquieto busqué la hoguera, las sombras de la pandilla no se arrojaban en ninguna dirección. Agucé el oído, sólo percibía el ruido pastoso de la meada en la hierba. ¡Mis amigos habían desaparecido!

De pronto seis lucecitas, como de velas tintineantes en la oscuridad, se proyectaron ante mí. ¡Dios me asista, la Santa Compaña! Y caí hacia atrás de culo.

Un coro de risas estallaron entre la sombra de los árboles, me resultaron fastidiosamente familiares.

—Os lo dije… ¡Los gallegos son la ostia!

—¡Estáis locos o que, casi me da un infarto! ¿Cómo habéis hecho lo de las lucecitas?

—Todos fumamos, machote.

—Sí, y algunos tabaco.

Me habían cortado la meada, y ahora sentía un escozor en la uretra. Podía dejarlo pasar. Se habían reído de mí. No tenía importancia. Pero tenía los pantalones meados, cuando regresáramos a la fogata las chicas notarían los chorretones en los vaqueros. Intolerable.

—¡Iros a la mierda! —protesté enfadado, me habían jorobado la noche.

Traté de orientarme para buscar la senda que me llevara fuera del bosque. Sí, traté de mostrar una dignidad que en realidad el alcohol ya me había quitado.

—Venga, tío. No te enfades.

No respondí, eché a correr entre la maleza, lejos de ellos.

Mentalmente corría en semicírculo para no encontrarme con los colegas y regresar a casa; en la práctica, creo que tracé un trapecio excesivamente irregular. No encontré la verja, me perdí. La ventaja de perderse de noche y no haber ni una farola en kilómetros es que los ojos, una vez acostumbrados a la escasa luz de la luna, están hambrientos de luz. Y cualquier chispa, por pequeña que sea, se aprecia con mayor facilidad. “Donde haya luz habrá casas, calles… ¡Civilización! Entonces me será fácil llegar a casa” Pero por más que andaba ninguna luz asomaba ni por encima de la arboleda ni entre la vegetación, me sentía perdido en tierras de nadie, castigado en la inmensidad del cuarto oscuro de un dios que no conozco. En esos momentos, no me hubiera importado encontrarme con los amigos que habían provocado que vagabundeara, durante horas, por este parque; un parque que en la noche se hacía infinito.

(continuará...)

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Pie de foto: extraído de mi cámara fotográfica en un precipitado paseo por el monte del Pilar.