Una vez tuve un sueño

Soñé con un mundo en el que todos podían ser lo que quisieran, hacer aquello que más satisfacción les provocara, que no existiera más impedimento que el deseo...

Hoy, a mis cuarenta y dos años recién cumplidos, y a pesar de que la vida golpeó con toda la crudeza de la realidad, todavía no he despertado de las utopías de juventud. Si no puedo vivir en un mundo feliz, me lo inventaré: haré que otros, como un dios todopoderoso de infinita bondad, sean felices... al menos en mi pensamiento.

Y me puse a escribir. Ahora que tengo en mi haber más de setenta relatos cortos y dos novelas, descubro por qué Dios es "omniausente" e imperfecto.


sábado, 12 de diciembre de 2009

SINE DIE


Pilar encontró un buen trabajo después del divorcio, le pagaban bien y le permitía tener las tardes libres. El único inconveniente es que tenía que desplazarse a más de cuarenta kilómetros. Una madrugada su coche, cansado de avisar de que la correa de distribución no estaba en buen estado, no se movió nunca más. Ahora acudía al trabajo en transporte público, y corría por los pasillos del intercambiador si no deseaba perder el metro.

A veces era cuestión de unos pocos minutos y, a esas horas de la mañana, bien merecía la pena una carrera para evitar una demora de diez o quince tediosos minutos en el andén. A fuerza de repetir el itinerario cada día, a las mismas horas, acabó por familiarizarse con los usuarios que compartían fatigas a tan tempranas horas de la mañana.

La trepidación que provocaba los zapatos bajando a toda prisa por las escaleras mecánicas reverberaba en las bóvedas del suburbano, en esta ocasión no solamente eran los de Pili. Un trajeado señor trataba de acortar los peldaños de ventaja que le llevaba en el descenso hacia la meta, era ese jovencito que siempre olía tan bien.

—¡Vamos, vamos que lo pierdes!

Pili contestaba con una sonrisa. Estúpida timidez, ¿pero quién puede mantener unas facciones seductoras tratando de no despeñarse por una escalera automática en marcha? Cuando llegaron al andén, el tren permanecía estático, intemporal, con las puertas abiertas. No habían oído el silbato o visto abrirse las puertas; y éstas suponían siempre un reto que tiranizaba la voluntad hacia el desafío.

Aprendió a enfrentarse a las puertas tras el primer día que dejó marchar un tren y se retrasó casi media hora la llegada del siguiente: tenía que localizar la entrada más cercana y en su defecto la más vacía, y arrojarse a ella con decisión.

No coincidieron, casi nunca lo hacían, aún entrando en el mismo vagón. De modo que no podía mantener una conversación con el guapo que le animaba a no perder el tren cada mañana.

El resto del día pasó despacio, pero aguardaba la esperanza de encontrarse con el joven perfumado de regreso a casa. Nunca sucedió.

Las cinco y treinta y cinco de la mañana, una canción flotaba sobre la mesilla de noche y se mezclaba en sus sueños. El cantante de “Azul y Negro” amenazaba con tirarse de “La torre de Madrid”: ¡Qué horror, qué miedo! ¡Qué frío hace aquí!, advertía el despertador. Pili abrió los ojos, se levantó sin esfuerzo porque lo mejor del día estaba por llegar.

Treinta minutos después corría bajo la luz de los fluorescentes del suburbano, se detuvo y miró hacia atrás. Nadie, nadie corría a sus espaldas. Enfrente sólo zumbaban las lámparas en el techo. Tuvo la sensación de que no había despertado, de que todavía permanecía bajo el edredón de su cama. Reanudó la carrera. En cuanto llegó a las escaleras mecánicas, un joven la acarició con la mirada:

—¡Vamos, que vas a perder el tren! —animó desde los últimos peldaños.

Pili percibió de repente su colonia, tan varonil, tan seductora, tan él. Y sonrió. Cuando llegó al final de las escaleras el joven, desde el andén, la llamaba con la mano. Indicaba cual era la mejor puerta, en la que más espacio había, y corrió hacia él. No había desafío ni ansiedad de que las puertas pudieran atraparla… porque él no permitiría que la inmolaran, en cruel sacrificio, a los oscuros dioses de la modernidad.

De pronto, como la boca de un monstruo cansado de bostezar, las puertas se cerraron, repentinamente, sin que nadie pudiera hacer nada. Se vieron a través de los cristales, y con la falsa intimidad que ofrece una puerta cerrada, confesaron, sin querer, que se gustaban. Y vio partir al monstruo, con su príncipe azul en las entrañas.

Ya está, lo mejor del día ya había terminado. Las horas se agarrarían a la aguja de los minutos para estancar el tiempo, en una calma chicha, ahora que no tenía fuerzas ni ánimos para nada. “Pero si no le conozco de nada, qué tonta soy” pensó, mientras observaba como poco a poco iban llegando los rezagados del autobús. Eran todos usuarios habituales que compartían con ella el mismo itinerario, pero sin tantas prisas.

Las cinco y treinta y cinco de la mañana, Laura Pausini con James Blunt cantaban “Una primavera anticipada”; pero Pili ya estaba despierta. “Ah, lo sé: eres mi horizonte mi amanecer. Ah, la prueba que demuestra lo que puedes hacer” confiesa Laura. Cuando tomó el relevo James blunt era su chico el que cantaba, y sólo cantaba para ella. Se levantó de un brinco. ¡Empieza la función!

Media hora después corría por los pasillos del metro, sin detenerse ni mirar atrás. El corazón de Pili se agitaba inquieto en el pecho cuando llegó a las escaleras mecánicas. “No seas tonta, no estás nerviosa por él sino por que puedas perder el metro. Y mi corazón está así por la carrera, no porque me lo pueda encontrar sonriéndome”. Un paso más y tendría toda la perspectiva que da estar en el escalón más alto de una escalera. Pili se estremeció involuntariamente.

—¡Vamos, chica, que perdemos el tren! —saludó el chico azul de cada mañana.

“Perdemos”, ya no era un impersonal “perder” o un solitario “pierdes”, y además “chica”, no señora. Ahora sí que latía deprisa su corazón. Ya no eran extraños, lo único que les faltaba era conocerse.

—¡Corre! —insistió al comprobar que Pili no reaccionaba.

Tenía muy buen gusto en la elección de las corbatas, no eran ni estridentes ni aburridas, y siempre perfectamente anudadas con doble lazada. Con toda probabilidad estaría casado o todavía vivía con los padres. Algún fallo tenía que tener, y Pili, inconscientemente, como todas las mujeres, le diseccionaba en secreto para hallarlo.

Y los dos bajaron deprisa hacia el andén, juntos pero separados. Hoy perderían el tren juntos o juntos entrarían por la misma puerta. Era una de esas decisiones que se toman sin consultarse y que todos saben, por una misteriosa unanimidad que se respira en el ambiente, que asegura mágicamente que no hay discordancias. Otros lo hubieran llamado amor.

El tren no había llegado; ¡genial!, un momento de respiro.

—¡Hablar contigo es muy estresante! —confesó el chico.

—Supongo que lo más interesante siempre es más difícil de alcanzar —replicó Pilar.

“No me reconozco”, pensó descubriendo la ambigüedad de sus palabras. Y enrojeció al momento. Con sorpresa comprobó que él también había enrojecido, había descubierto un tercer sentido. Providencialmente apareció el tren.

—No me refería a ti o a mí —explicó Pili dentro del vagón.

No quedaban asientos libres, ni paredes sin ocupar. Ni siquiera el espacio más próximo a los asientos estaba vacío. Se quedaron en la misma entrada.

—¿Qué?

La gente apenas hablaba, y la música de fondo del hilo musical estaba demasiado bajo; pero una algarabía de pasos y sonoras voces precedía a la remesa de viajeros que compartían autobús con Pilar. Era inaudito, el tren llevaba al menos tres minutos parado en la estación y había dado tiempo suficiente para que hasta los más rezagados abarrotaran los vagones. Pilar apretó con más fuerza la barra que tenía sobre su cabeza, no estaba dispuesta a perder ni un centímetro de su espacio. Cuando quiso darse cuenta, su atractivo acompañante estaba tres o cuatro cabezas más separado. Sonó el silbato, unos segundos después el vagón se movía.

—¿Cómo te llamas? —se interesó el chico.

—¡No te oigo! —protestó suavemente Pilar.

Era imposible mantener una conversación en estas circunstancias, ni siquiera tenían contacto visual.

—Mañana te echo otra carrera —gritó el joven.

Pilar sonrió en silencio.


- fin -



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Dedicado a mi amiga Pilar
Pie de foto: extraído de www.anden1.org/anden2