Una vez tuve un sueño

Soñé con un mundo en el que todos podían ser lo que quisieran, hacer aquello que más satisfacción les provocara, que no existiera más impedimento que el deseo...

Hoy, a mis cuarenta y dos años recién cumplidos, y a pesar de que la vida golpeó con toda la crudeza de la realidad, todavía no he despertado de las utopías de juventud. Si no puedo vivir en un mundo feliz, me lo inventaré: haré que otros, como un dios todopoderoso de infinita bondad, sean felices... al menos en mi pensamiento.

Y me puse a escribir. Ahora que tengo en mi haber más de setenta relatos cortos y dos novelas, descubro por qué Dios es "omniausente" e imperfecto.


lunes, 14 de diciembre de 2009

Un signo de poder (primera parte)


Hacía mucho frío, tanto, que la tierra misma parecía gemir con el viento. El polvo de nieve perfilaba un desierto blanco en una planicie sin huellas. Sólo el galope de unos caballos contenía la omnipresente voz de los vientos en la estepa .Ya entonces le amaba, no sé por qué. Si cada vez que entra en la tienda me echo a temblar.

En la aldea nadie advirtió lo que se les venía encima, los sabios de mi clan aseguran que cuando vas a morir la muerte se anuncia de alguna manera. Un hecho cotidiano, de repente, se percibe de manera extraña, y sabes que tu hora ha llegado. El crujido de una rama quebrada, el vuelo solitario de un ave, hasta el modo en que caen los carámbanos al suelo son señales que mi pueblo nunca antes había ignorado. Pero es que todavía era invierno, como ahora.

Éramos un pueblo nómada que huía de la primavera, porque el deshielo atraía a los jinetes. Pero aquel año se presentaron antes que los primeros rayos de sol, y con ellos, la sangre y el dolor. De aquella tarde sólo me llega el eco apagado de las herraduras de los caballos, y el repique lejano de las espadas. Hace mucho que los muertos dejaron de gritar, y los rostros de aquellos que nunca veré sonríen en la oscuridad.

—Tú serás mía —el dedo del Khan me señalaba desde lo alto de su caballo.

Otras niñas corrieron la misma suerte que yo, y, con un lazo en el cuello y las manos atadas, marchamos detrás de los caballos hasta que anocheció. Las que no pudieron mantener el paso murieron por el camino, la nieve las cubrió pero no lo suficiente para que el espíritu del lobo no las hallara. Y aún antes de que encendieran las fogatas, contra el hielo del suelo, descubrí que un hombre también puede herir sin espada.

Sin fuerzas, apenas pude oponer resistencia a sus acometidas. Pobre Khan, creía que me dominaba pero sólo había ensuciado mi cuerpo… y su alma.

—Ya eres mía, Fu —Bayan Temür llamaba así a todas las jóvenes que traía a su yurta—. Me servirás como esposa, primero lo harás por temor y con el tiempo, por amor —añadió mientras rasgaba mis ropas con una daga.

—¡Cúbrete! —me arrojó unas vestiduras hermosas en cuanto terminó. Con ellas limpié la sangre que manchaba mis piernas y se las tiré a la cara.

Sus compañeros celebraron mi ocurrencia con unas carcajadas.

—Aprenderás a respetarme —recogió el vestido y lo arrojó a una hoguera. Las llamas abortaron cientos de chipas rojas que crepitaban antes de extinguirse, sus ojos ardían más.

Me dejó desnuda a la intemperie, sola, con los harapos en el suelo. Bayan Temür gritaba furioso a otras mujeres en la tienda. Según sus costumbres me había tomado públicamente para que ningún otro varón me reclamara, y yo no le acepté. Mi consorte decidía si repudiarme o no.

—¡Ya no serás mi esposa! —gritó saliendo de la tienda como un vendaval—. Serás el perro del Khan. Y ordenó al herrero que dispusiera unas argollas en tobillos y muñecas con las que encadenarme.

—Hasta a un perro se le ofrece comida y calor —replicó una de sus esposas.

Y aceptó que me vistieran con ropa de abrigo, que comiera su pescado seco y bebiera su alcohol. Pero no admitió que entrara en la yurta. Clavó una estaca en la entrada de la tienda, y me encadenó a ella.

El sol despuntó por algún lugar indeterminado de la niebla, no veía su cara pero su luz hacía más blanca la nieve. Me arrodillé sumisa en cuanto Bayan Temür salió de la tienda.

—Suplico tu perdón, sumiya guai. Te pido que me liberes de estas cadenas para servirte mejor.

El Khan estaba confundido, no esperaba un sometimiento tan repentino. Recelaba.

—No podré buscar leña, ni agua fresca, ni comida.

Liberó mis pies. Y yo se lo agradecí. El tiempo transcurría lentamente, y aunque me permitía dormir en la tienda, no soltó las argollas de mis muñecas. Un día no aguanté más y lloré a escondidas entre los árboles. Descubrí las voces de mi clan, se escondían en el viento.

—No pierdas la calma, Marat —me aconsejaba una ráfaga de viento.

Y los dioses fueron testigos de mi paciencia, hasta que se secó. Había aprendido a no llorar.

—Señor, han pasado muchas lunas desde que mis pies están libres. Mil veces habría podido escapar si hubiera sido mi deseo, y como veis, sigo suplicando vuestro perdón. ¿Qué sentido tienen estas cadenas? —mostré los eslabones que dejaban el espacio de una palma entre mis manos.

—Durante este tiempo, ¿cuántas veces te he buscado?

—Ninguna, sumiya guai. Pero tampoco a tus otras esposas…

—No te debo nada, mujer. —Y se marchó.

Oculté la sonrisa que nacía de mis labios. Ya no era su perro, me miraba con deseo. Podía tomarme cuando quisiera, pero nunca me buscó. Por la noche, después de cenar, Bayan Temür me señaló con su dedo. Complaciente, acudí a su lado.

—¿Cuál es tu nombre? —su mano derecha rozaba mi mejilla, sus dedos mi pelo.

—Marat.

La mano que me acariciaba era la misma que había exterminado a mi clan. La tomé con dulzura, pues debía mostrar gratitud. Mordí su dedo de ordenar, con tanta fuerza, que la mitad quedó en mi boca.

(Continuará...)

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Pie de foto: extraído de www.todosfondos.net